El año 2002, entre marzo y abril, gracias a su generosa amistad, Jesús Urzagasti accedió a esta entrevista. Entre palabras y silencios, respondió por su literatura, habló de “nacionalismos”, de lo guaraní, cuyo ritmo ha tratado de materializar en sus textos, y por nuestra proximidad geográfica, sobre el chaco y el gas, en una coyuntura próxima a la insurrección del pueblo boliviano en octubre de 2003.

Jesús Urzagasti, escritor y periodista, nació en 1941 en Campo Pajoso, provincia del Gran Chaco. Es autor de dos libros de poesía -Yerubia y La colina que da al mar azul-, una narración para niños -Cuaderno de Lilino- y cinco novelas: Tirinea, En el país del silencio, De la ventana al parque, Los tejedores de la noche y Un verano con Marina Sangabriel. Su libro En el país del silencio fue traducido al inglés por Kay Pritchett y publicado en 1994 por la editorial de la Universidad de Arkansas/Estados Unidos. En febrero de este año, la editorial Crocetti de Milán publicó la versión italiana de su novela Tirinea. El libro de Urzagasti -con una cubierta del artista español Javier Seco- fue traducido por Claudio Cinti.

En la siguiente entrevista el escritor chaqueño habla de lo que entiende por literatura, reflexiona sobre la democracia y la política, se sumerge en el mundo guaraní y rememora su provincia que tiene en su escritura el aire de la nostalgia y la respiración de los sueños.

Anclado en el Chaco boliviano, Jesús Urzagazti es un devoto de la comunicación en un país que se expresa en más de cincuenta idiomas. Nuestro homenaje a uno de los más grandes escritores que ha dado nuestra patria y nuestra gratitud por su amistad y compromiso al constructor de los vasos comunicantes obstruidos por sordos regionalismos en Bolivia. (MOG)

P. ¿Cuál es la temática que se aborda en su obra Tirinea, recién traducida al Italiano?

R. Tirinea tiene un argumento tenue y, de algún modo, se sustrae de la tesitura convencional de la novela; en su momento no faltaron críticos que la consideraron una narración experimental. En sus páginas ya están presentes, si se quiere de una manera incipiente, algunas de las preocupaciones que me atañen como escritor: el lenguaje, la memoria y la exploración de un país a menudo menoscabado por la incomprensión. En Tirinea emergen dos personajes: un joven escritor llamado Fielkho, que pugna por asumir su vocación sin desligarse de la vida; y el Viejo, que aparece como regulador de la trama. El contrapunto se resuelve en un final imprevisto.

P. ¿Cuándo fue escrita Tirinea y qué circunstancias determinaron su publicación en la Argentina?

R. Escribí el libro del 23 de febrero al 12 de junio de 1967. En septiembre de ese año visitó La Paz el ensayista y novelista argentino H. A. Murena. Y se llevó Tirinea a Buenos Aires y logró que la editorial Sudamericana la publicara en junio de 1969. Debo a ese importante sello editorial la distribución de mi primer libro en América Latina.

El aislamiento que aún nos agobia impide la circulación de muchas obras que, con merecimientos propios, podrían entrar en contacto con una vasta masa de lectores. Aunque cabe reconocer que en los últimos tiempos algunos editores bolivianos, menos timoratos y más sagaces que los de antes, intentan ganar espacios en el escenario internacional.

P. ¿Qué nos puede decir de la versión Italiana de Tirinea?

R. La traducción estuvo a cargo de Claudio Cinti, estudioso italiano que ya trasladó a su idioma natal otra novela boliviana, me refiero a Felipe Delgado de Jaime Saenz. Tirinea apareció bajo el sello de Crocetti Editore, de Milán. Lleva un Prólogo de Mempo Giardinelli, escritor argentino nacido en Resistencia. Mempo, ligado afectivamente al Chaco, es autor de importantes novelas; entre ellas Luna caliente y El décimo infierno.

El nacionalismo como necesidad de reconocerse

P. Paseamos de la literatura a la política. ¿Cómo ve toda la problemática política y social del país?

R. Vituperar al nacionalismo está de moda; cosa que se aviene con la globaIización y sus presuntas bondades. Hasta el más oprimido descree de la tierra donde nació y se va acostumbrando a echar la culpa de sus males a supuestas taras que lo confinan a una fatal inferioridad. Cómo sorprenderse entonces de la necesidad de asumir el territorio como cifra del destino individual y colectivo sea mal vista.

Como gran cosa se habla de la geografía pero no de sus habitantes, y a estas alturas resulta natural, algo absolutamente antinatural, saquear los recursos y despilfarrar el capital humano, pues la economía -convertida en peligrosa abstracción- vale como promedio en los índices de crecimiento, y no como auscultación de la totalidad del cuerpo social del país.

Hemos pasado por alto ese trámite vital llamado nacionalismo, que consiste en una sana afirmación de nuestros resortes secretos (donde anida la energía colectiva), sin la cual, cualquier intento de evaluar lo que sucede más allá de nuestra fronteras resultará superfluo. Por supuesto que abundan los nacionalistas dados a la genuflexión cuando se trata de reclamar prebendas foráneas; muy dados también a aporrear a las mayorías mediante la sutil o abierta negación de sus derechos a una vida plena.

Ese nacionalismo excluyente, de escasa monta, promueve sin embargo la corrupción y empaña el espejo en donde debemos mirarnos. No es casual que quienes están afiliados a esta corriente espuria, de uso falaz, sean en el fondo cualquier cosa menos bolivianos, salvo en la forma. La memoria popular sabe que muchas de las audaces políticas de nuestros preclaros estadistas han favorecido a nuestros vecinos, y sin hilar muy fino llega a la conclusión de que la pérdida de la mitad de nuestro territorio se debe a que quienes nos gobernaron tenían el corazón en otro lado y sus intereses también. Y hoy estamos en las mismas. ¿Cuántos bolivianos indocumentados están en la Argentina? ¿Cuántos bolivianos documentados viajan a la Argentina para seguir explotando a sus hermanos en territorio ajeno? ¿Con qué cara decirles “vuelvan, amigos”, si ellos saben que “si uno se va, es porque ya se ha ido”?

Un nacionalismo de raíces milenarias

Necesitamos un nacionalismo de raíces milenarias. Donde salgan sobrando esos individuos que se morirían de susto si se toparan con la indiada de Achacachi; o les meterían bala. Individuos que no podrían sobrevivir en el país del que tanto hablan en las campañas electorales, aunque lo desprecien cuando retornan a la rutina de sus negocios. Individuos que tronarían en menos de lo que canta un gallo en Carandaytí o en el Norte de Potosí, salvo que estén con un milico al lado y una ONG al otro costado.

Arduo trabajo el de recuperar el diáfano sonido de la palabra nacionalismo. Al menos después de la degradación a que la sometieron gentes como Wasmosy, Menem, Alan García y tantos otros que, luego de ser presidentes de sus países, fueron a parar a la cárcel o se salvaron por un pelo de que la justicia les ajuste las clavijas.

Aquí podría suceder lo mismo si se nos diera por recordar la contaminación de los ríos, el narcotráfico, las masacres de campesinos, la ruina financiera que responde a la relojería de los tramposos, etc. Pero no sucede.

Por el contrario, ha surgido la idea de restablecer la pena de muerte, para tornar atractiva una escuálida plataforma electoral y también para castigar delitos de suyo delicados y censurables, pero que emergen de un fondo social enfermo de injusticias y condenado al silencio. De algún modo se quiere reeditar el experimento realizado con el aymara Melquíades Suxo, acusado de una violación en la dictadura de Banzer y ejecutado sin prueba alguna. Como Suxo no hablaba castellano y le importaba un perejil la justicia de sus verdugos, sólo atinó a conservar un derecho que consideraba esencial: el derecho de visitar a sus familiares los días viernes. Y sigue viniendo del otro mundo a cumplir un rito ancestral que nadie puede impedir.

Silencio, escritura y dictadura

P. En el país del silencio es su segunda novela. ¿Qué es lo que allí se nombra?

R. EI libro citado por usted fue escrito de febrero de 1981 a diciembre de 1982; vale decir, en un periodo sumamente difícil no para el autor sino para el pueblo boliviano. Dicho sea de paso, el intelectual puede quejarse por mil injusticias y hacerse el deliquete por nimiedades; sin embargo, a la hora de los atropellos y de los crímenes, los muertos salen de la colectividad para restaurar la dignidad mellada.

En el país del silencio es una vasta exploración de la tierra que me tocó habitar. Desde mi perspectiva por supuesto, que es la de un hombre nacido en el campo. Llevado por la memoria, procuré descifrar mi propio destino y procuré también desenterrar la sabiduría de los rurales. Rozando lo testimonial pero sin perder de vista que la ficción es el sustento de la narrativa, terminé este libro cuando la dictadura quedó con las alas atrofiadas. Como siempre, el lector dirá si las buenas intenciones cuajaron en páginas que se sostienen por sí mismas. El título de la novela me acarreó muchas dificultades, pero al final me decidí por el que los lectores conocen. Está claro que hay un silencio impuesto, transitoriamente avasallador; y hay un silencio necesario, al menos en etapas en que las palabras son degradadas desde el poder, y ya no dicen nada y, en consecuencia, fomentan la confusión. Para mí es clave el contrapunto de la Palabra y el Silencio, en términos literarios. Eso me lo enseñó la colectividad boliviana, reacia a consolidar el engaño verbal y proclive a levantar de los escombros el idioma surgido del abismo. Piense usted en tantas voces que deslucen nuestras relaciones humanas. Piense en democracia, en concertación, en participación, en comicios, en justicia, parlamento, etc. Para mi coleto, digo que la democracia es un sistema que excluye a la mayoría y favorece a quienes se arrepintieron de sus fechorías en tiempos de dictadura. Concertación me suena a arreglos de última hora y de mala leche porque ocurre a espaldas de los ciudadanos. No sé por qué la palabra participación me recuerda a la Alianza para el Progreso alentada por J. F. Kennedy: la alianza para ustedes y el progreso para nosotros, eso decían los gringos. Ni qué decir de comicios: el ciudadano vota pero no elige, pero cuando la abstención del pueblo es muy notoria los partidos políticos se asustan y alegan que sus fondos proceden de buenas manos y no de oscuros conciliábulos. La justicia nos hace parar los pelos: los que deberían estar adentro caminan sueltos de cuerpo por las calles; y los que van a parar al calabozo, arrastran a sus hijos y mujeres, porque más vale perder la libertad a resquebrajar la unidad familiar. Y a modo de remate, el parlamento debe ser un peligro para los de abajo; si no fuese así, ¿qué necesidad habría de ampararse en la Defensoría del Pueblo?

P. Argentina está fundida. ¿Cómo vislumbra usted el futuro del país? ¿En el límite de qué estaríamos los bolivianos?

R. Más abajo no podemos estar, los bolivianos. Aquí no hay caso de ser ríoplatenses. Estamos bordeando el trueque y nos queda la solidaridad, porque ese asunto no interesa a los inversionistas. Uno que otro de los nuestros pretende incursionar en el primer mundo. Pero ese chiste les costó caro a los argentinos. A Menem no le costó nada incubar esa ilusión y es probable que después del descalabro, ese querido país descubra, en medio de desagradables olores ajenos, su propio aroma latinoamericano.

P: Antes de esta gran crisis, los argentinos decían con su habitual sorna: “nos estamos bolivianizando”; la progresiva pauperización de sus condiciones de vida los inducía a pensar así…

R. Ojalá se bolivianizaran, en serio, y pasaran sin traumas de sus codazos metafísicos a la ancha tierra de los desposeídos; allí, sin el ardid de una presunta superioridad, se darían cuenta de que en algo nos parecemos. La historia nos dice que los gobiernos argentinos siempre nos miraron con reservas, cuando no con manifiesta antipatía, como si les estorbáramos. Recuerde usted el papel que jugaron durante la Guerra del Chaco. El Plan Cóndor salió de la Casa Rosada y halló mortal eco en el palacio Quemado, militares de por medio. Sea como fuese, conviene señalar que los pueblos son otra cosa: generan fraternidad y quitan a la palabra frontera esas insidiosas aristas que tantos daños ocasionaron a los latinoamericanos. Y el pueblo argentino es cosa distinta de sus gobiernos. Si lo duda, reflexione sobre la palabra gaucho, sobre la frase ese es un tipo gaucho o me hizo una gauchada; todas expresiones figuradas, si quiere, pero nacidas de la generosidad sin cálculo.

Lo chaqueño-guaraní

P. ¿Qué es para usted lo chaqueño-guaraní y de qué modo ha influido en su visión de país?

R. Víctor Alba era un escritor español de prosa escueta y concisa, a primera vista un conservador de hacha y raja, a contrapelo siempre de las ideas convencionales. Su filiación anarquista lo tornaba sospechoso en una época en que mandaban las utopías comunistas. Pues bien, Víctor Alba dijo alguna vez que tres regiones de América Latina lo habían impresionado y mucho. Yucatán, de México; un lugar de Chile que no recuerdo; y el Chaco boliviano. No ahorró palabras para decir por qué. Afirmó, en lo que concierne a mi tierra, que el chaqueño es orgulloso, sanamente orgulloso, porque ama a su provincia sin caer en la desdicha de menoscabar a las otras patrias menores. En otras palabras, tiene un sentido de pertenencia tan claro que, para empezar, desdeña el regionalismo, y profesa además esa fe que nos hace parte del gran todo que es Bolivia. Creo no haber sido infiel a Víctor Alba y hago mías sus expresiones.

Por lo que me toca como escritor, yo aposté por lo local, es decir, por mi provincia. A mí me parece risible que el boliviano sea el único tipo que quiere ser universal. A la universalidad se llega por otros caminos, casi sin saberlo. La fidelidad a la tierra natal es uno de esos caminos. Sé que este punto de vista puede ser discutible. A mí no me aflige, porque me atengo a los resultados. Nada que ver con triunfos o reconocimientos. Hablo más bien de la correspondencia que debe haber entre la experiencia y el universo verbal que la asimila primero y la transforma después. Ojalá esta fácil disquisición estuviera sustentada en mis libros.

La literatura como instrumento de conocimiento

P. Los guaraníes procuran recuperar su identidad para superar los siglos de explotación. ¿Cómo contribuir a este proceso?

R. Dejándolos en paz, con todo lo que eso significa. No sucumbir a la tentación del paternalismo. Devolverles lo que es suyo, en dos palabras: la tierra. Y la mejor ayuda debería comenzar por el respeto. ¿No echamos de menos ese respeto cuando nuestros estadistas doblan las rodillas para obtener ayuda de los organismos internacionales? El mal ejemplo no tiene por qué repetirse a escala nacional. Dar por sentado que la pobreza quita inteligencia para medir las intenciones de los poderosos, es una trivialidad indigna de mentes ecuánimes.

La inmersión en la mitología del pueblo guaraní fue vital para mí. Y se ha dado de una manera espontánea. Mis Preocupaciones literarias lo atestiguan, pues no soy antropólogo ni me interesa serlo.

Para mí la nostalgia fue el mejor camino para llegar a ese mundo mágico. La nostalgia moviliza los recuerdos, y los recuerdos son depuradores: prescinden de los pormenores en aras de Io esencial. Las verdades esenciales anidan en los mitos para pasar la noche rumbo a un nuevo amanecer. Dicho de otro modo, la fantasía es la cara luminosa de la oscuridad.

Hablemos del gas

P. Ahora bien, el Chaco ha pasado a ocupar una situación geopolítica importante, aunque no todavía en términos culturales.

R. La cultura es una geopolítica ignorada. Es también una ecología subestimada. Es comprensible que suceda esto, porque quienes mandan lucen un penoso subdesarrollo mental: el único petardo que los hace despertar es la promesa de un rápido enriquecimiento -mejor si ilícito-; todo lo reducen a la fanfarria del progreso y a la aceleración del tiempo. La sedimentación cultural rinde otros beneficios, invisibles para los catalejos que usan los que sabemos.

Tanto preámbulo para decir lo que sigue: el Chaco tiene una música muy decidora, su ritmo periférico ha llegado ya al centro del país. Conserva un castellano con tonalidades de otro tiempo; quien tenga oídos para escucharlo, nos concederá que en su ritmo está presente el guaraní y otros idiomas nativos. Entiendo que reproducir este ritmo en la literatura es un desafío para los escritores. Y está bien que así sea.

P. ¿Cuál puede ser el aporte del mundo chaqueño-guaraní al país?

R. Es ya un aporte singular el que la periferia se haga cargo de un centro a menudo invisible o cuando menos insensible. Creo yo que en el Chaco predominan las fuerzas centrípetas. La guerra y el olvido -que es otra forma de beligerancia- no nos han convertido en fuerzas centrífugas. Si usted está pensando en cuestiones materiales, ahí están las riquezas, y para todos los bolivianos. Me temo mucho, sin embargo, que las ganancias no van a ser parejas ni equitativa la distribución. Como consuelo está la conciencia cada vez más lúcida de que el patrimonio nacional no se lo puede rifar alegremente.

P. ¿Qué opina usted del proceso histórico que vivió el mundo guaraní?

R. La batalla de Kuruyuki, ocurrida en1892, fue fatal para el pueblo guaraní. Llevará tiempo recomponer el secreto andamiaje de una cultura acosada desde varios frentes. Los pueblos benianos protagonizaron una histórica marcha a La Paz y con su aliento colectivo reavivaron a la alicaída Central Obrera Boliviana, por ese tiempo sumida en penosas disensiones internas. La tierra era la exigencia principal.

P. ¿Será posible algo similar desde la periferia chaqueña?

R. En el Chaco hay litigios por tierras. En el pasado reciente hubo enfrentamientos en Pananti, con saldo de muertos. La solución dada por el Gobierno central, precaria a todas luces por estar supeditada a intereses políticos, acumulará más dificultades. A despecho de la Reforma Agraria, sancionada a regañadientes por los revolucionarios del 52, la cuestión de las tierras sigue siendo un problema nacional. Y si esto es así, cabe preguntarse qué clase de revolucionarios incubó el MNR en las sangrientas jornadas de abril.

Restituir los vasos comunicantes del país

P. ¿Qué tipo de país imagina o sueña Jesus Urzagazti?

R. Si por sueño entendemos ese desasimiento de la realidad, propia del que anda papando moscas, pues debo decir que yo no sueño nada, porque pretendo tener los pies en la tierra. Si se trata del mundo onírico, es otra cosa, soy un soñador a tiempo completo, y vigilo con todos mis sentidos el crecimiento de las metáforas de la realidad y las cotejo con las metáforas que me dona la imaginación.

La literatura me dejó en calidad de sobreviviente insomne de mundos diáfanos, armónicos y rutilantes. Es natural, entonces, que eche de menos los otrora fluidos vasos comunicantes. Sé que están obstruidos, pero eso no es óbice para recomponerlos de cara a una vida plena, en la que cada quien se reconozca como lo que es, sin antojarse de que todos se le parezcan.

Por alguna razón que no logro entender, me resultan antipáticas las palabras integración, diversidad, identidad, indigenismo y otras guaraguas del mismo calibre. Sé que están muy en boga, pero a mí las modas no me mueven un pelo. Y es que el país mismo se sustrae de las modas. Aquí no cuajan experimentos de individuos poco o nada comprometidos con nuestra realidad, que exige una lectura que no está en ningún manual.

En mi condición de mestizo, apuesto por los vasos comunicantes obstruidos por sordos regionalismos. Primero habrá que restituirlos en nuestra interioridad para garantizar su resonancia en los demás. Con sus preguntas, usted me dejó con ganas de seguir hablando, cuando lo que corresponde es obrar. Por eso me despido con el estilo de mi amigo Fortunato Gallardo: “Guarda que vamos y le hacemos”.