Como dice Jenny Ibarnegaray, el tema del aborto ha despertado los demonios[1]. Han reaccionado airadamente instituciones y subjetividades de lo que podríamos llamar estructuras, instituciones y expresiones conservadoras; han lanzado el grito al cielo ante lo que consideran como un asesinato. Entre estas instituciones y expresiones no sólo se encuentra la iglesia católica y las otras iglesias cristianas, sino también el propio gobierno popular. El vicepresidente ha dicho que en la legislación boliviana ya se reconoce el aborto para algunos casos. Lo que quiere decir que no tiene por qué reconocerse el derecho pleno al aborto y el derecho a decidir sobre su cuerpo a las mujeres. ¿Qué es lo que se juega en la cuestión del aborto que despierta tantas pasiones, por un lado, y tantos titubeos, por otro lado?

El argumento de los católicos es que defienden la vida, dicen que no se puede aceptar que se asesine a una vida en el vientre de la madre. ¿Qué concepto de vida tienen los católicos? Se puede decir que para los católicos la vida humana aparece cuando se da la unión entre cuerpo y alma. Hay toda una controversia sobre cuándo se da lugar este acontecimiento. Independientemente de esta discusión, la iglesia católica ha endurecido su posición en los últimos tiempos respecto al aborto, cuando antes no necesariamente era un tema crucial[2]. Se trata de un concepto de vida que no es biológico, tampoco tiene que ver con las teorías de Pierre Teilhard de Chardin, filósofo francés católico, quién asume la teoría de la evolución, concibe la evolución universal, la complejidad de la consciencia. Quien, además, aprueba los métodos de contra-concepción en el matrimonio, al estilo de Malthus; argumento usado por parte de la Compañía de Jesús para descalificarlo. La Compañía pidió el retiro de las obras de Teilhard de Chardin de las bibliotecas. Es pues un concepto de vida restringida a lo que entiende el catolicismo como vida humana. Concepto de vida más próximo al hálito, al ánimo, al espíritu, que motiva y dinamiza los cuerpos. La vida humana es comprendida por su relación con Dios; el ser humano se encuentra en el dilema de dedicarse a las cosas o dedicarse a Dios. Al dedicarse a las cosas se deshumaniza, al dedicarse a Dios se humaniza. Esta interpretación, que data de San Agustín, encuentra el sentido de la vida humana en la dedicación o en el amor a Dios. La vida entonces es tomada en sentido espiritual.

Ahora bien, ¿por qué a partir de esta concepción espiritual de la vida se toma posición contra los métodos contra-conceptivos y contra el aborto? Se dice que no se pude matar una vida durante la concepción, incluso antes de la concepción, al oponerse a los métodos anti-conceptivos. En todo caso, no está clara esta deducción; si la vida es espiritual o responde a la relación entre cuerpo y alma, a su vínculo espiritual, que motiva y da sentido al cuerpo, ¿por qué oponerse a procedimientos que impiden la concepción o que interrumpen la concepción, que atinge al cuerpo, a la vida, en sentido biológico? El problema no se encuentra en la relación con Dios, sino en la relación con los avatares del reino terrenal. Hay que buscar en este mundo la clave del comportamiento de la iglesia, también de otras instituciones, respecto a estos temas que tienen que ver con la concepción, sobre todo con el cuerpo de las mujeres.

Hipótesis

Las instituciones como la iglesia católica, las otras iglesias cristianas, también otras instituciones, dedicadas a problemas del “mundo terrenal”, como las instituciones de la sociedad civil, como la escuela, y las instituciones del Estado, son agenciamientos concretos de poder de lo que llamaremos el diagrama de poder patriarcal. Hablamos del dominio masculino, el dominio de la fraternidad de los machos. El diagrama de poder patriarcal tiene como materia de poder a los cuerpos de las mujeres y también los otros cuerpos familiares. Este diagrama establece la diferenciación de género y de sexo, diferenciación efectuada como economía política del cuerpo, bifurcando roles y funciones, “productivas” y “reproductivas”. La familia se convierte en una institución social que hace de agenciamiento concreto de poder del diagrama patriarcal. El agenciamiento familiar o los agenciamientos familiares, suponen el imaginario patriarcal; capturan energías, fuerzas, flujos, cuerpos, del grupo familiar, usando estas energías, fuerzas, flujos en la reproducción social familiar, marcando y diferenciando los cuerpos en códigos de sexo y género. La familia, como institución social, no actúa sola con los cuerpos familiares, sino que tiene el apoyo de otras instituciones, como la escolar, las iglesias, las instituciones estatales, además de la sociedad estratificada y regida por el diagrama patriarcal.

Se puede decir que específicamente el diagrama patriarcal se ejerce como dominación sobre el cuerpo de las mujeres. Ellas no pueden disponer de sus cuerpos con libre albedrío, no pueden decidir sobre sus cuerpos; los cuerpos de las mujeres están destinados a la reproducción y a la manifestación “estética”. Si bien la modernidad, en sus periodos avanzados, ha liberado a las mujeres de ataduras, encasillamientos, dándose lugar a la ampliación de derechos; reconocimiento de ciudadanía, derecho al voto, derecho a trabajar, derecho a la profesionalización, derecho al divorcio, derecho a la participación política, derecho a la representación, así como otras libertades, la economía política del cuerpo persiste; la diferenciación de género y sexo marca a las mujeres como objeto de poder. No tienen derecho a decidir libremente sobre su cuerpo; por ejemplo, no pueden decidir interrumpir la concepción voluntariamente. Al respecto hay que anotar que ya hay estados que ya reconocen este derecho, otros estados reconocen el aborto bajo determinadas condiciones necesarias, como en el caso de Bolivia, y otro conjunto de estados no acepta de ninguna manera el aborto. En los últimos dos casos el aborto está penalizado. Esta es la razón por la que se lucha por la despenalización como derecho fundamental de las mujeres.

Haciendo un mapeo de la legislación sobre el aborto, la situación en los países es diversa; se tiene desde legislaciones que permiten el libre acceso al aborto, contando con servicios sanitarios públicos y gratuitos, hasta legislaciones que penalizan el aborto, castigando con años de prisión, tanto a las mujeres que lo hagan y a quienes practiquen el aborto inducido. El aborto, entendido como aborto inducido, interrupción voluntaria del embarazo, está tipificado de manera diferencial en legislación vigente en cada país. En unos casos, se considera el aborto como derecho; en otros casos se considera como delito, entonces está penalizado. El problema es complicado cuando el aborto es tomado como delito; esto no quiere decir que la práctica del aborto no se realice. Al contrario, se convierte en una práctica clandestina; es una práctica ilícita. Cuando esto ocurre se pone en peligro la vida de las mujeres; el aborto se efectúa con escasas y hasta inexistentes garantías sanitarias para la mujer. Cuando ocurre esto, cuando se llega al aborto, que se practica clandestinamente, en condiciones higiénicas y médicas lamentables, ¿quiénes son los responsables de las consecuencias? ¿El Estado? ¿Las instituciones conservadoras? ¿Los prejuicios recónditos? ¿La fraternidad de los machos? ¿La familia? ¿Los practicantes clandestinos? ¿O no se considera como vida la vida de la mujer, de la misma manera que se concibe como vida la vida del feto? Estas contradicciones de las posiciones conservadoras, de los discursos reiterativos patriarcales, son patentes, empero los y las conservadoras, las instituciones conservadoras, no se inmutan, ni responden, salvo con la letanía de decir lo mismo, que defienden la vida. ¿Qué vida defienden? ¿La del feto o de la mujer? No se puede hablar de vida como si la vida fuera una generalidad de sentido común o, en su caso, una especificidad privilegiada del ser humano, una especificidad espiritual. El concepto de vivo, recurriendo a la biología, se resume a la memoria que conserva y crea lo sensible[3], es capacidad de memoria sensual y memoria genética. A propósito del concepto de vida, en Devenir y dinámicas moleculares escribimos:

Jacques Monod encuentra tres propiedades como características generales de los seres vivientes: la téléonomie (teleonomía), la morphogénènese autonome (morfogénesis autónoma) y la invariance reproductive (invariancia reproductiva)[4]. Teleonomía, propiedad que distingue la cualidad de estar dotada de un proyecto inherente, una performance; el proyecto teleonomico consiste en la transmisión, de una generación a otra, del contenido invariante de la especie. Morfogénesis, propiedad que define el origen de la forma, la geometría, la regularidad y la repetición de la apariencia del organismo vivo. Monod habla de determinismo autónomo, que implica la libertad, casi total, del ser vivo, respecto a agentes y condiciones exteriores, capaces de afectar su desarrollo; pero, no de dirigir, ni de imponer, al ser vivo su organización. In-varianza reproductiva, propiedad de transmitir y reproducir sin variación la información correspondiente a su propia estructura[5].

También escribimos:

La vida supone interacciones múltiples y plurales en los entornos y los ecosistemas, en el gigantesco complejo movimiento permanente de la esfera biótica. Como dice Edgar Morin, la complejidad de lo viviente es sin duda diversidad organizada. Morin dice:

“La ontología de la vida cristaliza en el ser viviente, pero éste no tiene ni esencia, ni sustancia sui generis: emerge en y por la red trenzada – complexus – entre diferentes ontologías constitutivas: genos/fenon/ego/oikos, cuerpo/espíritu. La complejidad de la unitas multiples concierne, pues, al ser viviente mismo; su ontología emerge de una poli-ontología, cuyos términos sólo pueden constituirse en y por ese ser viviente del que son los constituyentes”[6].

La vida no sólo se explica por la memoria que conserva y crea lo sensible, sino como torbellino auto-organizativo genético, fenoménico, egoísta y ecológico[7].

La defensa de la vida no puede reducirse a la defensa de la vida del feto en la matriz de la mujer; este es un argumento demasiado restringido y hasta insostenible. La defensa de la vida es la defensa de los seres, de los ciclos vitales, de la ecología, de los ecosistemas, de los ciclos reproductivos de la vida. Obviamente, en todo esto se incluyen los seres humanos, las sociedades humanas. Pero, la defensa de los seres humanos no puede corresponder sino a la complejidad de la vida, comprendiendo todos sus ciclos entrelazados, nichos ecológicos, biodiversidad, biosfera. Esto significa que la defensa de los derechos de la mujer es fundamental en el contexto de la defensa de la vida, en su complejidad. El argumento católico de defensa de la vida, en realidad, dice otra cosa: la mujer no puede disponer de su cuerpo. Lo que está en juego es la dominación patriarcal sobre el cuerpo de la mujer. Esta institución religiosa, así como otras instituciones civiles conservadoras, como las instituciones estatales, no quieren renunciar a su dominación sobre el cuerpo de las mujeres. Lo que está en juego entonces es la dominación masculina, la dominación del diagrama patriarcal, que aparece, de manera histórica, en la contemporaneidad, como Estado patriarcal.

El Estado patriarcal[8] es un concepto que se puede definir como aparato de captura de los cuerpos, los flujos deseantes, las energías e imaginarios de las “mujeres”, aunque también de los “hombres”. Hablamos de las estructuras y composiciones relacionales de la dominación masculina, estructuras y composiciones institucionalizadas políticamente, jurídicamente y socialmente. En la perspectiva de una interpretación histórica, las estructuras patriarcales se remontarían a la constitución de las sociedades llamadas sedentarias, sociedades que se organizan sobre la base de la expansión de la agricultura, la llamada primera revolución verde. Se trata del enfoque de la transición de las sociedades nómadas a las sociedades sedentarias, de las sociedades cazadoras, recolectoras y pescadoras a las sociedades agrícolas. A propósito, en Devenir y dinámicas moleculares escribimos:

El “salto” de las sociedades llamadas nómadas a sociedades sedentarias, es decir, de sociedades recolectoras, de caza y pesca, a sociedades agrícolas, se dio lugar por medio del “control” y la domesticación del genoma de las plantas. Esta es la llamada primera revolución verde[9].

Sin embargo, al respecto de la transición, hay que hacer una anotación:

Aquí, en este lugar, hay que hacer algunas anotaciones pertinentes. En las investigaciones históricas hay como un cierto prejuicio, como punto de partida; al distinguir sociedades nómadas de sociedades sedentarias, sociedades cazadoras y recolectoras de sociedades agrícolas, se tiende a considerar a las sociedades sedentarias como productivas, las que desarrollarían tecnologías, saberes y escritura. Algo que faltaría en las sociedades cazadoras y recolectoras. Para ser cazadoras, pescadoras y recolectoras, estas sociedades requerían de instrumentos, entonces de técnicas, tecnologías, saberes, para producir estos instrumentos. Las armas de las sociedades cazadoras han tenido que producirse. Entonces se observa que la producción, la técnica, la tecnología, no arrancan con las sociedades sedentarias, con las sociedades agrícolas. Hay producción de herramientas, hay producción de armas, hay producción de artefactos, en estas sociedades nómadas. Por otra parte, se tiende también a la imagen de que la agricultura comienza con las llamadas sociedades sedentarias. Que estas sociedades hayan desarrollado la agricultura en mayor escala es otra cosa. Es difícil concebir que no haya sido en las sociedades recolectoras, conocedoras de los bosques, donde haya comenzado la domesticación de las plantas. Nuestra hipótesis es que la agricultura comienza en estas sociedades nómadas, precisamente por su conocimiento, saber, destreza y apego a los bosques. Las sociedades nómadas se hacen sedentarias no por la agricultura, como comúnmente se piensa, sino por los lugares de encuentro, si se quiere de fiesta, de acuerdos, de alianzas, incluso de “intercambio”, abusando del término. Son estos asentamientos los que se ven obligados a capturar las técnicas agrícolas de las sociedades recolectoras, a convertir la agricultura en una producción mayor, modificando las pautas de su producción y organización, incluso, más tarde, de “propiedad”. El paso de las jefaturas rotativas a los mandos estables y centralizados, conformando jerarquías, se da en esta etapa, que ha debido ser larga. No se trata sólo de mandos, sino de toda una diferenciación, por así decirlo, “estructural”[10].

¿Se podría decir entonces que lo que diferencia a las sociedades nómadas de las sociedades sedentarias es el Estado, el nacimiento del Estado, como aparato de captura de las líneas de fuga, tal como la entienden Félix Guattari y Gilles Deleuze? Sin embargo, estos autores no proponen, como lo hace Pierre Clastres[11], una anterioridad de las sociedades nómadas a las sociedades sedentarias, una anterioridad de las sociedades contra el Estado a las sociedades con Estado, sino que proponen su simultaneidad. El Estado como aparato de captura y administrativo del espacio estriado habría sido contemporáneo a las sociedades nómadas; las habría temido, pues las sociedades nómadas eran guerreras, comprendían un saber guerrero y el manejo de técnicas guerreras, además de invadir sus ciudades cada vez que querían. Las habría capturado, aprendiendo sus técnicas guerreras, volviéndolas contra ellas al formar ejércitos. Aunque parezca pérdida erudita de tiempo todo esto, es importante para lo que nos compete, pues se trata de saber cuándo nace el Estado patriarcal, cuándo se conforma el diagrama patriarcal, por un lado, y comprender, en su complejidad, el acontecimiento de la vida.

De todas maneras, teniendo en cuenta nuestras anotaciones y observaciones, en esta hipotética transición a las sociedades sedentarias y agrícolas, se conjetura que las sociedades territorializadas tienden a fijar formas de familia, estructuras familiares, relaciones familiares, relaciones infra-familiares, basadas en la diferenciación “sexual” y el mando del patriarca. Sin embargo, todavía no se puede hablar, en esta época de transición, de una clara dominación masculina; para lograr este efecto de poder se requiere algo más que la condición de posibilidad sedentaria, de la condición de fijación local, territorial, de las estructuras familiares, algo más que de las distinciones y diferenciaciones culturales de los “sexos” y el referente del mando del patriarca. Este algo es un régimen de poder, avalado, por así decirlo, por un régimen ético, moral y religioso. Entre ambos regímenes, el régimen de poder y el régimen religioso, se puede suponer un régimen, primero, de posesión, y después, de propiedad, sobre todo de la tierra; régimen que podríamos llamar, con mucho recaudo, régimen “económico”.

El poder, como diferenciación de potencia y poder, es decir, como instauración del poder mismo, no se da sino a través de capturas de fuerzas de la potencia; para que ocurra esto, se requiere de aparatos de captura, de instituciones, que ejerzan esta captura. Esta institución es posible como imaginaria[12], como institución imaginaria, además de la composición de su propia materialidad relacional. ¿Cuándo el imaginario del patriarca se convierte en el arquetipo simbólico de la institución, por lo tanto del poder? Es difícil explicar esta constitución imaginaria y esta institución patriarcal sin la intervención de las religiones monoteístas y trascendentales.

La historia de la dominación masculina es diferencial en las distintas sociedades históricas, en las distintas épocas y periodos por las que pasan estas sociedades. Se pueden rastrear ciertos rasgos más o menos análogos en algunas de ellas. Las mujeres son asimiladas a posesión y a propiedad, así como ocurre con otros miembros de la familia, la tierra, los animales; forman parte de los símbolos del prestigio y la riqueza, ¿de quién? ¿Cuándo el patriarca es el beneficiario de estas posesiones y estas propiedades? Cuando el patriarca se convierte en origen, principio y fin de todo. Cuando este imaginario patriarcal da sentido a las instituciones, a las cosas, a las relaciones; cuando comprende un mundo cuyo centro es el padre creador y dador. Ahora bien, es difícil aceptar que todo esto se haya dado sin resistencias, sin la emergencia de otros imaginarios, que colocaban, mas bien, a la mujer y a la madre en el lugar simbólico del origen. Resistencias e imaginarios reprimidos con posterioridad.

Si bien faltan investigaciones históricas, etnohistóricas, antropológicas y arqueológicas de las sociedades precolombinas sobre este tema, se puede decir que la colonia, o refuerza relaciones patriarcales habidas, o hace aparecer nuevas relaciones patriarcales, o conforma relaciones patriarcales, que antes no habría. Lo que no se puede discutir son las relaciones y estructuras patriarcales conformadas en el mundo colonial, con todas las amalgamas, sincretismos y simbiosis que haya habido. El imaginario patriarcal es indudablemente el imaginario del Estado colonial, tanto en la monarquía absoluta de la Corona, así como en los virreinatos y capitanías de la administración colonial. La iglesia se encarga de inducir formas de familia nucleares y extendidas, claramente diferenciadoras de “sexo” y “género”, de roles y funciones para hombres y mujeres. Sobre todo se encarga de otorgarle un papel preponderante al patriarca.

La anterior interpretación es más o menos compartida; sin embargo, Silvia Federici tiene otra tesis[13]. Ella comprende que las sociedades anteriores al capitalismo no habían logrado romper las resistencias populares y campesinas anti-feudales, acompañadas de las resistencias de las mujeres, quienes gozaban de mucho prestigio y cohesionaban comunidades alternativas al feudalismo y al capitalismo naciente. Es más, entiende que el capitalismo va a ser, mas bien, la continuidad, por otros medios, de las dominaciones feudales de las oligarquías, la burocracia y la iglesia; la aristocracia se alía a la burguesía, contando ya con el apoyo de la iglesia, contra los levantamientos populares y las resistencias de las mujeres. El capitalismo requiere de una acumulación originaria de capital, el despojamiento y desposesión de tierras campesinas, de territorios inmensos en las colonias, requiere no solo de la separación de las fuerzas productivas de los medios de producción, sino también de la diferenciación de la fuerza de reproducción respecto de la fuerza de trabajo; por lo tanto, del condicionamiento de la mujer convirtiéndola en matriz reproductora de la fuerza de trabajo. Para tal efecto, la distinción de género y sexo debía institucionalizarse como modo de reproducción que sostiene el modo de reproducción capitalista.

Entonces, desde esta perspectiva, es con la conformación, la expansión, la consolidación del modo de producción capitalista y del sistema-mundo capitalista, cuando la economía política del cuerpo, la economía política de la reproducción, se instala como diagrama de poder, diferenciando géneros y sexos, estableciendo roles y funciones para hombres y mujeres. Son las instituciones modernas las que logran lo que no habrían logrado las instituciones feudales, vencer las resistencias comunitarias y de mujeres a regímenes de dominación patriarcal. La figura del imaginario patriarcal se traslada a la república y al Estado-nación, expresándose de una manera más matizada, en forma de división del trabajo, distinción de lo público y lo privado, entre trabajo “productivo” y labor “doméstica”. El campo escolar[14] se va encargar de inducir conductas y comportamientos, imaginarios y significaciones, que dejen como evidentes las diferencias de género y de sexo. Es en esta época, la moderna, aparentemente democrática, cuando se institucionaliza y se inscribe en la carne la diferencia sexual; por lo tanto, se modula los cuerpos para su adecuación productiva y reproductiva. Es en esta época cuando la dominación masculina se hace efectiva, se hace “vida”, forma parte de la vida cotidiana, de las prácticas y las relaciones mundanas, extendiéndose en todo el campo de la reproducción social.

La colonización múltiple, las distintas formas de colonialidad, no podrían explicarse sin la colonialidad de género; las dominaciones polimorfas no podrían explicarse sin la dominación masculina, sin la reducción del cuerpo de las mujeres a la función reproductiva, primero, a mercancía “estética”, después. La dominación sobre las mujeres fue clave para el desarrollo del capitalismo; el despojamiento de su espontaneidad y sus libertades fue clave como parte de la acumulación originaria de capital. El erotismo femenino, como potencia alterativa de contra-poder, debería ser condenado o, por lo menos controlado; primero, tipificado como pecado; después, modulado como “estética” y “belleza”, mercantilizables y símbolo de poder. El capitalismo domina y es hegemónico no solo por su expansiva acumulación de capital, por los efectos multiplicadores de su inversión productiva, por la sofisticación de la maquinaria estatal, de la explotación del proletariado, de la explotación y dominación de la naturaleza, sino también por su claro dominio sexual. La dominación masculina sobre las mujeres. Esta dominación en el diagrama colonial y las cartografías de la colonialidad se refuerza como colonialidad de género[15], redoblando la dominación colonial en el cuerpo de las mujeres de color. La diferenciación colonial, la diferenciación racial, blanco/indio, blanco/negro, blanco/de color, se interpreta también como dominación sexual, “afeminando” al hombre de color. El hombre dominante es el hombre blanco, en tanto el hombre de color se encuentra “sexualmente” subordinado. Esta dominación “sexual” se extiende a todas las relaciones jerárquicas entre hombres; los subalternos se hallan en condición “femenina” respecto al jefe, que se comporta como el macho por excelencia. De esto podemos sacar la siguiente conclusión: la dominación masculina no solamente se ejerce sobre las mujeres sino también sobre los hombres. La dominación colonial y la dominación sexual se refuerzan mutuamente, reforzando las polimorfas formas de la dominación capitalista.

Como se puede ver, el debate sobre el aborto es un síntoma de una problemática mayor, la del poder, la de las dominaciones polimorfas, la de la dominación masculina, relativa al diagrama patriarcal, la de la colonialidad, en sus múltiples formas, colonialidad del poder, colonialidad del saber, colonialidad del cuerpo, colonialidad de género, colonialidad económica. También es un síntoma de la problemática de la vida, en toda su complejidad. No se puede aceptar que la vida sea reducida a un prejuicio conservador y patriarcal, no se puede aceptar que la defensa de la vida se reduzca, supuestamente, a la defensa de la vida del feto, cuando, en realidad, lo que se dice es: tu mujer, no tienes derecho a usar tu cuerpo como se te antoje, no tienes decisión sobre tu cuerpo, tu perteneces al Estado, a la iglesia, a la familia, al marido, a las buenas costumbres. Esta supuesta defensa de la vida, conservadora, esconde el ataque a la vida por parte del diagrama patriarcal, de la colonialidad, del capitalismo, del Estado patriarcal, que son dispositivos de la dominación de la naturaleza, de la pretensión de dominación de la vida, al incorporarla a la vorágine del capitalismo, al apropiarse de su información genética y manipularla con fines monopólicos y comerciales. Es pues una estratagema hablar de la defensa de la vida y no aceptar los derechos fundamentales de las mujeres.

Apuntes sobre la tesis del Estado patriarcal

De la misma manera que no se puede decir que el Estado nace de la noche a la mañana, integro, así como un bebé viene a la vida, así tampoco se puede decir que hay un Estado patriarcal o que la característica principal de todo Estado es ser patriarcal, aunque así parece serlo. Un Estado tiene muchas características, muchos atributos, acumula distintas formas de dominación, tiene como materias y objetos de su gobierno distintos cuerpos, variados problemas que busca resolver, controlar, solucionar, de acuerdo a sus estrategias inherentes. La ventaja del concepto del Estado patriarcal es que identifica una peculiar forma de dominación, la masculina, sobre las mujeres, forma de dominación ocultada, invisibilizada u opacada por las teorías del Estado y las teorías del poder, así como por las teorías de la explotación y dominación.

Esta identificación es importante, puesto que la dominación masculina, el diagrama patriarcal, se convierte en una especie de columna vertebral en la articulación del conjunto de dominaciones, que va administrar el Estado. El problema del concepto del Estado patriarcal es que aísla la lucha de las mujeres respecto de las otras luchas sociales contra el Estado, contra el sistema-mundo capitalista, contra el modo de producción capitalista. Es un esquema repetido desde el modelo de la lucha proletaria. El marxismo convierte la conciencia de clase proletaria en la consciencia histórica, la única que puede conocer, pues el proletariado es el protagonista por excelencia de la lucha de clases. Esta interpretación convirtió a las demás clases sociales que luchaban también contra el Estado y contra el capitalismo, a su modo y desde sus propias perspectivas, en acompañantes de ruta, desatendiendo las contradicciones de estas clases con el capitalismo y el Estado. Algo parecido ha ocurrido con la lucha indígena anticolonial; las tesis indianistas, al convertir al indígena en el guerrero por excelencia anti-capitalista, lo convirtieron también en una especie de consciencia civilizatoria, la única que podía decir algo sobre la colonia, la colonización y la colonialidad. Al hacer esto, los demás pueblos y las clases sociales, se convierten en espectadores de la lucha civilizatoria indígena. Tanto la lucha proletaria como la lucha indígena tienden a aislarse, por más importantes que sean. Algo parecido también ocurre con las luchas de las mujeres, sobre todo de las feministas; convierten a la mujer en la victima central de la dominación masculina, cosa que es cierto, y en la protagonista por excelencia de la lucha contra la dominación patriarcal. También se convierte en la consciencia lucida anti-patriarcal, la única que puede decir algo sobre la dominación masculina. En este caso, la tendencia también es aislar la lucha, como si fuera una lucha sólo de las mujeres.

Reivindicar en lo que te ha convertido el poder, la colonialidad y el capitalismo, en proletario, en indígena, en mujer, es enaltecer el producto subjetivo y objetivo de la dominación. El error del marxismo es haber convertido la obsesión del capitalismo, la sujeción por el trabajo, en clase histórica, en clase con consciencia para sí, satisfecha de ser lo que es, proletariado, subjetividad, energía, fuerza, modelada para la valorización, para la acumulación; cuando de lo que se trataba es de abolir las clases, como el propio marxismo plantea, reivindicar la potencia social creativa, como humanidad y como vida. Este mismo error se repite en el indianismo; se reivindica en lo que te ha convertido el colonialismo, indígena, borrando las plurales identidades colectivas, lenguas y culturas, correspondientes a variadas sociedades. Esto es como aceptar la marca en el cuerpo inscrita por el diagrama colonial; cuando de lo que se trata es de abolir la racialización colonial, liberar la pluralidad social, cultural y civilizatoria. El mismo error se repite en el feminismo; se reivindica en lo que te ha convertido el constructo social y cultural del poder, en mujer, en género femenino; cuando de lo que se trata es abolir la diferenciación sexual y de género, liberándola potencia del devenir.

Con lo que decimos no se descarta, de ninguna manera, estas reivindicaciones, que son, como dice Frantz Fanon, la violencia cristalizada en los huesos que se devuelve al dominador, al colonizador, al burgués, al macho dominante, al patriarca, al Estado patriarcal. En lo que me has convertido, en este producto de tu violencia, la reivindico en contra de tu dominio, invirtiendo los términos. Estas reivindicaciones forman parte de las luchas emancipadoras. Esta es una etapa de las luchas; las luchas emancipadoras tienen que convertirse en luchas de liberación; lo que hay que reivindicar es lo que no ha dejado ser el poder, potencia creativa, devenir.

La dominación y explotación del proletariado, la dominación y colonización de las naciones y pueblos indígenas, la dominación masculina sobre las mujeres, forman parte de un compuesto articulado de dominaciones polimorfas. La lucha del proletariado contra el capitalismo es de todos y todas, la lucha de los pueblos indígenas contra la colonialidad es de todos y todas, la lucha de las mujeres por la emancipación y liberación de las estructuras patriarcales es de todos y de todas. Así como las dominaciones están articuladas y se refuerzas, así también las luchas contra las dominaciones, contra el Estado, contra el diagrama de poder patriarcal, contra la colonialidad, contra el capitalismo, deben articularse y concebirse como una lucha conjunta, plural, contra el poder, en sus múltiples formas.

En la genealogía del poder la conformación de la dominación masculina, de la dominación patriarcal, parece ser como el comienzo de la historia del poder y de las dominaciones. Es como la base, a partir de la cual, las demás dominaciones se van a erigir. Como lo muestra Silvia Federici, la lucha proletaria, la lucha campesina, la lucha popular, en los periodos de la acumulación originaria del capital, está íntimamente ligada con las luchas de las mujeres, que eran vistas como brujas, en parte responsables de las cohesiones comunitarias y colectivas, de los movimientos anti-feudales, en parte lujuriosas, transgresoras, desbordantes de erotismo, culpables entonces de quebrar normas, orden y moral. La acumulación originaria de capital también implica el despojamiento de las mujeres de sus libertades y espontaneidad, obligándolas a circunscribirse a su rol y función reproductiva. La colonización y la colonialidad asimismo van a inscribir en las colonias esta obsesión por diferenciar sexo y género, de atribuir y distribuir roles y papeles, de otorgarle poder, propiedad y mando al patriarca.

Uno de los ejes estratégicos de la colonización y de la colonialidad es la dominación sobre las mujeres; instituir y constituir sobre esta base la familia nuclear y las demás instituciones, que hacen al Estado colonial, que ciertamente es un Estado patriarcal; pero no sólo eso. Así también uno de los ejes estratégicos del capitalismo dependiente, forma de capitalismo en las periferias del sistema-mundo capitalista, es mantener a las mujeres en su sitio, en su papel subordinado y su función reproductiva. Todo esto nos muestra la importancia del concepto de Estado patriarcal, empero, es indispensable entender este concepto como parte de las distintas características del Estado. El Estado del que hablamos es el Estado-nación, Estado moderno que se establece sobre el arquetipo de la república y sobre el imaginario de una nación homogénea. Estado colonial, pues hereda las formas de la colonialidad, de la economía política colonial, racial y separadora, sobre la que instituye un “mestizaje” orientado a sostener culturalmente el imaginario de la nación y la legitimidad del Estado-nación. Estado capitalista, administrador del capitalismo dependiente, administrador de la transferencia de recursos naturales y la exportación de materias primas a los centros industriales del sistema-mundo capitalista; también instrumento de la explotación del proletariado. Estado patriarcal, estructurado sobre la base de la dominación masculina. Estas distintas características del Estado, estas distintas formas y atribuciones del Estado, hacen a un Estado administrador de las múltiples dominaciones.

En Devenir y dinámicas moleculares dijimos que el poder, que comprende múltiples diagramas de poder, tiene como materia de poder a la vida, busca someter sus dinámicas y sus ciclos al control del poder, busca llevar la diferenciación de potencia y poder tan lejos que busca la diferenciación de la potencia múltiple y creativa de la vida respecto del poder, de tal forma que se apoderaría de la vida misma. Hablamos entonces del bio-poder, que se opone a la bio-política; el bio-poder tiene como materia de poder a la vida; la bio-política responde a la potencia creativa de la vida, encamina su invención plural, la composición de sus dinámicas moleculares, a reproducir las formas de vida y a producir nuevas formas de vida. La bio-política se instala en el mismo momento que las sociedades humanas intervienen en la domesticación del genoma de las plantas, inventando la agricultura como técnicas de cultivo para la alimentación; en el mismo momento que las sociedades humanas domestican animales para su uso, alimentación y vestimenta.

El biopoder se erige sobre la base de esta biopolítica, capturando su potencia, estableciendo la administración centralizada de su producción, de los bienes, también de los productores y cultivadores, de las comunidades, de las familias. El biopoder se inscribe en los cuerpos en el mismo momento en que los codifica, los marca, los distribuye, les asigna funciones; pero, sobre todo, en el momento que incorpora el control de la descendencia, clasifica las relaciones de parentesco, valoriza a la mujer como circuito de intercambio y de alianzas familiares. El bio-poder así como la biopolítica, sobre la que se sustenta y captura, comprenden una larga genealogía, tienen como fuente a la vida. No podía ser de otra manera, las sociedades humanas forman parte de los ciclos de la vida. Lo sugerente es que se forme un biopoder, que va experimentar su propia genealogía histórica. Biopoder que, en principio, se aboca a controlar a las comunidades y aldeas, a capturar cultivos, tributos en especies, que después se convierten en tributos monetarios, aprovechando la acumulación de bienes de las sociedades territorializadas, también las estratificaciones ocasionadas, institucionalizando las diferencias nacientes, haciéndolas perdurables. Biopoder en cuya virtualidad imaginaria, que forma parte de la memoria, esta vez social, se convierte en el origen de todo. En el imaginario antiguo se invierte la temporalidad, se invierte, si se quiere, usando inapropiadamente el termino, la “causalidad”; el “efecto” se convierte en la “causa”, el poder se convierte en el principio.

Lo que la historiografía “occidental” ha llamado despotismo “oriental”, que, en realidad, corresponde a una inmensa variedad de formas de organización diferentes, no es más que un conjunto de contexturas de las primeras formas del biopoder; otras contexturas se dieron en “occidente” y otras en los distintos continentes, donde las sociedades humanas proliferaron, componiendo variadas formas de asociación y organización. Con el termino de despotismo se refiere esta historiografía a un poder altamente centralizado, incluso individualizado, concentrado en el símbolo del poder, el hijo de Dios, que puede ser el sol; símbolo del origen, el único con derecho al incesto, pues para los demás pondera la prohibición; propietario de las tierra, por lo tanto dador de tierras. Déspota apoyado en una burocracia administrativa, en una casta sacerdotal y en un ejército. Sin embargo, esta figura no es extraña a “occidente”; los reyes expresan también una centralización y concentración del poder en el cuerpo del rey, símbolo también de poder, cuya legitimidad es divina; poder del rey apoyado en una burocracia administrativa, en una casta sacerdotal y en un ejército. Ahora bien, si la lectura se la hace desde la monarquía absoluta, desde la monarquía constitucional, cuando se limitan los poderes del rey; más aún, si se efectúa desde la república, cuando la soberanía se transfiere al pueblo y se experimenta una transferencia de la representación y del poder por medio de las elecciones, la centralización y concentración del poder no ha desaparecido. Lo que ha cambiado es el símbolo, ya no es el cuerpo del déspota o el cuerpo del rey, sino el Estado abstracto, la razón de Estado. El símbolo se ha convertido en signo intercambiable. La paradoja es la siguiente: en la experiencia de las democracias formales, de las repúblicas, de los Estado-nación, nunca, antes, se ha contado con tanta concentración de poder, aunque este distribuido en el equilibrio de poderes, nunca antes, una persona, un presidente, puede tomar la decisión, contando con la aprobación del Congreso, de iniciar una guerra nuclear devastadora. Este es el poder extremo sobre la vida.

En este sentido, se puede decir que el poder se opone a la vida. Lo sugerente es que para el imaginario del poder, para el imaginario masculino, la mujer aparece como una figura próxima a la metáfora de la vida, precisamente por su potencia reproductora. Esta figura, la de la mujer, provoca en el imaginario masculino narrativas delirantes de toda clase, desde las más encandiladas y celebratorias, hasta las que la demonizan, pasando por las románticas y las narrativas descriptivas. El problema es que la mujer es un asunto que hay que controlar, como la vida.

Conclusiones

Volviendo al síntoma del aborto o al aborto como síntoma, sobre todo su debate apasionado. No se entiende que un tema resuelto en la legislación liberal traiga tanta controversia. Se puede hacer lo que ya hicieron otros estados, legalizar el aborto, despenalizar el aborto, precisamente para evitar el aborto clandestino, peligroso y atentatorio para la vida de las mujeres. Ahora bien, si no se quiere el aborto, se debe esperar de la sociedad, de sus instituciones, del Estado, predisposición en garantizar una buena formación, una buena información sexual, el alcance accesible de anticonceptivos. Entonces la incidencia de los abortos disminuiría notablemente. ¿Por qué no se quiere esta legislación liberal, que no tiene nada de revolucionaria? ¿Por qué los prejuicios conservadores están tan arraigados, a tal punto que la gente, que está contra la legalización del aborto y la despenalización del aborto, se ha quedado por lo menos un siglo, si no es mucho más, atrás de la burguesía liberal?

Volvemos a decir lo que ya dijimos; el aborto es un síntoma, lo que esté en cuestión es la dominación masculina, el poder patriarcal, el dominio del cuerpo de la mujer. Sin embargo, la legalización del aborto no atenta contra esta dominación masculina; esto lo demuestra la legislación liberal. Entonces, ¿por qué insistir tanto en oponerse tan intransigentemente a la legalización y despenalización del aborto? Las burguesías latinoamericanas no son liberales, aunque los caudillos de la independencia lo fueron. Son estas mismas oligarquías las que expulsaron a Simón Bolívar y a José Antonio de Sucre. Incluso las llamadas clases medias son conservadoras, el mismo conservadurismo lo encontramos en los sectores populares. Se trata de sociedades que todavía están atrapadas en imaginarios conservadores, peleando con sus propios fantasmas y demonios.

Notas:

[1] Ver artículo …y se despertaron los demonios, publicado en Bolpress y ERBOL.

[2] En un artículo titulado Iglesia católica y derecho al aborto: de pecado a delito, Laura `Gaelx´ escribe: Pero, ¿a qué se refiere “vida humana” cuando se aplica a un cigoto, un embrión o un feto? Obviamente la iglesia no se refiere a la capacidad de vida autónoma, es decir, a la viabilidad del feto para la vida extra uterina, ni al concepto de vida que se maneja desde la biología y que abarca desde organismos unicelulares como las bacterias hasta complejos entramados orgánicos como los arrecifes de coral. Para la iglesia, no. Según ella, la existencia o no de vida humana está determinada por la unión de un alma espiritual, creada directa e individualmente por la divinidad, con un cuerpo material, fruto de la combinación de material genético de dos personas. ¿Cuándo se produce, para la doctrina de la fe católica, esa unión mística? Nodo50, Jueves 13 de septiembre de 2012.

[3] Ver de Maurizio Lazzarato Políticas del acontecimiento; Tinta Limón 2006; Buenos Aires.

[4] Jacques Monod: Ob. Cit.; capítulo 1, D’etranges objets.

[5] Ver de Raúl Prada Alcoreza Devenir y dinámicas moleculares. Apuntes para una teoría de la sociedad alterativa. Horizontes nómadas; Dinámicas moleculares; La Paz.

[6] Edgar Morin El método. La vida de la vida. Cátedra 1998; Madrid. Pág. 420.

[7] Raúl Prada Alcoreza: Ob. Cit.

[8] Concepto elaborado por las feministas radicales.

[9] Raúl Prada Alcoreza: Ob. Cit.

[10] Ibídem.

[11] Pierre Clastres: La sociedad contra el Estado. Monte Avila Editores.

[12] Revisar de Cornelius Castoriadis: La institución imaginaria de la sociedad. Tecnos; Madrid.

[13] Ver de Silvia Federici: Calibán y la Bruja. Tinta Limón; Buenos Aires.

[14] Concepto elaborado por Pierre Bourdieu.

[15] Concepto usado por María Lugones.