La Habana (PL).- Hay en el mundo actual una confrontación entre dos modelos de agricultura: el convencional y el agroecológico, ambos con rumbos y fines diferentes. El primero representa las a zonas rurales, con árboles, campesinos, familias y comunidades que trabajan con la biodiversidad y producen alimentos sanos para poblaciones locales y nacionales, según Peter Rosset, experto e investigador de Vía Campesina, alianza global de organizaciones agrarias.

En entrevista con Prensa Latina, el especialista expuso que la agroecología es considerada por muchos la ciencia que estudia e intenta explicar el funcionamiento de las agroecosistemas. Para otros, agrega, el término alude los principios -y no recetas- de prácticas agronómicas que permiten producir alimentos y fibras sin agrotóxicos. “En ello las semillas son fundamentales, pero me refiero a las simientes criollas, que es necesario mejorarlas y conservarlas, y son las más adaptadas a cada realidad local”, sostiene.

De acuerdo con expertos, el uso contemporáneo de la palabra agroecología data de los años 70 de la anterior centuria, pero la ciencia y la práctica de esta disciplina son tan antiguas como los orígenes de la agricultura. Lo anterior quiere decir que existe una experiencia acumulada y una herencia agrícola con una visión más amplia, holística e integradora, que solo recientemente comenzó a tenerse en cuenta.

La percepción de que era posible aprender de los sistemas agrícolas tradicionales de los países en desarrollo, hizo que unos 10 años más tarde se despertara el interés en su estudio. Tiene lugar entonces el redescubrimiento de conocimientos y técnicas ensayadas y practicadas por muchas culturas durante años, lo que permitió que fueran identificadas como verdaderos ejemplos de agroecosistemas manejados con base agroecológica.

Los especialistas coinciden en que el saber resultante de todo ello contribuyó a la construcción del cuerpo de conocimientos teóricos y prácticos que sustentan hoy la ciencia de la Agroecología.

En América Latina el pensamiento sobre ese ámbito emergió a la sazón del contexto de las luchas de organizaciones campesinas, de las críticas realizadas por técnicos y académicos al modelo de agricultura industrial, y del desarrollo creciente de una conciencia pública ambiental. “En los últimos cinco años el movimiento relacionado con esa disciplina ha crecido mucho a nivel internacional”, asevera Rosset, quien comenta: “Hace una década pensábamos en el modelo convencional, pero hoy el análisis es diferente”.

Conflicto con el agronegocio

El conocido investigador de Vía Campesina considera que el agronegocio representa el afán desmedido de las multinacionales por alcanzar colosales ganancias a partir del dominio de investigaciones, tecnologías, producción y mercado de insumos y semillas para la agricultura. “Se trata de un paradigma que suscita creciente oposición en el orbe por sus efectos nocivos para el medio ambiente, y promueve los monocultivos extensivos e industrializados, con el uso de cantidades enormes de agrotóxicos y productos químicos (fertilizantes y herbicidas), los cuales dañan el ecosistema”, añade.

“Además, despierta no sólo la ira de ecologistas, que lo acusan de afectar el agrosistema, sino sobre todo de los pequeños campesinos, quienes se ven desplazados de sus tierras y arruinados por esa práctica”, explica Rosset, una autoridad en esta materia. En efecto, las 10 compañías más productoras de semillas controlan hoy más del 60% del volumen mundial, un mercado que comprende decenas de miles de millones de dólares anualmente. Tan sólo Estados Unidos, primer exportador de simientes, alcanza ventas estimadas en más de mil millones de dólares.

En las últimas décadas el mercado de semillas se ha triplicado y, además de Estados Unidos, figuran entre los principales productores China, Francia, Japón, Brasil, India y Alemania. Es una agricultura sin biodiversidad, para el mayor provecho de las corporaciones y las transnacionales, y rebasa el ámbito agrícola e invade el económico, social y cultural, y hasta afectivo de la sociedad humana.

“Pensamos que el agronegocio es uno de los principales responsables de la crisis alimentaria mundial, por introducir fondos especulativos en la producción y promover modelos que degradan los suelos, generan resistencia a los propios plaguicidas y finalmente erosionan la capacidad productiva de los agroecosistemas, todo con el interés de ganancias a corto plazo”, declara.

“Es importante revertir esos procesos de destrucción, y eso se logra sacando a las empresas transnacionales y a los fondos especulativos de la producción de alimentos. Si dependemos de los plaguicidas químicos y las semillas de las transnacionales”, acota el experto, “estamos trayendo el enemigo a la casa, a la parcela e introducimos con ello la destrucción económica de los suelos, la pérdida de nuestras tierras y nuestra ruina. Por ello, rechazamos el agronegocio y practicamos una agricultura sostenible, agroecológica y diversificada”.

Transacciones peligrosas

Las transacciones de grandes extensiones de tierras efectuadas en países subdesarrollados con compañías multinacionales, a menudo están muy lejos de beneficiar a las comunidades y población locales en el llamado Tercer Mundo. De hecho, constituye un mito el argumento de que existe gran cantidad de terrenos disponibles y en desuso esperando a que llegue a ellas el desarrollo, considera Oxfam Internacional, una confederación de Organizaciones No Gubernamentales (ONG) que trabaja por un mundo más justo y con presencia en más de 80 naciones.

Esta sostiene que la mayoría de las adquisiciones llevadas a cabo por las transnacionales del agronegocio tiene por objeto áreas agrícolas de calidad, sobre todo de regadío y con buen acceso a los mercados.

Lo que sabemos de su utilización anterior, y las imágenes satelitales lo demuestran, es que gran parte de esas tierras ya se empleaban en la agricultura a pequeña escala, el pastoreo y otros usos por las comunidades.

Según el propio Banco Mundial (BM), la propiedad de la mayoría -o todas- las áreas clasificadas como disponibles ha sido reclamada y está en litigio actualmente, por lo que las adquisiciones de extensas dimensiones suscitan por sí mismas conflictos con las comunidades desposeídas. La compra masiva y sin precedentes de grandes extensiones de tierra, por las empresas transnacionales y un grupo creciente de países ricos, amenaza la seguridad alimentaria y afecta a los agricultores de las naciones pobres, refiere Oxfam.

En efecto, se calcula que en la última década se vendió una superficie de terreno equivalente a ocho veces el tamaño del Reino Unido, en la medida en que tales adquisiciones se aceleran con rapidez.

Esa área podría alimentar a mil millones de personas, equivalente a la cantidad que se acuesta con hambre cada día, agregó.

Demasiado a menudo, denunció en un informe, los desalojos forzosos de los agricultores pobres son la consecuencia de estas transacciones de tierras, cada vez más habituales en los países subdesarrollados.

Mientras, las cotizaciones de los alimentos experimentaron con frecuencia grandes subidas en los últimos cuatro años, lo cual incrementó el interés por los terrenos, a medida que las naciones ricas intentan garantizar sus suministros alimentarios y los inversores perciben ese recurso natural como una buena apuesta a largo plazo.

De hecho, desde mediados de 2008 a 2009 la compraventa de áreas agrícolas realizadas por inversores extranjeros en los países del sur dispararon los precios en un 200 por ciento aproximadamente. En declaraciones exclusivas a Prensa Latina sobre esa temática, el representante de Oxfam Internacional en Cuba, Beat Schmid, aseguró que esta confederación respalda una mayor inversión en la agricultura y más apoyo a la que realizan los pequeños agricultores con su familia, lo cual no sólo es fundamental, sino algo que los países más pobres necesitan desesperadamente.

De los cerca de mil millones de hambrientos en el planeta, la mayoría vive en el campo y son pequeños productores, afirmó. Lo que estamos planteando es que con una inversión en esas familias se podría reducir sustancialmente ese flagelo, porque hay gente perfectamente capacitada para autoabastecerse pero hay que facilitarles algunas condiciones. Ello contrarrestaría la tendencia mundial de emigración hacia las ciudades e incrementaría la producción de comida, significó.

Sin embargo, la realidad es que muy pocas o casi ninguna de esas inversiones en tierras benefician a la población local o ayudan a luchar contra el hambre. Dos tercios de las compras de áreas productivas efectuadas por las grandes corporaciones y otros inversores foráneos tienen lugar en naciones donde el hambre es un serio problema.

Paradójicamente, sólo una mínima parte de ese valioso recurso adquirido está destinado a alimentar la población de dichos países o abastecer los mercados locales, tan necesitados de alimentos. En cambio, ese bien se deja de cultivar mientras los especuladores esperan a que aumente su valor para así obtener mayores ganancias con su venta, o bien se utiliza para cultivos de exportación, en muchos casos destinados a la producción de biocombustibles.

Cerca de un 60 por ciento de las inversiones de las transnacionales en tierras de los países del Sur tienen como objetivo exportar todo lo que cosechan en los terrenos que compran. África, donde en sólo una década esas grandes compañías, países ricos u otros con suficiente dinero y carentes de áreas cultivables han adquirido una superficie equivalente a la de Kenya, es el continente más perjudicado por esas compras masivas, aunque la situación no deja de ser similar en otras regiones del Sur.

Hay naciones donde más del 50 por ciento de la tierra cultivable se ha otorgado a empresas privadas, y se dan casos en los que el conflicto por ese recurso se ha saldado con no pocas víctimas mortales.

Frente a estas enormes adquisiciones de un bien tan necesario para la subsistencia humana como el suelo, es crucial que los actores internacionales (el BM, gobiernos y otros) con capacidad de influir en esa problemática, actúen a fin de garantizar que las personas que viven en la pobreza no se vean perjudicadas.

Según Oxfam, la tierra está sometida hoy a mucha presión, debido al cambio climático, el agotamiento de los recursos hídricos y las exigencias de la conservación. No debe olvidarse que a partir de ahora la demanda de áreas cultivables con fines económicos será cada vez mayor para producir biocombustibles, maderas y otros cultivos no alimentarios y la inversión especulativa.

Schmid valoró como ejemplo de buena práctica la política de Cuba relacionada con el uso de las tierras. Aquí hay un apoyo efectivo al pequeño productor agrícola y a su familia, que disfrutan de garantías en la explotación del terreno, tienen acceso a créditos y seguros, así como a asistencia técnica y un mercado estable, significó.

* Periodista de la redacción de Economía de Prensa Latina.