Entre las tantas acciones humanas que están ocasionando la crisis climática[1] también está la más noble, íntima y fundamental, tanto como socializadora y política, que es la alimentación. Preparar nuestros alimentos es un elemento del ciclo contaminante que, al ser individual y doméstico, nos dificulta aceptar que sea tan grave. Sin embargo, para ayudarnos, pensemos en ese gran concierto de fuegos, microondas, varillas eléctricas, vapores, humos y aceites burbujeantes, aportando sus emisiones diarias a las toneladas de dióxido de carbono que sobrecargan la atmósfera, al unísono desde millones de cocinas en todo el planeta.

Si analizamos las energías que más se usan para cocinar, tenemos básicamente fuego por leña, gas o querosene y electricidad, en cada una pesa el costo económico y aún más el ambiental:

– En el caso de la leña, hoy más que nunca un árbol es un complejo gestor permanente de vida, porque provee agua, aire, alimento, oxigena la tierra, regula el curso de los ríos, su sombra equilibra la radiación solar así como la humedad y además, es hogar para muchas especies. No es una novedad que con la crisis climática van disminuyendo las posibilidades de regeneración de la foresta y si a esto sumamos el uso de árboles y arbustos para tener fuego, la depredación se acelera.

– El caso del gas ya sea licuado (garrafas) o natural (red de cañerías), pertenece al mundo de los hidrocarburos y todos conocemos sus dificultades, problemas y beneficios en el ámbito doméstico. Pero principalmente, son parte del complejo productivo extractivo que, según el Panel Intergubernamental de Científicos de la ONU, es uno de los principales factores para el calentamiento global.

– Por último la electricidad sería energía relativamente limpia si no fuera por el impacto negativo que ocasionan las hidroeléctricas en su intervención en la naturaleza, hay muchos casos en los que comunidades indígenas o campesinas han sido desplazadas de sus espacios de vida o se han producido enfrentamientos por fuentes de agua, debido a que las plantas de generación han acaparado sus vertientes, cascadas, ojos de agua, manantiales, lagos y ríos. Por otro lado estas plantas generadoras se convierten en áreas rojas de alto peligro y toda la cadena productiva de electricidad implica costos que se pueden reducir.[2] Adicionalmente, sería muy útil que cada persona haga sus propias cuentas al recibir la factura mensual y también un ejercicio con el medidor, observando cuánto marca por cada cocina, horno u hornilla eléctrica en uso (esta última mientras más artesanal más contaminante).

Si bien estas energías son uno de los pilares del pensamiento tecnológico moderno, que marcan el grado de desarrollo alcanzado, ha llegado el momento climático preciso para responder a la crisis que ellas han ido generando, para ver las alternativas ya a nivel de proyecto de vida, de política pública y de planificación nacional, departamental y municipal. Es una gestión transversal que debe involucrar al área jurídica, designando a las energías limpias como un derecho y una necesidad básica.[3]

En esa orientación, la energía solar se plantea como una alternativa limpia para cocinar y ya existen experiencias que están reportando disminución de gases contaminantes casi en una tonelada por año/por cocina solar[4]. En el caso de la ciudad de La Paz por ejemplo, siguiendo el cálculo de que hay cien mil familias, pongamos que cada una de ellas cambia a energía solar en la preparación de sus alimentos, se evitarían casi cien mil toneladas de gases de efecto invernadero en un año.

Por todo esto, una vez que entendamos que el cambio a energías limpias es una necesidad básica, las movilizaciones sociales deben inscribir en su agenda a la energía solar para la alimentación, que resulta siendo también un factor de soberanía alimentaria porque logra desprenderse de la dependencia energética extractivista.

Notas:

[1] El cambio climático es una crisis superior a todas las crisis económicas que hayamos conocido, porque ahora las incluye.

[2] El análisis en este punto es largo con respecto a los costos sociales, ambientales y culturales, que es necesario hacer en otro artículo con detalle.

[3] Ya estamos experimentando en Bolivia que muchos derechos legislados y constitucionalizados, no se respetan y no se cumplen, pero la estructura que hace a la administración del país debe seguirse utilizando porque así es nuestro órgano social, el siguiente paso es utilizar y operacionalizar nuestras leyes en la práctica.

[4] Estudios de la Asociación Inti Illimani que lleva a cabo talleres de construcción de cocinas solares en comunidades rurales de Bolivia desde hace una década.

* Asociación Inti Illimani, La Paz – Bolivia.