La Habana.- Incitante y provocativo, el perfume nació en la antigüedad remota trayendo consigo una doble función en apariencia antagónica: enmascarar los malos olores y estimular las más recónditas zonas de la sensualidad y el olfato. Su nacimiento está aparejado a la alquimia secreta de los embalsamadores, afanados en perpetuar para la posteridad a los personajes egregios, perturbándole el paso a la fetidez natural del cuerpo en derrumbe, durante el proceso de momificar los cadáveres.

Consustancial a la naturaleza humana, con similar eficacia sirvió a los rituales religiosos, a la ofrenda a los dioses -para aplacarlos o ganar su benevolencia- y a la embriaguez de los sentidos en el diálogo amoroso, íntimo, entre los amantes.

Desde su salida al mundo, el perfume halló cabida en la literatura. Los eruditos fijan su primera huella impresa en el Cantar de los cantares, del rey Salomón, unos mil años antes de nuestra era. Pero fue Patrick Suskind quien lo consagró con un libro de título elocuente y sintético, compuesto con las tres sílabas de la palabra que lo nombra, precedidas del artículo El. No hizo falta más nada.

Calificado por algunos de filtro erótico prometedor de voluptuosidades y éxtasis, como una feromona -aunque sintética- al rojo vivo, la fallecida actriz Marilyn Monroe lo usó con premeditación y una intuición equivalente a un flechazo artero. Sin proponérselo quizás le dio un espaldarazo a favor del marketing y la publicidad, a mediados del pasado siglo, cuando afirmó con un aire de equívoca ingenuidad: solo uso, como camisón de dormir, unas gotas de Chanel número cinco.

Muchos sostienen que la frase, reproducida en todos los idiomas, no fue más que un complot bien urdido entre ella y la astuta Coco Chanel, una de las zarinas de la moda, dueña de un instinto comercial infalible. En el perfume intervienen aceites vegetales de amplio registro -flores, hojas, frutas, cortezas, raíces y especies-, minerales como el petróleo y el sulfuro de hidrógenos, cuya misión es preservarlos, y las grasas animales que los fijan y les otorgan persistencia, dotadas además, según consenso, de poderes afrodisíacos.

Como complemento el agua, para darle volumen y hacerlo asequible al poder adquisitivo de amplias mayorías. Y un último elemento, el alcohol, que lo expande y lo libera de la materia terrenal de la cual surge, le da alas, lo echa a volar, y envuelve en una aureola que precede, escolta y prolonga la presencia de quien lo lleva. Fue el italiano Mauricio Frangipiani quien logró, en el siglo XVI, el milagro de volverlo etéreo.

Los cubanos usan el perfume con profusión. En la década del 60 cuando el Gobierno de Estados Unidos desato el bloqueo económico contra la isla, la inventiva popular echó a andar. Las mujeres recurrieron al vetiver, la albahaca o el romero para perfumar la ropa de cama, como lo hacían antaño sus tatarabuelas; al jazmín del Cabo, la mariposa -flor nacional- los pétalos de rosa, la azucena e incluso el galán de noche, demasiado dulzón, para introducirlos en lo profundo de sus escotes e impregnarse de su aroma.

Después llegaron otros, en una escala de aceptación del 1 al 10, encabezados durante mucho tiempo por la infaltable colonia Fiesta, seguida de aguas de tocador como Profecia, Toqui, y otras de allende los mares como las esencias búlgaras de rosa -siempre preferidas- y alguna demasiado pesadas, en términos perfumísticos, creadas para climas distintos pero abrumadoras en el Caribe candente.

Hoy, en la vieja Habana, abre sus puertas una tienda-taller en la que perfumistas diestros mezclan, a gusto del consumidor, sustancias elegidas a voluntad para individualizar su perfume, amén de crear otras fragancias entre las que cada quien puede escoger a su antojo.

Nacido para quedarse, Suskind lo llega a comparar en su libro a las grandes hazañas de la humanidad como “la geometría euclidiana, la transformación de las uvas en vino por los macedonios o el invento de la escritura por los asirios”.

Tiene también un invencible poder evocador de atmósferas, épocas, personas. En el caso de estas últimas porque -pese a ser la misma- cada fragancia incorpora un aroma distinto cuando entra en contacto con la química individual de la piel humana. Según atestiguan los investigadores, el olfato puede atrapar una gama infinita de olores, aun cuando el lenguaje carece de palabras para nombrarlos.

Por lo pronto puede ser una fuente inspiradora de su dimensión literaria. Ahí están las musas para probarlo. Es capaz de competir con el sabor de esa magdalena remojada en el té mañanero que lanzó a Marcel Proust en un viaje interminable en busca del tiempo perdido.

* Periodista de Prensa Latina.