Camagüey, Cuba (PL).- Poco se difunde de la vida y la obra de Rosa Castellanos Castellanos, única mujer que llegó a ostentar los grados de capitán del Ejército Libertador en toda la epopeya por la independencia de Cuba. La necesidad de recordar la estirpe y la imagen de esta mujer guerrera se resume en las palabras del Poeta Nacional Nicolás Guillen: “… hablar de esa vida para que Cuba no la ignore… fijar su recuerdo y entregarlo al respeto, al amor a la Patria agradecida que seguramente no ha querido olvidarla”.

En Camagüey, 535 kilómetros al este de la ciudad de La Habana, especialmente en la Sierra de Najasa, muy próximo al hoy municipio de Santa Cruz del Sur, Rosa la Bayamesa desarrolló una intensa y fecunda labor desde el inicio de la Guerra de los 10 Años. Nació esclava, en un barracón del poblado de El Dátil, Bayamo, en 1834, “tal vez en un simple jergón de pajas o hierba seca en un barracón de esclavos”, en la entonces más rebelde zona del país.

Fue ese el lugar en que se llevó a cabo sus primeros actos de rebeldía e integró el Ejército Libertador desde el inicio de la guerra de 1868, que puso término al silencio de la explotación colonial de España en la isla caribeña. Era hija de Matías Castellanos y Francisca Antonia Castellanos, esclavos traídos de África que asumieron los apellidos de sus amos.

Luego de más de 30 años de servidumbre, tras los decretos y acciones iniciales de la Guerra de los 10 Años y después que los bayameses incendiaron la ciudad para evitar que cayera en poder nuevamente de los colonialistas españoles, Rosa -liberada de la esclavitud-, decidió seguir el camino de la lucha libertaria, instalándose inicialmente en una de las prefecturas situadas en la Sierra Maestra.

Internada en la Sierra de Guisa, en la ranchería de La Manteca, desempeñó un decisivo papel en la atención a las fuerzas mambisas (insurrectas) como cocinera, mensajera y en el cuidado de los heridos en campaña, pues tenía conocimientos de los signos más característicos de las enfermedades de la manigua.

Yolanda Díaz Martínez, investigadora del Instituto de Historia de Cuba, considera: “El 10 de octubre de 1868 las campanas tañeron en La Demajagua y muy pronto el movimiento emancipador se expandió por toda la zona oriental, sumando partidarios”. “Todo hace suponer que sus amos fueron de aquellos que prefirieron quemar la ciudad antes de verla caer en manos españolas y después se lanzaron a la manigua redentora. Rosa los siguió, ya como liberta”.

Pronto a aquella mujer alta y fuerte la llaman La Bayamesa. Luego se distinguió y se hizo una hábil enfermera, organizó hospitales de campaña, aunque también empuñó el machete y el fusil, con gran destreza en sus incursiones guerreras. Las tropas españolas desataron una feroz y sangrienta ofensiva en la región oriental de Cuba. Por sus antecedentes, los peninsulares mantuvieron un permanente acoso sobre ella y tuvo que trasladarse a Camagüey en 1871.

Según reconoció en la escritura testamentaria ante notario, residió en la calle San Isidro 22. Ella compartió su vida íntima con José Florentino Varona Estrada, antiguo esclavo negro, con quien se incorporó a la contienda independentista de 1868 a 1878.

Señala el Ms.C. Ludín B. Fonseca García, historiador de Bayamo, que en tierras camagüeyanas fue donde Rosa Castellanos entra, definitivamente, en la historia de Cuba, como uno de sus mitos más fantásticos y uno de los ejemplos imperecederos de sacrificio y consagración. En el hospitalito salvó muchas vidas como enfermera y comadrona. Escribió el periodista norteamericano Grover Flint, que la reputación de La Bayamesa data de la misma Guerra de los 10 Años, tiempo en el cual mantuvo a sus expensas y bajo su única responsabilidad un hospital de sangre en la montaña El Polvorín, ubicado en la Serranía de Najasa.

Añade Fonseca que el periodista Grover Flint, al referirse al combate de Saratoga, escribe lo siguiente: “Los heridos […] están perfectamente hospitalizados; la mayoría en la Sierra de Najasa. Once de ellos hallaron reposo en la montaña del Polvorín; los más afortunados, porque de su restablecimiento cuida una buena mujer llamada Rosa, conocida en toda la comarca por sus habilidades como comadrona y enfermera”. El periodista estadounidense, que dio cobertura a las acciones mambisas y acompañó durante un tiempo a la tropa de Máximo Gómez, escribió sobre Rosa en una de sus crónicas: “Era una negra independiente, imperiosa, que confiaba absolutamente en sus métodos”.

También Carlos Muecke Bertel, capitán del Ejército Libertador, de origen norteamericano y paciente de La Bayamesa, significó sus habilidades y elogió “el valor de la capitana bajo fuego”, los cuidados y las comidas, “abundantes y gustosas”. Asegura Jorge Juárez y Cano que en el año 1871: “[…] funcionaba admirablemente en la serranía de Najasa el Hospital Cubano que fundó, administró y atendió personalmente durante esta década gloriosa la inolvidable señora Rosa Castellanos Castellanos”.

“Conocida por Rosa La Bayamesa. Esta verdadera patriota comenzó por seguir a las fuerzas cubanas, y en los combates se hacía cargo del Hospital de Sangre, ayudando a los Médicos y Sanitarios en la primera cura de los heridos”. “…Después estableció hospitales ambulantes para la curación de heridos y finalmente logró levantar uno magnifico en San Diego del Chorrillo, el más grande de las tropas mambisas, donde hospitalizaba a los libertadores, y los atendía y cuidaba cariñosamente”.

“Rosa La Bayamesa tenía que hacer de médica, sanitaria, forrajera, cocinera, químico para manufacturar los medicamentos criollos necesitados por sus pacientes, lavandera y de servir de postillón explorador y escolta del Hospital, el cual debido a su vigilancia jamás fue asaltado”.

En su andar por los montes adquirió amplios conocimientos sobre las propiedades de la flora tradicional cubana, que aprovechó en la fabricación de medicamentos, utilizados en la curación de los enfermos. Su función la efectuaba eventual y simultáneamente con la de combatiente, como se le recuerda en las sangrientas contiendas de Palo Seco y El Naranjo, en las que trasladó a sitio seguros a los heridos.

El historiador Fonseca García, al abundar sobre la vida de esta mujer, se sustenta que La Bayamesa era sin duda persona docta en esta clase de curaciones. “Se hallaba al tanto de la flora medicinal cubana y conocía profundamente no sólo las características de las enfermedades más comunes en la manigua, sino las plantas apropiadas a su tratamiento. A base de tisanas, cocimientos, cataplasmas, cortaba hemorragias, fiebres y la disentería. Es fama que le eran también familiares muchas hierbas sustitutivas de los más eficaces antisépticos”.

Un viejo mambí en los años 20, de aquellos que no solo conocieron a Rosa, sino trabajaron largo tiempo a su lado y se llamaba Juan Francisco Felipe Betancourt, nacido en Camagüey y que tenía a la sazón 76 años, interrogado acerca de La Bayamesa refirió: “En 1895, estando el General Máximo Gómez acampando en un lugar conocido por ‘Jobo Dulce‘, se enteró de que Rosa, a quien conocía desde la guerra grande, se hallaba cerca, en el polvorín, en el sur de Camagüey”. “La mandó a buscar y cuando la tuvo en su presencia, le pidió que tal y como lo había hecho en el 68 se encargara de organizar y dirigir un hospital de sangre”.

Las camas del hospital eran de cuje, en números de 60 u 80, ocupadas generalmente por mambises heridos u enfermos; lo rodeaba un patio con gallinas, numerosos colmenares y grandes siembras de hierbas medicinales. Cuentan que elaboraba medicamentos igualados a la quinina contra la fiebre, detenía hemorragias con la corteza de un árbol, y lograba también con medios naturales productos antisépticos y somníferos.

Gilberto Toste Ballart, en su libro Reeve, el Inglesito, confirma también que en 1873: “Sus primeras tareas con las fuerzas mambisas estuvieron vinculadas al hospital de sangre, del que se hacía cargo en acciones de guerra, para ayudar a médicos y sanitarios en las primeras curas de los heridos. Después estableció dispensarios ambulantes y finalmente logró organizar un buen hospital en San Diego del Chorrillo, en pleno corazón de la manigua, donde recluía, atendía y cuidaba a los patriotas”.

El mayor general Máximo Gómez, al visitarla en el rústico hospital, en que ejercía su asistencia en 1873, elogió su labor y le dijo: “Yo he venido con mis ayudantes expresamente para conocerte. De nombre ya no hay quien no te conozca por tus nobles acciones y los grandes servicios que prestas a la patria”.

Rosa le respondió con su habitual modestia al bravo guerrero: “No, general, yo hago bien poca cosa por la patria. ¿Cómo no voy a cuidar de mis hermanos que pelean?, ¡pobrecitos!” “Ahí vienen luego que da grima verlos, con cada herida y con cada llaga, ¡y con más hambre general!; yo cumplo con mi deber y de ahí no me saca nadie porque lo que se defiende se defiende y yo aquí no tengo a ningún majá [vago]; ¡el que se cura se va a su batalla y andandito [de andar -irse al combate]”.

Aseguran los investigadores Sara Sariol y Enrique Milanés que el encuentro terminó en un diálogo con todos los enfermos, entre tragos de Cuba Libre hechos con miel y limón, y una comida cubana preparada y servida en trozos de yaguas verdes por ella misma. En lo adelante, el Generalísimo la llamaría “mi querida amiga Rosa”. El Poeta Nacional de Cuba, Nicolás Guillen, escribió de esta capitana amiga de su padre: “Llevaba sus insignias con el mismo decoro, con igual propiedad, que el más valiente de los hombres”.

Rosaida Cobiella, investigadora, afirma que Rosa mantuvo siempre vivo el espíritu de Protesta de Baraguá, pero al finalizar la guerra ella regresó a su hogar, en la calle San Isidro número 22, en la ciudad de Camagüey (hoy Rosa La Bayamesa 155), acompañada por su esposo José Francisco Varona, insurrecto como ella, pero se carece de información precisa sobre su quehacer durante la Tregua Fecunda (1878 a 1895).

El 1 de junio de 1895, La Bayamesa, con unos 62 años de edad, se incorporó a la lucha concebida por José Martí y nuevamente se hizo cargo del cuidado de los heridos y enfermos, tras levantar nuevamente su hospital con troncos y yaguas, con 90 camas de cujes. Fue Máximo Gómez quien le pidió a Rosa La Bayamesa instalar y administrar nuevamente el hospital bautizada por ella con el nombre de Santa Rosa, en Najasa, que nunca pudo ser asaltado por las fuerzas enemigas, como resultado de las férreas medidas de protección y vigilancia.

En cierta ocasión un desertor cubano se alistó como “jíbaro” español e intentó guiar a las fuerzas de su guerrilla hasta el Hospital del Chorrillo, y como operación previa, salió solo a “explorar” el lugar objeto de la próxima “hazaña”. “Esa vez el Hospital estaba atestado de heridos procedentes de la acción de Las Guásimas y Jimaguayú, por lo que Rosa La Bayamesa tenía que centuplicar sus actividades para atender a todos.

“El “jíbaro” se acercó al “predio” del Hospital y allí se apostó, pero la valiente Rosa ya lo expiaba, y cuando el traidor quiso volver a incorporarse a los suyos, estacionados a lugar conveniente para dar el “golpe”, la patriota de un certero balazo lo mandó para el otro mundo. Así era esa mujer”.

“Al estallar la revolución de 1895, Rosa La Bayamesa volvió a ocupar su puesto de honor y enseguida estableció su Hospital, donde continuó su obra humanitaria y patriótica de cuidar como madre cariñosa y abnegada a los libertadores, que enfermos o heridos en la pelea, buscaban refugio seguro donde atender sus dolencias”.

Como un soldado más, cuando sus enfermos le dejaban ratos libres, cubría turnos en las filas de combate, cargaba armas, disparaba fusiles y manejaba el machete con destreza. En una ocasión en que el Generalísimo estuvo frente a la negra mambisa, le ordenó que tomara 12 hombres de su confianza e iniciara la construcción del hospital; a lo cual ella le respondió: “General, me basta con dos”.

En junio de 1896, en el sitio conocido por Providencia de Najasa, Rosa fue recibida por Gómez, quien después de estrecharla en fraternal abrazo le otorgó los grados de capitán del Ejército Libertador de Cuba. Fue a propuesta del propio Gómez y del Presidente de la República en Armas, Salvador Cisneros, que le fue otorgado el grado de Capitán del Ejército Libertador.

José Cruz Pérez, comandante del estado mayor de Gómez, escribió que “en el mes de mayo de 1896, acampados en la Providencia de Majasa (Camagüey) en apretado abrazo era recibida por el nuestro generalísimo Máximo Gómez, el cual glorificando sus grandes servicios a la patria, la condecora con el honroso título de Capitán del Ejército Libertador”.

El ascenso además traía la siguiente observación: “Esta mujer abnegada prestó excelentes servicios a la Guerra de los 10 Años y en la revolución actual, desde sus comienzos ha permanecido al frente de un hospital en el cual cumple sus deberes de cubana con ejemplar patriotismo”.

PENURIAS, ENFERMEDAD Y MUERTE

El estudioso Noel Manzanares Blanco señala que “luego de la grotesca intervención yanqui en la lucha del pueblo cubano contra el colonialismo español y tras la llegada de la mediatizada República instaurada el 20 de mayo de 1902, a La Bayamesa le fueron liquidados sus haberes de acuerdo con su grado militar”. “Y en el marco de desilusiones y pobreza, continuó entregando sus parabienes en labores de comadrona y otros servicios como la cura de erisipelas y empachos”.

Enferma de una afección cardiaca y en el anonimato que la había sumido aquella república, a duras penas el Ayuntamiento le aprobó un crédito de 25 pesos mensuales, como socorro, el 4 de septiembre de 1907. Pero quedaban solamente 21 días para su fallecimiento, víctima de una afección cardiaca.

“[…] Antes de morir, ella hizo un testamento en el que designaba como albacea y heredero universal de sus escasos bienes a Nicolás Guillén Urra -padre de quien se convirtió en el Poeta Nacional de Cuba. Tal parece que con ello, anunciaba la continuidad de su vida revolucionaria”.

Fonseca considera: “Profunda debió ser la amistad, vínculos y afinidades cuando tomó esta determinación”.

“El niño debió crecer en la leyenda de la milagrosa y revolucionaria esclava Bayamesa negra y su obra de madurez debió estar perneada por los recuerdos de su infancia. Entonces no resulta casual, que este poeta sea el que incluya el tema negro en la poesía cubana y que su obra cumbre, Songoro Cosongo, refleje este tópico”.

Rosa Castellanos Castellanos falleció en la ciudad de Camagüey el 25 de septiembre de 1907 y su cadáver fue expuesto en capilla ardiente en el Salón de Sesiones del Ayuntamiento de la capital agramontina: “Su sepelio fue imponente manifestación de dolor y patriotismo, porque el pueblo entero, el verdadero pueblo, espontáneamente, acudió al triste acto. Fue enterrada en el nicho número dos, bóveda número 71 del segundo tramo del Cementerio de esta ciudad”.

“Años después, los despojos mortales de la insigne Rosa La Bayamesa iban a ser arrojados al osario común, al confundirse con la multitud anónima”. “Pero el comandante Ramón A. Cisneros y Zayas, que tuvo ocasión de administrar la labor de aquella espartana en la guerra de independencia, porque tenía establecida la Maestranza Militar del Tercer Cuerpo en Najasa, intervino a tiempo en el asunto y mandó a recoger esa preciosa reliquia, de la que se hizo cargo el Centro Territorial de Veteranos de la Independencia, el cual en diciembre de 1926 los depositó en el Mausoleo de la Asociación”.

Carlos Muecke Bertel, capitán del Ejército Libertador, anotó en su Diario que Rosa le confesó: “Cuando Cuba esté libre, estoy dispuesta y contenta de morir”. La frase nunca se le cumpliría a Rosa La Bayamesa; murió en la miseria, en una patria mancillada por interventores yanquis. Durante 30 horas, los camagüeyanos depositaron ofrendas y le entregaron un último tributo de cariño y admiración. Asistieron al cortejo fúnebre hasta el cementerio de la ciudad.

En su investigación, Rosaida Cobiella precisa que conforme se efectuó el sepelio de Rosa, cayó mucha agua en el momento que el cortejo fúnebre se dirigía al cementerio. Pero a pesar del torrencial aguacero de la tarde del 26 de septiembre, centenares de hombres y mujeres supieron acompañar el féretro hasta dejar depositado el cadáver para siempre en el lugar sagrado.

No obstante el homenaje del pueblo, los honores militares correspondientes a su jerarquía ganada en las guerras patrias lo asumió la oficialidad del Regimiento 17 de Infantería del ejército interventor, y no aquellos patriotas que habían sido sus compañeros de armas y de penurias en la manigua.

Ludín B. Fonseca confirma que al instaurarse la República, Rosa se quedó en la ciudad de Camagüey, no se casó nunca, que se sepa, pero vivió en concubinato con José Florentín Varona Estrada, negro como ella, quien la sobrevivió y apareció muerto un día.

En honor a Rosa Castellanos Castellanos, en su ciudad natal (Bayamo) fue erigida una estatua ecuestre y un parque-monumental en su honor, obra del pintor y escultor santiaguero Alberto Lescay Terencio. La pieza está fundida en bronce, tiene seis metros de alto y muestra a la mambisa acompañada de machete desenvainado, sombrero de yarey, turbante y elementos alegóricos a su labor como enfermera.

Asegura Lely Costa que es el único monumento ecuestre de América Latina dedicado a una mujer y el segundo del mundo. El otro fue erigido en Italia a Anita Garibaldi. Fonseca García precisa: “Era la Revolución Cubana llegada al poder en 1959 la que rendirá merecido tributo a esta epónima mujer”.

“Una majestuosa estatua ecuestre, construida por Cuba revolucionaria, e inaugurada en marzo de 2002, preside este escenario, convirtiéndose (Rosa) en un símbolo, con su machete desenvainado…”.

* Corresponsal de Prensa Latina en la provincia cubana de Camagüey.