La Habana (PL).- La reciente reunión de los ministros de Relaciones Exteriores de la Unión Europea (UE) subrayó la preocupación de los 28 por la deteriorada estabilidad en la región africana del Sahel. Durante el encuentro se hizo énfasis en el interés en preservar la estabilidad en lo que el Viejo Continente considera, desde el punto de vista geopolítico, su frontera al sur, un espacio de interés que también incluye al Magreb -los países ubicados geográficamente de Marruecos a Libia.

La región saheliana es una franja de cerca de cuatro millones de kilómetros cuadrados extendida desde el océano Atlántico hasta Eritrea, situada entre el sur del Sahara y el norte del golfo de Guinea y África Central, y donde se hallan además Mauritania, Senegal, Mali, Argelia Burkina Faso, Níger, Chad y Sudán del Sur. Constituye una zona formada por Estados, en gran parte ex colonias francesas mayormente islámicas, que están entre los más pobres y subdesarrollados los cuales, asimismo, sufren una severa inclemencia climática, unido al calamitoso arsenal de su inseguridad.

El Sahel es “un lugar compuesto por naciones con gobiernos débiles y gran desafección política; países con grandes fronteras que cuentan con Fuerzas Armadas y de Seguridad de muy escasa capacidad”, indica un análisis de Adrián Morales Trueba, difundido por el Instituto Español de Estudios Estratégicos. “En definitiva, es un área sumamente inestable, en la que los gobiernos tienen muchas dificultades para ejercer el control y la gobernanza de la totalidad del territorio”, concluye el experto.

El Sahel subsiste abocado a crisis humanitarias, a sequías y conflictos armados, los cuales se sostienen con formulaciones ideológicas que muchas veces desembocan en el extremismo. Pero el terror marcha en innumerables ocasiones precedido por la miseria y la frustración, más que por el propio fanatismo. Ante esa permanente crisis de supervivencia, la UE opta por colocar parches en sus relaciones con la región: los ministros de Relaciones Exteriores del Viejo Continente se apresuraron en ofrecer ayuda a la víctima ante el inminente peligro letal, algo así como un soplo de aire fresco que no atenúa la hirviente ventisca saheliana.

En su reunión de este marzo en Bruselas, los ministros del Exterior destacaron la continuidad de la aplicación de su estrategia para el espacio saheliano, persistirán en las políticas y operaciones de la UE en la región y actuarán en consonancia con la evolución de los acontecimientos en esa zona. El asunto viene documentándose hace años. El 27 de octubre de 2009, el Consejo de Relaciones Exteriores de la UE manifestó “su inquietud por la situación de la seguridad en diversas partes de la región del Sahel, en particular en Mauritania, Mali y Níger […]”.

En tanto el 25 de octubre de 2010, el Consejo acotaba que “amenazas transfronterizas como el terrorismo y el crimen organizado, junto con la pobreza extrema, los conflictos internos sin resolver, y la debilidad y fragilidad de los estados afectados, constituyen un reto creciente para la estabilidad de la región y para la Unión Europea”. Al respecto, se instó a la Comisión Europea a elaborar una estrategia sobre la región para comienzos de 2011, que no ha cambiado pues la declaración de este marzo posee los mismos ingredientes.

En la historia de la pobreza que consume a la región saheliana, es recurrente el hecho de la imposición de modelos occidentales de ajustes económicos que tienden a multiplicar la miseria y resultan esquemas que enajenan las posibilidades reales de construcción de Estados sólidos y seguros.

Las raíces de muchas fragilidades están asociadas a factores socioeconómicos del desequilibrio entre explotados y explotadores, y que en la década de 1980, con las aplicaciones neoliberales, convirtieron las fisuras de la post-independencia en brechas del período neocolonial, ahora casi insalvables.

La UE considera que la llamada crisis de desarrollo-seguridad que afecta a la mayor parte del Sahel plantea una amenaza a sus intereses, sobre todo en la región del Mediterráneo occidental, y, obviamente, en el propio Magreb.

En su más reciente encuentro ministerial, los titulares de Exteriores insistieron en extender la aplicación de su estrategia a países como Burkina Faso y Chad, y pidieron intensificar sus actividades en Mali, Mauritania y Níger. Asimismo defendieron “incrementar el diálogo político sobre prevención de conflictos y seguridad en el Sahel y en países vecinos relevantes de África occidental como Senegal, Nigeria y Camerún, así como en estados del Magreb”.

El respaldo al Sahel -apuntaron- deberá acompañarse con esfuerzos para solucionar en forma duradera la crisis en el norte de Mali y en el conjunto de la subregión, y reconocieron que la seguridad de la zona saheliana está fuertemente relacionada con la estabilidad en Libia. La situación en ese país norafricano, desestabilizado como secuela de una guerra desatada en su contra precisamente por países de la UE y que llegó a su momento más grave con el magnicidio de Muamar Kadafi, es un barril de pólvora dispuesto a estallar.

En el caso de Mali, donde en enero del 2013 se lanzó una ofensiva militar franco-africana contra grupos islamistas, los ministros europeos del Exterior demandaron a las partes en conflicto participar en consultas creíbles e inclusivas, con todas las comunidades y grupos no extremistas de la región norteña. Si bien la primera parte del planteamiento prevé la integración alrededor de la mesa de diálogo, la segunda suscita un principio excluyente, lo cual podría conducir a un círculo vicioso de incomprensión y violencia.

Mali y su indefinido horizonte de la paz

La alerta de la ONU respecto a la inestabilidad en el norte de Mali confirma la ineficacia de la solución militar aplicada desde enero de 2013. Una vuelta de hoja no fue suficiente para sepultar las contradicciones existentes en la zona que los tuareg denominan Azawad, a la cual reivindican como la cuna de su comunidad. Ese es el lugar donde supuestamente los extremistas islámicos quieren establecer un Estado confesional excluyente, lo cual Occidente vincula con el terrorismo jihadista.

La alarma que como campana repicó en la ONU y puede afectar las relaciones internacionales es parte de un protocolo que presagia otro movimiento de fuerzas armadas hacia la región septentrional maliense. Todo podría ser la preparación de otra campaña bélica en áreas de la influencia francesa, pues recuérdese que además de Mali también está el caso de República Centroafricana.

El tema maliense es esencial por lo que implica para la seguridad de los Estados con los que comparte frontera, entre ellos Níger con su potencial de uranio, el cual explota la firma gala Areva. A mediados de enero, las operaciones contra supuestos guerrilleros islamitas continuaban en el norte del país, pese a que en el segundo semestre de 2013 se informó del fin de acciones realizadas por los franceses.

En aquel entonces se habló de la reubicación y retiro de una buena parte de esa fuerza, mientras que tropas africanas iban asumiendo las funciones interventoras. Sin embargo, un incidente, el asesinato de dos periodistas de Radio Francia Internacional, cambió la situación en el terreno e hizo que hubiera nuevos movimientos de efectivos para perseguir a los extremistas.

La ofensiva franco-africana, desatada hace un año, fue una aparente solución para la crisis política y militar maliense, agravada por la debilidad del ejército nacional con vistas a enfrentar a sus contendientes. Tras el golpe de Estado perpetrado contra el presidente Amadou Toumani Touré, se evidenció la incapacidad castrense para operar primero contra la guerrilla tuareg y los extremistas de confesión islámica.

El Movimiento Nacional para Liberación de Azawad (MNLA), de la comunidad tuareg, alcanzó su máxima beligerancia en un tiempo en que los mandos militares estaban sometidos a limitaciones y se mantenían descontentos con Toumani Touré. Los islamitas desalojaron al MNLA de las principales ciudades norteñas: Kidal, Gao y Tombuctú, esta última Patrimonio de la Humanidad, categoría instituida por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

En esa región, varios movimientos extremistas trataron de afianzarse como autoridad, pero ninguno se consolidó, tanto por la actitud ciudadana como por la ofensiva franco-africana, aceptada por el gobierno de transición en Bamako. Desde entonces se le confirió prioridad a la solución armada al conflicto en la parte septentrional de Mali, de donde las tropas coaligadas expulsaron a los extremistas.

“Sin embargo, algunos combatientes vinculados con Al Qaeda (en el Magreb Islámico) continúan ocupando parte del territorio norteño un año después de la ofensiva”, afirmó la prensa británica. Los ataques, apenas difundidos por los medios, se intensificaron en los últimos tiempos, pero también escaló la reacción contra grupos extremistas como Ansar Dine y el Movimiento para la Unicidad y Jihad en África Occidental.

Un grupo de 11 combatientes islamitas fue abatido el miércoles 22 de enero por las tropas francesas acantonadas en Mali durante el curso de una operación en Tombuctú, en la cual capturó gran cantidad de armas y municiones. “La operación se llevó a cabo el miércoles por la noche aproximadamente a 100 kilómetros al norte de Tombuctú”, dijo una fuente castrense bajo anonimato. “Once terroristas murieron y un soldado francés resultó herido”, afirmó.

El Ministerio de Defensa de Mali apuntó que los soldados galos realizaban operaciones en la región septentrional contra extremistas islámicos con el uso de tropas de tierra y aire. En este contexto, las autoridades militares francesas y malienses afirmaron que las amenazas de ataques de extremistas en las ciudades de Tombuctú y Kidal continúan siendo reales.

También indicaron que sus patrullas permanecen operando en la región montañosa de Adrar des Ifoghas, una región usada por los activistas como escondite, cerca de la frontera con Argelia. La existencia de destacamentos radicales armados de confesión islámica es uno de los problemas más difíciles de solucionar en la región saheliana a la que pertenece Mali.

Su presencia amenaza la estabilidad de los países del área, y son difíciles de asimilar en cualquier cuadro o arreglo incluyente, precisamente por sus planteamientos aislacionistas. No obstante, el peligro que significa presentar sólo la opción militar como salida del túnel hasta ahora sólo se ha quedado en las ramas del problema, nunca llegó al tronco y menos a las raíces.

Si el empleo de la fuerza es la prioridad, la respuesta portará esos mismos componentes, pero con la ventaja de que los islamitas se perciben como defensores de la fe en un espacio invadido. La ausencia de un mecanismo disuasivo basado en la comprensión y no en la subordinación de los intereses del otro, invalida la verdadera comprensión del dilema y su solución real.

En el caso maliense, es evidente la falta de una respuesta viable a problemas de múltiples causas, mayormente sociales y de integración comunitaria, que obstaculizan el cese de hostilidades internas. Así que para detener el conflicto en el norte del país se requiere de una interpretación que sobrepase el enfrentamiento y posibilite asumir un modelo eficaz de fraternidad nacional; entonces se hará la paz.

DEL CAOS A LAS ELECCIONES

Los errores políticos malienses en la conducción de la guerra en la región norteña en 2012, desembocaron en el 2013 en un reordenamiento del poder, que incluyó procesos electorales presidencial y legislativo. Esa versión de la historia se inició en marzo con el derrocamiento del presidente Amadou Toumani Touré por una junta castrense, mientras que las norteñas ciudades de Gao, Kidal y Tombuctú caían en poder de la guerrilla tuareg.

Los hombres azules, como se identifica a esos pobladores de la región saheliana, desplazaron al ejército nacional de sus principales posiciones, mientras la retórica era puramente secesionista en relación con la llamada Azawad. Así transcurrió la primera parte de un proyecto ideológico demasiado ambicioso para concretarse por la fuerza y, en poco tiempo, un propósito que no contó con el apoyo de la opinión pública africana.

Lo cierto fue que la demanda territorial del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA), la cual afectaba a los países vecinos, terminó en el baúl de los olvidos, porque los hechos que le siguieron superaron esa quimera. El MNLA no es un movimiento homogéneo y para lograr su fin estableció contactos con grupos islamitas como Ansar Dine, el Movimiento para la Unidad y la Jihad en África Occidental (MUJAO) y Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI).

A la guerrila tuareg sucedieron los destacamentos de esos radicales de confesión islámica, los cuales ya en los primeros días de 2013 estaban en la mira de Francia, que pugnaba por preservar su influencia en Mali, pero también en el Sahel. Así la situación interna, ahora bajo “manu militari”, se coaligó con los intereres galos, con los de países de África central y con la necesidad de evitar el asiento de un posible bastión extremista en Azawad.

El mosaico comenzó a percibirse integralmente, cuando en la ONU se adoptaron resoluciones para detener a los radicales, a quienes mediáticamente se relacionaban con Al Qaeda y con otras denominaciones. A la larga, al conflicto en el norte de Mali le escondían su carácter sociopolítico y lo reducían a luchas confesionales con matices de contradicciones raciales, lo cual era solo una parte del conflicto.

Un análisis balanceado y crítico apunta que los islamitas también dieron rienda suelta a la destrucción de monumentos de la historia universal, principalmente en la idolatrada Tombuctú. La Unesco protestó por la destrucción de símbolos del empeño de la humanidad.

Respaldada por países del continente, incluso por la Unión Africana (UA), la opción militar planteada en el Consejo de Seguridad de la ONU abrió la puerta a una acción para recuperar el norte de Mali. La solución al problema de la región septentrional se concretó con la franco-africana Operación Serval en enero pasado, la cual definió quién controlaría en definitiva el terreno en el que los tuareg fueron relegados al auditorio.

El año se despidió discreto, pero con aciertos en las gestiones de recomponer el desvencijado orden institucional maliense, el cual debe ir perfilando un modelo de construcción nacional incluyente. Tras alcanzar alguna estabilidad, la dinámica política exigió acelerar la institucionalización. Lo más importante fue la elección de un presidente, quien reforzó la imagen de coherencia y legitimidad gubernamental.

Un año y medio de crisis política en el sur y de guerra en el norte dieron paso, el 28 de julio y el 11 de agosto, a la realización de comicios presidenciales, en los que triunfó Ibrahim Boubacar Keita. Boubacar Keita será el mandatario maliense durante los próximos cinco años, en caso de que la estabilidad retorne como se espera y la gobernanza rinda sus dividendos para todos.

Ese anhelo de prosperidad es contrario al fenómeno de extremismo, pero también lo resulta de la exclusión social, que, como demostró el peligroso declive maliense, puede poner en peligro la seguridad de todo el Sahel. Así llegó el país al 24 de noviembre, cuando los votantes se dispusieron a elegir entre mil 100 candidatos a los 147 diputados que integrarían el nuevo Parlamento, en el cual 15 escaños se reservaron a mujeres.

Para esas legislativas, las autoridades convocaron a más de seis millones y medio de electores, que decidirían la composición de la nueva legislatura, acto constitucional requerido para dejar atrás la provisionalidad y el caos. Los resultados de la consulta demostraron la capacidad de Mali de asumir con responsabilidad el respeto a la convivencia política y a la construcción inmediata de las instituciones de derecho.

Mauritania, botón de muestra del Sahel

Las protestas musulmanas en Nouakchott, por actos que profanan al Corán, activaron la interrogante sobre quiénes pretenden desatar un conflicto la capital de Mauritania, donde recientemente se informó la presencia de petróleo. Sin duda se confirma que los disturbios populares en Nouakchott constituyen parte de una reacción al intento de desacreditar los pilares de una religión, el Islam, la cual profesa alrededor del 99 por ciento de la población, por lo que lo ocurrido es un ataque a la espiritualidad de la mayoría.

El 2 de marzo, un grupo de individuos penetró en la mezquita capitalina y rompió ejemplares de El Corán, el texto supremo de los musulmanes, y los echaron en los baños antes de darse a la fuga. Centenares de feligreses salieron a las calles de la ciudad a demandar respeto y seguridad para el patrimonio de su comunidad, protesta que dispersaron las fuerzas antimotines con gases lacrimógenos y presumiblemente disparos de proyectiles de combate.

Es así como podría gestarse un nuevo escenario de enfrentamientos en la región del Sahel en la cuestión confesional, y donde tras la operación franco-africana en Mali, se considera que Mauritania figura en los análisis que se realizan sobre la dimensión transnacional del conflicto subregional. Ese Estado africano sufre las condiciones socioeconómicas del subdesarrollo extremo, unido con la rigurosidad de la vida saheliana, donde se bordea la crisis humanitaria y persiste el temor a la eclosión terrorista de la mano de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y otras formaciones rigoristas.

Occidente percibe la existencia de una amenaza procedente de la región saheliana a su estabilidad: el 27 de octubre de 2009, el Consejo de Relaciones Exteriores de la Unión Europea expresó “su inquietud” por la situación de la seguridad en diversas partes de la región del Sahel, en particular en Mauritania, Mali y Níger.

Recuerda el articulista español Pablo Mazarrasa Rodríguez que la República Islámica de Mauritania sufrió varios golpes militares -el primero en 1978 y el último en 2008- y es hoy gobernado por Mohammed Ould Abdelaziz, quien realizó elecciones presidenciales para aportar legalidad a su gobierno.

La dinámica de comunidad gentilicia existente en el país, muy engarzada en la estructura del Estado -independiente desde 1960-, concede a la religión una importancia de primer orden para la legitimación del poder, lo cual supone una total dependencia entre la confesión y gobernanza, ambas obedientes al Islam.

En una República Islámica, lacerar la fe es lesionar gravemente al país en su conjunto y cualquier provocación al respecto resulta interpretada como una agresión a la seguridad nacional, la cual tienen como deber defender las fuerzas de seguridad, pero cuando estas la emprenden contra defensores de la fe, entonces el análisis debe ser otro.

La evaluación requerida pasa por el proceso histórico que parte del Medioevo saheliano, con la expansión de tribus árabes, entre ellas las Bení Hassan, procedentes del norte del continente y su interacción con la población berebere y con las comunidades negras.

Un período clave, que definiría las bases del proyecto nacional mauritano, fue la guerra de Char Bouba (1644-1674), en la cual las tribus Bení Hassan derrotan la resistencia berebere, pasan a encabezar el poder y subordinan a las demás comunidades. Para Mazarrasa Rodríguez, eso define la estratificación social mauritana, pero otros analistas estiman que la supeditación dejó fisuras en la estructura del país, pese a lo que podría identificarse como homogenización del ente nacional partiendo de la confesión común musulmana.

Esas hendiduras no se quedaron en el siglo XVII, sino que convivieron con la entidad nacional y ahora podrían operar contra ese Estado, el cual es uno de los más pobres del mundo y uno de los más afectados por los inclemencias climáticas sahelianas.

Lo anterior repercute en el modo de vida mauritano y en sus dificultades para romper con la relación subdesarrollo, pobreza e inseguridad, igualdades comunes en el Sahel, región formada por ex colonias francesas y de mayoría islámica, con grandes fronteras y fuerzas de seguridad con escasa capacidad. Esa percepción europea acerca de la República Islámica se refuerza con el cuadro de necesidades humanitarias persistente allí, donde 635 mil 500 personas sufrieron de inseguridad alimentaria en enero pasado, lo cual significa el 18,5 por ciento de los hogares del país.

Una investigación del Comité de Seguridad Alimentaria (CSA) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA), de ONU, añade que la tasa de inseguridad alimentaria posterior a las cosechas es muy alta, comparable con la situación entre diciembre de 2008 y 2011, este último el peor año de escasez de víveres en Mauritania. Un 15,5 por ciento de los hogares de la capital mauritana está ahora más afectado por déficit de suministro de alimentos, en comparación con el 9,8 por ciento en diciembre de 2012, lo que significa un significativo aumento en un año, agrega el estudio.

Junto con esos factores negativos está el hecho de que los precios de la comida son altos, por encima del nivel alcanzado en julio de 2010, según el CSA y el PMA, lo cual genera malestar en la población y siembra un descontento que políticamente podría manipularse y ser orientado contra sectores minoritarios de la sociedad. Sin embargo, la convivencia no parece mortalmente lesionada en el contexto mauritano, lo cual tampoco significa que esa situación deje de gravitar sobre la actualidad y el futuro del país, que posee gran importancia estratégica en los planes de la seguridad subregional.

El todo de base confesional podría afectar la estabilidad en el área saheliana, ya contaminada por el conflicto en el norte de Mali, donde grupos extremistas de filiación islámica fueron enfrentados por tropas franco- africanas en una contienda que no ha concluido totalmente, pues continúan los aislados ataques guerrilleros.

De ahí la atención en la repercusión que podrían tener provocaciones como la ocurrida en la mezquita de la capital mauritana en este mes de marzo contra ejemplares del Corán, agresión que sin dudas permitiría emprender una escalada de disturbios internos con consecuencias más allá de su impacto ideológico y social inmediatos.

¿INSEGURIDAD O INJERENCIA?

La preservación de la paz social mauritana es imprescindible para el equilibrio y la estabilidad en la región del Sahel, a la que Europa identifica como su frontera estratégica sureña, con cuatro millones de kilómetros cuadrados, donde se ubican Senegal, Mauritania, Burkina Faso, Mali, Níger, Chad, Sudán y Eritrea.

Esa franja geográfica, situada inmediatamente al sur del Sahara y que recorre África desde el Atlántico al Cuerno Africano, está en el límite del Magreb y la zona subsahariana del continente, es una de las áreas más pobres del planeta, pese a su gran potencial económico con posibles reservas de petróleo, gas, uranio y oro, entre otros. “Es un escenario político de primer orden, tanto por ser la zona de contacto entre el mundo árabe y el África negra, como por el desafío que supone el terrorismo de AQMI y otros grupos como el Movimiento para la Unicidad y la Jihad en África Occidental (Mujao), los Defensores de la Fe (Ansar Dine) (…)”, cita un informe español.

Según el estudio Sahara−Sahel como zona de interés para España y la Union Europea, son amenazas la triple confluencia del extremismo integrista, la reorganización de guerrillas tuareg y los tráficos ilícitos de armas, drogas y personas, con lo que financian la violencia terrorista. Pero el temor a perder una frontera sureña segura tiene otros ingredientes, uno de ellos se relaciona con el movimiento migratorio desordenado, se vincula con las campañas mediáticas acerca de la presencia cercana del enemigo y los argumentos para actuar en su contra.

También eso abre puertas a la implementación de proyectos de múltiples propósitos, por ejemplo, el programa de asesoramiento Flintlock, que teóricamente permitió a Europa, junto con tropas de Estados Unidos, adiestrar al ejército de Mauritania en asuntos de seguridad.

“La presencia de Al Qaeda en la región ha hecho que los servicios secretos de muchos países occidentales campeen a sus anchas por ella. Además, habrían presionado a los gobiernos locales para adaptar las decisiones a los intereses que representan, por encima, en algunas ocasiones, de la seguridad nacional y regional”, apuntó Txema Santana en el sitio digital ginginbali.com.

¿Hacia el fin de la convivencia nigeriana?

Iniciado 2014 la seguridad en el norte de Nigeria convulsionó: la región fue escenario de hechos sangrientos que confirmaron la necesidad imperiosa de rescatar la convivencia nacional como pilar de ese Estado africano. Esas expresiones de violencia, que repiten su ciclo, se renovó con perfiles confesionales y se concretó en choques entre musulmanes y cristianos, las dos principales comunidades religiosas del país, el más poblado del continente.

Durante los últimos cinco años, la sociedad norteña se vio acosada con el terror perpetrado por la secta islamista Boko Haram, un ente al cual se acredita la mayor parte de las masacres ocurridas desde 2009. No obstante, para ratificar las acusaciones difundidas en los medios de prensa, esa secta asume públicamente los asesinatos de muchos civiles y es considerada por los estudiosos como una consecuencia del fraccionamiento socioeconómico que sufre Nigeria.

A juicio de expertos, el problema radica en la pobreza entre la mayoría musulmana y la riqueza generalmente concentrada en la minoría cristiana; eso puede ser una simplificación del asunto, pero que porta componentes de una contrariedad inobjetable. Para el periodista francés Alain Vicky, “Nigeria creó un monstruo: Boko Haram. En sus comienzos, hace 12 años, era apenas un movimiento religioso contestatario que intentaba llenar el vacío creado por la incuria de los partidos progresistas”.

Sin embargo, la secta se transformó en un objetivo geopolítico, “principio activo de un ciclo de ataques y represalias, tan espectacular como asesino”. Boko Haram, según medios de difusión nigerianos y burkinabés, está integrada principalmente jóvenes “que han abandonado los estudios y están entrenados para el desempleo”.

Un editorial de prensa apuntó en su momento que “para cortar las alas de la secta, es imprescindible hacer frente a la ociosidad de los jóvenes”, es decir, se expresa otro perfil del trasfondo socioeconómico del conflicto, sobre el cual Occidente hace énfasis en la persecución de cristianos por intolerables islamitas.

El país es el mayor productor de petróleo en el continente y uno de los primeros a nivel mundial, y lo que ocurre tiene múltiples causas que moldean esa escalada del terror. “Dada la situación actual, es absolutamente imposible que derrotemos a Boko Haram”, afirmó Kashim Shettima, gobernador del estado de Borno, considerado la plaza fuerte de la organización, al pedir más soldados para reforzar la seguridad en su jurisdicción.

La secta Boko Haram, cuyo nombre significa en la cultura occidental es prohibida, pretende imponer su versión más radical de la Sharia o legislación islámica, en un país plurirreligioso como Nigeria. En el norte del país coexisten poblaciones cristianas y musulmanas, pero ahora la convivencia peligra ante un aumento de radicalismo, al parecer de carácter confesional, y que en los dos primeros meses del año ocasionaron dos centenares de muertos.

A mediados de febrero, en un sangriento fin de semana se reportaron alrededor de 100 víctimas mortales causadas por los extremistas en el estado de Borno. Los ataques fueron perpetrados en las localidades de Baga -fronteriza con Chad- e Izge, informó la edición digital del diario Vanguard.

En los últimos cuatro años las acciones de Boko Haram contra las fuerzas de seguridad en el norte y en la franja central de Nigeria, zonas donde los islámicos constituyen la mayoría de la población, causaron más de tres mil muertos. Según Vicky, “entre julio de 2009 y comienzos de febrero de 2011, la secta reivindicó 164 ataques, atentados suicidas, ejecuciones y atracos perpetrados incluso en el corazón de la capital federal, Abuja, 95 personas fueron asesinadas, en su gran mayoría nacionales de confesión musulmana”.

Existe una clara contradicción en la actuación de Boko Haram, secta de cofrades islámicos, que en su terror ciego asesina a los propios integrantes de su comunidad religiosa, y asalta y atenta contra mezquitas, el recinto del Islam, así como contra templos cristianos.

Nigeria es un país de gran importancia para el equilibrio africano por su población, sus recursos petroleros y mineros, y su peso regional, especialmente en lo que se refiere al Sahel y al golfo de Guinea. Sin embargo, concentra una serie de contradicciones en su formación como Estado-nación, las cuales posibilitan el adoctrinamiento sectario; una de esas formulaciones está en el carácter aglutinador de la comunidad confesional.

Si bien el hecho de interactuar en comunidades significa la adaptación al medio social, resulta la definición de los vínculos políticos, económicos y psicológicos del individuo y en el caso nigeriano es también asumir una postura respecto a una filiación religiosa dada.

En cuanto al asunto étnico, ese es un factor que refuerza o al menos debe fortalecer -mediante alusiones de parentesco- el engarce personal con el conglomerado representado en la comunidad, de las que hay alrededor de 200 en el país.

Los dos aspectos citados conllevan un interés socio-histórico: sobrevivir en uno u otro lado de la barrera, aunque la filiación confesional se diluye en las divisiones etno-clasistas de la sociedad, y sus fricciones tampoco alcanzarían para explicar todas las rivalidades entre musulmanes y cristianos.

Estadísticas de los últimos 15 años evidencian que los enfrentamientos entre comunidades causaron unos 12 mil muertos desde la implantación de la Sharia en 12 estados norteños: Bauchi, Borno, Gombe, Jigawa, Kaduna, Kano, Katsina, Níger Kebbi, Sokoto, Yobe y Zamfara, de los 36 de la Federación.

La situación de violencia desatada en la región septentrional del país coloca en una posición crítica la intención de los religiosos nigerianos, tanto cristianos como musulmanes y adeptos a confesiones tradicionales, de convivir en paz y pronunciarse por el mejoramiento de las condiciones socioeconómicas.

Se trata de que este Estado africano es víctima de un profundo desequilibrio en la distribución de las riquezas nacionales, lo cual crea una brecha en la que se percibe, además, un aumento de la pobreza, uno de los supuestos componentes de las tensiones y del mal ánimo social.

Frenar eso es difícil, toda vez que el modelo de acumulación se erige sobre la base de la explotación petrolera, es decir, la monoproducción. “En Nigeria, el 80 por ciento de los ingresos de exportación son debidos al petróleo, pero la deuda externa es del 90 por ciento del Producto Interno Bruto”, apunta Javier Jiménez Olmos en su artículo Nigeria: petróleo y terrorismo.

Por su parte, el cardenal Anthony Olobunmi afirmaba en una entrevista que los ataques extremistas coincidían con un momento muy difícil para el país; cuando el desempleo y la pobreza lo afectan, los precios han escalado. Para el religioso, “el proyecto de una sistemática limpieza étnico-religiosa en el norte permite que los terroristas se refuercen en una situación de inestabilidad política”.

Las declaraciones del cardenal se relacionaron a la vez con la presión que ejerce Boko Haram por convertir al norte nigeriano en un núcleo musulmán excluyente, por encima de la diversidad confesional existente. “Somos un estado laico, cuyos ciudadanos deben ser sensibles a las creencias religiosas de los demás. La secta radical de Boko Haram no quiere la convivencia pacífica, que es la base de la federación. Pero la islamización forzada no logrará prevalecer”, ratificó Olobunmi.

* Jefe de la redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina.