La inmensa mayoría de los países africanos alcanzaron la independencia de las antiguas potencias europeas a partir de 1960, después de una prolongada guerra de liberación o lucha política que dejaron un alto saldo de muertes y enormes sufrimientos en las naciones liberadas. Obtenida la liberación, la casi totalidad de las naciones adoptaron la estructura política de República con un presidente como jefe de Estado.

Solamente tres países permanecieron como reinos reconocidos internacionalmente: Marruecos, Lesotho y Swazilandia. Otros reinos fueron absorbidos por las nuevas repúblicas cuando se constituyeron, como ocurrió con Uganda. El país fue invadido en los siglos XIII y XIV por migraciones bantúes, las que para la época habían constituido reinados razonablemente desarrollados.

Esos reinos de corte feudal resultaron abolidos poco después de obtenida la independencia de Gran Bretaña en 1963 donde el colonialismo se implantó a mediados del siglo XIX. La Constitución incluyó dentro de sus preceptos la desaparición como entidad oficial independiente de los reinos de Buganda, Anikole, Bunyoro y Toro.

En la nueva etapa, algunos dignatarios ejercen un poder simbólico sobre su grupo étnico, aunque sus pueblos los adoran como auténticos reyes y estos se comportan como tales. El gobierno y la Constitución consideran legítima la autoridad sobre sus súbditos, pero sus poderes están restringidos a un rol cultural y tribal sin facultades ejecutivas, incluyendo sus cortes.

El Rey niño Toro, uno de los cuatro reinos abolidos oficialmente está situado en el oeste de Uganda. Su rey Patrick murió en 1995 cuando su pequeño hijo Oyo tenía tan solo tres años de edad, y era el legítimo heredero del desaparecido monarca.

La leucemia se llevó poco después a la hermana mayor Celia, tras un largo período hospitalizada. “¿Dónde están mi padre y mi hermana?, preguntaba el pequeño Oyo en el hospital de Londres donde esta última estuvo ingresada.

El novel monarca realizó sus primeros estudios en el colegio Poitiers de la capital británica. En la ficha de inscripción se leía su nombre completo, Oyo Nyimba Kabanda Igunu Rukidi IV. Contaba el director del exclusivo colegio londinense que Oyo era un niño normal cuando iba a las clases vestido con el uniforme azul y verde o cuando salía a la carrera del aula y se escondía para comerse las golosinas, mientras esperaba que lo recogiera el automóvil oficial.

Un niño como tantos otros cuando compartía con sus compañeros juguetes plásticos o sueños infantiles: todo un rey pero todo un niño. Sus compañeros no le llamaban Majestad, le decían Oyo. “Nuestros alumnos no se impresionaban con ese tipo de cosas, afirmaba el docente.

A Oyo no le trataban con el respeto con el que dicen ciertas personas, debía tratarse a un rey, en sus espinillas se podían ver las marcas de las botas del equipo contrario de futbol. Era un niño más, absolutamente normal y perfectamente bien adaptado.

Cuatro días y sus respectivas noches fueron necesarios para celebrar por todo lo alto el esperado retorno del que era su legítimo líder. Decenas de miles de ciudadanos de Toro se reunieron en el Kuruzika, palacio en lengua local Lutaro, en la cima de una montaña para darle la bienvenida al más joven monarca de Africa y del mundo con sólo 13 años.

Sonaron sin cesar tambores de piel de cabra y trompetas de calabaza. El pueblo cantó y bailó hasta destrozar sus gargantas y pies. Todos se esforzaban por ver a Oyo, quien cumplía su primera década de ciudadano de Toro, con una población aproximada de un millón de personas.

Sentado ante los presentes en un trono recubierto de piel de león, bajo un arco de colmillos de elefantes, Oyo asistía a su fiesta de asunción de epango (de luna). Un anciano se levantó y caminó hasta él y colocó en la mano del Rey niño un tambor ritual.

Los golpes que el monarca dio al cuero retumbaron en todo el reino. Oyo sorprendido por el entusiasmo de sus súbditos, se puso de pie, miró a todos lados y dio algunos tímidos pasos de baile. La multitud enloqueció: “El Rey León había regresado”. Oyo se transformó cuando pisó África vestido con sus grandes ropas rituales, de color negro y oro y su cabeza cubierta con un gorro de piel.

El tránsito de la niñez a la adolescencia fue guiado por la Reina Madre, Bert Kemigisa, mientras los asuntos del reino fueron administrados por regentes. De sus deberes oficiales dijo en una oportunidad “Me aburro sobre todo durante las funciones. Estar sentado con gente adulta”.

No sé lo que está pasando en el reino: es bastante para mí, añadió. Era lógico que un niño no entendiera las obligaciones derivadas de su cargo. Quien lo miraba de cerca y entendía la turbulencia política de Toro era la Reina Madre.

El mayor desafío de la familia real fue mantener alejados a cortesanos sedientos de poder, que intentaban aprovecharse de la juventud de su hijo, diría en una ocasión Bert Kemigisa. En su colegio de Kampala, capital de Uganda, Oyo tuvo como materias favoritas el arte, la música, la matemática y la natación. También mostró inclinación por estudios de turismo. Cuando no estaba en clases jugaba al fútbol, a los videojuegos o iban al cine como cualquier otro adolescente.

Los años han pasado y Oyo, el rey niño después de cumplir los 18 años de edad cuando asumió su responsabilidad de conducir a su pueblo, como lo hizo su padre el rey Patrick. Esta es la historia de un niño rey africano adorado por sus súbditos.

Ngola Kaluenge, el rey rebelde

Las luchas del pueblo angolano contra la opresión extranjera no podrían escribirse sin mencionar el nombre de Ngola Kaluenge, que rechazó al colonizador; fue capaz de apresar a una embajada enviada desde Lisboa por el rey de Portugal.

El monarca lusitano Ngola Kaluenge envió una comitiva de altos dignatarios para discutir con su par nativo y tratar de convencerle sobre la presencia extranjera en el país africano. Con la detención de los ilustres emisarios, Ngola dejaba en claro su rechazo a tales pretensiones. Una lección que generaciones en Angola nunca han olvidado en el enfrentamiento de más de cinco siglos contra la nación europea.

Un bosquejo histórico permite conocer el entorno en que se desarrolló posteriormente la enérgica repulsa de Ngola. Los especialistas parten desde la formación de la nación angolana. En los primeros 500 años d.n.e. comenzaron a efectuarse una serie de emigraciones por el sur y por el norte del país. Estas emigraciones tuvieron distintas motivaciones, en algunos casos la necesidad de encontrar mejores tierras de cultivos y cotos de caza, y en otros por razones religiosas o sociales.

En el siglo XIII el grupo kicongo se estableció en la margen izquierda del río Congo al norte de Angola y posteriormente emigraron también las tribus nganguela, varyanelca, janga, hereros, idkos, ambos, malkokolos y kwangales, contribuyendo todos al actual plano etnológico de la nación.

Historiográficamente, la edad precolonial se ha dividido en dos períodos: el período africano y el afro-portugués. El período africano comprende los ciclos Congo (desde el siglo XIII hasta 1490), y el Kwanza (desde el siglo XIV hasta 1520).

En el siglo XIII todas las tribus y clanes del grupo icongo se nuclearon en torno al jefe Weme, formando el reino Congo, cuya capital residió en Mbanza. El reino Congo se extendió en la cuenca baja del río Congo, ocupando los territorios que hoy forman parte del norte angolano, la República Democrática del Congo y la República del Congo.

El ciclo Kwanza está formado por los reinos Ncongo y Kissana: Por su parte, el reino Ncongo, se formó con las migraciones de pueblos que vinieron de otras regiones de África. La capital del reino era Mbanza Kabassa. Este reino estaba limitado de la siguiente forma: al norte por el río Dande y las tierras de Ambulia; al sur por el Planalto de Bié; al este por la región de Kassanje y al oeste por la región de Kissana. El soberano más destacado de este reino era Ngola. Igualmente para su estudio el período afro-portugués se ha dividido en dos ciclos: el Congo (desde 1490 hasta 1595), y el Kwanza (desde 1520 hasta 1575).

En 1482 llegaron los primeros portugueses comandados por Diego Cao. La asombrosa belleza del territorio angolano, las tierras y ríos favorables para el desarrollo de la agricultura impresionaron sobremanera al navegante, quien se percató de las grandes posibilidades de explotación que tenía el país y marchó de regreso a Lisboa con el objetivo de informar al rey.

A continuación se sucedieron con pocos años de diferencia una serie de acontecimientos que incidirían decisivamente en la historia pasada y presente de Angola, que se iniciaron cuando dos años más tarde, en 1484, volvió Diego Cao y comenzó esta vez los trabajos de colonización.

En 1490 desembarcaron el en puerto de Mpinda, cercano a la desembocadura del río Congo los primeros comerciantes portugueses. El comercio se basó fundamentalmente en el trueque de artículos manufacturados por esclavos.

Si en cierta medida, los colonizadores recibieron ayuda de algunos nativos, sobre todo los convertidos al a religión católica y que también obtenían ganancias con el comercio de esclavos, tuvieron también que luchar contra la resistencia que les ofrecieron otros grupos autóctonos.

Esos grupos desde un inicio presentaron beligerancia a los portugueses. Pero las contradicciones internas minaron el reino Congo que tuvo durante todo el siglo XIV una serie de revueltas y conflictos. A diferencia del reino Congo, el Kwanza mantuvo su unidad interna y se caracterizó por una oposición más vigorosa al colonizador. Fue entonces cuando se produjo en 1575 el hecho histórico protagonizado por Ngola.

Turbado por la obstinada resistencia que ofrecía el reino de Kwanza, encabezada por su soberano Ngola, el monarca lisboeta envió a Angola una misión diplomática con el fin de persuadir al rey africano. El apresamiento de sus emisarios y la continuada rebeldía, indignó al monarca. A pesar de esa resistencia, en 1576, Paulo de Novais llegó a la bahía de Luanda y se estableció definitivamente en el lugar.

A partir de esa fecha comenzaron las guerras de enfrentamiento directo y continuo con los conquistadores. La región de Kwanza tenía varios estados. Al principio los principales eran Kdongo, Congo, estados Libres de Kissanga, Matamba y Kassanje.

Las zonas de Matamba y Kassanje estaban habitadas principalmente por los Dagas que se defendieron por separado de la colonización portuguesa. El rey Ngola logró unificar por algún tiempo los estados de Kwanza, pero la Coalición de Kwanza, como se le llamó, se desintegró poco tiempo después por el temor de algunos jefes de luchar contra los portugueses.

La colonización continuó extendiéndose por el país, no sin enfrentar la tenaz resistencia de los que continuaron la lucha tras la desaparición de Ngola, hasta el punto de que sólo en 1915, casi tres siglos después de la muerte del rey rebelde, Portugal obtuvo el dominio completo de Angola.

Rebeldía en Santo Tomé y Príncipe

Totalmente asombrado quedó el soberano portugués Manuel en la distante y europea Lisboa ante la noticia de que miles de esclavos africanos cercaron a sus tropas coloniales en el diminuto archipiélago de Santo Tomé y Príncipe. El estupor también se manifestó en los elegantes salones de El Quirinal deambulado por perfumados cortesanos beneficiados con las riquezas que los conquistadores extraían en las nacientes colonias de África.

El archipiélago de Santo Tomé y Príncipe situado en el Golfo de Guinea. A pesar de su pequeñez, era un lugar importante para los portugueses porque se utilizaba como depósito de esclavos y punto de partida para los embarques de africanos hacia la colonia de Brasil.

Hacia el archipiélago eran trasladados desde la costa de Angola, el Congo, Guinea y otros países cercanos, miles de seres humanos que los traficantes vendían en la colonia suramericana a los dueños de plantaciones. Los conquistadores portugueses llegaron a Santo Tomé y Príncipe en 1471 y se convirtió junto a Angola, Guinea Bissau, Cabo Verde y Mozambique en el imperio lusitano en África, sólo superado en territorio por los de Gran Bretaña y Francia.

El comercio de esclavos lo iniciaron los portugueses en el siglo XVI. La crueldad de los colonizadores motivó actos de verdadero heroísmo de los habitantes de Sao Tomé y Príncipe, entre los que se destacaron la rebelión de Joan Gato en 1530 y la de Amador Vieira.

Este último fue proclamado rey por la mayoría de los grupos que sufrían la opresión de la esclavitud colonial portuguesa. Las poblaciones originarias del archipiélago son de origen bantú. Vieira poseedor de una gran autoridad, llegó a movilizar a cerca de cinco mil esclavos, consiguió liberar la mayoría del territorio nacional y mantuvo a las tropas lusitanas cercadas en la capital.

Este hecho fue el que provocó la sorpresa en el rey portugués y el resto de sus súbditos para los cuales era difícil entender cómo esclavos sin armamentos adecuados y ausencia de conocimientos militares pudieron establecer un cerco a las huestes colonialistas.

Los portugueses trataban infructuosamente quebrar el cerco, aunque con cada embestida causaban numerosas bajas en los nativos, lo que debilitaba su resistencia. Sin embargo, no fue la represión militar la que causo mayor daño a la rebelión. Traicionado y hecho prisionero, Vieira fue asesinado el cuatro de enero de 1596, después de padecer grandes sufrimientos producto de las torturas a que fue sometido.

La escasez de recursos ante la potencia bélica de los conquistadores determinó la caída del archipiélago en mano portuguesas y se restableció la trata. Los nativos prosiguieron con actos de rebeldía, pero los portugueses con sus masacres aseguraron que protestas como las de Vieira no se repetirían.

Durante largos siglos continuó la explotación colonial. Además de los esclavos hacia América, de las plantaciones saotomenses salían para las metrópolis productos como el café y el cacao, mientras la población autóctona se sumía en la mayor pobreza.

La esclavitud duró en el archipiélago hasta el siglo XIX. En 1834, Gran Bretaña, ya sumida en la revolución industrial, prohibió el comercio de esclavos en sus posesiones, y en la bahía de Freetown, en su colonia africana de Sierra Leona instaló una base naval para perseguir a los violadores de la norma. Para los lusitanos y traficantes de otras nacionalidades, era algo más difícil llevar a cabo la trata con total impunidad.

En Santo Tomé y Príncipe prosiguió otra forma de esclavitud: la explotación colonial, en la que los nativos carecían de los más elementales derechos y eran cruelmente castigados a capricho por los colonialistas.

En febrero de 1953, una simple protesta de los pobladores de Sao Tomé sirvió de pretexto para una sangrienta respuesta por parte de las autoridades coloniales, quienes asesinaron en menos de una semana a más de mil isleños indefensos en el poblado de Bateba. La matanza ordenada por el gobernador originó la primera toma de conciencia colectiva estableció una acción coordinada entre los autóctonos del archipiélago y los peones llevados a las plantaciones.

La constitución del Comité de Liberación de Sao Tomé y Príncipe en 1960 (después se transformó en Movimiento de Liberación), fue un paso decisivo para que dos años más tarde se discutiera en Naciones Unidas la situación del archipiélago, y en 1963 participara en la fundación de la Organización de la Unidad Africana (OUA).

Siguieron años de lucha política contra la tozudez de Lisboa. En diciembre de 1974 el régimen fascista de Portugal se derrumbó, la nueva situación política propició la apertura de negociaciones: Un año más tarde, Sao Tomé y Príncipe surgió como un estado independiente, reconocido por Naciones Unidas y demás organizaciones internacionales. Cada año el pueblo saotomense recuerda las intrépidas rebeliones antiesclavistas que como las dirigidas por Gato y Vieira son páginas de gloria en la historia del país.

* Ex corresponsal en varios países africanos, colaborador de Prensa Latina.