¿Cuándo la crítica es crítica? ¿Qué es la crítica? La crítica, que viene del griego, de κρίνειν krínein, que quiere decir discernir, analizar, separar; de las que deriva κριτικός kirtikós y κριτική kritikē; es decir, crítico, crítica; relacionado a juzgar, también dirimir. La palabra crítica, la acción de discernir, deriva de la palabra criterio; que connota el uso de conceptos. Ampliando la interpretación etimológica, tomando en cuenta la raíz griega kri(n), derivada del proto-indoeuropeo kr̥n, que, en latín, también deriva en palabras como secretum y discernere, se puede concluir que la crítica alude al análisis, cuya finalidad es la contrastación, no solo con la realidad sino también con las teorías. Se trata entonces de la consistencia o correspondencia con la realidad, también con la consistencia teórica. Emmanuel Kant llevó la crítica más lejos, cuando establece la crítica como el análisis de las condiciones de posibilidad del conocimiento y de la experiencia. A partir de este desplazamiento epistemológico de la crítica, se pasa a la filosofía crítica, convirtiendo al pensamiento en la mimesis conceptual del movimiento efectivo. Quizás la expresión mayúscula de esta pretensión teórica es la filosofía de la historia. A partir de este paradigma racional, que convierte a la historia en el escenario dialéctico de las astucias de la razón, se desprenden las críticas a los corpus teóricos con pretensiones científicas. Karl Marx desarrolla la crítica de la economía política.

Se ha hablado de la crítica, de la crítica de la crítica, también de la crítica general o generalizada. De alguna manera, este decurso se enuncia en la filosofía dialéctica, tanto en su versión “idealista” como en su versión “materialista”. En este último caso la crítica forma parte de la política, como realización de la filosofía. También el marxismo es sometido a la crítica por las corrientes postmarxistas. La crítica, en sus modos variados, forma parte de las prácticas teóricas, filosóficas, epistemológicas y científicas; si se quiere, forma parte de las contrastaciones teóricas, lógicas, epistemológicas y metodológicas. La crítica adquiere otras connotaciones en la hermenéutica; en este caso la crítica tiene que ver con la interpretación del texto en el contexto; en principio, de textos, después, de contextos histórico-culturales. El método del círculo hermenéutico es un claro ejemplo de esta forma de crítica, que adquiere el sentido de la interpretación de nunca acabar. Jacques Derrida lleva la crítica hermenéutica más lejos con la deconstrucción, cuando la crítica se comporta como el desmontaje de textos, que suponen tejidos y capas de tejidos. La deconstrucción articula etimología, interpretación narrativa, interpretación conceptual, interpretación simbólica, interpretación metafórica, conectadas con interpretaciones histórico-culturales y políticas.

Estamos pues ante una herencia acumulativa de la arqueología de la crítica. En el presente, se espera que la crítica recoja esta herencia o, por lo menos, parte de ella. De ninguna manera se espera que se pretenda que sea “crítica” una narrativa “ideológica”, sobre todo tratándose de una de las “ideologías” conservadoras. No se puede llamar crítica a la reducción de la obra de una autor a una caricatura, después, ejercer sobre esa caricatura la pretendida “crítica”. Esto no es nada más que un discurso prejuicioso. Se puede estar de acuerdo o no con un autor, con su obra, con la pertinencia o no de su obra; sin embargo, cuando se trata de la crítica de esa obra y ese autor, se requiere la comprensión de la estructura de la obra, la estructura conceptual de la obra, incluso si se trata de desplazamientos estructurales y conceptuales de la obra, definiendo distintas etapas. Cuando se obtiene la composición narrativa y teórica de una obra, entonces se está en condiciones de iniciar la crítica del texto o del conjunto de textos, que hacen al contexto hermenéutico de la obra. Si se reduce la obra a una caricatura, lo único que puede salir es otra caricatura de “crítica”, no la crítica en sentido pleno de la palabra.

Llama la atención la pobreza de la “crítica” de la obra de René Zavaleta Mercado. Se parte de las premisas prejuiciosas, de partida, de que el autor aludido no piensa bien Bolivia, no piensa bien la sociedad. Nunca se expresa claramente el referente con el que se contrasta, referente que, se supone, corresponde a la verdad de la sociedad y a la verdad de Bolivia. Las fallas de la obra o del pensamiento del autor, inherente a la obra, tienen que ver con que no es un pensamiento democrático, es un pensamiento determinista y es un pensamiento populista. ¿Es esta una crítica? El eje central de la argumentación consiste en encontrar una composición doble en el pensamiento de Zavaleta, heredero del ideologüema del nacionalismo revolucionario y de la teoría marxista. De esta teoría hereda el determinismo histórico, de la que no escaparía Zavaleta, a pesar de su apego y recurso a las concepciones gramscianas del marxismo, que ya ventilan desplazamientos teóricos y conceptuales. Por otra parte, el otro eje de la argumentación tiene que ver con la concepción dramática del destino de la nación; una nación arrebatada por la dependencia y la subordinación a la dominación extranjera. En otras palabras, la crítica develaría, supuestamente, un discurso y una interpretación de victimización.

Resulta difícil reconocer la obra de Zavaleta en esta interpretación tan esquemática y maniquea, independientemente de la inclinación por las concepciones del autor. El método de la crisis como procedimiento de conocimiento no puede ser reducido a la violencia, al deseo de violencia, que no sería otra cosa, que deseo de venganza. Es cuando se delata esta supuesta crítica; muestra sus enormes vacíos en lo que respecta a la descripción adecuada de la obra, al manejo de los conceptos de la narrativa zavaleteana. Nada más lejos de los sentidos implícitos en las escritura, en la formación discursiva y enunciativa de Zavaleta.

No se entiende por qué tendría que ser determinista la tesis de la formación social abigarrada, tesis principal de la teoría de Zavaleta. En resumidas cuentas la formación social abigarrada alude a la complejidad de la formación social, a la yuxtaposición de sus formas, contenidos y expresiones. Esto no puede ser, de ninguna manera, determinismo. Tesis de donde se desprenden el concepto de crisis, que viene a ser, en Zavaleta, un concepto epistemológico, también una configuración problemática, que debe ser desbrozada a partir de la lectura de la crisis, que tiene connotaciones políticas, también sociales y culturales; se está hablando de la crisis de Estado; no de la violencia descarnada. Parece que el “crítico”, en este caso, tiene problemas con los fantasmas de la violencia, que le impiden elaborar una crítica, empujándolo a una diatriba contra sus propios fantasmas.

No se reconoce ninguno de los capítulos de Lo nacional-popular en Bolivia, obra póstuma de Zavaleta. La querella del excedente, capitulo donde el autor trata de la guerra del pacifico, es reducida a síntomas del resentimiento; dejando de lado el sugerente análisis de Zavaleta sobre las características estatales de Chile, Perú y Bolivia, las diferencias sociales y culturales, las condiciones diferenciales de sus tendencias económicas, sus estructuras económicas y estructuras de poder, a pesar de las analogías de formas jurídicas. No se toma en cuenta El mundo de Willka, capitulo intenso, donde se relata y analiza la Guerra Federal, en el contexto del sistema-mundo capitalista. No está pues Zavaleta, la obra del autor, en el objeto de esta “crítica”. Nos encontramos con los fantasmas y miedos del pretendido “crítico”.