Se está gestando en los últimos días a través de una nueva medición de fuerzas entre las clases en contienda. Y es que después de la derrota electoral de la derecha venezolana, la fracción extremista liderada por Leopoldo López (economista, formado en la Kennedy School of goverment y la CIA, ex alcalde del municipio Chacao, firmó el decreto golpista “Carmona” en el 2002, vinculado a Alvaro Uribe), desecho la táctica “democrática electoral” de Capriles (derrotado con 42.72% de los votos frente al 49.24% del chavismo), y apostó por un Plan conspirativo pro EE.UU. (Obama no reconoce a Maduro como presidente mientras que a Juan Hernández, acusado de fraude en Honduras, lo reconoció en cinco minutos), similar al golpe del 2002. A este plan López lo denomina “La Salida.

Lo particular de esta nueva arremetida de la derecha es que se da en un contexto político diferente al 2002 (aunque con tres muertos, uno bolivariano, y decenas de heridos y detenidos). Por un lado, las FF.AA. bolivarianas dan la impresión de estar más cohesionadas (teniendo en cuenta que un buen componente del nuevo aparato de autoridades políticas recién elegidas son ex militares), la clase obrera y campesina están más aggiornadas al Estado de la V República a través de los consejos comunales, patrullas, etc. (los grupos radicales y trotskistas de oposición de izquierda parecen más aislados), y la derecha está dividida entre Capriles y Leopoldo López.

Por otro lado, la ausencia de Chávez, un Maduro que recién asume una identidad propia, la crisis económica inmanente a una revolución inconclusa y con elementos de cansancio, improvisación y confusión (56% de inflación, escasez del 28% en enero, caída del salario real al ritmo de la devaluación del bolívar, sobreendeudamiento, caída de las reservas internacionales al 50%, contracción del crecimiento del PBI, fuga de capitales, inseguridad ciudadana, etc.), y las políticas ambiguas del gobierno (enfrentamiento y conciliación con la derecha económica), son un escenario favorable para que Leopoldo López acumule fuerzas como líder indiscutible de la oposición pro yanqui movilizando ahora a los estudiantes de clase media.

Y en efecto, recientemente, Leopoldo, en la clandestinidad, declaró desafiante, “…Este martes 28 quiero convocarlos a todos a Pza. Venezuela para ir al Ministerio de Justicia de la represión, torturas y mentiras…que cese la represión y persecución de todos los venezolanos, que se asuma el desarme de los grupos paramilitares…” (diario El Mundo, 16-02-14).

Mientras que Capriles dijo, “…la resistencia no crece si nosotros nos planteamos salidas que nunca llevan a nada…”. Luego declaró, “…Hacia allá tiene que ir orientada la protesta. Es necesario que se desarme cuanto antes a los grupos armados anárquicos. Marcharemos en contra de la violencia, la escasez, el desabastecimiento y a favor de quienes sufren porque no consiguen alimentos, ni medicinas. Dejemos solos a los violentos…” (diario Tal Cual, 16-02-14).

De estas declaraciones podemos inferir que ambos plantean el “desarme de los grupos armados” (es decir las milicias populares en reserva y barrios radicales como el 23 de enero) y están de acuerdo en derrocar a Maduro, pero a la misma vez ambos se diferencian en la táctica. Mientras que Leopoldo apuesta por la confrontación violenta para disputarle el liderazgo a Capriles, éste último sabe que no hay condiciones todavía para un golpe como en Paraguay.

No obstante, de no superarse las contradicciones internas dentro del gobierno (de características burocráticas y en algunos casos en descomposición política), su improvisación nacionalista y su retorica antiimperialista, pues, ingresaremos al ocaso de la revolución bolivariana.