No se trata de escoger entre un anti-electoralismo a secas y un electoralismo compulsivo. Todo depende de la coyuntura y del contexto, del campo de fuerzas, sobre todo de la situación específica. El problema es cuando se usa la consigna anti-electoralista suspendida de la coyuntura y el contexto; lo mismo cuando se usa la consigna electoralista de la misma manera. Lo peor es cuando el electoralismo se convierte en el procedimiento para conservar el poder. El electoralismo se convierte en un burdo procedimiento que sustituye a las tareas políticas estratégicas; en el caso de los gobiernos progresistas, se convierte en el burdo procedimiento que sustituye las tareas de transformación estructural e institucional. Ya sólo se trata de obtener la mayoría, mejor si es mayoría absoluta. Para lograrlo se emplea de todo, demagogia, retorica, propaganda estridente, hasta se encubren crasos errores y corrupciones. Se pierde no solamente objetividad sino la condición ética-moral. Lo grave es cuando esta conducta desastrosa se concibe como “revolucionaria”, se la efectúa a nombre de la “revolución”. Es cuando se ha perdido no solamente todo referente y orientación, sino se ha perdido toda perspectiva; es un naufragio en la nada del hastío, pero también en el todo de lo grotesco.

Se ha perdido el entusiasmo de las elecciones de 2005 y 2009, ahora se repite mecánicamente, como un hábito, la compulsión electoral, como si este fuera el fin, ganar elecciones, obtener la mayoría. ¿Para qué? Para hacer lo que se ha hecho, pésimas administraciones públicas, corroídas por las prácticas paralelas de la corrupción, encubiertas por la mayoría congresal, como si al hacerlo, lograrían hacer desaparecer el hecho. Desaparece en la ficción aritmética de la mayoría congresal, pero no desaparece de la realidad efectiva, tampoco creo que desaparezca de las mentes; queda como recuerdo, incluso como culpa. ¿Para seguir el curso de la desnacionalización, de la re-colonización, de las políticas monetaristas, avalando el extractivismo colonial del capitalismo dependiente? ¿Creen que porque ganan cambian las cosas? Lo que hacen también podían haberlo hecho los otros, su oposición; en esto no hay diferencia, salvo los distintos discursos.

Lo dijimos antes, la izquierda, usando este término esquemático, no es electoralista; lo que no quiere decir que sea anti-electoralista per se. Tiene sentido político ir a elecciones después de victorias políticas, como aconteció el 2005, cuando se ratificaron estadísticamente las victorias políticas de la movilización prolongada de 2000-2005; lo mismo ocurrió el 2002, cuando se obtuvo la segunda mayoría, elecciones que ratificaron las victorias políticas de la guerra del agua y del bloqueo indígena-campesino. También se puede decir algo parecido de las elecciones de 2009, que ratifican la victoria de la Asamblea Constituyente y la victoria política y militar sobre las oligarquías regionales beligerantes. Pero, ¿qué pasa con las elecciones posteriores? ¿Qué victoria política se dio? Ninguna; lo que hay es retroceso, regresión, decadencia, desnacionalización, recolonización, restauración calamitosa del Estado-nación, en sus formas más vulnerables, corrosión institucional y corrupción descomunal. En otras palabras, ocurre como en todas partes, el poder hace su trabajo de topo, pero también epidémico, incorpora a los “revolucionarios” en la maquinaria de poder, convirtiéndoles en sus engranajes. Como se trata de una maquinaria que chirria, se da este ajuste y adaptación en la forma como funciona el poder. Hay ecuaciones que sintetizan esto: Poder=Corrupción; Poder=Dominación; Poder=Cinismo; Poder=Simulación.

Cuando la “izquierda” olvida que es contra-poder y se enamora del poder, el poder, al seducirla, la encanta y encandila, llevándola al abismo, enloqueciéndola. Comparando esta evidencia con la epopeya, esto no le ocurrió a Ulises en la Odisea, pues Ulises, tal como lo narra el canto XII de la Odisea, prevenido por la diosa Circe del peligro del canto de las Sirenas, ordenó tapar con cera los oídos de sus remeros y se hizo atar al mástil del navío. Les dijo a los remeros: si por el hechizo del canto pedía que lo liberasen, debían apretar aún más fuerte sus ataduras. Gracias a esta artimaña Ulises fue el único ser humano que oyó el canto y sobrevivió a las sirenas, que devoraban a los infaustos que se dejaban seducir. Estas criaturas seductoras se precipitaron al abismo al verse derrotadas. En cambio, en el caso de la odisea de la “izquierda”, al no “taparse los oídos”, mas bien, al dejarse encandilar por los embelesos del poder, se dejó hechizar por los cantos de sirena; entonces estas criaturas, el poder, se devoraron a la “izquierda”.

Las elecciones a gobernaciones y municipios de este año, 2015, son eso, parte de esta calamitosa decadencia, de este olvido de la movilización prolongada y de la Constitución. Forma parte de la seducción del poder, de los cantos de sirena. Solo que se trata de sirenas bastante desencantadoras, obesas, que sin embargo, atraen a los candidatos; se trata de la sirenas de la corrupción, de la dominación, del cinismo, de la simulación. Hay un dicho paceño que dice a falta de marraqueta buenas son las caucas, aunque no se aplique en este caso, pues la marraqueta y las caucas son sabrosas; empero, hace alusión a un dicho que puede ser de los candidatos, a falta de transformaciones bueno es el poder.

Basta revisar los programas de los candidatos para darse cuenta cuán lejos están de la Constitución, es más, la ignoran. En lo que respecta a las regiones, a los departamentos y a los municipios, desconocen el entramado de competencias privativas, exclusivas, concurrentes y compartidas. No tienen la menor idea de la finalidad del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico; tampoco tienen noción del sistema de gobierno constitucional, la democracia participativa, pluralista, directa, comunitaria y representativa. Entre unos y otros, oficialistas y oposición, compiten en lo mismo, solo que unos lo hacen desde el gobierno, y los otros desde el estrado. Compiten en promesas asistenciales o, en su caso, promesas extravagantes; todas descontextuadas del mandato constitucional. Unos y otros tienen el perfil del politiquero, del demagogo. La política ha vuelto a sus cauces ordinarios, la gravitación del poder ha hecho esfumar los sueños; se trata de la política pedestre que comparte la clase política en todo el mundo.

Sorprende entonces tanto acaloramiento de diputados y senadores oficialistas, que hacen esfuerzos denodados en destacarse en despropósitos, como por ejemplo encubrir, cuando se sabe fehacientemente los alcances de la corrupción, justificar violencias tontamente, que no se sabe para que se ejecutan, ¿para amedrentar? Hablan para los medios como si se jugara el destino de un proceso que ya ha muerto. Es patético sobre todo cuando lo hacen de temas escabrosos o de casos insulsos.

Hay pues un desvarío electoral. Todo se resume al cómputo y a la compulsa electoral. El fin es obtener la mayoría a como dé lugar; el fin justifica los medios; sin embargo, es un fin que se ha perdido en los medios y son medios que llevan al fin del camino, la consumación de la decadencia.