La escalada de conflictos en Sudán del Sur y República Centroafricana, y de criminalidad en Nigeria, tienen un elemento común aparte del entramado económico que se infiere, y es la politización de la etnicidad. África teme a la reedición en Sudán del Sur de un genocidio como el que atormentó a Ruanda hace 20 años, en tanto que la violencia escala aceleradamente en el norte de Nigeria, bastión de la secta radical islámica Boko Haram.

El concepto de etnicidad no sólo aborda las características de un grupo humano determinado en el intercambio con su medio, sino también la supervivencia de la estructura social denominada comunidad. Es de puntualizar que las citadas contiendas bélicas tienen múltiples raíces y aunque sus proyecciones están dirigidas en línea general a la toma del poder, cada una exhibe rasgos específicos pero igualmente aspectos medulares y reiterativos que superan lo incidental en ellas.

Los procesos etno-políticos que se presencian hoy se erigen sobre la base de fragilidades en aspectos económicos, opinan especialistas al exponer el carácter estructural de las contradicciones en el interior de los Estados, pero esa formulación tiende a reducir las causas.

Ante el continente, cuyo crecimiento económico muestra su capacidad de recuperación tras la aplicación de programas de ajuste de tipo neoliberal y pese faltar equidad en la participación de toda la sociedad en los beneficios, está el desafío de no fracturarse.

Ahora disfruta de una curva ascendente, tendencia que podría mantenerse en las próximas décadas, opina el presidente de Ruanda, Paul Kagame, y añade que “a lo largo de los últimos 10 años las economías de África se cuentan entre las que han crecido más rápidamente en el mundo, con una media anual del 5,6 por ciento”.

Sin embargo, si bien el tema económico es preeminente, también están otros asuntos que se desprenden de una historia tan extensa y convulsa como lo es la región.

Privilegiar en África la dimensión externa de los diversos grupos socioculturales frente al Estado o en este, conduce ocasionalmente a perder de vista la esencia, naturaleza y las potencialidades internas de esas comunidades, se corre el riesgo de desconocer sus capacidades de acción.

Es en ese contexto donde podría ubicarse el papel del partidismo étnico que al parecer, en la actual coyuntura, sienta bases para prepararse y asumir comportamientos ante lo que identifique como enemigo o figure entre cuanto considere obstáculo con vistas a la supervivencia.

Pero “etiquetar los conflictos en África con términos simples y simplistas como “étnico”, “tribal” o “religioso” equivale tan solo a comprender lo que es obvio” afirma Adie Vanessa Offiong, reportera en Abuja con Media Trust Limited, y porque tales reducciones son propias de los medios para sintetizar definiciones y procesos.

CONCEPTO DE ETNIA

Etnia es un colectivo humano unido por motivos comunes: parentescos, psicología, fisonomía, religión y otros rasgos que les diferencia del conjunto siendo parte de este y con el cual se relaciona de diversa forma resguardando su individualidad.

“La etnicidad hace referencia a las prácticas culturales y perspectivas que distinguen a una determinada comunidad de personas. Los miembros de los grupos étnicos se ven a sí mismos como culturalmente diferentes de otros grupos sociales, y son percibidos por los demás de igual manera”, según el sociólogo el Anthony Giddens.

“Hay diversas características que pueden servir para distinguir a unos grupos étnicos de otros, pero las más habituales son la lengua, la historia o la ascendencia (real o imaginada), la religión y las formas de vestirse o adornarse”, destaca Giddens, y a esas características se añade la estada en una zona donde actúa como residente por derecho.

En África, los conflictos tienen causas de fondo diversas, tanto objetivas como subjetivas y es desacertado “vincular negativamente la problemática étnica con cualquier proyecto de construcción democrática pluripartidista”, es decir con programas excluyentes que conducen a enfrentamientos, según la experta María Rodríguez González.

Es decir, la existencia de grupos étnicos no supone el estallido automático de conflictos como el que ocurre en Sudán del Sur, donde el presidente Salva Kiir y el ex vicepresidente Riak Mashar colocan sobre el tablero político su influencia con los dinka, del mandatario y los nuer, de su rival.

Aunque esa guerra es una lucha por el poder, cuyo trasfondo sería la tenencia de las riquezas petroleras, la alineación en el sentido étnico podría hacerla más desgarradora, porque se vería en términos de supervivencia y/o aplastamiento -y aniquilamiento- de una comunidad por la otra.

No obstante, Rainer Tetzlaff, catedrático del Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de Hamburgo, discurre que “el estallido de tensiones y conflictos étnico-sociales es independiente de la riqueza social de una nación”, y así ubica la frecuente violencia con acento étnico en países que son muy pobres en recursos.

LOS BANDOS DEL CONFLICTO

En una alocución Jean Baptiste Migheri, teólogo laico congoleño, acotaba que “cuando se habla de los conflictos africanos desde fuera, se les suele calificar de tribales o étnicos”.

“Es la manera más atolondrada e irresponsable de definirlos, y por ende de no querer responder por ellos, exponiendo sus verdaderas causas. Política, economía, cultura y religión son en realidad los grandes marcos de esas contiendas africanas, como lo son de alguna manera, en realidad, en todo el mundo”, precisa.

Tras citar el caso de la guerra sursudanesa, otro foco de tensión que preocupa a la Unión Africana (UA) es el de la República Centroafricana, donde el derrocamiento del presidente Francois Bozizé el pasado año reconfiguró la estructura del poder, y colocó en la élite a la comunidad musulmana, identificada por la guerrilla Seleká.

Los acontecimientos allí retomaron un elemento clave, un factor asociado a la politización de la etnicidad, el componente confesional que ciertamente no es un tópico aislado, sino parte de la polarización de los contrarios y se refuerza con la radicalización ideológica de los procesos, según experiencias estudiadas.

Frente a Seleká está la milicia antiBalaka, de base cristiana, con los mismos dogmas étnicos, pero obediente a una fe que anima al 40 por ciento de la población en la República Centroafricana. Es así cuando claramente se percibe cómo los valores de la etnia se supeditan al proselitismo político.

Para los historiadores Hobsbawm y Rager en La invención de la tradición: “las modernas tribus de África central no son una supervivencia de un pasado precolonial, sino creaciones coloniales por parte de administradores e intelectuales nativos”.

Es decir, el fortalecimiento de la etnicidad fue una consecuencia de los cambios políticos y económicos resultantes de la colonización continental y su persistencia hasta el siglo pasado, y la más trágica consecuencia resultó la aberración que condujo al genocidio de Ruanda hace 20 años.

Las transformaciones suscitadas por el más reciente período de reestructuración de las formaciones económico-sociales, en la globalización neoliberal, induce a optar por actitudes extremas de protagonistas que operan en la periferia de los sistemas o que permanecen marginalizados de la participación de riquezas y derechos. Esa percepción de estar fuera de su lugar en la arena pública y en la sociedad civil, allana el camino al cambio de situación con uso de la violencia indiscriminada y apoyándose en palancas de compromisos étnicos, que en este caso se relacionan torcidamente con la apuesta confesional de Boko Haram, una secta extremista.

Contrario al conflicto en la República Centroafricana, donde Seleká no halló una salida en el callejón de la política, el de Nigeria -con Boko Haram- es más complicado pues tiende a empujar al país a una peligrosa cisura, que de agravarse afectaría a todo el Estado.

Coincide ese pronóstico con un reciente reporte policiaco sobre un ataque más de individuos de la comunidad étnica nigeriana fulani -cuya base económica es ganadera y su confesión el Islam- en Kauyen-Yaku, una población de mayoría cristiana, a la cual causó 17 muertos.

Sobresale “que el fenómeno de la etnicidad politizada es un problema global, ya que en todas las sociedades multiétnicas que se han organizado (real o supuestamente) en Estados nacionales existen fuerzas políticas centrífugas paralelas a las identidades étnicas”, dice Rainer Tetzlaff, y estimula a seguir de cerca el delicado dilema africano.

La violencia en Guinea, una daga mortal

Seguir un comportamiento razonable constituye uno de los pilares sobre los que se asienta la convivencia; cuando se actúa con irracionalidad, la violencia puede transformase de simple amenaza en una daga mortal. Una evidencia fue la escalada de agresiones que desangró a una región de Guinea, donde grupos de comunidades distintas combatieron y causaron cerca de un centenar de muertos y muchos más heridos en lo acuñado por la prensa occidental como un conflicto étnico.

La violencia se desató cuando un presunto ladrón fue linchado en la sureña localidad de Koulé; ese detonante dio paso a una serie de ataques y revanchas que se extendieron por la región meridional del país de África occidental, donde cualquier disturbio es observado con recelo por los conflictos precedentes.

En Koulé, los enfrentamientos fueron muy violentos entre los konianké y los guerzé, dos comunidades que conviven en esa región y cuyos integrantes (o guerreros) pasaron de la fricción a la discordia y de ahí al combate abierto, lo cual evidentemente reabrió cicatrices y afectó intereses de las dos partes.

“La tensión se extendió en el sur del país, entre la mayoría cristiana o la comunidad guerzé, que domina la región, y en el norte de Konianke, donde la mayoría de los ciudadanos son musulmanes asentados en el territorio”, dijo la prensa.

Con eso último, se expresó parte de la complejidad del asunto, que con celeridad asumió también un matiz etno-confesional y las consecuencias que entonces tiene para quienes no participan directamente en la contienda, pero pertenecen a una u otra comunidad. Ante el temor de un acelerado empeoramiento de la situación, se materializó la idea previsora de movilizar al ejército a fin de garantizar la disolución del problema, que apenas en tres días totalizó 98 muertos y numerosos heridos, algunos de ellos con el paso de las horas murieron al no superar la gravedad de sus lesiones.

El vocero del gobierno guineano, Damantang Albert Camara, afirmó en aquellas jornadas que el número de víctimas mortales rondaba los 100; después pudo precisar que fueron 98 con 76 en Nzérékoré, la segunda mayor ciudad en importancia del país, y 22 en la localidad de Koulé.

Según el portavoz, 131 sospechosos de participar en los asesinatos fueron detenidos por las fuerzas de seguridad, que garantizaron la realización de investigaciones de todo lo ocurrido.

En relación con ello, Albert Camara precisó que “algunos arrestados portaban machetes o porras, pero otros tenían rifles de caza y armas militares”.

En esa línea, el procurador de la República en Nzérékoré, capital de la región, abrió un expediente judicial, en tanto las autoridades administrativas y religiosas continuaban llamando a adoptar una conducta serena para tratar de restablecer la tranquilidad en el sureste guineano.

Lo que ocurra en Guinea -respecto a la seguridad y gobernabilidad- repercutirá principalmente en la subregión, donde comparte fronteras con Liberia y Sierra Leona, escenarios de conflictos bélicos en los años de 1990-2000, los cuales generaron miles de refugiados, que fragilizaron la convivencia en el área.

En el caso de Guinea, se destaca que es un país dividido en ocho regiones administrativas y subdividida a su vez en 33 prefecturas. Conakry es la capital, y otras ciudades importantes son Kankan, Nzérékoré, Kindia, Labe, Guéckédou, Mamou y Boke. En Nzérékoré, la muerte cabalgó a sus anchas. La población es estimada en 10 millones de personas que pertenecen a 24 comunidades étnicas, las mayoritarias son los fula, con un 40 por ciento, los mandingo, (30) y los susu, con un 20.

Es un país predominantemente musulmán con el 85 por ciento de fieles, aunque se destaca la cifra de cristianos católicos en el sur guineano. Esa distribución también incide en lo referente a polarización demográfica, lo cual refuerza el carácter de afinidad en las comunidades, por supuesto, a la hora de enfrentar a quienes consideran enemigos de su etnia.

El enfrentamiento entre los konianké, musulmanes estrechamente relacionados con la comunidad liberiana de los mandingo y los guerzé, cristianos, hizo pensar primeramente en un conflicto meramente de base confesional, como ocurrió hace tres años en Nzérékoré, cuando una cristiana intentó pasar por una calle cerrada por los islámicos.

Esas situaciones con sangrientos finales las causan sus condiciones de desarrollo del área, apuntó la agencia de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos: “Un banal incidente de circulación que provoca una explosión de violencia (…) evidencia la degradación de la vida social de Guinea y en particular de esa zona del país”.

Los enfrentamientos intercomunitarios se registraron a pocos meses de la realización de las elecciones legislativas, y podrían sentar un mal precedente como las situaciones que se crearon en jornadas electorales de otros países como Costa de Marfil (2010-2011) y Kenya (2007-2008).

Guinea fue sacudida por manifestaciones contra el jefe de Estado, al que la oposición acusa de intentar manipular los venideros comicios, a los cuales el país requiere llegar estable. Desde 2010, Alpha Condé se convirtió en el primer presidente electo desde la independencia del país de Francia en 1958.

Temor africano a genocidio en conflicto suursudanés

África teme a la reedición en Sudán del Sur de un genocidio como el que atormentó a Ruanda hace 20 años, cuando quienes podían detener aquella manifestación criminal llegaron tarde o nunca lo hicieron.

El escenario hoy no es el mismo, se aleja de la región de los Grandes Lagos, y se concentra un tanto más al norte, en el Estado más joven del continente y donde una contienda bélica conducida formalmente sobre rieles étnicos -y expresión de ansias de poder e interés petrolero- puede derivar en una guerra civil.

Lo que ocurre en Sudán del Sur tiene un carácter de enfrentamiento entre comunidades por un espacio político que cada vez se ensangrienta más, debido a la tozudez de los factores de sentarse a negociar una solución pacífica, pero desde posiciones de fuerza, lo cual siempre atenta contra el entendimiento.

Hay aspectos que se asemejan al caso ruandés: la primacía étnica, el empleo de medios de difusión para intoxicar las mentes de los contrincantes con cápsulas de odio a fin de lograr las reacciones más primitivas, pero la contienda sursudanesa tiene mucho de inspiración y de construcciones perentorias, y en el otro caso hubo un guión táctico.

En el genocidio de Ruanda los hechos superaron rápidamente al papel de la ONU, cuyos cascos azules estaban constreñidos a cumplir las ordenanzas redactadas en diversas resoluciones, mientras el tiempo corría a favor de los extremistas Interhamwe (unidos para asesinar) y de los remanentes del ejército nacional en desbandada.

Hasta ahora, el conflicto sursudanés es una disputa que aún se puede controlar, y esto lo saben los mediadores de la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD), que se proponen citar a una reunión cumbre sobre el asunto.

La IGAD es un bloque de ocho países de África oriental, que además de empeñarse en el proceso mediador, se pronuncia por tener sobre el terreno una presencia disuasiva. Ese esquema de integración es el que mantiene tropas en la Misión de la Unión Africana en Somalia (Amisom), donde enfrenta a la organización Al Shabab.

Kenya es el actual presidente de la IGAD, de ahí la responsabilidad asumida para para neutralizar el peligro de genocidio que amenaza a Sudán del Sur.

El jefe de Estado keniano, Uhuru Kenyyata, hizo un paralelo entre lo que acontece en el país petrolero y lo ocurrido en 1994 en Ruanda.

“Rechazamos la posibilidad de que nos estemos arrastrando de nuevo al genocidio en nuestra región. No vamos a quedarnos quietos y permitir que suceda”, reafirmó el mandatario.

Posteriomente, la secretaria de Relaciones Exteriores del gobierno, Amina Mohamed, declaró que era urgente la necesidad de ver cómo detener la matanza de civiles inocentes y continuar otras conversaciones de paz sobre el conflicto armado.

La funcionaria informó que “la IGAD va a celebrar en breve una cumbre, pero no hemos acordado la fecha todavía. No creo que estemos listos para sentarse y ver esto por más tiempo”.

Añadió que era hora de que la comunidad internacional cooperara y asegurara el logro de hallar una solución lo más pronto posible para restaurar la paz en Sudán del Sur, una alerta que no se dio cuando en Ruanda bandas extremistas y remanentes del derrotado ejército nacional asesinaban a más de 800 mil tutsis y hutus de conducta política moderada.

“Es tan irónico que sólo unos pocos días que estuvimos todos en Kigali, Ruanda, conmemorando el genocidio de 1994, ocurren estos asesinatos en Sudán del Sur, los cuales suceden justo frente a nuestros ojos, antes nuestras salas de estar cada día”, lamentó Amina Mohamed.

ESCALADA DE LA CRISIS

El conflicto sursudanés escaló aceleradamente desde su inicio el pasado 15 de diciembre, cuando los conspiradores leales al ex vicepresidente Riak Mashar intentaron perpetrar un golpe de Estado contra el gobierno del presidente Salva Kiir, el primero de la etnia nuer y el segundo de la dinka, las dos comunidades más fuertes.

La situación de seguridad en el teatro de la guerra es mínima para la población civil, que ya sufrió masacres como la ocurrida en Bentiu, capital del estado perolero de Unity, que dejó 200 muertos y 400 heridos en una mezquita, en una acción de los antigubernamentales relacionada con las fricciones étnicas.

Esta contienda armada causó miles de muertos, colocó al país al borde de una guerra civil y la ONU no descarta que ocurra una catástrofe humanitaria por la existencia de un millón 200 mil desplazados internos en un medio en el que la violencia es persistente y en la que las primeras víctimas son los civiles.

Aún hay tiempo para excomulgar el peligro en Sudán del Sur, aunque lo complejo de hacerlo está en trabajar sin lesionar la soberanía, pero laborar rápido, porque además de sufrir la guerra, la población del país de muere de hambre.

Los campamentos de refugiados están desbordados y las epidemias se propagan por las condiciones insalubres predominantes allí. Los más afectados en esas áreas son los niños, las mujeres y los ancianos. Las agencias del sistema de Naciones Unidas y organizaciones humanitarias advirtieron al respecto.

Aunque el gobierno de Sudán del Sur y los sublevados acordaron en enero el cese de hostilidades en las conversaciones de paz auspiciadas por la IGAD que sesionaron en Addis Abeba, la capital etíope, las dos partes ignoraron lo pactado y continuaron luchando en esta guerra que tiende a ganar complejidad e implicar a países del área.

Sin embargo, el pasado 28 de abril, después de muchas gestiones diplomáticas y presiones internacionales, el gobierno de Juba reemprendió las negociaciones con los sublevados, en una segunda fase del diálogo en busca una posible solución política, según anunció la IGAD en su papel de facilitador de esas conversaciones.

Las pláticas que concretaron el cese de hostilidades el 23 de enero, fueron reiniciadas a mediados de febrero y suspendidas de nuevo a principios de marzo. Después, reemprendidas y vueltas a suspender por contradicciones entre las delegaciones, y en ese ámbito se recordó que todos violaron el primer de cese del fuego suscrito en enero.

Ahora se trata otra vez de crear una situación positiva y más que eso participativa, para beneficio de todos, pertenezca a la etnia que sea y que necesariamente asuma un carácter unificador a fin de posibilitar un contexto de paz en el cual la riqueza petrolera sea un soporte y no un estigma.

Sin embargo, resulta claro que solo en la mesa de diálogo es donde se halla la solución.

Boko Haram impone su ritual de violencia en Nigeria

La violencia escala aceleradamente en el norte de Nigeria, donde se asegura que tiene su bastión la secta radical islámica Boko Haram, la cual en los últimos cuatro meses asesinó a centenares de civiles.

Desde enero pasado los reportes de ataques perpetrados por la organización extremista contra dependencias oficiales y civiles se multiplicaron.

De decenas de muertes a principios de 2014 pasaron a ser centenares las víctimas en febrero, y a finales de marzo y mediados de abril se continuaban registrando esos índices de letalidad por acciones de la milicia extremista.

Los radicales incrementaron los asesinatos, robos, destrucción de escuelas y viviendas en los estados de Borno, Yobe y Adamawa, tres zonas bajo medidas de emergencia decretadas en mayo de 2013 por el presidente, Goodluk Jonathan.

Se plantea que de enero a marzo Boko Haram y la reacción de las fuerzas de seguridad contra sus milicias causaron mil 500 muertos, pero informes más discretos se refieren a 700 decesos.

La secta actúa como una guerrilla bien organizada que propina severos golpes a su enemigo, al ejército y a las fuerzas especializadas en la seguridad de estados y regiones, y también contra civiles inocentes.

Testimonios de sobrevivientes respecto a las operaciones de la facción precisaron:

“Los agresores llegaron hacia las 21:30 horas en seis camiones y varias motos. Vestían uniformes militares, ordenaron a los hombres que se reunieran en un lugar y los masacraron a machetazos”. Así declaró Barnabas Idi, quien pudo huir a rastras del lugar.

Otro ataque, que define el modo de actuar de la secta fue la noche del pasado 15 de febrero, cuando mataron a más de 100 personas, mayormente cristianos, en la aldea de Izghe, en el noreste de Nigeria, donde además incendiaron las casas y arrasaron con los almacenes de víveres de la comunidad.

Respecto a esa ocasión, los sobrevivientes narraron que los responsables de esa masacre fueron un centenar de efectivos del grupo Boko Haram, que, mientras atacaban, invocaban el nombre de Dios, una franca contradicción entre la prédica confesional y la actuación delictiva del grupo.

Un caso más fue el de una joven de 23 años, cristiana, nombrada Liatu, secuestrada en un falso retén militar en el estado de Borno. Ella afirmó a la prensa británica que uno de sus captores le proponía matrimonio si se convertía al Islam; la oferta nupcial sucedió al asesinato ante sus ojos de 50 personas, la mayoría pasadas a cuchillo.

La rehén también dijo a la prensa que los extremistas eran generalmente alertados sobre cualquier ataque inminente por parte del ejército y eso les permitía poder esconderse en cuevas y bosques cerca de la frontera con Camerún.

SECTA CON DOBLE PROPÓSITO

Según analistas políticos, Boko Haram, al menos en 2009, cuando desató una revuelta armada, manifestaba tener interés en ser una alternativa al poder, pero cumpliendo las reglas dictadas por este. Precisamente ese año pereció su fundador, Mohammed Yusuf.

Ese movimiento islámico, nacido de la mano de Yusuf a comienzos de los años 80 en Maiduguri, capital del estado de Borno, cerca de la frontera con el Chad, devino en un componente radical de la comunidad musulmana norteña con vínculos que llegan hasta la renombrada Universidad Al-Azhar de El Cairo, Egipto.

Boko Haram -frase que se interpreta como “la instrucción occidental está prohibida”- pretende establecer una aplicación rigorista de la Sharía, la legislación islámica, en toda Nigeria.

No obstante, esa formulación deja muchos vacíos para entender al grupo, de ahí que existan criterios más amplios para conceptualizarlo.

“El problema radica en un clásico de la política africana, la pobreza entre la mayoría musulmana y la riqueza generalmente concentrada en la minoría cristiana”, eso puede ser una simplificación del asunto, pero que porta componentes de una contrariedad inobjetable.

Para el periodista francés Alain Vicky, en medio de todo un proceso histórico Nigeria creó un monstruo: Boko Haram.

SITUACIÓN COMPLEJA

Sin dudas, la violencia desatada en el norte nigeriano trae aparejada una situación humanitaria compleja, al generar olas migratorias que desestabilizan las zonas en cuestión y promueven inestabilidad entre los desplazados -acosados por los choques- como para las autoridades que no pueden ofrecer seguridad a esos ciudadanos.

Los ataques de Boko Haram obligaron a 250 mil personas a abandonar sus hogares este año. El director de la Agencia Nacional de Emergencias, Zanna Mohammad, reconoció que la violencia desatada por la secta afectó a tres millones de personas que ahora sufren restricciones de víveres y de suministros de medicinas por la contienda.

Con eso, la secta impone una dinámica que obliga a las autoridades a asumir un problema suplementario, con lo cual le presiona fuera del propio evento bélico y es algo peligroso para la seguridad regional, pues puede llevar hasta una virtual división entre las comunidades, y esto tendría una incidencia negativa a nivel de todo el país.

Para el gobierno, los desplazados se convierten en un tema de la agenda humanitaria, mientras que para la secta es una carta escondida en la manga, una baraja que, bien manejada, permite extorsionar al contrincante. De hecho, crea un dilema más en el ámbito político.

Ya existen problemas de distribución de posibilidades entre el norte, escaso de recursos y el sur petrolero, entre comunidades religiosas y entre opciones para la supervivencia; al respecto se opina que Boko Haram lo integran mayormente jóvenes desempleados.

Conforme con diversas fuentes, más de tres mil personas perecieron en los últimos cuatro años por los ataques perpetrados por la secta contra fuerzas de seguridad en el norte y en el centro de Nigeria, áreas de mayor residencia de musulmanes.

Con más de 170 millones de habitantes integrados en más de 200 comunidades, Nigeria es el país más poblado de África y sufre múltiples tensiones por sus profundas diferencias políticas, socioeconómicas, religiosas y territoriales, sintetizaron medios de prensa al emitir un perfil sobre ese Estado afectado por la violencia extremista.

Una ofensiva militar lanzada desde el pasado mes de mayo no ha neutralizado las acciones de la guerrilla extremista que tras cuatro años y medio, sigue amenazando la seguridad que requiere el mayor productor de petróleo de África y que en el segundo trimestre del año pasó a ser el país del continente con mayor Producto Interno Bruto.

* Jefe de la redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina.