El Cairo.- El período que siguió al derrocamiento del ex presidente egipcio Hosni Mubarak se presentaba como de reconstrucción de un país en crisis por una política neoliberal que distorsionó la economía y, en lo político, se acercó demasiado a Estados Unidos e Israel. Pero los hechos dispersaron esas expectativas: fuerzas que en su momento combatieron juntas al régimen de fuerzas de Mubarak, saltaron al ruedo para enfrentarse en una pugna que tuvo al país en vilo y paralizado con consecuencias nefastas para la economía. Mohamed Morsi prometió cambios sustanciales en varios aspectos de la cotidianidad egipcia, la mayoría de los cuales quedaron en un limbo.

Los indicios de una confrontación subyacente surgieron pronto, durante la última fase del gobierno del Consejo Supremo Militar (CSM), la junta castrense que asumió las riendas del país en enero de 2011, tras la renuncia del ahora encarcelado ex mandatario. Los militares se vieron forzados por la presión popular a convocar elecciones presidenciales, que fueron precedidas por comicios a la Asamblea Popular (cámara baja), de los cuales emergieron triunfadores los candidatos de la Alianza Democrática encabezada por la Hermandad Musulmana (HM, islamistas) con el 47,2% de los escaños.

El resultado fue desde un principio una espina en el costado de la jefatura del CSM. La consulta legislativa constituyó el preludio de las elecciones presidenciales de mayo, de cuya segunda vuelta, al mes siguiente, emergió ganador Mohamed Morsi, el candidato del Partido Libertad y Justicia (PLJ), brazo electoral de la HM.

El éxito islamista, sin embargo, no fue tan arrollador como el obtenido por los candidatos a la Asamblea Popular y anunció el inicio de la visibilidad de un conflicto de intereses que se haría cada vez más ácido entre islamistas y seculares a medida que transcurrieran las semanas y aumentara la desconfianza sobre los designios del ganador.

El contrincante de Morsi, Ahmed Chafiq, tenía en su contra haber sido primer ministro del derrocado Mubarak, lo cual no impidió que obtuviera el 48% de los votos, un margen que anunciaba tormenta, como al fin ocurrió. Los resultados, a todas luces, estuvieron marcados por el rechazo a la HM en sectores temerosos por la posibilidad de que sean impuestos presupuestos islamistas en una sociedad habituada al secularismo desde el triunfo de Movimiento de los Oficiales Libres liderado por el extinto presidente Gamal Abdel Nasser a comienzos de la década de los años 50 del pasado siglo.

Morsi disfrutó de un lapso de relativa calma en los primeros 100 días de su mandato, cumplidos a principios de octubre, cuando la situación del país comenzó a complicarse, primero, por razones económicas, seguidas de graves contradicciones políticas que derivaron en una ola de manifestaciones, en las cuales murieron decenas de personas y cerca de dos mil resultaron heridas.

El presidente egipcio tuvo que enfrentar una minicrisis, provocada por el ataque a principios de agosto de 2012 de desconocidos armados contra un puesto policial cerca del paso fronterizo de Rafah, en el que murieron 16 soldados y siete resultaron heridos. La acción fue adjudicada a “jihadistas”, descripción con la cual se identifica a miembros de entidades islamistas armadas que actúan contra las autoridades centrales en la explosiva península de Sinaí, escenario de una acción similar y de ataques esporádicos, pero persistentes desde entonces. Una vasta operación militar iniciada pocos días después del ataque fue incapaz de detener a los sospechosos.

En cierta medida la responsabilidad fue del propio mandatario, quien prometió cambios sustanciales en varios aspectos de la cotidianidad egipcia, a saber, la solución de las quejas por el precio y el suministro del pan, mejoría en el control del caótico tráfico y la seguridad ciudadana, la mayoría de los cuales quedaron en un limbo.

Morsi no había tenido tiempo para aprehender la diferencia entre ser un movimiento opositor en la clandestinidad durante décadas, como es el caso de la HM, y estar en el Gobierno enfrentado a los enormes problemas y contradicciones de todo tipo acumulados en su enorme y superpoblado país. El tiempo se encargaría de traerlo a la realidad.

Hechos más graves esperaban al presidente en la segunda mitad de 2012: una virtual rebelión contra el proyecto constitucional de partidos seculares, muchos de cuyos delegados abandonaron los debates y dieron paso a incidentes callejeros desde octubre que ocasionaron la muerte a decenas de personas y cientos de heridos.

En ese ínterin, los militares del CSM hicieron un último esfuerzo por limitar al mínimo la autoridad presidencial al disolver la Asamblea Popular, que a su vez había elegido la Asamblea Constituyente (AC), encargada de elaborar el proyecto de una nueva Carta Magna. Uno de los primeros fiascos fue el intento presidencial, a principios de julio, de revalidar la Asamblea Popular (cámara baja del parlamento), el primero de varios choques con el Poder Judicial sobrevenidos en los meses siguientes.

Pero el mandatario no permaneció de brazos cruzados y en un movimiento relampagueante e inesperado decretó el retiro de los jefes del CSM, el mariscal Hussein Tantawi, y su segundo, el jefe del Estado Mayor, general Sami Anan, a los que designó asesores presidenciales y desde entonces permanecieron en un silencio ominoso.

Para septiembre del año pasado comenzaron a aparecer los primeros síntomas de la polarización política con las persistentes críticas a la redacción de la Constitución egipcia, cuando delegados de partidos laicos, sindicatos y organizaciones comunitarias empezaron a emigrar de la Asamblea Constituyente, quejosos de las imposiciones de la mayoría islámica. Un clima de inconformidad comenzó a prevalecer y, con él, el aumento del encono en las pugnas entre laicos e islamistas.

El mandatario volvió a chocar con el Poder Judicial, esta vez en la persona del Fiscal General Abdel Meguid Mahmoud, al que cesanteó tras la absolución de cuatro encartados en la represión de manifestaciones opositoras. Otra vez la decisión fue anulada por la Corte Suprema y el presidente tuvo que encajar un golpe a su autoridad, para lo cual diseñó a fines de noviembre un antídoto que se probaría explosivo: investirse de facultades omnímodas que harían sus decisiones incontestables e inamovibles.

Ante el virtual bloqueo del proyecto y las demandas de disolución de la Asamblea Constituyente, el mandatario optó por una salida drástica: investirse de poderes omnímodos a través de una Declaración Constitucional a fines de noviembre, horas después de lograr un acuerdo de cese de hostilidades entre el Ejército israelí y los palestinos de Gaza.

La decisión del mandatario, si bien blindó al Consejo de la Chura y a la AC, provocó una acerba reacción de los opositores que, por primera vez en su historia, conformaron un ente común denominado Frente de Salvación Nacional (FSN), devenido el más formidable enemigo del jefe de Estado y sus seguidores de la HM. Esa combinación de factores terminaría de sumir al país en un torbellino de violencia que es omnipresente aún cuando ha perdido su faceta más trágica, la muerte de manifestantes en los disturbios extendidos durante todo el fin de 2012.

Manifestaciones de uno y otro bando, choques pletóricos de violencia, incendio de sedes del PLJ y de la HM y, como colofón, advertencias de desobediencia civil por los opositores, signaron los últimos días de 2012, tras la aprobación del boceto de Constitución por más del 64% de los votantes en las dos rondas del referendo, los días 15 y 22 de diciembre.

Como parte de los disturbios, los manifestantes convocados por la oposición iniciaron una vigilia en la céntrica plaza Tahrir, que sobrepasó el mes sin un final a la vista y en varias ocasiones se concentraron frente al Palacio Presidencial, en el distrito cairota de Heliopolis, reclamando al dimisión de Morsi, que en varias ocasiones llamó al diálogo, pero fue boicoteado por el FSN.

Una remodelación con efectos nulos en una crisis perpetua

La gran interrogante era si la anunciada reestructuración, parcial y limitada, del gobierno egipcio imprimiría algún cambio a la crisis política o era un ejercicio en futilidad. Resultado de prolongadas conversaciones entre el presidente Morsi y su primer ministro Hecham Qandil, la remodelación abarcó nueve portafolios, ocho si se considera que el de Justicia estaba ocupado por un titular, Ahmed Mekki, quien renunció por desacuerdos con el primer magistrado.

Más que la reconformación de un equipo en busca de mejor actuación, dinamismo o para renovar caras fatigadas, los cambios tenían varias aristas, entre las cuales sobresalía un mensaje a la oposición: podemos encontrarnos a medio camino. Pero si ese era uno de los objetivos, todos los indicios apuntan a que quedaron en buenas intenciones, las mismas que empiedran el camino al infierno dantesco ya que el FSN, la heterogénea coalición que agrupa a la oposición, caracterizó la remodelación de “muy poco y muy tarde”.

El FSN mantuvo sus demandas de disolución del gabinete, remoción del primer ministro Hecham Qandil, formación de un gobierno de salvación nacional, posposición de los comicios legislativos, ya postergados una vez, disminución de la influencia de la HM en las decisiones gubernamentales y renuncia del mandatario a las facultades excepcionales que asumió en noviembre pasado.

Las formulaciones de los partidos opositores sirven de patrón para medir la magnitud de la colisión entre las agrupaciones laicas y el presidente Morsi, un miembro de la HM, a quien sus adversarios acusan de querer islamizar el país en detrimento de las libertades individuales ganadas con el derrocamiento del ex mandatario Hosni Mubarak.

El conflicto, que estalló de manera intermitente en protestas públicas en las cuales quedó de manifiesto la polarización política vigente en el milenario país, tendía a agudizarse y a perpetuar la parálisis de la vida con impactos catastróficos en los índices de desempleo, inflación, devaluación de la libra, la divisa nacional, y reticencia de los inversores foráneos en retornar al país.

Morsi dio pasos para cerrar el abismo que lo separaba de sus detractores: renunció a parte de sus atribuciones excepcionales, acató fallos judiciales adversos, entre ellos la posposición de los comicios, y eludió enzarzarse en una guerra verbal con sus rivales laicos, a quienes instó a dialogar.

Al parecer, el FSN hizo una lectura de esas decisiones según la cual el Gobierno estaba en una situación comprometida y mantuvo la presión para aumentar la parálisis institucional y obligar a las autoridades a aceptar sus demandas en la forma original. Esa posibilidad estaba descartada; la experiencia enseña que un sector político que ha inscrito la toma del poder entre sus objetivos esenciales no lo abandona de buena gana.

La estrategia de los laicos tenía un punto flaco vital: la oposición, en el supuesto que no estallara por las costuras debido a su heterogeneidad, tampoco estaría en condiciones de gobernar en solitario. En un escenario en el cual la oposición ascendiera al poder porque el equipo de Morsi y los islamistas estuvieran forzados a abandonar las riendas del Estado en condiciones excepcionales, el hipotético gobierno se vería de inmediato enfrentado a disturbios mayores organizados por sus rivales, devenidos impugnadores a ultranza de cualesquiera decisiones.

Y con una fuerza mayor, pues los Ajuan (nombre en egipcio coloquial de los partidarios de la HM) son más, sobrevivieron ocho décadas a la persecución a la que fueron sometidos y en el proceso crearon estructuras de beneficencia social, educación y funcionamiento clandestino, con las cuales la oposición no puede ni soñar, además de haberse extendido a varios estados árabes, aunque con suerte diversa.

En este cuadro habría que insertar a los movimientos salafistas, los cuales al contrario de lo que pudiera pensarse, no convergen por completo con la HM, pero en caso excepcional se les sumarían. Algunos sectores han mencionado la necesidad de una intervención de las Fuerzas Armadas egipcias, las cuales se han mantenido equidistantes de los forcejeos Gobierno-oposición, para que imponga, nunca mejor utilizado el vocablo, orden en el caos y reencauce el país por un sendero hacia la reanimación de la economía y la regulación de la vida política.

La propuesta no era descabellada en el Cercano Oriente en general y en el mundo árabe en particular, donde los militares han protagonizado procesos renovadores, como en los casos de Siria, Irak, el propio Egipto en los años 50 y tras la renuncia del ex presidente Hosni Mubarak, y Libia, con el derrocamiento de la monarquía del rey Idriss, por solo citar algunos ejemplos.

Los mandos castrenses se mostraron cautelosos, reafirmaron su neutralidad en los asuntos del Estado, reforzaron su prestigio, mantuvieron sus nexos con la población, a la que dicen deberse… y observaron los toros desde la barda.

El anuncio por fuerzas opositoras egipcias de protestas en el aniversario de las manifestaciones que obligaron a renunciar al ex presidente Mubarak semeja el cierre de un círculo: llegar a donde mismo se partió. Mubarak cumple una sentencia de cadena perpetua, ahora sujeta a revisión; su estructura de poder, incluido el Partido Nacional Democrático (PND), está en ruinas; la mayoría de sus allegados se encuentran encarcelados o sujetos a juicios por diversos delitos, pero Egipto ha cambiado poco.

Por paradójico que parezca, la diferencia más sustancial que separa al Egipto de hoy del anterior a 2011 es que las manifestaciones opositoras, por lo general, transcurren sin que las fuerzas policiales arremetan contra los participantes o los sometan a vejámenes, como ocurrió durante el levantamiento popular que obligó a renunciar al ex “rais”.

A la distancia de dos años de la salida de Mubarak del escenario, Egipto se encuentra polarizado en dos campos bien delimitados entre islamistas y seculares, aunque las fuerzas a favor y en contra del presidente estén agrupadas en coaliciones algunas de las cuales pueden ser descritas como frágiles, en el mejor de los casos.

* Jefe de la corresponsalía de Prensa Latina en Egipto.