Guatemala (PL).- José Martí, quien no se avergonzó del delantal indio de su madre América, dejó muchos recados en su vasta obra en pos de la integración latinoamericana. Con la capacidad de postver se refirió en uno de sus textos publicados en la revista La América, en enero de 1884, “a aquellos que son en espíritu, y serán algún día los Estados Unidos del Sur”, al definir a América Latina.

La institucionalización de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) en Venezuela, el 3 de diciembre de 2011, en el bicentenario de la declaración de su independencia, puede contribuir a materializar el sueño martiano de una América unida desde México hasta Argentina y Chile. A más de un año de la creación de la Celac, está previsto que el 27 y 28 de este mes Santiago de Chile reúna a los jefes de Estado y de Gobierno de los 33 países independientes de América Latina y el Caribe que conforman esa comunidad.

Cuba asumirá la presidencia de esa organización a partir de febrero del 2013, en el año del 160 aniversario del natalicio Martí, quien en carta al director de La Opinión Nacional de Caracas, Fausto Teodoro de Aldrey, expresó el 27 de julio de 1881: “De América soy hijo, a ella me debo”. No fueron palabras al viento, aquellas escritas por un joven de 28 años. Su hacer periodístico en pro de la región y su labor como organizador del Partido Revolucionario Cubano para independizar a su Isla, y así equilibrar el área al sur del río Bravo, en México, demuestran con creces que cumplió su misión de hijo “nuestroamericano”.

Quizás la esencia está en convertir las palabras de Martí en actos transformadores de fe por toda la América que en la actualidad apuesta por una mayor integración, sin invitar a la fiesta a la sección norte del continente. Sus consejos traspasan los tiempos, como los sintetizados en su medular ensayo “Nuestra América”, con más de 120 años de lozanía; publicado en La Revista Ilustrada de Nueva York y en El Partido Liberal de México, el 1 y 30 de enero de 1891, respectivamente.

La Celac fue calificada por el líder de la Revolución cubana, Fidel Castro, como el suceso institucional más importante de la región en los últimos 100 años. En esta época de cambios en Latinoamérica sería oportuno tomar en cuenta algunos recados martianos que llegan desde el siglo XIX.

Defender lo nuestro

Martí invita a los hispanoamericanos a amar y defender lo nuestro. Sin embargo, nadie puede querer o proteger lo desconocido, por tanto, el Maestro consagró su existencia a propagar mediante su periodismo las riquezas intelectuales y naturales de la Patria Grande. Al examinar su Revista Venezolana, La América y La Edad de Oro, el periodista se muestra defensor del Sur. Guiado por una agenda de temas históricos, culturales, políticos y sociales, instaba al público a sentirse orgulloso de ser hispanoamericanos, anticolonialistas, independentistas y antiimperialistas.

El cronista elaboró textos interesantes, como un cuento, para escenificar la historia continental y pintó “biografías de carne y hueso” de los héroes de la América de habla hispana. A través de las tres publicaciones, el director conversaba sobre tópicos importantes para la región en dependencia del receptor y el contexto, basado en fuentes diversas para demostrar al lector la capacidad de los latinos en diferentes escenarios sociales.

El redactor en la Revista Venezolana (julio 1881) supo ajustar el lenguaje al momento de fundación vivido desde México hasta Chile, mientras creaba una nueva manera de narrar al sugerir que quien escriba debe usar el color tanto como quien pinta. A La América la definió desde enero de 1884 como un periódico útil y no literario porque los tiempos eran graves y urgía darle solución a problemas concretos de la región.

Desde La Edad de Oro (julio-octubre 1889) adoctrinó “sin parecerlo”, y fomentó un estilo apartado del “título científico y el lenguaje aparatoso”, y demostró que podía enseñarse sin fatiga e instruir de manera ordenada y útil. El escritor logró en las tres publicaciones realizar un periodismo apegado a lo autóctono, sin buscar cuño de Estados Unidos o Europa.

La Revista Venezolana fue latinoamericanista como intentó serlo la Revista Guatemalteca, que Martí anunció en abril de 1878 y nunca salió. “Quien dice Venezuela dice América: que los mismos males sufren, y de los mismos frutos se abastecen…”, aclaró el joven de 28 años en los “Propósitos” de la publicación fundada en Caracas en julio de 1881.

Precisó que ese medio no obedecía a ningún grupo literario, ni parcialidades filosóficas, ni tenía “un criterio airado y exclusivo”. Como su objetivo editorial era unir voluntades, subrayó que la revista venía a poner en acuerdo las edades. “No será pues, tribuna egoísta, este humilde periódico; sino casa modesta, donde todo sereno pensamiento, y pensador hidalgo, tendrán casa. Alhajado está el hogar, y los miembros del Areópago citado: ÂíSea todo, humildemente, en prez de Venezuela, y de América!”, puntualizó el director.

En primera persona del plural se refirió a “nuestros elementos de riqueza”, “nuestra fauna”, “nuestra flora”, “nuestra atmósfera matizada de colores”, “nuestro aire henchido de perfumes”. A su juicio, “nuestros adelantos, futuro desarrollo o sabias leyes” debían propagarse para conocimiento de nativos y extranjeros. La Revista Venezolana venía a decir a los latinoamericanos que amaran lo nuestro y lo defendieran. Para Martí urgía “propagar todo pensamiento americano para bien de nuestras tierras y auxiliarlas a formar conceptos propios”. Su superobjetivo era ayudar a cultivar al hombre original en una tierra auténtica con singular historia y cultura.

La América, editada en Nueva York, en la que escribió Martí en 1883 y 1884, recoge otros muchos recados, artículos concebidos por el Maestro como colaborador, y luego director en esa revista de agricultura, industria y comercio, que alumbran la hora actual en Latinoamérica. Esta publicación le sirvió para “definir, avisar y poner en guardia” a las tierras al sur del río Bravo, en México, ante el empuje expansionista de Estados Unidos en la década de los 80 del siglo XIX.

Autoestima latina

El Apóstol insistió, de las más diversas formas, en reconocer la inteligencia de los hispanoamericanos, por ejemplo al destacar las notas de los estudiantes en un colegio norteamericano, donde una sexta parte eran latinos: “Si por cada alumno hispano parlante hay seis que hablan inglés, por cada seis americanos del Norte premiados hay otros seis americanos del Sur”, escribió el periodista en “Mente latina”, en marzo de 1883.

Destacó que “el mejor tenedor de libros es un Vicente de la Hoz. El que más supo de leyes comerciales es un Esteban Viña. El que acaparó todos los premios de su clase, sin dejar migaja para los formidables yanquizuelos, es un Luciano Malabet; ¡y los tres premios de composición en inglés no son para un Smith, un O‘Brien y un Sullivan, sino para un Guzmán, un Arellano y un Villa!”

Pero el analista ahondó más allá del festejo por el triunfo de los latinos en escuelas del Norte, y advirtió sobre la necesidad de preparar a los hispanos para habitar en Suramérica y “no para vivir en Francia, cuando no son franceses, ni en los Estados Unidos, que es la más fecunda de estas modas malas, cuando no son norteamericanos…”.

“Mata a su hijo en la América del Sur el que le da mera educación universitaria. Se abren campañas por la libertad política; debieran abrirse con mayor vigor por la libertad espiritual; por la acomodación del hombre a la tierra en que ha de vivir”, puntualizó. Fue un defensor de la gran nación espiritual latinoamericana, como sostuvo en “Agrupamiento de los pueblos de América”, en octubre de 1883. “Vivimos suspensos de toda idea y grandeza ajena, que trae cuño de Francia o Norteamérica; y en plantar bellacamente en suelo de cierto Estado y de cierta historia, ideas nacidas de otro Estado y de otra historia”, advirtió. Luego concluyó: “A Homero leemos: ¿pues fue más pintoresca, más ingenua, más heroica la formación de los pueblos griegos que la de nuestros pueblos americanos?”

La historia hispanoamericana se ha de enseñar al dedillo de los incas a acá antes que la de los arcontes de Grecia, manifestó en 1891 en su cardinal ensayo “Nuestra América”. Martí empleó como método acudir con frecuencia a las comparaciones para demostrar que Hispanoamérica no estaba a la zaga de la Historia, en consecuencia sostuvo que Buenos Aires, Argentina, tenía proporcionalmente más planteles que Nueva York, Estados Unidos, o París, Francia.

Fue experto en interpretación de datos: “Los 280 mil habitantes de la ciudad de Buenos Aires envían 22 mil niños a sus 170 escuelas, mientras que los dos millones de habitantes de París no mandan más de 133 mil a sus 462 escuelas, y New York, con su millón y cuarto de almas, 234 mil a sus 299 espaciosos edificios…”.

Para facilitar el reconocimiento entre los latinoamericanos, acudió a la comparación con Asia, como evidenció en “El té de Bogotá”, publicado en abril de 1884: “De modo que resulta que no sólo es el té de Bogotá un té agradable y sano, sino que no lo hay mejor; pues entre los mismos de Asia, sólo el té imperial, reservado a emperadores y mandarines, tiene las condiciones que el té común de Bogotá…”. Referido a Honduras, caracterizó y describió el carácter de su población, de tal manera que dan ganas de vivir en esa nación centroamericana: “Honduras es un pueblo generoso y simpático, en que se debe tener fe. Sus pastores hablan como académicos. Sus mujeres son afectuosas y puras. En sus espíritus hay substancias volcánicas”, comentó en “La escuela de Artes y Oficios en Honduras”, en junio de 1884.

Para hablar indio en el sur

Persuadido de que en los pueblos de indios los gobernadores deben saber indio, el paradigmático periodista reseñó el libro de José Millá, “El Popol Vuh de los quichés” en La América, en mayo de 1884.

Llaman al Creador Supremo ‘Corazón del cielo‘ y ‘Huracán‘, al personaje en que residen tres diversas entidades: el Relámpago, el Trueno y el Rayo, comentó al respecto de la creencia de los quichés.

En “Arte aborigen” precisó, en enero del mismo año: “el indio, que en la América del Norte desaparece, anonadado bajo la formidable presión blanca o diluido en la raza invasora, en la América del Centro y del Sur es un factor constante, en cuyo beneficio se hace poco (…) O se hace andar al indio, o su peso impedirá la marcha”. Alabó la cultura de los indígenas en “El hombre antiguo de América y sus artes primitivas”, en abril de 1884: “El indio es discreto, imaginativo, inteligente, dispuesto por naturaleza a la elegancia y la cultura. De todos los hombres primitivos es el más bello y el menos repugnante. Ningún pueblo salvaje se da tanta prisa a embellecerse, ni lo hace con tanta gracia, corrección y lujo de colores.”

En su opinión, “era raza noble e impaciente, como esa de hombres que comienzan a leer los libros por el fin. Lo pequeño no conocían y ya se iban a lo grande. Siempre fue el amor al adorno dote de los hijos de América, y por ella lucen, y por ella pecan el carácter movible, la política prematura y la literatura hojosa de los países americanos.” Fue un estudioso profundo de la cultura de los pueblos originarios de Nuestra América, como manifestó en “Autores americanos aborígenes”, en abril de 1884:

“El Mahabarata es más sentencioso; el Schahnameh, más grave; las profecías de Chilam Balam el yucateco, más reposadas y profundas; las odas de Netzhualcoyotl mexicano, más sublimes; más apasionados los dramas peruanos: el Apu Ollantay, el Uska Paukar acaso; resplandecen las tradiciones de Tingal, como túnica cuajada de diamantes”.

Propagó en ese mismo texto el amor por la cultura latinoamericana: “¡Qué instituciones tenía Tlaxcala! ¡Qué bravos, Mazaplán, Tenochtitlán! ¡Qué escuelas Copán! ‘¡Qué circo México, qué talleres, plazas y acueductos! Zempoala, qué templos! Los Andes, ¡qué calzadas!”

“¡Se viene de padres de Valencia y madres de Canarias, y se siente correr por las venas la sangre enardecida de Tamanaco y Paracamoni, y se ve como propia la que vertieron por las breñas del cerro del Calvario, pecho a pecho con los Gonzalos de férrea armadura, los desnudos y heroicos Caracas!”, enfatizó.

Enamorado confeso de la cultura aborigen, exclamó: “¡Qué augusta la Ilíada de Grecia! ÂíQué brillante la Ilíada indígena! Las lágrimas de Homero son de oro; copas de palma, pobladas de colibríes, son las estrofas indias.” Detrás de cada uno de los fragmentos de textos citados se percibe que Martí hizo una investigación seria y profunda al respecto, lo cual le permitió comparar a los indios del Norte con los del Sur y profetizar que todos los pueblos vendrán a abrigarse al suelo suramericano.

Mucho más conversa el Apóstol desde su siglo XIX a estos tiempos, a las puertas de la I Cumbre de los jefes de Estado y de Gobierno de las 33 naciones independientes miembros de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), prevista para el 27 y 28 de este mes Santiago de Chile.

Entre sus tantas responsabilidades, Martí accedió en 1889 a la proposición del brasileño Aarón Da Costa Gómez de ser redactor de La Edad de Oro, revista leída hoy como un libro y considerada como un ícono de la literatura infantil. De julio a octubre de aquel año salieron cuatro números para los niños de Nuestra América de entonces y de siempre porque sus páginas aún le conversan al hombre nuevo de la sección sur del continente americano.

“La empresa La Edad de Oro desea poner a las manos del niño de América un libro que lo ocupe y regocije sin fatiga, le cuente en resumen pintoresco lo pasado y lo contemporáneo”, especificó un editorial publicado en el reverso de la contraportada. Quiso el Maestro que el público supiera cuál había sido la historia del mundo, principalmente la de estas tierras, y deseó que crecieran con esa inteligencia nacida del querer saberlo todo como “Meñique”, o defendieran, como Piedad, su “Muñeca Negra”. En “Las ruinas indias”, en agosto de 1889, expuso: “No habría poema más triste y hermoso que el que se puede sacar de la historia americana.”

Tal historia, abundó, “no se puede leer sin ternura, y sin ver como flores y plumas por el aire, uno de esos buenos libros viejos forrados de pergamino, que hablan de la América de los indios, de sus ciudades y de sus fiestas, del mérito de sus artes y de la gracia de sus costumbres.”

Amar, defender…

Para Martí, defiende quien ama, por eso esparció el amor como energía: “Para eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América y en las demás tierras”, según definió en “A los niños que lean La Edad de Oro”, en julio de 1889.

Denunció el destrozo causado por los conquistadores en “La historia del hombre contada por sus casas”: “En Nuestra América las casas tienen algo de romano y de moro, porque moro y romano era el pueblo español que mandó en América, y echó abajo las casas de los indios. Las echó abajo de raíz: echó abajo sus templos, sus observatorios, sus torres de señales, sus casas de vivir, todo lo indio lo quemaron los conquistadores españoles…”

La hermandad latinoamericana la enfocó en “La Exposición de París”: “Pero del otro lado es donde se nos va el corazón, porque allí están, al pie de la torre, como los retoños del plátano alrededor del tronco, los pabellones famosos de nuestra América, elegantes y ligeros como un guerrero indio.”

A continuación el Maestro calificó cada pabellón por naciones: “el de Bolivia como el casco, el de México como el cinturón, el de la Argentina como el penacho de colores: ¡Parece que la mira, como los hijos al gigante! ¡Es bueno tener sangre nueva, sangre de pueblos que trabajan! El de Brasil está allí también, como una iglesia de domingo en un palmar.”

Luego expuso: “y juntos como hermanos, está en otros pabellones más: el de Bolivia, la hija de Bolívar (…) el del Ecuador, que es un templo inca, con dibujos y adornos (…) el pabellón de Venezuela, con su fachada como de catedral (…) el pabellón de Nicaragua con su tejado rojo (…) el del Ecuador, que es país de obreros, que inventa y trabaja fino (…) el palacio de hierro de Chile”. Más adelante comentó sobre los pabellones de Guatemala, Paraguay, Santo Domingo, Colombia, Perú y Uruguay.

En “Las ruinas indias” se refirió al “quetzal es el pájaro hermoso de Guatemala, el pájaro de verde brillante con la larga pluma, que se muere de dolor cuando cae cautivo, o cuando se le rompe o lastima la pluma de la cola. Es un pájaro que brilla a la luz, como las cabezas de los colibríes…” Martí recurrió al imaginario de los indios para decir: “porque con los cuentos ocurre lo que decía Chichá, la niña bonita de Guatemala que se comía muy despacio la aceituna porque le gustaba mucho”.

A su entender, uno se hace de amigos leyendo libros viejos: “Allí hay héroes, y santos, y enamorados, y poetas, y Apóstoles. Allí se describen pirámides más grandes que las de Egipto.” “De Cholula, de aquella Cholula de los templos, que dejó sembrado Cortés, no quedan más que los restos de la pirámide de cuatro terrazas, dos veces más grandes que la famosa pirámide de Cheops”.

Nuestros héroes

El primer número de La Edad de Oro está dedicado al tema de los próceres de todas partes, y Martí prioriza en crónica viva a los “Tres héroes” latinoamericanos antes de sintetizar “La Ilíada de Homero”.

Seleccionó el poeta tres símbolos hispanoamericanos: Bolívar, de Venezuela; San Martín, de Río de la Plata; Hidalgo, de México. Este relato sincero y poético, publicado en La Edad de Oro de julio de 1889 comenzó así: “Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba adonde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, sólo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía.”

El caminante era Martí, quien recordaba su entrada a la capital venezolana en enero de 1881, tras haber atravesado los empinados cerros entre el Puerto de La Guaira y Caracas. Para él, era esencial que los niños amaran a esos seres como a un padre, con virtudes y defectos; por eso sugirió perdonarles las faltas, porque fue más el bien hecho: “Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz”.

De cada uno hizo un retrato por fuera y por dentro: contrastó en Bolívar lo pequeño del cuerpo con la grandeza de no cansarse cuando parecía que Venezuela se agotaba: “lo habían derrotado los españoles, lo habían echado del país. Él se fue a una isla, a ver su tierra de cerca, a pensar en su tierra.” Reseñó que después que nadie quiso auxiliar a Bolívar “un negro lo ayudó, gracias a él volvió un día a pelear con trescientos héroes, con los trescientos libertadores. Libertó a Venezuela. Libertó a la Nueva Granada. Libertó al Ecuador. Libertó al Perú. Fundó una nación nueva, la nación de Bolivia.”

“Ganó batallas sublimes con soldados descalzos y medio desnudos. Todo se estremecía y se llenaba de luz a su alrededor. Bolívar no defendió con tanto fuego el derecho de los hombres a ser libres, como el derecho de América de ser libre”, relató.

Asimismo, conversó del libertador mexicano: “De niño fue el cura Hidalgo de la raza buena, de los que quieren saber. Los que no quieren saber son de la raza mala (…) Leyó los libros de los filósofos del siglo diez y ocho, que explicaron el derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y hablar sin hipocresía.” Después remarcó que “vio a los negros esclavos y se llenó de horror. Vio maltratar a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entre ellos como un hermano viejo, a enseñarle las artes finas que el indio aprende bien: la música que consuela; la cría del gusano, que da la seda; la cría de la abeja, que da miel.”

Hidalgo le anunció a los jefes españoles que si los vencía en batalla, los recibiría en su casa como amigos: “¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser magnánimo, sin miedo a que lo abandonase la soldadesca, que quería que fuese cruel.” Por pelear a favor de la libertad de su pueblo, explicó: “le cortaron la cabeza y la colgaron en una jaula, en la Alhóndiga misma de Granaditas, donde tuvo su gobierno. Enterraron los cadáveres descabezados. Pero México es libre.”

Más adelante expresó de San Martín: “Hablaba poco, parecía de acero: miraba como águila, nadie lo desobedecía: su caballo iba y venía por el campo de pelea, como el rayo por el aire. En cuanto supo que América peleaba para hacerse libre, vino a América: qué le importaba perder su carrera, si iba a cumplir con su deber.”

Como decía el Maestro, hay seres que no pueden ver esclavitud, como San Martín que se fue a libertar a Chile y al Perú: “En 18 días cruzó con su ejército los Andes altísimos y fríos: iban los hombres como por el cielo, hambrientos, sedientos, abajo, muy abajo, los árboles parecían yerba, los torrentes rugían como leones.” Tras dibujar a cada héroe, sintetizó que “el escultor es admirable, porque saca una figura de la piedra bruta: pero esos hombres que hacen pueblos son como más que hombres.”

Después de admirar la capacidad del creador para reconstruir los escenarios y seres humanos que ayudaron “con su golpe de martillo” a la faena de liberar a la Patria Grande, resta a los habitantes actuales de estas tierras, aprender y aplicar las enseñanzas de un hombre sincero al servicio de Nuestra América.

Valgan estos recados martianos a propósito de la unidad que proclama la Celac, organización que en Santiago de Chile reunirá a jefes de Estados y de Gobierno de la región el 27 y 28 de enero, cuando se cumplen 160 años del natalicio de un hombre que vivió al servicio de Nuestra América: José Martí.

* Corresponsal de Prensa Latina en Guatemala, versión actualizada de artículos publicados originalmente bajo el mismo título el 13 de mayo de 2011 por PL.