A propósito de evaluar las últimas (e)lecciones subnacionales, conviene precisar el sentido mismo de la evaluación. Pues en eso consiste la crítica; que no es criticonería cómoda de la indiferencia (común a los analistas) sino, ante todo, evaluación. La crítica es evaluativa porque no parte desde un afuera neutral sino desde el compromiso común que no busca destruir sino construir. Ese compromiso nos compromete en un mismo horizonte, de donde se deducen principios y valores, desde los cuales la crítica tiene sentido; ese horizonte nos proponía el “vivir bien”, la descolonización, el Estado plurinacional, etc. La dirección y la consolidación de ese horizonte es lo que empezó a marcar las distancias. Pues si en el destruir un orden dado, todos estamos de acuerdo, en el construir un nuevo orden es donde aparecen inevitablemente las diferencias. Construir ya no es tan fácil y en esa apuesta se ve que no todos buscábamos lo mismo que pregonábamos. Detengámonos entonces en las lecciones que se deducen de la última elección.

Cuando la historia se repite es porque no se aprende nada de ella. Pues, de nuevo y como por una maldición, el triunfo nacional no se tradujo en victorias locales. La anterior experiencia ya debía haber servido para evaluar un proceder que coincidía más con el “mandar mandando” que no con el “mandar obedeciendo”. El tufillo soberbio del triunfo de la segunda elección presidencial descalificó una necesaria autocrítica a nivel oficial y, en consecuencia, vino la sorpresa –o el revés– de las elecciones subnacionales. Lo mismo sucedió ahora.

Al parecer este proceder empieza con la apertura de la nueva constitución, después de haber sido aprobada en Oruro. ¿Qué significaba eso? Que el poder constituido se sobreponía sobre el nuevo poder constituyente y se reponía a costa de éste, es decir, lo que debía ser transformado transformaba el nuevo proyecto estatal a imagen y semejanza del carácter colonial del Estado liberal. Para ello debía de operarse una sustitución: se desplazaba al sujeto plurinacional y, en su lugar, se imponía un sujeto sustitutivo, que se hacía con las riendas del proceso de cambio; éste ya no era más un proceso constituyente sino la máscara de un mismo ciclo estatal.

Esto tenía todos los sabores de un golpe de Estado, es decir, se arrebataba el poder constituyente para reconstituir los viejos poderes, sacrificando al propio proceso constituyente y, en consecuencia, al sujeto constituyente, o sea, al sujeto plurinacional. Por eso el gasolinazo y el TIPNIS no eran episodios marginales sino que ellos demostraban el abandono del horizonte constituyente que había propuesto el sujeto plurinacional y, desde el cual, tenía sentido un proceso de cambio en torno al “vivir bien” y la constitución de un Estado plurinacional.

Abandonado el horizonte se explica la devaluación de la política en el inmediatismo y el electoralismo. Cuando ya no hay horizonte entonces deviene la instrumentalización de la política y todo consiste en preservarse en el poder. Por eso ya no convenía “mandar obedeciendo”. Este sujeto sustitutivo no es el sujeto plurinacional, por eso tampoco en su horizonte se vislumbra el “vivir bien” sino el desarrollismo más capitalista. No es capaz de superar los prejuicios de la izquierda del siglo XX y sigue creyendo que el capitalismo es la etapa desarrollista necesaria para alcanzar el socialismo. Esa creencia le oculta los efectos suicidas que produce la lógica del capital y que se traduce ahora en crisis climática.

Si no tiene conciencia ecológica es difícil que apueste al “vivir bien”; pues sigue creyendo que, para lograr riqueza, hay que “dominar” a la naturaleza. En el fondo, sigue siendo capitalista sin darse cuenta. Por eso, en su idiosincrasia, lo indio que tenemos debe abandonarse y todo lo que proviene de lo indígena debe quedar atrás en el tren del progreso y el desarrollo. No cree en lo suyo, por eso lo condena, y apuesta por el mundo que ha producido el dominador. Quiere ser eso. Por eso adopta su política. Si luchaba contra el poder no era para democratizarlo sino para hacerlo suyo. Por eso desconfía de su propio pueblo; pues si él se considera la sede del poder entonces debe desconocer a la verdadera fuente del poder político. Por eso él se pone como sujeto sustitutivo y desplaza al verdadero sujeto de la revolución y lo reduce a un simple “obediente”. Por eso cree que puede moldearle a su antojo.

La (e)lección pasada contiene esa paradoja no resuelta. Hegemonía no consistía en el control absoluto sino en la capacidad de congregar a todos en un mismo horizonte común. Una política de Estado a largo plazo es sólo posible desde esa capacidad. Es cuando el todo de una nación apuesta al proyecto que ella misma se plantea como su proyecto verdadero; por eso está dispuesta a cambiar el sistema de creencias que le sostenía y apuesta por uno nuevo. Sólo en ese sentido, el “vivir bien”, adquiría significado pleno. Pero cuando éste es una pura bandera de la reposición del mismo Estado que se pretendía transformar, entonces desaparece aquella base de nueva disponibilidad común.

Hegemonía no quiere decir dominación. La dominación aparece cuando la hegemonía no puede consolidarse. Hay hegemonía cuando el proyecto propuesto congrega y converge al todo de la nación en un destino común. Sin hegemonía, el proyecto propuesto no se hace efectividad, pues su legitimidad se vacía. Pero cuando, discursiva y prácticamente, el proyecto no es capaz de congregar, entonces sucede la tentación de la imposición. Entonces ya no se piensa lograr hegemonía sino simple dominación.

En el campo político, consolidar hegemonía es fundamental, porque lo otro es la guerra, y allí sólo hay destrucción. Consolidar hegemonía no sólo es entendible sino hasta deseable; en política, lo real se mide por la mayor legitimidad que se logre. Eso es lo que quiere decir la frase de Hegel: “todo lo real es racional y todo lo racional es real”. En política, lo racional es la legitimidad y sólo cuando hay legitimidad, algo es real. La falta de legitimidad de un Estado produce su irrealidad, aunque exista como institución (acaba siendo un “Estado aparente”). El fundamento racional de toda legitimidad consiste en el acontecimiento originario intersubjetivo de dotarse, una comunidad política, de un proyecto de vida. Este acontecimiento intersubjetivo se produce históricamente, y es adonde concurren las subjetividades para transformarse en sujeto histórico, o sea, en pueblo.

Pero la hegemonía absoluta, aunque deseable, es imposible fácticamente. El querer realizarla es lo que acaba por vaciarla. La hegemonía deviene en pura dominación; y en eso consiste la expropiación de la decisión. El pueblo ya no decide, sólo acata y obedece. La democracia neoliberal se sostiene en ese artificio; expropiada la decisión, el voto ya no decide, sólo confirma lo que ya se ha decidido. Pero eso es imposición pura. Cuando ya no hay legitimidad horizontal, o sea, hegemonía, entonces no queda otra que la dictadura. La carencia de perspectiva conduce a aquello, porque toda hegemonía se produce en el tiempo estratégico; cuando hay perspectiva hay horizonte, con proyección hay visión y sabiendo mirando a lo lejos aprendemos a mirar, de mejor modo, lo que está cerca. Para saber por dónde vamos tenemos que tener muy claro a dónde nos dirigimos. Sin perspectiva no hay siquiera conciencia del lugar que ocupamos ahora.

Hegemonía es dirección y, en política, si no hay dirección hay caos. Pero confundir, hegemonía con dominación, supone una concepción devaluada del poder. Si todavía se cree que el poder es algo que se le sustrae al pueblo, o aquello que el pueblo concede (y renuncia) de modo definitivo, entonces lo que sucede es una “expropiación de la decisión”. Pero si la decisión es expropiada en beneficio de una elite entonces ya no hay legitimidad real.

El pueblo ya no decide, sólo confirma una exigua legitimidad vertical. El político weberiano concibe el poder de ese modo, como el “dominio legítimo ante obedientes”; por eso no ve en el pueblo a un sujeto sino a un objeto, por eso no quiere actores, sólo obedientes, cree que el dominio es algo legítimo, por eso no duda en imponer sus pareceres desde “arriba”. Una vez que el pueblo le ha delegado su poder, cree que puede ejercerlo de modo impune, sin tomar en cuenta a los demás y sin tener que rendir cuentas a nadie. Así empieza la fetichización de la política: el asalto del poder. Pero, si el pueblo es la sede soberana del poder, la primera y última sede de todo poder, ¿qué quiere decir “asaltar el poder” sino asaltar al pueblo mismo?

Entonces, el afán de querer el poder absoluto logró confundir hegemonía con dominación. Si ya no se puede convencer sólo queda el vencer. Pero, después de haber derrotado el proyecto de la oligarquía, la verdadera victoria ya no quería decir aplastar a alguien sino el ya no tener que aplastar a nadie. En la lógica de vencer hay que vencer a todos, en consecuencia, uno se queda solo. Y así se queda quien pretende el poder absoluto. Porque por querer tenerlo todo, acaba no teniendo nada.

Lo grave, en esa apuesta, es que arriesga el proyecto que lo llevó al poder. Por eso no había nunca que confundir: ni el MAS ni el gobierno son el proceso de cambio. Eso llevó a creer que defender al gobierno era defender al proceso de cambio, que sin el MAS no había tal proceso. Eso hizo del liderazgo un puro culto a la personalidad.

Por eso el fracaso del MAS en las últimas elecciones no puede significar, lo que ya anuncian los agoreros: “el comienzo del fin del proceso de cambio”. La implosión en Venezuela no es aislada, también sucede en Argentina, en Brasil, en Ecuador y en Bolivia; lo cual no es sólo imputable al Imperio sino también al devaneo ideológico que han adquirido nuestros procesos. El abandono de proyección estratégica civilizatoria y la ausencia de conciencia geopolítica, están conduciéndonos a la inanición revolucionaria; lo cual hace que nuestros gobiernos ya no actúen de modo proactivo y diluyan el contenido propositivo de una verdadera liberación. Por eso el pragmatismo prima y la política se vuelve puramente instrumental. Por eso en las últimas elecciones no había discusión ideológica y todo consistía en ofertas y demandas de carácter puramente mercantil. Por eso reencauzar el proceso tiene hoy más sentido que nunca.

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