El crimen vuelve a atormentar a Raskolnikov, nuevamente la usurera sucumbe bajo su brazo ofuscado, mientras la muerte continúa marcando a los Karamazov, y el compasivo e inocente príncipe Mishkin sigue siendo, para sus contemporáneos, un idiota.

Los personajes permanecen eternamente víctimas y victimarios, incapaces de desprenderse de sus miserias y sus demonios, sin encontrar nunca otra salida para sus conflictos. Es que así nacieron, así fueron concebidos, así nos los develó ese horadador de la conciencia humana llamado Fiódor Dostoievski.

Quizás Raskolnikov podría haber frenado el crimen e impedido el castigo; acaso el destino de los hermanos podría haber estado menos marcado por el infortunio; tal vez Mishkin hubiera sabido diferenciar entre la compasión que le provocaba Nastasia Filippovna y el verdadero amor de Aglaya Ivanovna. Pero las historias no podían desandar caminos diferentes, porque casi 192 años atrás, el 11 de noviembre de 1821, cuando nació en Moscú el niño Fiódor, la vida comenzó a imponerle realidades que dotarían a sus futuros personajes de conductas irreversibles, de caracteres inmodificables.

Segundo hijo entre los siete del matrimonio de Mijaíl Dostoievski y María Fiódorovna, la infancia del pequeño estuvo dividida entre dos sentimientos contrapuestos: de un lado la madre refugio, protectora y amorosa; de otro, el padre frío y autoritario, a quien la hora final, según algunas versiones, le llegó de manos de sus propios siervos.

La muerte del progenitor, ocurrida cuando Dostoievski tenía 18 años y estudiaba en la Escuela de Ingenieros Militares de San Petersburgo, se sumaba a la tristeza provocada por el deceso de su madre tres años antes. Y a la tristeza se unía la culpa, porque, según confesaría después, en varias ocasiones deseó secretamente el fin de la vida de aquel hombre despiadado.

Es en ese sentimiento, nacido de una experiencia personal, que puede encontrarse la génesis de lo que décadas después serían Los hermanos Karamazov, novela escrita en el ocaso de su existencia, y que el propio autor consideró como su obra maestra. Dovstoievski es un escudriñador de las esencias: las descripciones de sus personajes, el dibujo detallado de cada rasgo, nos muestran un observador minucioso y un conocedor profundo, no solo del exterior, sino sobre todo de las profundidades.

La universalidad de sus obras parece radicar, sobre todo, es ese aspecto, en la capacidad para trascender el tiempo y el espacio, para presentar conductas, sentimientos, emociones y miedos que no se limitan a la vida rusa decimonónica, pues son reflejo del conjunto humano. Es cierto, en sus novelas se asientan muchos estereotipos de la época, cada personaje, protagonista o no, surgió del contacto del autor con su entorno, con su realidad cambiante y compleja, con una sociedad deteriorada por la avaricia, las ansias de poder y la envidia.

Sin embargo, ¿quién niega que las obsesiones de Dévushkin en Pobres gentes, las frustraciones del funcionario en Memorias del subsuelo, los impulsos de Raskolnikov en Crimen y Castigo o el enfrentamiento amor-odio de Dolgoruki en El adolescente puedan ser los demonios de millones de seres humanos a lo largo de la historia?

Conocedor de la realidad social que vivía el pueblo ruso, sus primeras obras centran la atención en las condiciones de los necesitados, en las humillaciones de las que son víctimas y su forma de reaccionar ante ellas. Tal es el caso de su primera novela, Pobres gentes, aparecida en 1846, y de la siguiente, El doble, gracias a las cuales, con solo 25 años, comenzó a ser un escritor reconocido.

Desde estas publicaciones iniciales comenzaba a manifestarse el estilo realista que sería característico de la creación dostoievskiana, signado por la penetrante interpretación psicológica y la peculiaridad de los personajes, y que lo distinguiría de los escritores de la etapa. La redacción de su novela Niétochka Nezvánova fue interrumpida por el apresamiento del autor el 23 de abril de 1849, a consecuencia de sus vínculos con el círculo de Petrashevski, grupo de discusión literaria cuyos debates teóricos devinieron discusiones sobre los problemas de Rusia.

Debido a las actividades conspirativas de las que fue acusado, lo condenaron a muerte, aunque finalmente la pena le fue conmutada por cincos años de trabajos forzados en Siberia. Las experiencias vividas entre 1850 y 1854, cuando cumplía su condena, se plasmaron en Recuerdos de la casa de los muertos (1862), mientras que su cercanía a la muerte antes de la sustitución de la sentencia, y el efecto que esta le provocó, se recogió en las páginas de El idiota (1869).

Sufrimientos físicos y morales como estos profundizaron aún más su percepción sobre las aflicciones de otras personas, y así creció su capacidad para analizar las angustias ajenas y enfrentar la injusticia social. Otra situación que medió la existencia y la producción de Dostoievski fue su padecimiento de epilepsia, con ataques que aparecieron esporádicamente durante toda su vida, y que incorporó a la descripción de personajes como Mishkin, en El idiota, y Smerdiákov, en Los hermanos Karamázov.

Todos sus héroes poseen indicios de alguna enfermedad o mal, en unos casos, de carácter físico; en otros, mental; pero siempre existe algún rasgo que marca en sus personajes la exclusión o diferenciación el resto de las personas. Luego de la liberación de Dostoievski, y de su regreso a San Petersburgo en 1860, su vida continuó siendo dura, pues a pesar del prestigio de sus novelas, muchas veces debió enfrentar problemas económicos y deudas.

A esto se uniría la tragedia familiar, marcada por la pérdida de su primera esposa en 1864 y la de su hermano poco después, al tiempo que una vez casado con la que fue su secretaria, Anna Snitkina, sufrió también la muerte de dos hijos. La conjunción de cada uno de esos factores, que harían mella en la salud y la estabilidad del escritor, legarían a la historia de la literatura piezas imprescindibles como Crimen y castigo, El idiota y Los hermanos Karamazov.

En las obras de Dostoievski, desde las más magistrales hasta las menos reconocidas, late un mismo impulso, una inquietud incansable por adentrarse en los temas humanos, por tomar al hombre como centro y descubrir, a través de sus misterios propios, los de la sociedad a la que pertenece. La conciencia, el delito, las relaciones humanas, la enfermedad, los miedos e inseguridades, la trasgresión de las normas, cada una de estas temáticas es un pretexto para lograr aquellos fines.

Suele decirse de títulos como Noches Blancas, Pobres gentes o El adolescente, que son obras menores, calificativo que solamente pueden aplicarse a esos textos porque su autor posee un fecundo catálogo de grandes obras maestras. Han pasado casi 192 años desde que Fiódor Mijáilovich Dostoievski abriera por primera vez los ojos a un mundo que lo fascinó y hostigó, que le proporcionó en vida fama y sinsabores, y le garantizó una eternidad de reconocimiento y admiración.

En aquel momento nadie hubiese podido augurar la huella que el recién nacido dejaría en la historia de la humanidad; hoy, esa historia no sería la misma si no contara con el inventario imprescindible de sus obras.

* Periodista de Prensa Latina.