La Habana, Sancti Spíritus y Trinidad, Cuba (PL).- Medio milenio de la presencia del negro en Cuba confirma la capacidad del esclavo africano para desarrollar mecanismos de resistencia interna y externa, pese a su carácter multiétnico y la pérdida de su libertad personal. Es así como pasados los siglos los descendientes de aquellos hombres y mujeres, emigrantes forzados de origen lucumí, congo, carabalí, mandinga, gangá, macuá, arará, entre otros, lejos de constituir minorías étnicas, integraron la nación cubana como el resto de sus componentes raciales y culturales.

Sus raíces están en los actuales Nigeria, Congo, Angola, Guinea, Mozambique y algunos países más. Esta migración ocurrió unas veces en forma legal y otras clandestinas y se hizo fundamental como mano de obra en el fomento de la acelerada expansión azucarera, con más de medio millón introducidos en el siglo XIX. Pero mucho antes, desde la propia conquista y colonización, asumida como una empresa militar, los españoles sometieron y aplastaron a los pobladores originarios y poco a poco incorporaron a los esclavos de origen africano.

En el sistema español de colonización por vecindad, los colonizadores se convertían en vecinos permanentes del lugar, incapaces de trabajar, dominados por ambiciones de grandes riquezas e ínfulas de señores aunque hubieran salido de las prisiones para completar las expediciones al llamado Nuevo Mundo. Se calculan alrededor de 64 mil los esclavos introducidos desde 1510 a 1762 y mucho se polemiza sobre la fecha exacta de la llegada de los primeros esclavos africanos.

Está comprobada su presencia en el siglo XVI -desde las primeras décadas de la colonia-, que fue de 700 a 1000 esclavos. Existen criterios de que ya algunos esclavos estaban en la expedición del conquistador Diego Velázquez (1465-1524), en 1510, que arribó desde la isla vecina La Española (hoy Haití y Santo Domingo).

Velázquez, antiguo soldado de los tercios españoles en las guerras de Italia, acompañó a Cristóbal Colón en su segundo viaje al Nuevo Mundo (1493) y se estableció en La Española donde llegó a ser uno de los hombres más ricos. Por un asiento o contrato del gobernador de las llamadas Indias, Diego Colón, recibió poderes para dirigir la empresa a Cuba (adelantado y su teniente), costeó la expedición y fue nombrado primer gobernador en 1513 y repartidor de indios en territorio cubano.

Se mantiene la tesis fundamentada por el historiador José Antonio Saco en el siglo XIX: “Para mí es casi cierto, aunque no puedo probarlo históricamente, que de 1512 a 1514 ya se habían introducido”. Si con la expedición de Velázquez no marcharon algunos amos seguidos de sus negros, lo hicieron poco después, señala en su voluminosa obra La Historia de la Esclavitud.

En primer término, añade, porque La Española era entonces la colonia que en mayor número los tenía, y su corta distancia a la costa oriental de Cuba, así como la posibilidad de su empleo en la fundación de asentamientos (villas) e, incluso, para fines de fortificación.

El Gobernador de Las Indias (1501-1509) y Comendador Mayor de la Orden de Alcántara, Fray Nicolás de Ovando, había obtenido permiso real en 1502 para trasladar a La Española negros esclavos del sur de España. Los documentos de la época y estudios posteriores reconocen que sucedió bien temprano en el proceso de la colonización del mayor archipiélago antillano, al cual Cristóbal Colón consideró parte del continente luego bautizado América.

Desde la etapa de Velázquez los conquistadores obtuvieron permisos para introducir esclavos negros -los hubo indios-, y según Saco, recibieron licencias en 1518 y 1519, entre otros, Pánfilo de Narváez, Bernardino Velázquez, Bernardino Quesada y Gonzalo Núñez de Guzmán.

“Hay hoy en esta Isla casi mil negros y negras”, reportaba 20 años después el Cabildo de Santiago de Cuba. Se dice que en 1513 (en junio o noviembre), mediante una Real Cédula firmada en Valladolid por los Reyes Católicos, se autorizó a un tal Amador Lares a llevar cuatro negros esclavos a este país. ¡Curioso!, porque Isabel I la Católica falleció el 26 de noviembre de 1504.

Los primeros reportes de esclavos sublevados datan de 1533. El gobernador Manuel de Rojas pasó de Santiago de Cuba a Bayamo donde envió dos cuadrillas a las minas de Caobillas al sur de Jobabo para someter a los negros que se habían alzado. Rojas, gobernador interino en dos ocasiones (1524-1525 y 1532-1534), fue implacable también con las sublevaciones de los indocubanos.

En carta al rey del 10 de noviembre de 1534 informa que estos pelearon hasta morir y trasladó los cadáveres de cuatro a Bayamo, donde fueron descuartizados y puestas sus cabezas en sendos palos para escarmiento público. Esta mina, la más productiva del país, reportó 50 mil pesos oro, en los primeros cinco meses de explotación, en condiciones de exigencia máxima y agotadoras jornadas.

Los mártires de La Escalera

La explotación esclavista inscribió en la historia de Cuba miles de víctimas imposibles de olvidar como el caso de los mártires de La Escalera, en 1844, dados los fines políticos y la crueldad del régimen colonial. La singularidad del caso radica en que tuvo lugar mediante un proceso judicial, bajo fingida legalidad, en el cual las pruebas eran logradas con vejaciones de todo tipo a los detenidos y torturas hasta provocar la muerte.

Leopoldo O’Donnell (1809-1867), gobernador y capitán general de Cuba (1843-1848), encontró a su arribo a La Habana un ambiente de inquietud en los hacendados esclavistas de la región occidental, en particular en la zona de Matanzas, donde ocurrían frecuentes protestas de los esclavos. La población esclava alcanzaba el 36,02% de los habitantes de Cuba en la década del 40 del siglo XIX, pero en el occidente llegaba al 43%.

Los temerosos dueños de las grandes plantaciones matanceras tenían dotaciones de 200 a 400 negros. Se trataba de un verdadero polvorín propenso a estallar en cualquier momento y pronto O’Donnell hizo alianza con la oligarquía azucarera y comercial. Recibió oportunas confidencias sobre una conspiración de grandes proporciones de parte del hacendado Esteban Santacruz de Oviedo, obtenidas de una esclava que en recompensa obtuvo su carta de libertad.

En el batey de la finca Estancia de Soto, próxima a Matanzas, comenzó la oprobiosa carnicería. Atados a una escalera, centenares de negros y mestizos sufrieron terribles tormentos, circunstancia que dio nombre a la supuesta conspiración, de la cual hasta la fecha faltan evidencias de su real existencia. Más de 300 perecieron debido a los métodos empleados durante las investigaciones pues arrancaban las confesiones a latigazos. Hubo reportes de muertes “a causa de diarreas” y también por suicidios.

De un plumazo el régimen colonial resolvió el problema de las frecuentes sublevaciones de esclavos y disuadió cualquier intento abolicionista ya fuera de la llamada “gente de color” o de criollos blancos. Las autoridades españolas involucraron también a los políticos reformistas y prominentes criollos blancos Domingo del Monte (1804-1853) y José de la Luz y Caballero (1800-1862), quienes se encontraban en ese momento en el extranjero.

Luz decidió regresar y presentarse a las autoridades para rechazar la acusación pues no se concebía a sí mismo como un desterrado, mientras Del Monte permaneció en Paris hasta el fallecimiento de su esposa y cuando intentó volver a Cuba se le prohibió. Varios asiduos al grupo literario delmontino en Matanzas estuvieron presos, entre ellos el futuro historiador Pedro José Guiteras (1814- 1890), Félix Tanco (1797-1871) y Benigno Gener, hijo de Tomás Gener, integrante de la diputación cubana a las Cortes de Cádiz (1822-1823).

Gener padre, de origen catalán y radicado muchos años en Matanzas, fue condenado a muerte en rebeldía junto a los cubanos Leonardo Santos Suárez y el Padre Félix Varela por haber apoyado la destitución del rey Fernando VII. El ascenso de las capas medias de negros y pardos (mulatos) libres resultó truncado; de las tres mil 76 personas involucradas, el 71,09% corresponde a este grupo social presente en el artesanado y las artes, incluso con propiedades. Solo el 25,45% eran esclavos (el 10,5% procedía de las plantaciones) y el 3,12% blancos.

De los 78 reos condenados a muerte, la mayoría sin nombres conocidos, sobresale el poeta Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido (1809-1844), acusado de conspirar contra la raza blanca y ser el jefe de la conspiración. Plácido negó todo en distintos interrogatorios; aunque pobre en extremo, sus versos gozaron de gran popularidad.

Se destacan sus sonetos El Juramento, A la muerte de Jesucristo y la Muerte de Gesler; las letrillas La flor del café, La flor de la caña y La flor de la piña y los romances indianistas Cora y Jicotencal -la más acabada de su producción literaria-; poco antes de ser fusilado compuso, Adiós a mi lira, Despedida de mi madre y Plegaria a Dios.

El 28 de junio de 1844, a su lado, resultaron fusilados por la espalda otros 10 condenados, varios con solvencia económica, que perdieron sus bienes confiscados, además de la vida: Santiago Pimienta, dueño de 17 esclavos y 19 caballerías de tierra; Andrés Dodge, dentista muy educado, Jorge López, pintor y teniente de las milicias de pardos; José Miguel Román, dueño y profesor de una academia de música, Pedro de la Torre, músico y sastre, y Manuel Quiñones.

Esclavos eran Antonio Abad, José de la O García (Chiquitico), Bruno Izquierdo o Huertas y Miguel Naranjo. Dodge -pardo habanero residente en Matanzas, dueño de casas y esclavos- gozaba de buena clientela y conocía los idiomas inglés y francés. Las sentencias dictadas por la Comisión militar de Matanzas incluyeron penas de 10 años de presidió a 328, de uno a ocho años a 652 y de uno a seis meses a otros 312 detenidos, así como el destierro de más de 400 a los que les probó delito alguno.

La represión alcanzó a un sinnúmero de negros y mestizos libres de cierto prestigio, algunos pertenecientes a los Batallones de pardos y morenos, milicia reclutada por el gobierno colonial. Entre los procesados estaba también el cirujano dentista Carlos Blackely, natural de Charleston, Estados Unidos -maestro de Dodge- , quien estuvo largo tiempo preso y sobrevivió a La Escalera con síntomas de locura.

El sargento de pardos Francisco Uribe, sastre de modas según anunciaba a la entrada de su taller, se suicidó en la prisión el 19 de abril de 1844; disponía de una pequeña fortuna, dos casas y 12 esclavas. El considerado genial músico Claudio Brindis de Salas (1800-1872), violinista, contrabajista, compositor y director de la orquesta más solicitada en los salones de la aristocracia insular y maestro de baile de los ricos, sufrió tortura y destierro perpetuo de Cuba y Puerto Rico, en enero de 1845.

Nada le valió descender de morenos libres vinculados al cuerpo de artillería, de buenas relaciones familiares en la clase alta criolla (su madre amamantó al futuro Conde de Casa Bayona) y que por ello pudo cultivar su bella voz y dotes musicales. Desde 1827 ocupó plaza de subteniente del batallón de Morenos Leales de la Habana e, incluso, tenía por lo menos un esclavo de su propiedad.

Se atrevió a regresar clandestinamente en 1849 y guardó encierro otra vez; enfermo de la vista al ser amnistiado en 1852, no pudo reconstruir su orquesta porque casi todos los músicos habían sido alcanzados por la represión. Dedicó todos sus esfuerzos a su hijo Claudio José Domingo Brindis de Salas (1852-1911), un violinista cubano de excepcionales facultades que llegó a ser un músico de fama mundial. Preso algún tiempo y luego marginado fue Juan Francisco Manzano, el célebre poeta antiguo esclavo al que mediante una suscripción miembros de un grupo de intelectuales compraron su carta de libertad a la ama.

Cuba: Por los derroteros de corsarios y piratas

Rodeada de un especial encanto, Trinidad vivió siglos atrás el asedio de corsarios y piratas que arrasaron con las riquezas que poseía y fomentaron el terror en sus pobladores. Aseguran que las calles empedradas y curvas, en todas las esquinas de la villa, estaban dispuestas así para resguardarse contra los piratas, ya que en “caso de avanzar sobre la ciudad, en el recodo de cada esquina se les podía detener por la defensa natural que forman las casas”.

Así se refleja la previsión de los trinitarios ante un inminente ataque en el libro Trinidad y el Turismo (1954), donde se destaca además que los pobladores se sentían seguros por tierra, protegidos por el macizo montañoso de Guamuhaya -más conocido como Escambray. Mientras que por mar, según el texto citado, “preparaban sus construcciones al estilo más adecuado para la mejor defensa”.

En 1702 los ingleses estuvieron frente a La Habana, sin atacarla, ya que una escuadra francesa estaba estacionada en la Bahía, pero continuaron su marcha rumbo a Trinidad, donde entraron por el puerto de Casilda y asolaron la villa, fundada en 1514 por el Adelantado Diego Velázquez. Sesenta años después (1762) lograron su objetivo al tomar La Habana. Sin embargo, les fue difícil, ante la valentía con la que defendieron su ciudad los habaneros.

José Antonio Gómez Bujones, regidor de la villa de Guanabacoa, más conocido por Pepe Antonio, fue uno de los que con mayor heroicidad enfrentó a los invasores. Durante el asedio y toma de La Habana por los ingleses, Trinidad envió en apoyo a la capital dos compañías de voluntarios. Los expertos coinciden en afirmar que durante los siglos XVI y XVII la historia de Trinidad y Sancti Spíritus, fundadas ambas en 1514, estuvo marcada por la piratería, el corso y el comercio de contrabando.

En 1988 el Centro Histórico de Trinidad, incluyendo el Valle de San Luis o de Los Ingenios -otrora emporio de la industria azucarera-, fue declarado por la Unesco Patrimonio Cultural de la Humanidad. Datos históricos indican que en 1642 ocurrió un ataque de piratas holandeses y en 1654 fueron corsarios ingleses quienes asaltaron a la primera de las localidades mencionadas. El 5 de marzo de 1675 el corsario inglés John Springer asaltó Trinidad, desvalijó a la población y secuestró a 50 mujeres y niños, obteniendo por su liberación 400 reses y 300 cerdos.

La Trinidad embrujo del Nuevo Mundo es un volumen donde se destaca que “En aquella acción vandálica fueron robados los vasos sagrados de la Parroquial Mayor y asesinado el sacristán mayor Manuel Domínguez, al tratar de rescatar las hostias del copón dentro del sagrario”. Asimismo apunta que en la última invasión, en diciembre de 1702, estuvo al frente el inglés Charles Gant, quien exigió recompensa tras incendiar y saquear la villa.

Varios documentos hacen constar que Sancti Spíritus (Monumento Nacional), la cuarta villa fundada en la Mayor de las Antillas y cabecera de la provincia de igual nombre, en 1665 fue saqueada y casi devastada por los piratas, mientras que en agosto de 1667 éstos intentaron repetir los mismos desmanes. Enclavada a unos 350 kilómetros al este de la capital cubana, en la localidad de Sancti Spíritus, otrora Espíritu Santo, los intrusos visitantes harían otro intento el 13 de diciembre de 1719.

En el libro Sancti Spíritus, Epílogo para una historia inconclusa se afirma que los ataques más relevantes ocurrieron en 1660 y 1688, cuando con saña saquearon e incendiaron el poblado y destruyeron los archivos originales del Ayuntamiento y la Iglesia. Piratas y corsarios incursionaron además en Santiago de Cuba, al oriente del país; y La Habana, en el occidente, en 1538; y luego en Baracoa, en el extremo oriental, en 1546, por lo que se puede asegurar que su presencia se extendió de un extremo a otro de la Isla, incluyendo la parte más occidental: Pinar del Río.

Otros textos señalan que el pirata o bucanero holandés Edward Mansveldt o Mansfield, con base en Jamaica, incursionó varias veces en Cuba y se piensa que su primera acción en esta tierra caribeña como jefe fue en Sancti Spíritus, en medio de la Navidad, aunque otros indican que fue Pierre Le Grand el que llevó a cabo el hecho.

Durante el siglo XVIII Trinidad se convirtió, según la investigadora Bárbara Venegas Arbolaez, en “el más importante centro de corso de la costa sur de Cuba”, y añade que mantenía excelentes relaciones con otros puertos caribeños como Cartagena de Indias y Campeche, por ejemplo, en un intercambio comercial legalmente permitido por las autoridades locales. “Su condición de puerto abierto al Caribe sería para Trinidad la vía de comunicación marítima con otras áreas geográficas, marcaría su destino como ciudad caribeña y explicaría el aparente aislamiento del lugar que, de espaldas al resto del país, rodeado de una cadena montañosa, formó lazos culturales y comerciales con otras tierras”, asegura la autora en la revista de Historia, Ciencia y Cultura Siga la Marcha (1999).

“… la historia de Trinidad en su primera época fue una lucha ininterrumpida contra los piratas y corsarios que entonces asolaban los mares de la Isla. Saqueada y vencida unas veces, tuvo la población que armarse y prepararse con carácter permanente…”. De esta manera la describió el destacado historiador Emilio Roig de Leuchsenring, quien agregó que una de las hazañas más gloriosas acontecidas en la ciudad fue el triunfo contra “el ataque que en 1797 sufrió de una fragata de guerra y dos bergantines ingleses”.

Los piratas eran marinos que se dedicaban a abordar otras naves y desembarcar en villas para saquearlas, mientras que los corsarios, aunque hacían lo mismo, estaban autorizados y poseían una Patente de Corso que legalizaba sus fechorías, según EcuRed (la Enciclopedia cubana en la red, creada el 14 de diciembre del 2010). Por su parte la palabra bucanero tiene su origen etimológico en el francés boucanier, que significa vicioso o pervertido; y filibustero es un término también de origen francés y aplicado a piratas que actuaban independientes.

Trinidad, la tercera de las primeras siete villas fundadas por los conquistadores españoles -cercana a su medio milenio-, estuvo siempre en la mira de los llamados lobos de mar. Conocida como Ciudad Museo del Mar Caribe -derrotero de piratas y corsarios- y otrora Villa de la Santísima Trinidad, es una de las localidades coloniales más bellas de la Mayor de las Antillas y se la considera uno de los conjuntos arquitectónicos más acabados del continente americano. El mar aún trae el susurro de las leyendas y realidades de barcos hundidos cargados de tesoros.

Sublevación de esclavos en Trinidad

Un grupo de esclavos de esta centro sureña ciudad cubana se sublevó en busca de la tan ansiada libertad el 26 de julio de 1798, hecho muy poco conocido en la historia. Trinidad, que hoy es considerada uno de los ejemplos típicos de arquitectura colonial de las Antillas, fue fundada en 1514 por el Adelantado Diego Velázquez de Cuéllar. A la sublevación se unieron otros esclavos de la zona urbana y escogieron la fecha mencionada por ser el día de Santa Ana, momento en que la mayoría de la población se encontraría atareada en ultimar los detalles del festejo religioso.

El centro histórico urbano de Trinidad y su Valle de San Luis o de los Ingenios -donde se alzaron una gran cantidad de fábricas, trapiches o industrias azucareras- fueron declarados en 1988 por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad. Los esclavos habían sido traídos a la fuerza desde las lejanas tierras africanas, pero a pesar del grillete, el látigo y el cepo o la jauría de perros tras sus rastros, siguieron por encima de todo adorando a sus dioses y conservando sus costumbres. El objetivo marcado del levantamiento era asaltar el cuartel de milicias y apropiarse de las armas, así como ocupar el almacén de pólvora e incendiar distintos puntos de la ciudad para distraer a la tropa.

Pero la rebelión se malogró, ya que la víspera fue denunciada por el mayoral del ingenio Buenavista, nombrado Miguel Bello, quien se lo comunicó a otra persona, la cual a su vez lo informó al Teniente Gobernador de Trinidad y villas anexas. El frustrado alzamiento provocó, según la investigadora Bárbara Venegas Arbolaez, “la cacería de los implicados” y con ello ese propio día 26 “Blas Josef Muñoz, Factor de Tabaco de la localidad, apresó al esclavo Juan Josef de Soto, de la dotación del ingenio Sabanilla, por noticias de su participación en la conspiración”.

Juan Josef confesó y delató como jefes a Josef María Peña (alias Curazao) y a Josef Gregorio, ambos de la misma dotación, así como a Cayetano Borrell, del ingenio Guáimaro y a Josef María Cadalso”, apunta la especialista en el trabajo titulado La conspiración de esclavos del 26 de julio de 1798 en Trinidad. El nombrado Curazao logró ocultarse en las tierras propiedad del hacendado Pedro Josef Armenteros, dueño del Ingenio Manacas-Armenteros, quien con la ayuda de su mayoral capturó al fugitivo. Transcurría el 2 de agosto de 1798, a escasos años de la entrada del siglo XIX.

A Curazao lo llevaron ante las autoridades españolas, quienes conocieron los pormenores del alzamiento, tales como la fecha y el por qué se escogió la misma, así como agregaron otros dos nombres a la lista de conspiradores: Juan de Cala, alias Presto, y Joaquín de Jesús Borrell. La investigadora resalta “la envergadura de la conspiración por el espacio geográfico tan grande que abarcaba, el grado de penetración en el estamento esclavo de la villa de Trinidad, las pretensiones de toma militar y el alcance económico que tenía por la destrucción que implicaba para un buen número de ingenios”.

En 1827, según el Cuadro Estadístico de Vives, existían 57 fábricas de azúcar en el Valle de San Luis, posteriormente llamado de los Ingenios, las cuales producían 641 mil arrobas de ese producto, con un total de 11.697 esclavos. Esa fue considerada la cifra más alta registrada, tanto en número de ingenios como de esclavos, en toda la historia del Valle.

Por entonces el ingenio Guáimaro logra la zafra azucarera más grande de su tiempo en el mundo, con 82 mil arrobas de azúcar mascabada y prensada. En 1828, esa misma industria, propiedad de José Mariano Borrell, y la de Jesús Nazareno de Buenavista, de Pedro Malibrán, eran las dos instalaciones fabriles mayores del país caribeño. Aseguran los expertos que otros dos ingenios (Palmarito y San Alejo de Manacas) se hallaban, junto a los nombrados anteriormente, entre los más avanzados de esa época.

Por su parte Bárbara Venegas Arbolaez destaca como relevante la relación entre el campo y la ciudad, donde “se evidencia la comunicación secreta, movida por hilos no visibles, entre las dotaciones rurales y de estas con los siervos de la ciudad, que escapaban a la vigilancia de los esclavistas”. Sin embargo, le concede una mayor notoriedad al predominio de los elementos rurales, ya que “se organizó en los ingenios y la mayoría de los jefes procedían de estos, donde contaban con el apoyo de las dotaciones; al parecer, el único jefe de procedencia urbana era el carnicero Josef María Cadalso”.

El esclavo de entonces tenía cierta movilidad, que se vio limitada posteriormente con el Reglamento de 1842. Podía el esclavo tener alguna libertad para desplazarse de un lugar a otro en el momento en que ocurrieron los hechos, aunque casi siempre lo hacía sigilosamente o con autorización del mayoral o del mayordomo por determinada situación, como puede haber ocurrido durante los festejos patronales de Santa Ana. Durante el proceso seguido contra los encartados, el fiscal Gerónimo de Ávila solicitó las penas más rigurosas, agregando que los condenados a muerte debían ser ahorcados y expuestos al público hasta una hora antes del anochecer.

Según el trabajo Valle de los Ingenios. Excepcional patrimonio industrial de Cuba, de varios autores, debido a la desmesurada explotación sufrida por los esclavos es que surgen focos de resistencia en diversas zonas del occidente y centro del país, como es el caso de Trinidad. De acuerdo con una cita que aporta este material se registran nombres de esclavos cimarrones apalencados en el macizo montañoso de Guamuhaya, más conocido por Escambray, y las sublevaciones de 1792, 1793 y 1798, acaecidas en los ingenios Manaca-Iznaga, Magua, Buenavista, Manaca-Armenteros, Aracas y Delicias.

Enmudeció la voz de los dueños en defensa de sus esclavos, por lo que Fhelipe Nicado, Regidor Decano del Ayuntamiento y Padre General de Pobres, tomó a su cargo esta delicada tarea. En su defensa argumentó la ignorancia de los esclavos, sus ansias de libertad y en particular el fracaso del levantamiento, por lo que en su opinión la condena solicitada era excesiva.

Llegado el 15 de noviembre de 1798 se dictó la sentencia que condenaba a la horca a los dos jefes principales: José María Peña y Juan Josef de Soto. Para Josef Gregorio se solicitó 10 años de presidio; para Josef Arará, ocho y para Cayetano Borrell, cinco, más la prohibición -a los tres- de regresar a la Isla, incluso una vez cumplidas sus condenas, las cuales debían ser consumadas fuera de Cuba.

Macabro fue el hecho de exigirles pasar por debajo de los cadáveres de sus compañeros, una vez que estos fueran ejecutados en la horca. Sin embargo, los menos implicados en la sublevación de 1798 conocieron su sentencia una década después, en 1808. A casi medio milenio de fundada, a unos 360 kilómetros al este de La Habana, Trinidad devela los vericuetos que dejan al descubierto pasajes desconocidos de la infame esclavitud.

Historia de un negro esclavo

Historias similares de desarraigos vivieron todos aquellos negros que fueron traídos a la fuerza, desde África, hacia Cuba y una de ellas es la de Modesto Mencía, de quien aún se desconoce el lugar del continente africano donde nació. En declaraciones exclusivas a Prensa Latina María Antonieta Jiménez Margolles, la Historiadora de la ciudad de Sancti Spíritus -cuarta villa fundada por los conquistadores españoles-, destaca que Mencía, junto con sus padres, debe haber ingresado por el sur del Jíbaro, zona perteneciente a la provincia espirituana, “que era por donde entraban los alijos ilegales”.

Se supone que vio la luz en 1843 y según consta en el Registro Civil, en el Tomo 37, folio 87, falleció a los 70 años de edad, el 7 de enero de 1913, a causa de una asistolia por arteriosclerosis. Dejó de existir a las 10 de la noche de la fecha mencionada en la calle Rosario No.10, una de las más céntricas y conocidas de esta villa, fundada en 1514 por el Adelantado Diego Velázquez, a unos 350 kilómetros al este de La Habana.

Mencía procreó nueve hijos: ocho de su primer matrimonio con Felicia de Cepeda y otro fruto de sus segundas nupcias con Juana Matea Cañizares, enlace que aconteció en 1902. Ella era hija del africano Ignacio Cañizares y de la espirituana Rosalía Companioni. Jiménez Margolles apuntó que se sabe entabló amistad con el sastre Domingo Castellanos Sotolongo, quien vivía en la calle Bayamo No.15, también en la ciudad central de Sancti Spíritus, mientras que se desconoce quiénes fueron los padres de Modesto, excepto que eran naturales de África.

En Sancti Spíritus, a medida que fue avanzando el siglo XIX, adquirió importancia la producción azucarera y en 1859 la jurisdicción contaba con 41 ingenios, de ellos 18 con máquinas de vapor. El 71% de estas fábricas semi-mecanizadas estaba en los partidos del Jíbaro y Banao, donde escaseaba la mano de obra esclava. A pesar de lo explicado, todo parece indicar que Modesto Mencía nunca estuvo en uno de los 41 ingenios que existían en la época, ya que se habla de que trabajó en la finca La Esmeralda, enclavada desde donde hoy se alza la heladería Coppelia, hasta aproximadamente la calle Rosario, la misma que escuchó su último suspiro.

Cuba tuvo el honor de contar con la participación en sus guerras libertarias de personas de distintas nacionalidades, incluyendo africanos y chinos -hubo de otras tierras- y en esa representación aparecen varios hijos de Mencía, quienes se incorporaron a la Guerra de Independencia contra el colonialismo español imperante en la Isla.

Acerca de la fecha en que arribó a Cuba, se piensa que fue en 1856 y que vino acompañado de dos hermanos, una hembra que Modesto pudo visitar en Cienfuegos -al centro del país- después que quedó libre de las ataduras de la esclavitud y de un varón del que jamás tuvo noticias, como les ocurrió a tantos otros negros africanos que fueron separados de sus familias.

Corría el año 1928 y la viuda de Modesto declara que él era propietario de dos casas en la calle Rosario (No. 10 y No.7) y dos solares en Rosario No.11 y No.5. Documentos revisados por la Historiadora de la Ciudad confirman que la viuda vendió por solo 150 pesos estas propiedades al abogado Pedro Mencía García, quien se aprovechó de la situación de la pobre infeliz, “porque todavía los precios de los solares y las casas no estaban tan bajos, algo que sí ocurrió después de 1930”.

En la tan mencionada casa de la calle Rosario No. 10, donde vivió y murió Modesto, tenía él una huerta de plantas medicinales adonde sin ningún remilgo iban las mujeres blancas en busca de la cura natural que tan bien conocía, a través de sus ancestros, el negro Mencía.

* Denis Valle es historiadora, periodista y colaboradora de Prensa Latina, y Pardillo Gómez es corresponsal en la provincia de Sancti Spíritus.