Hoy en día aún vivimos en una profunda crisis de Estado como en 1952. Esta afirmación puede resultar curiosa dentro del contexto de la nueva Constitución y con otros actores políticos, pero la realidad es más fuerte que la historia. ¿Qué hilos atan al momento actual a la época del MNRismo de hace 61 años? Unen al MAS y al MNR varios hilos difusos y otros sorprendentemente claros. Hay puntos de diferencia sin duda, pero hay similitudes estructurales bajo el rótulo de reformas.

Para empezar, en ambos casos las reformas son ideológicamente liberales. El MNR había hecho tres reformas: educativa, agraria y el voto universal, hechos de trascendental importancia ideológica para el liberalismo. El MAS ahora hace reformas para concluir lo inconcluso de aquellos cambios. Aunque en lo agrario, no, pues más bien retrocedió porque constitucionalizó el latifundio en el oriente.

En educación, sigue las líneas MNRistas. En lo ciudadano amplió la participación en lo político pero sólo para su uso particular. Al principio, el MAS trató de diferenciarse del MNR pero la gran paradoja es que ha terminado haciendo lo que criticaba: apropiarse del poder de la gente; negociar ese poder con las transnacionales en su momento minero, hoy petrolero.

Así se repiten sin superar ese Estado neocolonial y racista, pese a interesantes intentos. Ahí tenemos una segunda gran paradoja: los hechos sociológicos se producen de manera diferente a los discursos; es decir, una cosa es el discurso y otra la realidad sociológica. Se dice una cosa y se termina haciendo otra. En el 52 se decía que el soberano es el pueblo y ahora se dice “mandar obedeciendo al pueblo”. Este último dicho encaja perfectamente con las ubicuidades de Morales que suele decir una cosa en un lugar y otra en otro.

Tras la revolución del 52, al igual que hoy, el Estado no escatimó esfuerzo alguno para sostenerse. Entonces armó a las milicias campesinas llamadas en ese tiempo “regimientos campesinos”; hoy se hace uso de lo indígena sin regimientos. “No se necesitan porque hay un Presidente indio”, se dice.

Aquellos regimientos estuvieron en Achacachi, en La Paz, y Ocureña, en Cochabamba, y, disfrazando al MNR de revolucionario, desfilaban cada 9 de abril en la plaza Murillo. Hoy lo indígena es útil como masa para defender los nuevos privilegios del poder. Es decir, de las nuevas oligarquías de izquierda y la vieja de la derecha. Su lucha es plausible pero sin tener una real presencia en el poder.

Cuando perdió legitimidad ante la sociedad y ante la naciente lucha katarista e indianista por el fraude de la “revolución”, el Estado del 52 usó y abusó del campesino para provocar enfrentamientos con los mineros.

Ahí se re-desenmascararon los impostores. Víctor Paz dijo en 1985 que el neoliberalismo inaugurado en ese año era la continuación de las ideas del 52 bajo otro contexto social e histórico. Esa afirmación no deja de estar actual hoy en día. De hecho al parecer en la Vicepresidencia y en la Presidencia se sabe muy bien de ello. En ese entonces se impuso el famoso pacto militar-campesino y hoy entre 2006 y 2011 se hizo una especie de rememoranza de aquel pacto pero con un enfoque nuevo: lo “indígena- militar”.

Los indígenas desfilan en diferentes capitales departamentales cada 6 de agosto. Este uso de lo indígena es corpóreo y a la vez discursivo. Y esto se traduce ahora con meridiana claridad en la defensa para que los militares se jubilen con el 100% de sus haberes y los trabajadores con 60 o 70%. El Presidente y legisladores gozan de un 20% de aumento en sus sueldos, y no hay ningún aumento o subvención a la producción indígena campesina.

Al igual que hace 60 años, en estos días se ha replanteado el enfrentamiento entre sectores oprimidos y explotados que no es más que para favorecer al reacomodamiento en el poder de las transnacionales petroleras y mineras. La diferencia es que actualmente las diferencias son de indio contra indio, o entre maestros y campesinos. Los poderes no estatales tienen hoy igual fuerza que el Estado porque cuatros petroleras transnacionales controlan el 80% de la producción del gas y del petróleo. ¿Cómo no tener presente entonces lo parecido que hay entre René Barrientos, Evo Morales y Víctor Paz? Este es otro hilo del neoMNRismo bajo la sigla del MAS. Ahora con ello no quiero decir que el contexto histórico y social es el mismo del siglo pasado, sino que la lógica del poder es la misma, así como las actuaciones de sus protagonistas.

Así, hay un nuevo reacomodamiento en el poder similar al Estado del 52. Esto es que el Estado señorial infiltraba al “nuevo” Estado a sus agentes para controlar desde adentro sus intereses con discursos revolucionarios. Los Patiño o Hochschild no eran los señores del Estado pero sus ideas e intereses seguían siendo parte del Estado del 52. Eso pese a la nacionalización real de sus minas. Hoy Petrobras, Repsol, Total y British Petroleum, -y ni qué decir de las mineras- pese a la “nacionalización”, tienen grandes ganancias económicas.

Ahí está otra de las paradojas discursivas. Si se les ha revertido sus acciones, ¿cómo es que siguen ganando mucha plata en Bolivia? De hecho el Estado boliviano no tiene demandas o arbitrajes internacionales por concepto de nacionalización. Ése es un dato para sostener lo anterior.

En resumen, aún vivimos en crisis de Estado, porque no hubo una mutación real hacia otro Estado. Es decir, del Estado enajenador, explotador, racista hacia un Estado- sociedad plurinacional.

Esto no es nada menor. Si esto es cierto, entonces estamos ante el gran fraude histórico. Y esa traición dolerá peor que la del MNR, porque aquel era estandarte de la naciente clase media, y hoy, el MAS (el “proceso de cambio”), es fruto de la lucha india o indígena campesina y popular y de los muertos de Warisata, Achacachi, Aroma, los Yungas y Chapare.

* Sociólogo alteño, texto publicado originalmente en Pagina Siete, Revista Ideas, domingo 2 de junio de 2013.