Málaga, España (PL).- Escuchas a Bing Crosby o a Frank Sinatra en “Alta sociedad” con una jovenzuela Grace Kelly sumida en el caviar norteamericano. Son las cuatro de la mañana y el sueño ha preferido elegir “Adivina quién viene a cenar”, con Spencer Tracy y Katharine Hepburn, amén de Sidney Poitier y Katharine Houghton.

Historias de discriminación en la sociedad norteamericana. Ricos y pobres con la elegancia de Crosby y qué hacer con un negro que quiere casarse con mi niña blanquita. Películas de los años 55-60 con las que un cine norteamericano inteligente planteaba cuestiones vitales para una sociedad, alta o baja pero igualmente asustada. Eran otros tiempos. Se gastaba película para contar cosas no para que el espectador se crea todavía más imbécil de lo que es. Eran las cuatro AM en el angustioso reloj fluorescente del dormitorio.

Aunque Sinatra se empeña, no me puedo quitar de la cabeza el libro Pacto de sangre, de Fernando Sánchez Dragó y su hija, hija de libro, Ayanta, que tal vez cualquier día se convierta en película. Es una historia de amor, pero de ese amor espeso entre padres e hijos que pocos sabemos adivinar quién viene a cenar cuando has esparcido por tu mesa de roble suizo los manjares para conquistar el corazón.

Dragó cuenta, canta, silba un diálogo imposible con una cosita de ojos rasgados que le nació hace relativamente poco de su unión con su esposa japonesa, Naoko, que tiene la mitad o menos de los 75 años que cuenta ya el intrépido padre, por no decir majareta padre de las letras. Akela se llama el chiquillo de este señor mayor al que no se le hubiese ocurrido llamarle Fernando como él.

Con Dragó todo vuela por las copas de los árboles del libro de la selva, ni más ni menos. En ese mismo libro, la hija Ayanta, le canta cariñosamente las cuarenta en una carta de unas ochenta páginas en la que le expresa su desconcierto de tener un padre que un día le dice algo tan tremebundo como esto: “Entonces, nos vemos en Rangún el 24 de diciembre. Que no se te olvide”. Y ella, niña bien con su melenita negra de cualquier versión de “Mujercitas” exclama quizá con pánico pero sí que con mucha resignación: “¿En Rangún, padre? ¿Y dónde está eso?”.

Es para leer y luego llorar de rabia porque ni el negro Sidney Poitier que se metía en tu casa para decirte que se llevaba a tu blanquísima señorita Scarlet sería capaz de escribir una carta a su progenitor como la que Ayanta pergeña como quien no quiere la cosa. La carta que todos los padres, hasta Spencer Tracy con su blanco pelo de ceremonia, querrían recibir.

Y mientras Bing Crosby no se corta un pelo para cantarle a la deliciosamente rica Grace Kelly, un joven filósofo francés, Pierre-Henri Tavoillot, ha reivindicado sin saberlo la filosofía de vida de Fernando Sánchez Dragó: “La vejez no es hoy la misma. No solamente se es viejo más tarde sino que se envejece con proyectos”.

Y afirma, machaca, que una vez pasada la frontera de edad de la decencia, cuando la mayoría de los hijos buscan para sus queridos papás un geriátrico, a veces zaguán de funeraria en vivo, que a esas edades, en las que se hace presente más que nunca el talento, no lo dice él, lo afirmo yo, cuando más se puede brindar a la humanidad, a la que le importa un carajo, forastero, porque el mundo según el modelo anglosajón es para jóvenes embrutecidos por la coca o por el paro, el amor se impone como remedio, como tabla de salvación.

“La gran amenaza (para los mayores) además de la enfermedad es lo que en medicina – confió al semanario Le Nouvel Observateur– se llama ‘el síndrome de deslizamiento’, un estrechamiento en la soledad, en realidad un deslizamiento hacia la muerte. De aquí el interés del amor ya que no hay más que esto para salvarnos o por lo menos prolongarnos. Y puesto que disponemos de artefactos químicos que permiten prolongar la vida sexual sin necesidad de una intervención divina como en el caso de Abraham (al que Dios permitió procrear a los 99 años), ¡viva el amor carnal!”.

Y hablando de Abraham, acordémonos que Charlie Chaplin andaba por los ochenta cuando dejó de traer inquilinos al mundo. ¿Y el Dragó éste de mis entretelas? Pues claro que sí, querido filósofo. Uno de los grandes éxitos del cine de los últimos meses-luz ha sido una película de viejos, de requeteviejos, “Amour” realizada por Michael Haneke, que tiene 71 años y protagonizada por la francesa Emmanuelle Riva, con 86 años a cuestas.

Y la película, ¿a que ya lo han adivinado?, habla de amor y vejez. Con un coprotagonista llamado Jean-Louis Trintignant, que ya ha dejado atrás las ochenta primaveras. Una película de amor sensible y sin delirios para estúpidos diplomados. Pero, me dispararán ustedes, ¿a quién le importa el amor de verdad, el que no se gasta hasta que la vida se va? Prueba de ello es que a nadie se le ocurre volver a filmar un “Love Story” como el lagrimoso que protagonizaron Al MacGraw y Ryan O’Neal en 1970.

Y yo voy y me acuerdo de pronto que tampoco sabía dónde puñetas estaba Rangún.

***

Un ángel en la playa de Wim Wenders

En el bar se les había acabado la tinta. La pluma no sabía qué hacer. Quería contar una historia con alas de ángel. Porque le habían enseñado que ángeles sólo había en Brasil. Eran los anjos (del portugués, ángeles o espíritus que sirven a Dios), uno para cada persona, un protector por pecador.

Conocía los anjos de una iglesia de Salvador de Bahía, sodomitas, prostitutos, embarazados. Aquella mañana de playa en el fondo del sur más lejano de Andalucía dije hola a mis invisibles amigos de África y me acordé, Dios sabe por qué, de los ángeles que Wim Wenders se empeñó en traer a la tierra de un estudio de Berlín para ayudar a los humanos. El alemán era un gran realizador de cine pero no parecía entender mucho de ángeles, que él sintetizó en los actores Bruno Ganz y Otto Sander con la misión de ayudar a los hombres de lejos, sin intervenir directamente en sus vidas.

La película se tituló Der Himmel über Berlin (Las alas del deseo/1987). Eran ángeles aburridos, fríos como muertos que no inspiraban ternura. El que estaba aquella mañana en la playa era diferente.

Anna tenía la gracia de la juventud feliz. Acurrucada a la incierta sombra de un parasol sólo dejaba de hablar para tomar con dedos largos y finos una sardina recién salida del espeto. Por encima de la mesa, y a pocos metros, las olas siempre cansadas, como salidas de una borrachera de tempestad, se arrastraban por la arena.

Terminó vorazmente la última sardina de su plato, bebió larga y ansiosamente sangría helada y suspiro saciada con un gesto casi erótico. La amiga que la acompañaba todas las mañanas al rito playero apoyó la barbilla sobre sus puños y esperó que siguiera contando.

Anna se recreó en una sonrisa escapada de algún recuerdo y pasándose teatralmente la servilleta por sus labios pulposos cruzó las interminables piernas a la oriental, vieja manía de la infancia. Los ojos verdes que le comían una cara de virgen renacentista chisporrotearon cuando decidió continuar el relato:

Y empezó a contar:

–Cuando mi papá murió, yo tenía seis años. Ya puedes imaginarte en qué estado se encontraba mi madre, que además no sabía cómo hacerme comprender que no volvería a ver más al único amor que tenía desde que había nacido. Pasaron los días y yo trataba de entender cómo mi papá, que tanto me quería, se había atrevido (sí, creo que fue exactamente eso lo que pensé) a condenarme a la soledad de su ausencia.

Una tarde en que mis lágrimas caían silenciosamente en el chocolate de la merienda, mi madre me explicó de pronto que mi papá estaba en el cielo, un lugar del que alguna vez yo había oído hablar pero sin tener ninguna idea clara de lo que podía ser.

–¿Y eso está muy lejos?

–Verás, Anna, el cielo está allí arriba, bueno, muy lejos, en medio de esas estrellas que tanto te gusta mirar. Como era muy bueno, Dios se llevó a tu papá con él. A ese lugar, que es como una casa grande, también le llaman Paraíso. Él nos ve constantemente y desde allí nos protege.

–Entonces, ¿podemos visitarlo? ¿Cuándo vamos?

–El caso es que es muy difícil llegar hasta allí, sólo los elegidos, los mejores, conocen el camino.

–¿Y tampoco puedo llamarle por teléfono?

–No sé, bueno, para de llorar, cariño, voy a tratar de encontrar la manera de llamarlo. Unos minutos después, mi madre volvió al comedor con una sonrisa triunfante:

–Mira, aquí lo tengo, éste es el número del cielo. Te lo he apuntado en este trocito de papel, pero como el cielo está tan lejos no puedes llamarle hasta la noche. Anna la bella dejó vagar los ojos por las mesas que otros turistas ocupaban a su alrededor. Nunca sabría quién le contestó en el cielo.

Desde una mesa al otro lado de la arena, Luis, ya metido en los últimos combates, sonreía con la sorna silenciosa que sólo da la vida. Él, Luis, Don Luis como le llamaban, había sido el ángel telefonista que atendió la llamada al cielo de aquella niña, hoy espectacular mocita.

Estaba de guardia en su agencia, en el Paseo de Recoletos de Madrid. El guardia de seguridad cuya presencia exigían las amenazas de ETA leía una revista de toros en un rincón. El teléfono que sonó fue el verde, el número que casi nadie conocía y por donde salía llamar un portavoz de ETA. El timbre le aceleró el pulso a Luis. Descolgó con las manos ya un poco húmedas. Y de pronto creyó en una broma:

–Oiga, ¿es ahí el cielo?

–¿Por quién preguntas?

Era la niña a la que, para salir del paso, su madre había dado un número de teléfono que había coincidido con el de una agencia de prensa, sin línea directa con el paraíso.

–Buenas noches, señor. Mi mamá me ha dicho que mi padre está en el cielo. Por eso le llamo.

–Ah, sí ya veo… (Luis se iba recuperando de la sorpresa e improvisaba) Lo que ocurre es que tu papá no se encuentra aquí en este momento. Pero si tú quieres puedo dejarle tu recado y seguro que te llamará.

–Vale, muchas gracias. Dígale que no se olvide de llamarme.

–Descuida, hija.

* Periodista y crítico de cine, colaborador de Prensa Latina.