Ningún rincón de América Latina o del mundo occidental cristiano actual padece los contrastes delirantes que sufre Honduras. Las categorías socioanalíticas de la razón siempre quedan superadas en su intento de explicar las causas de esta apabullante realidad.

El país sufre las peores catástrofes sociopolíticas como consecuencia de la nefasta depravación del clan de los politiqueros tradicionales. Sin embargo, el pueblo en su mayoría ama a las y los politiqueros como si fueran sus dioses. Si un político no les miente, o no les promete lo imposible, simplemente el pueblo no vota por él. Aman a quienes los desprecian y empobrecen, y detestan a quienes les intentan despertar del largo letargo mental y espiritual. Elogian a cuántos los arruinan desde arriba, desprecian a sus iguales en el sufrimiento.

En estas cenizas del imperialismo yanqui, las y los empobrecidos, profesionales o no, son los acérrimos defensores del sistema del saqueo norteamericano. Están geográficamente tan cerca a Cuba, y recibieron mucha ayuda de este solidario país, pero detestan a Cuba por “comunista”, “ateo” y “atrasado”. Casi nadie quiere saber que la desgracia hondureña consiste en estar tan cerca de los EEUU y tan lejos del promisorio Sur alternativo.

Cuando juega la selección de fútbol de “Honduras”, la histeria y el delirio colectivo son brutales. Hombres y mujeres, de diferentes edades, se vuelven patriotas agitando o vistiendo los colores de la bandera de Honduras. Pero, cuando termina el fútbol o las “fiestas patrias”, la vergüenza por ser hondureños los tienen en la lona, esperando la menor oportunidad para salir huyendo (de mojado) de esta ausencia de sentido.

Aquí, pueden faltar escuelas, centros de salud, libros, sueldos para los maestros, pero jamás las iglesias. Cuanto más empobrecido son las aldeas o barrios, mayor cantidad de iglesias tienen. Las escuelas o centros de salud puede derrumbarse, pero las iglesias se mantienen prósperas incluso con remesas enviados por hondureños migrantes. La Biblia es el amuleto más comercializado por los mercaderes de la fe. Y el monosílabo Dios es el más repetido en el cotidiano léxico hondureño.

En los hogares no siempre existen libros, mucho menos el hábito de lectura, pero la Biblia es el amuleto mágico más preciado que nunca falta. Tanto el frecuentar a una iglesia, como el cargar la Biblia bajo el brazo, dan prestigio social envidiable. Aquí, la moral permite evadir impuestos, pero jamás faltar con el diezmo, por eso el negocio encubierto de las iglesias jamás sufre crisis financiera alguna.

Lo más sorprendente es que quienes financian a las iglesias son las mismas familias propietarias de los partidos políticos tradicionales. Quienes a su vez, son propietarios o accionistas de las empresas que utilizan a los jugadores de fútbol como maniquís para promover las marcas de sus productos. Honduras no tiene equipo de fútbol, Rafael Callejas y otros políticos empresarios son los propietarios de la supuesta selección hondureña. Pero, ¿quién le cambia estas y otras creencias a un pueblo cultivado en la creencia y esquivo al pensamiento?

Aquí se castiga a quien denuncia el crimen y se glorifica al delincuente. Esa es la lógica del poder político. En nombre de Dios, y con la Biblia bajo el brazo, se siguen cometiendo atrocidades contra el pueblo fervoroso que asume dichas desgracias como una prueba del infinito amor misericordioso de Dios. Mientras tanto, ese Señor del lejano cielo, calla y mira a cualquier parte, menos hacia Honduras.

Esta es la Honduras donde abundan profetas, apóstoles, presbíteros, pastores y obispos y un cardenal, que compiten con las maras y el crimen organizado para amedrentar (con el infierno) y postrar aún más al ya postrado pueblo deshabitado de Honduras. Con estos y otros peones “avanzan” los exitosos empresarios neoliberales.

En estas condiciones, las iglesias, los partidos de fútbol y los supermercados ilusorios, se constituyen en un refugio formidable para un pueblo deprimido. Así los empobrecidos se hunden más, creyendo estar en la verdad y en el espejismo de la modernidad, y sus verdugos se afianzan material y simbólicamente en el imaginario y el hábito de sus víctimas.