En medio de una cada vez más expandida internacionalización de la producción y del mercado cuyo correlato es la mercantilización de la salud, de los cuerpos, del conocimiento y del arte, no hay duda que las ideas que caben en semejante mundo son las ideas dirigidas por el mercantilismo, el consumismo, el utilitarismo. Al fin y al cabo, si aquí mandan las necesidades económicas (necesidades dictadas por las exigencias de la producción y el consumo capitalistas) lo que se requiere no es tanto formar al ser humano como un ser integral sino adiestrarlo técnicamente para los oficios “productivos”.

Para medir tamaña tendencia en el mundo actual observemos los medios de comunicación. Ahí las imágenes y los símbolos fluyen para dejarse apenas percibir. Ahí la aceleración es enemiga de la reflexión. La masa, permeada por los signos dominantes, carece de memoria histórica. Programas y publicidad estancan la vida en la cárcel de lo inmediato y placentero impidiendo la posibilidad de pensar en el origen de esa cárcel y en la posibilidad de otras formas de vivir.

De la luz a las tinieblas

Hegel, la cumbre filosófica más alta de la sociedad burguesa, se ocupó en su momento de mostrar la “utilidad” como el bien que nos eleva hacia las cimas del saber. Cambiar al mundo y convertirlo en útil para nosotros es el fin. La utilización mutua entre seres humanos convierte al mundo (en un botín, claro) pero también construye la cultura y el conocimiento (“como todo es útil al hombre, igual el hombre es útil al hombre”).

Si Hegel insinuaba encontrar aquí la “realización” de un proyecto social, no asomaba a su mente la posibilidad de que así como se ven las cosas, todo esto pudiera llevar a la humanidad al abismo de la barbarie. Era demasiado Ilustracionista y “progresista” para intuir eso. Aunque en este aspecto sea, paradójicamente, inconsecuentemente dialéctico.

¿Qué tan humano puede ser un mundo programado para lucrar? La búsqueda obsesiva del interés utilitario convierte al conocimiento y a la ciencia en peones del interés inmediato de la ganancia. Como intuyeron dos pensadores bien distintos –Marx y Heidegger- no se trata aquí de la aplicación de la ciencia, sino de su subordinación a la técnica: la genética al servicio de las megacorporaciones de alimentos menos para aliviar enfermedades humanas, la psiquiatría derruyendo la condición humana creando “locura” donde hay víctimas de la locura del sistema social, son sólo algunas muestras de esta tendencia.

Con el reinado de la mercancía, la historia queda clausurada no tanto por los profetas e ideólogos del gran capital como por la racionalidad técnica capitalista. La gran filosofía burguesa y sus héroes quedan como fantasmas y recuerdos de un pasado no tan remoto como inaccesible mientras la masa humana está absorbida por la asfixiante cotidianidad de producir y consumir. La ciencia y la teoría han dejado de pensar para someterse al mandato único de lo útil y productivo.

Y aquí lo útil no es lo que se usa para gozar y vivir plenamente sino lo que se usa para convertirlo en un objeto disponible, como sucede con todos los demás elementos de la realidad; naturaleza, saber, el cosmos mismo está subordinado a la racionalidad técnica. Sus únicos límites son los mismos límites técnicos.

Medios de comunicación desarrollados, industrias productivas de alta potencia, tecnología agrícola y militar pletóricas, son el reverso del empobrecimiento del mundo humano. “La valorización del mundo de las cosas está en proporción a la desvalorización del mundo humano”, decía Marx, y como aquí el mundo humano ya no es tal, puesto que las decisiones autónomas están canceladas, las diferencias y la trascendencia han sido simplemente borradas. Y no nos referimos a la “diferencia” seductora que nos presentan los supermercados en sus estantes, sino a la indecisión, a la castración de reflexión y de acción humanas frente a los nuevos y viejos antagonismos sociales: no hay diferencia entre la miseria y la opulencia, entre el goce y el dolor, entre la rapacidad y la fraternalidad, entre la guerra y la paz; del asesinato de infantes en Palestina pasamos velozmente a los chismes de farándula y de ahí al corte comercial…

Como la búsqueda de esta utilidad social y económica es un fin en sí mismo, un círculo cerrado inflexiblemente, la vida humana se hunde en la más obvia mediocridad. Aquí y en todo lado resuena la máxima de Macbeth: “la vida es un cuento que cuenta un idiota con mucho ruido y furia y que no significa nada”.

Algunos creen que la maquinaria capitalista nos ha “desnaturalizado”. En realidad es todo lo contrario: nos ha naturalizado, animalizado, subyugado a la única posibilidad de sobrevivir en medio de la ausencia de grandes luces y proyectos. La indiferencia no es una “filosofía” del tipo de pensamiento que se proponía el nihilismo, aquí la indiferencia no necesita ser pensada y solo es vivida. La existencia de los hombres queda reducida a la subsistencia más homogénea en medio del vacío de la heterogeneidad del consumo.

La típica escena del aula en la que mientras el maestro explica la lección los estudiantes están sumergidos en su Smartphone (viendo pornos o chateando) grafica bien todo lo dicho. Aquí, como en incontables sucesos, la capacidad de un acceso inédito (desde el punto de vista histórico) a parte del conocimiento acumulado por la humanidad se vacía en repetidos actos de entretenimiento banal.

El capitalismo global no es igual en todas partes

Si bien las diferencias de clase están presentes igual en Wall Street que en Camboya, en El Alto o en Brasilia, la división internacional del trabajo reproduce las condiciones del tecnocosmos en distintas condiciones según el país que se habite. No es lo mismo aspirar a tecnócrata una vez graduado del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts, EEUU) que graduarse como bachiller “técnico medio” de un colegio fiscal de la zona sur de Cochabamba. Para el caso que nos ocupa, aquí la educación juega un rol definitivamente disímil en la (de)formación humana. La cantidad y calidad de los conocimientos impartidos por la educación se vuelven netamente clasistas a la hora de preguntar a la escuela qué tipo de ciudadanos pretende formar: patrones, auxiliares de los patrones o subalternos a ambos.

Y esta pregunta está en directa consonancia con los proyectos políticos dominantes en una época o en una coyuntura. En Bolivia se nos ha dicho que se propone desarrollar las fuerzas de producción sobre la base del capitalismo hasta ahora existente. De ahí que sus modelos productivos sean la “cooperativa” minera, la agroindustria intensiva, la maquila (eufemísticamente llamada pequeña y mediana industria) y el gran emporio transnacional. Estas fuerzas económicas conjugadas en la economía plural y acicateadas todas ellas por el Estado, se expresan en un gran frente político -compuesto por patrones, patrones imperiales, campesinos y burócratas- que solidifique, garantice y proyecte esta alianza hacia interminables sucesiones presidenciales del caudillo.

Sólo si se tiene en cuenta esta estrategia política se puede entender a cabalidad la estrategia educativa esbozada por la Ley educativa 070 (“Siñani-Pérez”), especialmente en su acápite referido a la educación técnica.

Así pues, aunque este proyecto de educación técnica pretenda ser realista desde el punto de vista coyuntural es utópico (y reaccionario) desde el punto de vista histórico. Su realismo arranca de las “necesidades” y “aspiraciones” inmediatas de grandes segmentos de la población. Se nos vende la idea de acercar un futuro más posible a esos miles de jóvenes que, terminando el bachillerato, no encuentran destinos en los estudios superiores de la Universidad, posibilitándoles, bachillerato técnico mediante, una profesión accesible y susceptible de ser rentable en un país abarrotado de “licenciados” y carente de “técnicos”. Esta idea, de tinte publicitario, se materializa en el planteamiento de formar técnicos de acuerdo a las “necesidades del entorno”. Eso quiere decir mano de obra “flexibilizada” en masiva disposición. Pero como vivimos en un país donde la mayoría del tiempo las personas no buscan calidad de trabajo sino tener trabajo en sí mismo, convirtiéndose en presa fácil para la súper-explotación, en “tiempos normales” esta situación podría presentarse sólo como un “peor es nada”. No obstante, es un grueso error no considerar las cosas desde su dimensión histórica, desde la cual podríamos afirmar que el proyecto educativo es simplemente inviable. O mejor, es inviable, desde cierta perspectiva. ¿Cuál en específico? La de posibilitar el desarrollo de las fuerzas productivas, que no es otra cosa que decir la posibilidad de vencer y superar el atraso y la dependencia económica del país. Esto quiere decir que sí es relativamente viable desde otro punto de vista; el de ofrecer al capitalismo salvaje del siglo XXI fuerza de trabajo barata que puede disponer un país “en vías de desarrollo”. Aquí, como casi siempre, los proyectos productivos y educativos del país semicolonial están subordinados a los requerimientos del capital internacional.

Posmodernismo y pragmatismo: una síntesis nefasta

Desde nuestra óptica, el basamento teórico y práctico de la Ley 070 es una síntesis entre ideas posmodernas y planteos prácticos pragmáticos. Esto deja de parecer extraño si recordamos que el surgimiento mismo del posmodernismo es el contexto del embate contemporáneo contra las ideas y la organización del movimiento obrero: el neoliberalismo.

La destrucción de las organizaciones sindicales, la sub-contratación laboral, la deslocalización de empresas, el despido masivo y los contratos temporales tuvieron que imponerse también en el mundo de las ideas: el ataque generalizado a las certezas de la modernidad involucró una buena porción de artillería contra el socialismo. Para remover las bases materiales del capitalismo progresista tuvieron que torpedear la filosofía iluminista y convertir la irracionalidad, la fragmentación, la destrucción de la verdad científica en el programa acabado de la nueva mentalidad burguesa.

En Bolivia, la Ley ha centrado su ataque a una (supuesta) visión androcéntrica (centrada en el hombre) del pensamiento occidental a partir de reivindicar una (también supuesta) visión cosmocéntrica de los pueblos indígenas. Con ello está aparejado el llamado rescate de los saberes ancestrales contra la dominación colonial ejercida por la ciencia occidental. Esta idea simplista y liviana bastó para que en el currículo se eliminen contenidos curriculares de carácter científico sólo por ser sospechosos de ser vehículos de colonización occidental (el ejemplo del área de filosofía es contundente).

El argumento de que esta maniobra sirve para descolonizar se cae por sí solo. El rechazo dogmático a la “ciencia occidental” no es el camino de ningún tipo de liberación; el reverso de una actitud crítica hacia el conocimiento acumulado universalmente por la humanidad sólo es la ignorancia.

El énfasis en rebajar los conocimientos humanísticos para insertar la formación técnica es una estratagema común en todo gobierno capitalista. Ya vimos un intento similar con la Ley 1565, llamada Reforma Educativa, del Banco Mundial. De modo que el matrimonio entre posmodernismo y el pragmatismo más utilitarista es un matrimonio necesario. Uno y otro son condiciones para que funcionen las políticas educativas funcionales al capitalismo globalizado.

* Maestro y dirigente de la Federación de Trabajadores de Educación Urbana de Cochabamba.