Quienes se encuentren todavía en su etapa de formación doctoral, habrán escuchado por activa y pasiva de la importancia curricular. Esto es, que más que aprender e implementar nuevos conocimientos académicos durante su formación, uno parece que debe preocuparse más por alargar y acrecentar su currículum académico tanto como le sea posible.

De este modo, la carrera académica se convierte en una suerte de carrera de obstáculos, sobre todo de tipo económico, donde el o la estudiante que más y mejor los sortee, [debería] merecer como ser el primero o primera; esto es, [debería] poder tener mejores perspectivas y oportunidades laborales dentro del ámbito académico. Esta necesidad curricular –se nos dice– forma parte de un proceso meritocrático, donde el o la mejor es quien demuestra una mayor participación en congresos científicos, entre otros méritos.

Podríamos acordar que esto es el discurso formal. En la práctica pero, en la mayoría de estamentos y departamentos universitarios, demostrar méritos científicos (entre ellos, muchos congresos) es condición necesaria –aunque, evidentemente, no suficiente– para acceder a cualquier tipo de relación contractual con la propia universidad. No obstante, mi pretensión no es enumerar y/o denunciar cada una de dichas condiciones suficientes. Y es que, de hecho, muchas de ellas –las realmente necesarias– poco tiene que ver con la pretendida meritocracia científica. Simplemente acordemos en decir que muchos de dichos requisitos pueden etiquetarse como “no formales”.

Pero, volvamos al tema que nos ocupaba: los congresos académicos. A la luz de esta realidad y con permiso de Bertolt Brecht, se puede decir lo siguiente: “Hay el estudiante que participa de un congreso, y es un buen estudiante. Hay el que va a varios, y es mejor. Pero existe el que va a todos, y ése es el imprescindible”. Y este es el fondo del asunto; a saber, la cantidad, que no la calidad, de la formación universitaria. En pro de esta “cantidad” formalmente necesaria se emplean, por lo pronto, innumerables horas de trabajo y una buena suma de dinero [tanto propio, como público] con el objetivo de presentar artículos que –debemos aceptar– las más de las veces ven sacrificada su calidad, originalidad y hasta su rigurosidad en favor de la imperiosa necesidad de publicar y publicar. ¡Cómo más específica sea la temática del congreso al que se asista, mucho mejor! Así parece que el mejor estudiante acaba por [tener que] ser el mayor especialista en su materia.

De entre todos estos contras destaca uno, al cual Jordi Mundó se refirió como “el particularismo epistémico y la fragmentación académica”. [1] De forma paradójica, mientras que por un lado se nos inculca el desideratum de la interdisciplinariedad académica, por el otro nos encontramos con un conocimiento científico altamente fragmentado, escindido en campos atomizados y estancos caracterizados como “súper especialidades” y reservados sólo para “súper especialistas”. Particularmente, la sociología que se practica e imparte en nuestras facultades tiene mucho que ver con esto. No obstante los sociólogos podemos estar tranquilos. Creo no equivocarme cuando digo que, en este triste camino, también nos acompañan el resto de ciencias sociales, por lo pronto, la antropología, la economía y la filosofía, entre otras.

Pero, ¡atención estudiante! Si has llegado leyendo hasta aquí, no desesperes. Aunque la existencia de este panorama es poco alentador –para llamarlo de algún modo– ya adelanto que esta pequeña crónica tiene un final feliz. Y es que de vez en cuando uno se encuentra con buenas experiencias que creo importante compartir. Una de ellas se dio entre el 8 y 11 de noviembre, cuando se celebró en Buenos Aires la XII Conferencia Internacional Karl Polanyi, llamada “Karl Polanyi y América Latina”.

Dicha conferencia se realiza aproximadamente cada dos años en una ciudad diferente del mundo y está organizada por el Karl Polanyi Institute of Political Economy de la Concordia University, conjuntamente con la entidad responsable de cada edición, en esta ocasión, la Universidad Nacional de General Sarmiento, auspiciada por el Consejo de Decanos de las Facultades de Ciencias Sociales y Humanas, el European Research Network (EMES), la Red de Investigadores Latinoamericanos de Economía Social y Solidaria (RILES) y el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

Ahora, el o la estudiante podría preguntar quién es Karl Polanyi. Aunque la cuestión debería conjugarse en pasado [quién era], esto no la invalida. ¿Cuántos de nosotros hemos oído a hablar de él durante nuestras carreras? Polanyi fue un estudioso de las ciencias sociales, sobre todo de la antropología económica, la sociología histórica y de la economía política, nacido en Viena en 1886 y muerto en Canadá en el 1964.

Su mayor obra (The Great Transformation, 1944) [2] tuvo poca repercusión en su momento ya que se vio eclipsada por la publicación del libro de Hayek (The Road to Serfdom) en el mismo año. Posteriormente su obra ganó una mayor fama y reconocimiento, pero nunca dejó de ser un autor poco conocido, y menos estimado, no sólo por autores, académicos y políticos pertenecientes a la tradición liberal, sino que tampoco lo fue –y esto es lo triste– por muchos pertenecientes a la izquierda política e intelectual. Dichas antipatías pudieron deberse a que fue un autor extraño tanto para unos, como para los otros.

Aunque se declaró socialista en varias ocasiones (“a un sistema político democrático le corresponde un sistema socialista de mercado”), la heterogeneidad de su obra y su crítico talante nunca lo acercaron demasiado ni al socialismo real ni al credo neoclásico de posguerra. Su trabajo analizaba las formas de incrustación (embeddedness) y desincrustación (desembeddedness) de la economía respecto de la esfera social, cultual, familiar y estatal de las comunidades humanas. Esto es, descubrir el estatuto de la economía en las sociedades complejas.

También realizó una excelente descripción de los procesos de desposesión comunales de siglo XVIII y mediados del XIX, y sobre todo, de cómo las lógicas del trabajo remunerado y la mercantilización fueron penetrando de forma incisiva en todos los ámbitos de la sociedad. Es por ello que Polanyi reaparece como un autor destacado y casi de referencia para los momentos actuales. Sus estudios ayudan a comprender, no sólo cómo fue la historia pasada, sino que también aportan poderosas herramientas analíticas e intelectuales para comprender los procesos de desposesión y acumulación actuales, esto es, la crisis financiera europea y el abandono de su modelo de “bienestar”.

No ha sido hasta muy recientemente, pero, cuando hemos asistido a un verdadero despertar del interés por su sugerente obra. Prueba de ellos es que año tras año, se escucha a hablar más de ella. Además, en la presente edición de la conferencia pudimos comprobar –con cierta simpatía– como este interés es compartido a lo largo y ancho de las ciencias sociales y además parece extenderse año tras año. De este modo, tanto economistas, como representantes de la antropología, la sociología, la historia y la filosofía de más de 20 países, nos dimos el gusto de poder participar en un congreso atípico. Atípico no por sus aspectos formales, logísticos u organizativos, sino más bien por el diverso y ecléctico elenco de disciplinas científicas allí representadas. Atípico también por los interesantes debates que ello suscitó. Y es que no es “típico” un congreso científico donde se discutan conceptos tales como: “lucha de clases”, “valor de uso y de cambio”, “dinero como relación de deuda”, “desposesión y acumulación”, “bienes comunes”, “economía social”, “cooperativismo”, etc.

Al representante del formalismo curricular esto le parecerá un embrollo, algo “poco científico”. Nada más lejos de la realidad. La verdadera interdisciplinariedad no tiene por qué estar necesariamente reñida con la rigurosidad y el buen hacer de la investigación social y creo que dicho congreso fue la prueba de ello. En general contó con este “buen hacer” de la ciencia clásica y en particular, de la buena economía política, ambas denostadas en el altar del pretendido “cientificismo” actualmente en boga en nuestras universidades. Desde mi punto de vista, la buena ciencia social es aquella que combina provechosamente todas sus disciplinas como la historia, la economía o la sociología, por citar sólo algunas.

Otro de los elementos interesantes del congreso fue la presencia de ponentes de diferentes edades, tanto jóvenes pre doctorales, como profesores e investigadores con una larga experiencia. Por ejemplo, contamos con la participación del sociólogo norte americano Fred Block, así como con la misma hija de Polanyi, Kari Polanyi Levitt, profesora de la Universidad McGill, quien presentó un nuevo libro de escritos inédito de Karl Polanyi. [3] Tanto Fred como Kari quisieron destacar la importancia de contextualizar siempre lo que uno lee. Esto es, conocer bien la realidad histórica, económica, social y política del entorno en el que nace un texto. Sin esto –nos dijeron– no se puede pretender entender correctamente dicha obra, y menos aún, captar la capacidad de interpretar el momento presente que ésta todavía pudiera contener.

En resumen, la lectura literal es poco o nada provechosa si no se comprende lo que “hay detrás” de ella. Acorde con esto, la mayoría de ponencias presentadas durante el congreso partían de esta misma premisa metodológica sin por ello renunciar a afrontar investigaciones y análisis bien pertinentes con la actualidad política y económica. Esto es lo bueno a destacar. Y es que casi 70 años después de la publicación de la obra maestra de Polanyi, ésta sigue alentando prolíficas e interesantísimas discusiones. Estas, hoy más que nunca, parecen cobrar una imperiosa relevancia, no sólo para el mundo de la investigación científico-académica, sino también (y sobretodo) para la organización y acción de la actividad política de todas las izquierdas actuales, calificadas por Polanyi como “el movimiento de auto defensa social”.

Para nuestro autor, la historia política y económica debe leerse como el juego e interacción constante entre dos grandes sectores o movimientos. Por un lado, el movimiento que aboga para que el “mercado auto-regulado” sea la institución que rija las directrices y parámetros básicos de organización social. Este movimiento suele entender la economía y el funcionamiento de los mercados –y, por consecuencia, a buena parte de la realidad– desde un punto de vista puramente formal. Acostumbra a estar encabezado por grupos de grandes propietarios y sectores rentistas y suele preocuparse poco por extender la libertad real y el sistema democrático al conjunto de la ciudadanía.

Por el otro lado, la humanidad encarna históricamente grandes y complejos movimientos de “protección” o de “auto defensa”. Esto es, heterogéneos movimientos populares que entienden la economía desde su realidad sustantiva, es decir, como lo ha sido históricamente; una actividad social más que permanecía totalmente permeable y acoplada a las múltiples esferas que componen una sociedad: la familiar, la política, la cultural, la religiosa, etc.

No es hasta a partir de 1840 –dice Polanyi– cuando se puede hablar seriamente del proyecto del “mercado auto regulado” hegemónico. Para él, dicho intento tuvo como consecuencia las dos grandes guerras mundiales y el horror del nazismo y el fascismo europeos. Así, tanto el movimiento de “defensa” como el del “mercado auto regulado” –como bien relata a lo largo de su obra– siempre han intervenido políticamente en la economía y el funcionamiento del mercado. Por todo ello defendió incansablemente lo utópico de creer en un sistema de mercado de estas características ya que “en realidad, el libre mercado no ha existido nunca”.

En resumen, su teoría del Doble Movimiento se antoja como una sugerente forma de entender dialécticamente la historia política y económica, en la que no cabe dogmatismo alguno (ni político, ni científico), donde la necesidad de contrastación empírica es constante, donde el dato histórico importa y donde las palabras y el lenguaje tienen un valor. Sin mucho temor a equivocarme, pienso y defiendo que esta es una forma muy válida y honesta de aproximare a la realidad social y creo sinceramente que esta edición del Congreso tuvo mucho de esto.

Cabe añadir que éste se realizó gracias al esfuerzo inestimable de los y las estudiantes de la Maestría de Economía Social y Cooperativa impartido en la misma Universidad Nacional de General Sarmiento. También gracias al trabajo de todo su equipo docente e investigador, destacando su coordinador, José Luís Coraggio, así como evidentemente al Karl Polanyi Institute of Political Economy de la Concordia University, representado por las profesoras Kari Polanyi y Margie Mendel.

Lamentablemente, pero, el XII Congreso Internacional Karl Polanyi no contó con la publicidad que hubiera merecido en Argentina, ni mucho menos a nivel académico internacional. Tampoco disfrutó de grandes mecenazgos ni de abundantes fondos para costear viajes, dietas o lujosos recintos para sus participantes. Aun así, tanto el estudiante como el investigador perezosos y sabelotodos –aunque sólo buscaran méritos curriculares– podrían haber disfrutado de tres días de buena y rigurosa ciencia. Ya ven, pues. ¡En un congreso atípico se habla de cosas atípicas! Aunque no por ello menos interesantes ni menos necesarias, más aún si lo que queremos es entender algo de lo que realmente pasa en el mundo y, de paso, que ello nos sirva para mejorarlo. Ni que sea un poco.

Notas:

1. Jordi Mundó: “Particularismo epistémico, fragmentación académica e interdisciplinariedad”. Ludus Vitalis, vol. XIX, num. 35, 2011, pp. 245-248.

2. Existe versión en castellano: La gran transformación. Crítica del liberalismo económico, (1989) (trad. castellana de J. Varela y F. Álvarez-Uría), Las Ediciones de la Piqueta: Madrid.

3. Karl Polanyi. Textos escogidos, (2012), Universidad Nacional de General Sarmiento y CLACSO. Argentina: Buenos Aires.

* Diseñador gráfico y activista social. También es estudiante de doctorado de sociología. Fuente: www.sinpermiso.info, 2 de diciembre de 2012.