Matanzas, Pinar del Río y La Habana (PL) La habilitación en Cuba del Museo a la Ruta del Esclavo dio respuesta a un proyecto de la Unesco y la Organización Mundial del Turismo (OMT), de convertir el tema del legado africano en una ruta caribeña. Como sede de esa institución, que sirve para preservar los aportes del continente africano en el territorio cubano, figura el castillo de San Severino, fortín del siglo XVIII de la ciudad de Matanzas, a 100 kilómetros al este de La Habana.

Declarado en 1978 Monumento Nacional de la República de Cuba, San Severino es una construcción militar de tipo renacentista, típico del sistema de fortificaciones ejecutadas en el continente americano durante la citada centuria. Esta fortaleza se erigió en un paraje conocido como Punta La Gorda, situada en la margen oeste de la bahía homónima de la urbe matancera, que el próximo mes de octubre cumple 320 años de fundada y es la cabecera de la provincia de igual nombre.

Según las actas oficiales, el 13 de octubre de 1693 se colocó la primera piedra para la construcción del fortín, que en su estructura cuenta con una verja de hierro, un puente levadizo y pozos que lo circundan. Uno de los más singulares valores de la edificación radica en que aún son visibles las marcas que los esclavos realizaban en las piedras, a fin de posibilitar el conteo y justificar ante sus amos la tarea de cada día.

Especialistas aseguran que la fortificación, concluida en 1746, es una de las más importantes de la isla y de las más representativas de esta área geográfica, característica del diseño, arquitectura y técnica militar de su época. El Proyecto la Ruta del esclavo surge en 1994, auspiciado por la Unesco, y se enmarca dentro de los esfuerzos de la comunidad internacional por profundizar la génesis, desarrollo e impacto de la esclavitud. También tiene entre sus propósitos propiciar la salvaguarda de elementos que testimonien la huella africana.

Expertos califican de positivo que el museo esté ubicado en la provincia de Matanzas, “de amplia riqueza cultural monumentaria y viva”, donde se cultiva la herencia del llamado continente negro. Considerado un emporio azucarero, especialmente en el siglo XIX, el territorio matancero, en el occidente de la ínsula, contó con gran cantidad de asentamientos esclavos, por lo que la presencia africana en esta porción del país es muy fuerte.

Inaugurado oficialmente el museo en junio de 2009, en esa ocasión Olabiyi Babalola Joseph Yai, presidente del Comité Ejecutivo de la Unesco, entregó la Medalla de la Diversidad Cultural al estado cubano, “por sobresalir en la defensa de raíces e identidad nacional”. Dispone entre sus salas la de arqueología con una variada muestra encontrada durante las excavaciones, que incluye platos, lozas, botellas de vidrio, pipas (catalanas e inglesas) y bacines.

Otros objetos son botones de nácar y de hueso, hebillas, indumentarias, fichas de juegos de cerámica, utensilios de trabajo, candados, cerradura, herrajes, frascos de farmacia, tintero y joyero. El salón más visitado es el dedicado a los Orishas, deidades de la Regla de Ocha que representan y simbolizan las fuerzas y fenómenos de la naturaleza, las actividades, características, emociones y pasiones humanas.

Deidades que, afirman estudiosos en la temática, gracias a los procesos de transculturación y sincretismo, están muy vivas en la religiosidad popular. Con sus trajes de los colores respectivos se encuentran Elegguá, que tiene la llave del destino, abre y cierra las puertas; Changó, dios del rayo, de la alegría masculina y la virilidad, y Yemayá, dueña de las aguas saladas y la maternidad. Completan las representaciones Chango Aleyé, hijo de Changó y representante de su poder; Ochún, dueña del río, el amor, y de la sensualidad y alegría femeninas, y Oyá, dueña de las tempestades, las centellas y la puerta del cementerio.

La más reciente novedad que estrenó el museo es la obra Manantial de Raíces, del Premio Nacional 2009 de Artes Plásticas, Nelson Domínguez, en homenaje al espacio vital que ocupa la cultura afro en la mayor de las Antillas. Confeccionada con madera, carbón, cristal y papel de aluminio, rememora un cepo, instrumento de tortura en el cual la víctima quedaba inmovilizada de pies y manos, muy usado como castigo por los esclavistas.

A juicio de investigadores, la trata negrera marcó una interrelación entre los continentes africano, americano y europeo, mediante el violento desplazamiento de esclavos que trajo aparejado un flujo de valores culturales, tradiciones e idiosincrasia. La llegada de los africanos a Cuba, mantenida por cuatro siglos, está reportada a partir de 1523 y la última entrada ilegal se considera en 1873, en tanto la abolición de la esclavitud se decretó en 1886.

Reportes señalan un incremento a finales del siglo XVIII y su clímax en la primera mitad de la centuria decimonónica, para satisfacer la demanda de fuerza de trabajo de las plantaciones, especialmente las azucareras y cafetaleras. Expertos consideran difícil calcular el monto demográfico exacto de los africanos introducidos en la ínsula y pero de todas maneras la cifra fue enorme (del orden de los cientos de miles), lo cual habla del impacto económico, social, biológico y cultural.

El aporte de Africa alcanzó también la producción tabacalera, la construcción de vías de comunicación, fortificaciones y grandes mansiones de ciudades, muchos de cuyos exponentes han resistido el paso de los años.

Desafío para investigadores cubanos

Tras los rastros de antiguos ingenios azucareros, ruinas cafetaleras y rústicos campamentos, historiadores y otros investigadores reconstruyen hoy pasajes escasamente conocidos de la ruta del esclavo en el occidente de Cuba. Las búsquedas incluyen exploraciones por escenarios de esta provincia donde perviven vestigios de modalidades productivas como la siembra y molienda de la caña de azúcar y el cultivo del café, impulsadas en centurias pasadas con mano de obra africana.

Como parte de las expediciones por esta región -140 kilómetros de La Habana- fue posible localizar y escrutar los restos de industrias azucareras como Guacamaya, que data del siglo XIX y donde sobreviven muros, paredes y otras huellas del proceso fabril. Se trata de una de las ruinas mejor conservadas entre las de su tipo, declaró a Prensa Latina Enrique Machín, uno de los participantes en las averiguaciones por el municipio de San Juan y Martínez.

Tales indagaciones lideradas por el historiador Enrique Giniebra y otros estudiosos, permitieron ampliar la visión sobre famosas zonas tabacaleras, donde existieron también extensas plantaciones cañeras y fábricas para el procesamiento de la gramínea.

La Sierra del Rosario, que abrigó a casi un centenar de haciendas cafetaleras, es igualmente objeto de las pesquisas. Arqueólogos y otros expertos buscan entre las siluetas de amplias casonas y viejas tahonas o molinos, los rastros de mujeres y hombres de procedencia africana, artífices de las majestuosas construcciones, en su mayoría propiedad de colonos galos llegados a Cuba luego de la revolución haitiana (1791-1804).

Alrededor del pintoresco poblado de Las Terrazas, algunas de las ruinas son apreciadas por viajeros de diversas naciones durante su recorrido por esa demarcación. Preservadas unas y otras aún por descubrir, las reliquias motivan continuas expediciones por la Sierra del Rosario, Reserva de la Biosfera, y parajes cercanos.

En esos lugares se levantaron unas 100 haciendas cafetaleras, aunque hasta ahora aparecieron sólo 70, afirma el Doctor en Ciencias Jorge Freddy Ramírez. Otra de las líneas de trabajo es el hallazgo y análisis de vetustas xilografías conservadas en palmas de la región llamada antiguamente Vueltabajo, la cual abarca a la provincia de Pinar del Río y áreas de la vecina Artemisa.

Pretendemos -dijo- descifrar el origen y significado de las curiosas expresiones artísticas, atribuidas a los esclavos africanos. Durante los recorridos exploratorios encontramos símbolos mágico-religiosos ligados a esa cultura y otros más realistas como figuras humanas y representaciones de plantas, muy similares a los dibujos realizados por esos grupos en artesanías y cavernas en forma de petroglifos o pictografías, precisó Ramírez.

El estudio de sus bailes y cantos, figura también entre los desafíos de los investigadores, quienes escudriñan cuevas y apartadas sierras, refugio de los cimarrones o negros rebeldes.

Grutas y otros agrestes espacios acogieron a los huidos, que enfrentaron la persecución de perros y rancheadores.

Arqueólogos aseguran que esta parte del archipiélago atesora más de un centenar de sitios vinculados al fenómeno de la cimaronería o resistencia esclava activa.

El municipio de Bahía Honda sobresale igualmente entre los escenarios donde perdura el legado africano. Sobreviviente del antiguo ingenio La Luisa, una gran campana que data de inicios del siglo XIX, es resguardada por los pobladores como testigo de esa etapa de auge azucarero en el noroeste cubano. Situada actualmente en una vieja casona de estilo colonial, la reliquia evoca el llamado a las labores cañeras, en las que participaban esclavos de las etnias congo, mandinga, arará y carabalí, comentó Yenia García, investigadora del museo local.

Al menos una vez al año -añadió-, la campana es venerada por los integrantes de la comunidad de Orozco, quienes ataviados con trajes típicos, danzan y cantan a su alrededor. La festividad recuerda episodios de la historia de esa localidad, por cuya bahía llegaban con mucha frecuencia barcos cargados de negros africanos durante la etapa de la colonia, amplió la experta.

En el jolgorio participan conjuntos como Akaró, que parte de los ritos de la religión Yoruba, arraigada en ese paraje desde siglos atrás. El ingenio La Luisa, llamado luego Orozco, fue demolido debido al declive de su producción, de la añeja industria perduran sólo la torre y la campana, además de la casa que perteneció a uno de los dueños del lugar.

En Bahía Honda viven muchos descendientes de esclavos, personas de avanzada edad, ellos preservan objetos, anécdotas de sus antepasados y tonadas, expresó la especialista. Interpretado por grupos portadores y otras agrupaciones, el canto de la campana La Luisa, traspasó las fronteras del territorio y se escucha hoy en varias regiones de Cuba e incluso en otros países, aseguran conocedores.

Independencia y abolición de la esclavitud en Cuba

El impacto de la Guerra de los Diez Años (1868-1878), independentista y abolicionista, minó las bases de la institución esclavista en Cuba que, obsoleta, resultó abolida bajo la falacia del llamado Patronato (1880-1886). La ley sobre la abolición de la esclavitud, dictada por España el 13 de febrero de 1880, conocida también como ley del Patronato, expresa que cesa ese estado para los siervos, pero continuarán sometidos al Patronato de sus poseedores hasta los ocho años de formulada la misma (oficialmente terminó en 1886).

En muchos aspectos el cambio de nombre mantuvo en esencia los rigores de la esclavitud como los castigos corporales y extensas jornadas en los días de la zafra azucarera (corte de la caña y producción de azúcar) y, habitualmente, 11 horas de trabajo diarias.

El patrono conservará, dice, el derecho de utilizar el trabajo de sus patrocinados y el de representarlos en todos los actos civiles y judiciales. Se aprovechará, sin retribución, de los servicios de los hijos de los antiguos esclavos, nacidos antes y después del patronato, durante su infancia y pubertad.

El ocho de marzo del propio año fue promulgado un reglamento que restablecía el cepo y el grillete, eliminados años antes, el cual representó una burla a las supuestas intenciones abolicionistas. Las faltas leves eran castigadas con cepo de uno a cuatro días; entre éstas se encontraban la resistencia personal al trabajo, el mal servicio, la salida de la casa o de la finca sin permiso del patrono, así como las querellas con otros sirvientes.

Las menos leves, con igual castigo de uno a ocho días, comprendían la fuga de la casa hasta cuatro días, la desobediencia grave o perturbación en el trabajo y otras similares. Las graves se consideraban la falta de enmienda en el patrocinado, injurias al patrono o sus familiares, la fuga desde más de cuatro días hasta las dos semanas, instigar a la desobediencia y similares.

Estas se castigaban con cepo y grillete de uno a 12 días; los patronos tenían la facultad para duplicar la pena y descontar del estipendio los días que durara el castigo. El estipendio mensual fue fijado en un peso a los de 18 años, dos pesos a los de 19 años y tres a los de 20 años o más; en extremo mínimos cuando los sueldos en esa época estaban por encima de 20 pesos.

La esclavitud, vigente desde el comienzo de la colonización española a principios del siglo XVI, marcó los derroteros de la historia de este país por cuatro siglos. La supuesta abolición, decretada en 1880, sirvió de enmascaramiento a la situación real que poco se había modificado respecto a la etapa precedente.

Ante las masas negras libres y los esclavos estaba el atractivo del movimiento independentista que otra vez se alzó en armas en la Guerra Chiquita (1879-1880) con los mismos objetivos que en 1868: independencia y abolición de la esclavitud.

“Todos los hombres somos iguales, afirmó Carlos Manuel de Céspedes al iniciar la Revolución independentista, el 10 de octubre de 1868, en su ingenio azucarero en Manzanillo, región oriental, y dio la libertad a sus esclavos.

Con el objetivo de ganar el apoyo de los ricos terratenientes del occidente del país, expresó entonces: “Deseamos la emancipación, gradual y bajo indemnización, de la esclavitud”. El 27 de diciembre de 1868 dictó en Bayamo un decreto sobre la abolición condicionada de la esclavitud que en esencia señala: Cuba libre es incompatible con Cuba esclavista, la abolición se halla consignada entre los principios proclamados en el primer manifiesto de la revolución y su realización ha de ser el primero de los actos que el país efectúe en uso de sus conquistados derechos.

El gobierno provisional dispuso declarar libres aquellos negros cuyos dueños presenten a los jefes militares, con indemnización si la desean, reconocida mediante comprobantes. “Estos libertos serán ahora utilizados en servicio de la patria de la manera que se resuelva”, señala.

Se respetará la propiedad esclavista de los dueños que los pongan al servicio de la revolución sin darlos libres, y de los extranjeros neutrales. En el caso de los enemigos de la Patria y abiertamente contrarios a la revolución, sus esclavos serán confiscados con sus demás bienes y declarados libres, sin derecho a la indemnización, utilizándolos en servicio patriótico en los términos ya previstos.

Libres serán los esclavos de palenques que se presenten a las autoridades cubanas, pudiendo unirse o regresar a los montes reconociendo y acatando al gobierno revolucionario. Pero no serán aceptados aquellos que escapen, sin previa consulta con sus dueños o resolución gubernamental, agregaba el decreto.

Los independentistas de la región del centro, donde existían pocos esclavos, aprobaron un decreto sobre la abolición de la esclavitud (26 de febrero de 1869) con indemnización futura, el cual declaró a los emancipados en obligación de contribuir con sus esfuerzos a la independencia de Cuba.

Luego en abril de 1869, la Constitución de Guáimaro, la primera de Cuba Libre, dispuso en su artículo 24: todos los habitantes de la República son enteramente libres. El 5 de julio del propio año, la Cámara de Representantes dictó una “Ley Orgánica del Servicio de Libertos”, conocida como Reglamentos de libertos, que limitaba la libertad que teóricamente recibían los esclavos.

En las filas insurrectas fue efectiva la abolición completa de la esclavitud, el 25 de diciembre de 1870, mediante una circular del Presidente de la República de Cuba en Armas, Carlos Manuel de Céspedes. Así quedaron sin efecto los Reglamentos de Libertos, de la Cámara de Representantes, adoptados el año anterior.

En 1871 hubo incorporación masiva de esclavos a las fuerzas insurrectas durante la invasión a Guantánamo; la revolución no llegó a las grandes dotaciones occidentales. Al concluir la guerra, el Convenio del Zanjón, en su artículo 3, reconoció la libertad de los esclavos que se hallaran en las filas insurrectas.

Con el objetivo de frenar la incorporación de los esclavos a la causa de la independencia, España había aprobado el 4 de julio de 1870 la llamada Ley Moret o Ley de Vientres Libres, de un complejo articulado y que fuera violada numerosas veces. En su tercer artículo declaraba libres a los esclavos que hubieran servido bajo la bandera española o apoyado sus tropas en la contienda contra los cubanos.

Haití, esclavitud y cimarronaje

La leyenda de Mackantal, un africano fugitivo que escapa de sus amos convertido en insecto, sin límites entre verdad y fantasía, es parte del cimarronaje presente en bosques y montañas de Haití durante tres siglos. La geografía de Haití, tierra montañosa en la lengua de los aborígenes antillanos, constituyó sitio propicio para el ocultamiento de los llamados cimarrones -indios primero y luego negros esclavos- desde el comienzo de la conquista europea en el siglo XVI.

La Española -Haití y Quisqueya- descubierta por Cristóbal Colón en 1492 al abandonar las costas de Cuba, es después de ésta, la segunda de las Grandes Antillas, grupo que integran además, Jamaica y Puerto Rico. En esta isla primada de la colonización hispana, se introdujo por primera vez el sistema de la Encomienda de los pueblos originarios americanos (reparto de los indios en vasallaje a los colonizadores) y también la explotación de esclavos africanos en la agricultura.

Los filibusteros franceses invadieron poco a poco a Haití, región casi desierta, desde la segunda mitad del siglo XVI, y con el tiempo, de hecho Paris pudo reclamar como botín de guerra su posesión a Madrid, que la había colonizado anteriormente. Desde ese momento, la esclavitud creció en la parte occidental de La Española, cedida a la Corona Francesa por España en 1697 por la Paz de Ryswick, territorio nombrado a partir de entonces Saint-Domingue hasta la independencia de Haití, en 1804. Allí erigieron la más rica colonia de las Antillas Francesas, sustentada en la fuerza de trabajo esclava y una salvaje represión.

Al pasar oficialmente a manos francesas, la población negra esclava no era numerosa. Hasta el año 1691 había de 750 a unos dos mil, pero la cifra se disparó: 14 mil 745 esclavos, en 1730, a 140 mil, en 1744; 249 mil, en 1779, y cifras superiores.

Los negros llevados a Haití de Africa, libres por su voluntad, desafiaron la esclavitud y, a pesar de la cruel represión si resultaban apresados nuevamente, numerosos sobrevivieron, al punto que de un millar a finales del siglo XVII, según cálculos, ascendían a tres mil en 1751. Las sublevaciones y fugas de los esclavos tuvieron lugar a lo largo de esta centuria y desde antes: de 1522 a 1784 fueron inútiles su aplastamiento pues siempre continuaban.

En 1697, un negro sublevó a otros 300 en Cabo Francés, tras dar muerte al amo. Los cimarrones establecían rancherías en las montañas y la historia registra los nombres de algunos de sus jefes como Michel, en 1719, en Bahoruco; Polydor, en 1734, y Noel, en 1775, en Fourt-Dauphin, luchas que prosiguieron en los años sucesivos Telémaque Canga, Isacc y Pyrrhus Candide. Contra los prófugos se utilizaron tropas, perros amaestrados procedentes de Cuba y todo tipo de trampas; por ejemplo, Polydor fue muerto por otro esclavo a cambio de su libertad.

En 1784, el gobernador Belleconde tuvo que firmar un tratado con un centenar de sublevados. El estallar la Revolución Francesa, en 1789, la población de Saint-Domingue era de 534 mil personas, de ellas más de 400 mil esclavos, una proporción aterradora para los blancos que sostuvieron la plantación cafetalera y azucarera, precisamente, mediante el terror. Pero nada pudo detener la sublevación total de los esclavos haitianos, en 1791.

Según reportes de 1702 del gobernador conde de Gallifet (1700-1714), “la mayor parte de los habitantes hacen trabajar a sus negros más allá de sus fuerzas humanas, todo el día y la mayor parte de la noche”. El llamado Código Negro (1695), legislación francesa para sus colonias, se aplicó también en Haití y autorizaba el uso del látigo para el castigo de los esclavos o, simplemente, cuando caminaban hacia el trabajo.

Eran tantos y seguidos los latigazos que ya en 1702 se consideró demasiado severo el uso del látigo, porque los esclavos morían a causa de esos golpes. Llegó a fijarse de 39 a 50 por sesión. La imaginación de los torturadores acudió al amplio catálogo de la época del Medioevo e incorporó otras formas para doblegar la resistencia de los esclavos y su condición humana puesta en duda por los ideólogos colonialistas.

Se les aplicaban máscaras de hierro para que no pudieran comer pedazos de caña en el trabajo; hierros en manos y pies, collares de hierro, hierro candente en el cuello o la espalda. Como identificación eran marcados con las iniciales del amo y si cambiaban de amo, otra vez sufrían el contacto en su piel de una plancha de plata expuesta al fuego.

Entre otras muchas torturas, hubo mutilaciones diversas (orejas, extremidades, partes sexuales), quemaduras con guarapo hirviendo, cera encendida sobre los brazos, asados vivos a fuego lento y poner sal, limón, pólvora y cenizas calientes sobre las heridas.

De los castigos extremos, eran frecuentes la castración, el descuartizamiento y la hoguera, que provocaban muertes terribles, estando vivo el reo, así como la introducción de pólvora en el recto y prenderle fuego (la denominada explosión del negro).

Mackandal, el más célebre cimarrón

Al suplicio de ser quemado vivo condenaron a Mackandal, el 20 de enero de 1758, en Cabo Haitiano; atado a un poste nadie sabe como saltó del infierno de las llamas y, aunque lanzado otra vez al fuego, los negros presentes creyeron que se había salvado. ¡Mackandal salvado!, gritaban y en su interior pensaban que algún día reaparecería para salvarlos también a ellos.

Mackandal fue el más célebre de los cimarrones y aunque ejecutado, ejercía una verdadera fascinación sobre su gente, afirma el intelectual haitiano Jean Price-Mars en su obra de estudio y reflexión sobre la cultura de su país, Así habló el tío (1928).

Apresado en las costas de Guinea, Africa, llegó a suelo haitiano en un barco negrero, encadenado como centenares de sus hermanos esclavos.Sirvió sin descanso en la producción azucarera. Un día el joven esclavo Francois Mackandal, con nombre francés como su amo Le Normand de Mézy, perdió una mano en el molino del trapiche cañero.

Entonces, Mackandal, el manco, pasó a la atención del ganado y fuera del cañaveral se sintió más libre, como si perdiera las cadenas impuestas a su mente; huyó y nació el cimarrón. Era inútil que se multiplicaran los castigos, señala Price-Mars, todos los seguidores de Mackandal tenían la rebelión por objetivo, “y si, por casualidad eran capturados y entregados al verdugo, marchaban con la fe altanera de los mártires… nada podía frenar el ardor místico de los rebeldes”. Se dice que todos creían en su inmortalidad y su capacidad de transformarse en un animal, ya fuera un insecto (mosquito o mariposa) o un ave.

Personaje de muchos tiempos, su espíritu insomne invadió junto al protagonista Ti Noel, las páginas de la famosa novela El reino de este mundo (Caracas, 16 de mayo de 1948), escrita por el cubano Alejo Carpentier al regreso de un viaje a Haití, en una revelación maravillosa: “Mackandal se había disfrazado de animal, durante muchos años, para servir a los hombres, no para desertar del terreno de los hombres”.

Haití, rebelión de los mulatos y negros libertos

Protestas y rebeliones protagonizaron a partir de 1789 los llamados hombres de color de la colonia esclavista haitiana, reprimidas por las autoridades francesas e independientes de la gran rebelión de los esclavos, iniciada en 1791. Una de las causas del fracaso de la rebelión fue que sus promotores rechazaron la ayuda que le ofrecieron negros esclavos, pues sus diferencias iban más allá de la menor o mayor pigmentación de la piel y sí marcadas por intereses económicos y prejuicios raciales.

Clase intermedia, los mulatos y negros libertos reclamaban se les aplicaran los principios de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano -aprobada en Paris en 1789- y su participación en la Asamblea Nacional de Francia. El número y peso de este grupo creció durante la centuria desde más de 500 en 1703 a unos 28 mil para 1789, con importantes riquezas, dentro de una sociedad de medio millón de habitantes compuesta también por más de 400 mil esclavos y 40 mil blancos.

Desde la primera mitad del siglo XVIII fue objetivo de los libertos borrar toda relación con sus orígenes, adquirir riquezas y blanquear la descendencia. Se dice que adquirieron buenas propiedades y también fueron dueños de plantaciones y esclavos; mediante dinero y habilidades penetraron con sus bellas hijas en familias de la aristocracia francesa.

Jóvenes mulatos sirvieron en cuerpos reservados a los nobles y en algunos oficios de la magistratura, así como de pajes en la corte. A medida que aumentaba la masa de esclavos, la sociedad se hizo más racista contra los libertos, poseedores de un tercio de las riquezas de la colonia de Saint-Domingue.

Una memoria de los administradores coloniales (1755) al ministro del reino advirtió acerca del peligro: esta especie de hombres comienza a llenar la colonia, cada vez más numerosos en medio de los blancos y a veces superados por la opulencia y la riqueza. Se les ve aspirar a montar con nosotros en las revistas de la milicia y se creen preparados para ocupar plazas en la judicatura…, apuntaba.

A esto siguieron varias medidas restrictivas: en 1777 se les prohibió residir en Francia; en 1778 contraer matrimonio con blancos; en 1779 usar los mismos trajes que los blancos y ser llamados señor y señora. Cada vez más estos libertos -negros o mestizos-, africanos o criollos descendientes de aquellos y de blancos, repudiaban sus orígenes y odiaban a sus ancestros de ambas razas.

Cruzar la línea entre los libertos y los esclavos muchas veces resultaba complejo, en primer término porque negros y mestizos, nacidos de madres no emancipadas, eran esclavos. En caso de ser hijos también de un blanco, su liberación quedaba a criterio del amo quien, incluso, podía vender también a los que llevaban su sangre aunque tuvieran la piel más clara.

Aunque el llamado Código Negro (1695) reconocía los mismos derechos, privilegios e inmunidades a los libertos de que gozaban las personas nacidas libres, en la práctica no ocurrió así. Víctimas de la discriminación, su ascenso en la sociedad no pasaba de ser joyeros y orfebres. En los batallones militares existían uniformes diferentes a los de soldados blancos, asientos separados en el teatro, en reuniones y otros lugares públicos.

No había escuelas y los libertos ricos enviaban sus hijos a Paris para educarlos, a semejanza de los blancos. Mulatos y negros libres no podían ocupar empleos públicos ni ejercer ciertas profesiones aunque se hubieran educado en Francia gracias a sus recursos económicos. Los sucesos revolucionarios en la metrópoli repercutieron en la colonia haitiana y movieron a los libertos a defender sus derechos y reclamar la igualdad con los blancos, misión que confiaron a los de su clase, residentes en Paris.

El mulato Jules Raymond, casado con una francesa, junto a Vincent Ogé y otros comenzaron las gestiones desde septiembre de 1789 para obtener una diputación similar a la de los blancos en la Asamblea Nacional. El 22 de octubre enviaron al presidente de ese cuerpo una delegación de 10 miembros que aunque recibida con honores, vio engavetar sus demandas al tiempo que empezaban las reclamaciones y protestas en Haití.

Un mulato nombrado Lacombe pidió, en un memorial a la Asamblea Provincial del Norte, el 2 de noviembre de ese año, la aplicación a la gente de color de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. La Asamblea calificó el escrito de incendiario e hizo colgar al demandante.

Condenado y decapitado resultó Ferrand de Baudieres, anciano de 70 años, senescal de la villa de Petit-Goave (Oeste), por haber redactado una nota de los libertos que solicitaban participar en la elección del diputado a la Asamblea Provincial del Oeste. Se acusó a este colono blanco de prestar su pluma al servicio de los mulatos; su cabeza colocada en una pica fue llevada por toda la villa.

Al mulato rico Labadie, anciano instruido y muy respetado, lo acusaron de firmar la petición de Ferrand y lo amarraron a la cola de un caballo sin domar; salvó la vida ayudado por sus esclavos y vecinos. Otros hechos diversos tuvieron lugar en la colonia mientras en Paris Jules Raymond ofreció a la Asamblea Nacional el concurso de los mulatos y negros libres para reprimir a los esclavos negros. Recordó que eran ellos en las milicias de todas las parroquias quienes mantenían a raya a los esclavos y daban caza a los fugitivos.

Qué importa, dijo, que ustedes sean blancos y nosotros mulatos, pues unos y otros poseemos esclavos y tierras, y por consiguiente, somos aliados naturales. Por este camino las demandas de igualdad no prosperaron y Vincent Ogé regresó a Haití el 23 de octubre de 1790 para preparar una insurrección que finalmente fracasó. Tuvo que refugiarse en la parte española de la isla, pero fue entregado a las autoridades francesas por el gobernador de Santo Domingo.

Ogé y Jean-Baptiste Chavanes, quien inútilmente trató de convencer a su jefe de incorporar esclavos a su lucha, sufrieron torturas y murieron destrozados a golpes de barras de hierro, el 25 de febrero de 1791, en la ciudad del Cabo.

A la horca condenaron a 21 de los alzados y otros 13 a prisión en galeras. Nuevos giros tomaron los acontecimientos signados por la gran rebelión de los esclavos y las luchas entre los sectores blancos (los grandes y pequeños propietarios) y las intervenciones extranjeras. Una alianza momentánea con los pequeños blancos fracasó porque sus intereses económicos y el racismo chocaban.

Jamaica: rebeliones contra la esclavitud

Jamaica es una pequeña isla del Mar Caribe, ubicada al sur de Cuba, distante sólo 140 kilómetros. Está atravesada del este al oeste por una cadena montañosa. Alcanza sus mayores elevaciones en las llamadas Montañas Azules. En ellas se encuentran el Pico Azul y el Santa Catalina. En la costa sur se halla la llanura de Siguanea, precisamente allí están ubicadas las ciudades más importantes.

Muchos pequeños ríos bañan el suelo jamaicano; se distingue el Black, navegable hasta unos 40 kilómetros de su desembocadura, además, el Pedro, Minho, Cobre, Hope y otros. Se sabe que los primeros pobladores de Jamaica fueron los arahuacos, exterminados durante la conquista y la colonización, y sustituidos por esclavos africanos.

Los antiguos habitantes llamaron al país Xaymaca (tierra de manantiales), y de ahí deviene el actual nombre. El navegante genovés Cristóbal Colón descubrió la ínsula el 4 de mayo de 1494, durante su segundo viaje.

A partir de 1655 Gran Bretaña, una de las mayores potencias coloniales, se apoderó del país y lo convirtió en refugio para piratas y bucaneros que tenían su centro de operaciones en la ciudad de Port Royal.

Más de medio siglo duraron las disputas entre Inglaterra y España por la posesión de la isla caribeña. En 1670, por el Tratado de Madrid, España la cedió a Gran Bretaña con la condición de que finalizaran los ataques piratas contra las posesiones españolas en las Antillas.

A partir de ese momento comenzó la repoblación de Jamaica de mano de los colonos irlandeses, escoceses y judíos, que arribaron al país con su correspondiente cargamento de esclavos africanos.

Gran Bretaña se hizo cargo de la colonización total de la isla y comenzó a desarrollarse el cultivo de la caña de azúcar, para lo cual trajo más esclavos de África. Estas plantaciones fueron convirtiéndose en la cosecha fundamental.

El siglo XVIII constituyó una época de florecimiento del régimen de esclavitud, pero el trato cruel e inhumano llevó a frecuentes rebeliones de esclavos contra el humillante sistema.

Las rebeliones de esclavos se multiplicaron sobre todo en las tres primeras décadas de ese siglo, por lo cual el gobierno inglés se vio obligado en 1834 a decretar la ley sobre la abolición de la esclavitud, que tanto sufrimiento causaba en hombres y mujeres arrancados de forma arbitraria del suelo africano.

Otro de los aspectos era que en la metrópoli europea tenía lugar una nueva etapa de su desarrollo capitalista con la revolución industrial, y la trata que tanto beneficio le había proporcionado a Londres, ya no era de su interés.

En esas luchas emancipadoras se destacó William Gordon, quien dirigió un movimiento de emancipación de Bahía Monrant, en 1865, en que murieron muchos valientes luchadores independentistas.

Gordon fue hecho prisionero y ejecutado junto a un grupo de líderes populares. Marcus Mosiah Garvey (1877-1940), fue otro héroe destacado, cuya lucha e influencia trascendió más allá de las fronteras nacionales.

En una época en que la discriminación contra el negro llegó a uno de los puntos más altos en el continente, Garvey supo erguirse para defender la dignidad del hombre. Por esa claridad de pensamiento político, valentía y entereza, es considerado como uno de los más ilustres héroes nacionales jamaicanos.

Con la abolición de la esclavitud, se dio en Jamaica un fenómeno económico y social característico de la descomposición del régimen esclavista: los productores prefirieron trabajar en sus propios terrenos, antes que en las plantaciones de sus antiguos amos, quienes hicieron todo lo posible por burlar e incumplir con la disposición de la Corona británica.

La misma actitud adoptaron los traficantes de esclavos lo que determinó la instalación de bases navales británicas en sus colonias del continente africano para perseguir a los que violaran la norma real. La lucha antiesclavista marcó un hito en la historia política de esa isla caribeña.

* Alayón y Mireles son corresponsales de Prensa Latina en las provincias de Matanzas y Pinar del Río, respectivamente; Denis Valle es historiadora y periodista, y Correa, colaborador de Prensa Latina.