Los cronistas son testigos de su época, pero no son testigos neutros, por suerte. El autor de una crónica habla de sí mismo tanto como del tema que aborda, por muy ajeno que este sea. Las crónicas son siempre interesantes por lo que tienen de testimonio sobre el autor, es decir, porque reflejan su pensamiento más allá de la mera descripción de los hechos.

Como las crónicas se publican generalmente en diarios, suelen ser víctimas de la hojarasca. Por eso hay autores que las reúnen, las clasifican, y las publican en forma de libro para darles nueva vida. Hay incluso autores que las escriben con el propósito primigenio de que vean la luz en forma de libro, por lo cual cuidan más el estilo (como Galeano) y se cuidan de que los hechos sean descritos de tal modo que adquieren ciudadanía en la literatura y se despegan del mero recuento o de la descripción plana. La crónica trasciende en la medida en que su calidad literaria le permite elevarse por encima de lo anecdótico.

En su libro más reciente, Conjeturas, cien crónicas de nuestra época (2012), que se publica en Bolivia con el sello autorizado de l’Harmattan (una prestigiosa editorial francesa), Carlos Carrasco se libra al ejercicio de reunir 102 crónicas publicadas desde 2007 en un diario de circulación nacional. La mayoría corresponde a los años 2010, 2011 y 2012, aunque los temas tratados pueden pertenecer a otras épocas.

Unas más felices que otras, las crónicas de Carrasco, que en la mayoría de los casos son más bien artículos de opinión, abarcan temas muy diversos y en el libro han sido agrupadas en tres secciones: temas nacionales, temas internacionales, y crítica bibliográfica.

Las más interesantes ofrecen testimonios de primera mano y no simplemente descripciones carentes de un sello personal. El relato en primera persona le otorga un valor especial a circunstancias en las que Carrasco tuvo que ver directamente, como las gestiones diplomáticas con el presidente francés Jacques Chirac para lograr su apoyo en la batalla con la FIFA para que esta máxima instancia del fútbol internacional acepte el principio de que se pueden llevar a cabo partidos de campeonato en estadios a más de 2.500 metros de altitud sobre el nivel medio del mar.

Otros temas que atraen al lector por el relato en primera persona incluyen la descripción de su condiscípulo Mario Vargas Llosa en el colegio La Salle de Cochabamba, su presencia en el juicio de Carlos “el Chacal” en Francia, su papel de jefe de protocolo en la visita de Paz Estenssoro a Kennedy en 1963, su breve intercambio con el dictador tunecino Ben Alí, su encuentro con Muamar el Gadafi en Bengasi, su diálogo con Carlos Fuentes en París o su altercado con el capitán golpista Mathieu Kerekou en Cotonou y la noche con la “hermosa Shekouré” en Ganvié sobre las aguas del lago Nokoué.

El autor se compromete en términos afectivos y literarios más con unos temas que con otros, y la diferencia de calidad es clara a lo largo del libro. Por ello el lector disfruta más los textos de carácter testimonial que hacen alusión a episodios históricos sobre los que es gratificante conocer su mirada. El relato de cómo vivió Carlos Carrasco el golpe militar de 1980 cuando era ministro de Educación de la presidenta Lydia Gueiler Tejada, es mucho más interesante que la opinión del autor sobre los nuevos otomanos, el papa Pío XII o un millonario ruso encarcelado por corrupción y por sus veleidades políticas.

El epígrafe de Bertrand Russell que se refiere a un mundo donde los ignorantes están “completamente seguros” y los inteligentes “llenos de dudas”, así como la carta a manera de prólogo que escribe su amigo de muchos años Mariano Baptista Gumucio, sirven para situar el tono de los textos, escritos por alguien que ya está de vuelta en la vida, que ha vivido lo suficiente y se toma el tiempo para reflexionar sobre los hechos que le preocupan y las experiencias que ha vivido. El ejercicio no está exento de humor, que a veces se desliza sutilmente entrelíneas y a veces estalla en un comentario sarcástico.

El autor es un agudo observador del escenario internacional, gracias a la experiencia acumulada como diplomático y funcionario de Unesco, a su recorrido por un centenar de países, y al ejercicio académico que mantiene todavía en universidades de Francia y de Estados Unidos. Con frecuencia, su relectura de un hecho conocido le permite arrojar una nueva luz, gracias a su esmero en resaltar detalles que suelen pasar desapercibidos. En sus comentarios sarcásticos denuncia la hipocresía de las grandes potencias cuando miden con doble rasero a los países del sur, dependiendo de que tengan o no intereses económicos en ellos. Su memoria de largo alcance le permite introducir siempre una perspectiva histórica que vincula en el análisis hechos recientes con otros del pasado que la gente tiende a olvidar.

La tercera sección del libro, comentarios bibliográficos, es una de las más interesantes no solamente porque revela la amplitud de sus lecturas sino porque pone en relieve en los libros comentados, detalles que suelen pasar desapercibidos. Por lo general no ejerce sobre ellos una crítica literaria ni académica, sino que destaca lo que revelan entre líneas, haciendo énfasis en paradojas, anécdotas y relaciones entre personajes (con particular atención a la picaresca sexual de los dramatis personae) que nutren los entretelones de la historia con gran hache.