La diatriba no es un debate, sino una imitación del debate. Como dice Jürgen Habermas, que el raciocinio es el eje de la opinión pública, que este eje se ha perdido, sustituido por los enlatados de los medios de comunicación de masas, que “forman opinión”- quedando la democracia a merced de las manipulaciones mediáticas y partidarias, que simulan debates, cuando, en realidad, han llegado a acuerdos o, en su defecto, van a votar independientemente de cualquier teatro de debate -, así también los debates públicos, ya sea a través de los medios de comunicación o en otros escenarios, se han convertido en diatribas.

Así como la pérdida de raciocinio público esfuma la opinión pública, la pérdida de consistencia argumentativa esfuma el debate. La diatriba no busca debatir, sino descalificar o, en el mejor de los casos, exponer sus verdades, desconociendo la estructura argumentativa del otro, del discurso que se quiere o pretende rebatir. Peor aún, la diatriba desconoce el contexto y la historia de tema de debate. Contexto e historia no interesan, puesto que la diatriba es un distintivo político de convencimiento, de propaganda, de calificación o descalificación. Podríamos haber llamado a la diatriba parte de la retórica; pero, no llega a esta cualidad del arte del convencimiento, pues pierde el encanto de la retórica y la seducción del auditorio. La diatriba es un recurso pedestre, pobre en argumentos, pobre en seducción, cuyo alcance se logra por la difusión masiva de los medios de comunicación. Forma parte de las carencias de una modernidad despintada y deslucida.

Los sujetos de la diatriba tienen mucha pretensión; por ejemplo, pretenden con solo nombrar, hacer creer que lo que nombran manejan, forma parte de su sapiencia. Cuando solo conocen nombres desarticulados de las composiciones discursivas de las que forman parte. Con esto se embauca a los lectores; pero como hay toda clase de lectores. Los lectores satisfechos son los que leen lo que quieren leer, lo que quieren encontrar, reafirmando sus propios pre-juicios. Sin embargo, se debería tener respeto sobre los otros lectores, que pueden ser la mayoría, que buscan información, que buscan aproximaciones a temas de debate, a problemas en cuestión. Cuando falta el periodismo de investigación, se nota el desinterés de los medios por ofrecer a los lectores o video-escuchas información adecuada, aproximaciones descriptivas a temas de debate. Hay pues un desprecio de la opinión pública, convertida en un destinatario pasivo.

Como se puede ver los medios de comunicación forman parte de juegos de poder. En esto no se distinguen medios calificados de “derecha” de medios calificados de “izquierda”; ambos coinciden en estas prácticas, en la recurrencia a la diatriba, en el desprecio a la opinión pública, en la preferencia de la manipulación, evitando, a todas luces, el debate y la deliberación; por lo tanto, el raciocinio. Si unos se pregonan “defensores de la democracia” y los otros se pregonan “defensores de la justicia”; esta es la diferencia discursiva, cuando, en el fondo no interesa el ejercicio pleno de la democracia, salvo que se considere democracia el formalismo institucional, donde se impone el monopolio dinerario, del mercado, empresarial y de las finanzas; cuando en el fondo no interesa la justicia, salvo si se entiende a ésta como el clientelismo generado por el poder. Pugnan entonces dos proyectos de poder, que se presentan como encontrados, como contradictorios, aunque, vistas las cosas de más cerca, después de la experiencia social en la historia política de la modernidad, las diferencias se reducen a las formas del mismo poder, a discursos distintos del mismo poder, que, en sentido práctico, hacen lo mismo, dominan.

Los usuarios están expropiados de la palabra, de la opinión, de la información requerida, de descripciones adecuadas a temas de debate. Los enlatados de los medios se encuentran atiborrados de propaganda comercial; por otra parte, cuando informan transmiten la información de agencias de noticias. Son incapaces de formar información, de construir noticias; cuando lo hacen lo hacen con las características sensacionalistas de la crónica roja. Los medios de comunicación se han convertido en los aparatos de reproducción de la mediocridad generalizada.

Los usuarios no cuentan con propios medios, autónomos, no cuentan con espacios y escenarios donde poder emitir su palabra, donde poder construir la opinión pública, en una deliberación social y en un debate colectivo. Los usuarios están a merced de estos monopolios de la comunicación, sean estatales o empresariales privados; monopolios que producen burbujas especulativas de la imagen; fantoches que solo aparecen por el sostenimiento de andamiajes comunicativos. Se trata de montajes, que por sus características, por falta de fondo, de cualidad y calidad, no duran; son desechables; sin embargo, impactan en el momento por el bullicio mediático.

Hay temas estratégicos, hay temas de preocupación pública, hay temas pendientes, que deberían ser manejados, en la difusión, como merecen estos tópicos. Más que cuidado y cautela, con el esmero que corresponde, sobre todo respecto a la información, a la que tiene derecho acceder el usuario, además de ayudar a la comprensión descriptiva de los temas, independientemente de las posiciones. No se pide que los medios no tengan posición, sino que partiendo de su posición, sean capaces de informar, describir, coadyuvar al debate, a la deliberación, al raciocinio, a la formación de la opinión pública.

Uno de los debates pendientes es sobre los autores del pensamiento boliviano elaborado. La tarea de un medio, que se reclama serio, es ofrecer al público perfiles de los autores, describir sus producciones, y si se puede, aproximar a la historia del debate habido, incluso en curso. Esto no se hace. Se opta por difundir artículos de diatriba sin importar garantizar un debate. Tenga la posición que tenga el medio, tiene, del otro lado, una mayoría de gente que si le interesa el debate; pero que no lo encuentra, pues estamos ante medios reducidos a la transmisión oficiosa de información enlatada, al shock de la crónica roja, a la diatriba, que la mayoría de las veces resulta barata.

Llama la atención que cuando más capacidad técnica se tiene de difusión, de llegar masivamente, de informar, de formar, es cuando menos se informa, se desinforma, cuando menos se forma, se deforma. ¿Por qué ocurre esto? Asistimos no solamente a un mundo de las representaciones, sino de las representaciones desechables; asistimos a una época de la simulación, cuando lo que importa es la ilusión y no el acontecimiento; asistimos al desborde del poder cuya dominación depende de representaciones desechables, de ilusiones masificadas, de la mediocridad instaurada y generalizada.