Ciertamente es menester un balance, a estas alturas de las experiencias acumuladas de las sociedades humanas; pero no un balance como el que se acostumbra; separando lo positivo de lo negativo, separando fortalezas de debilidades, sacando enseñanzas de las lecciones aprendidas. Este balance plano, correspondiente a un cuadro comparativo, no nos sirve. Requerimos responder a la pregunta: ¿Por qué las sociedades humanas no se han emancipado hasta ahora? ¿No fue suficiente la crítica acumulada y la historia crítica desplegada? ¿No fue suficiente la secuencia de revoluciones que han estallado y cambiado las estructuras de poder? ¿Por qué la experiencia socialista real fracasó? Mientras no respondamos a estas preguntas, vano es insistir en proyectos “revolucionarios”, apostando por pura obsecuencia, tercamente, sin detenerse a reflexionar sobre la problemática abordada por las preguntas.

Algo que ya debía habernos quedado claro es que el mundo no se reduce a las representaciones. Este quizás es un primer error de los “revolucionarios”; aunque no sólo, pues los conservadores, nacionalistas, liberales y neoliberales también reducen el mundo a las representaciones; a pesar que lo hacen de manera diferente. El mundo no es representación; por lo tanto, las “revoluciones” no se realizan en el mundo como representación, salvo de una manera imaginaria. Esto es confundir al mundo con un gran teatro. De alguna manera, hasta ahora, se cree que las revoluciones es tarea de justicieros, acompañados por las masas; incluso, mejorando la versión, se cree que lo hace una clase explotada o una alianza de clases subalternas, activadas o acompañadas por la vanguardia. Esta es una concepción de la “revolución” como desenlace de la trama heroica, si se quiere, romántica. Sin embargo, una segunda cosa que ya deberíamos haber aprendido es que el mundo no se divide entre buenos y malos. Este esquematismo moral hace de hermenéutica implícita a la trama imaginaria del mundo.

Estas dos tesis, la del mundo como representación, la de la trama heroica, han arrastrado a los “revolucionarios” a aventuras, de las cuales no han podido salir bien parados. Un tercer presupuesto de los “revolucionarios” es que la historia se mueve por la astucia de la razón; que la historia está atravesada por la racionalidad dialéctica. Esta confianza en la racionalidad abstracta ha encaminado a los “revolucionarios” a paradojas inauditas, que podemos resumir en la figura contrastante de revolución-contrarrevolución, también de cambio-restauración. Entonces, otra cosa que ya deberíamos haber aprendido es que no hay ningún telos, ninguna finalidad implícita en la historia, que no hay tal astucia de la razón. Que lo que llamamos historia es la narrativa de los vencedores, quienes legitiman la nueva forma de poder; aunque también puede ser la historia la narrativa de los vencidos, que cuestiona la legitimidad del poder, que cuestiona la narrativa oficial. Esta contrastación de narrativas históricas nos traslada a la problemática de la historia efectiva. Ésta no se guía por ninguna finalidad implícita, por ninguna astucia de la razón, sino que se encuentra atravesada por la dinámica y mecánica de las fuerzas.

También deberíamos haber aprendido que la “revolución” no se reduce a la conquista y ampliación de los derechos. Si los derechos no se materializan, no se realizan efectivamente en las prácticas, en los hábitos, en los habitus, si no se da lugar a transformaciones estructurales e institucionales profundas, los derechos quedan como ideales a alcanzar, mientras la vida cotidiana sigue el curso condicionado por las estructuras de poder. La “revolución” no es un problema jurídico, es más bien la suspensión de todo el andamiaje jurídico. La “revolución” no es un problema de derechos, sino de desconstitución y constitución de subjetividades plenas, en devenir, sino de transformación de los esquemas de comportamientos y conductas en dinámicas móviles y creativas de las conductas y comportamientos. Esto implica la recuperación de las capacidades humanas inhibidas por las genealogías del poder; implica liberar la potencia social.

Como quinta enseñanza, deberíamos haber aprendido, después de la experiencia dramática de los socialismos reales, que una “revolución” no se alcanza separando igualdad de libertad. Una revolución igualitaria que restringe la libertad retorna a un Estado policial. No otra cosa ha sido la dictadura del proletariado, por más ingenio que le ponga en su explicación Étienne Balibar[1]. Una revolución de la libertad, que no viene acompañada por el igualitarismo, termina convirtiendo la libertad en un privilegio de pocos, mientras el resto se encuentra esclavizado por las necesidades.

Como sexta enseñanza que deberíamos haber aprendido es que un proceso político y social, que se encamina a la “revolución” o, si se quiere, una “revolución” que inaugura los cursos del proceso, no requiere para su defensa de reprimir la crítica, excluir la crítica, sustituirla por cantos a la “revolución” cumplida, convirtiendo a ésta en la encarnación de la misma en un símbolo patriarcal. Hacer esto es carcomer por dentro las fortalezas con las que contaba todavía un proceso “revolucionario”. Cuando ocurre esto, es el momento de inflexión, la “revolución” se ha institucionalizado, se ha convertido en una iglesia y los “revolucionarios” en unos sacerdotes. El pueblo tiene que asistir a misa a escuchar la letanía de las oraciones.

Del proyecto socialista al acontecimiento libertario

Los proyectos “revolucionarios” se propusieron como finalidades, entre estos proyectos se encuentra el del socialismo, aunque se lo pueda presentar en distintas versiones. La versión más conocida, incluso llevada a cabo regionalmente, si no se puede hablar de experiencia mundial, por lo menos como transición, es la versión marxista. Fueron proyectos igualitarios; la finalidad de la libertad fue tomada como logro posterior a haber cumplido con las necesidades. Pasar de la satisfacción de las necesidades al reino de la libertad.

Los nuevos proyectos “socialistas” se autodenominan socialismo del siglo XXI. No se entiende claramente la diferencia, tampoco las analogías, a no ser, que se comprenda que se trata de una restricción del alcance socialista o, si se quiere, tomándola mejor, que se trata de un diferimiento mayor. En todo caso, estos socialismos del siglo XXI tienen más analogías con la social democracia que con socialismo marxista, también tienen más analogías con los populismos latinoamericanos del siglo XX que con el socialismo real. La caracterización de uno de estos socialismos tardíos como socialismo comunitario no mejora la explicación; la hace más barroca. No se entiende el continuum de socialismo y comunitarismo, siendo el socialismo marxista una superación del capitalismo, una vez cumplidas las condiciones de posibilidad históricas, siendo, mas bien, la comunidad la condición de posibilidad pre-histórica y trans-histórica de las sociedades.

Los recientes movimientos sociales antisistémicos aparecen no como finalidades, en este sentido, no son proyectos, sino como acontecimientos libertarios; es decir, como praxis inmediata, que no espera al futuro ilusorio, sino que crea en el presente, en el acto, autónomamente, ese futuro. Se trata de movimientos autogestionarios, que no se generan a partir de vanguardias, en sentido político, sino se activan por auto-convocatorias, se propulsan colectivamente de manera deliberativa y en forma de asambleas.

[1] Ver de Étienne Balibar Sobre la dictadura del proletariado. http://www.elsarbresdefahrenheit.net/documentos/obras/627/ficheros/Sobre_Dictadura_Proletariado.pdf. También file:///C:/Users/RAUL%20PRADA/Downloads/Dialnet-EBalibarSobreLaDictaduraDelProletariado-4373122.pdf.