En estos días me enviaron un video con declaraciones de un astronauta ruso respecto a sus experiencias en la atmósfera, en el espacio extraterrestre. Lo primero que destaca es la consabida represión o censura sicológica. Esas experiencias no podían hacerse públicas, solo se compartían con la gente íntima pues los médicos y sicólogos oficiales, las trataban como simples alucinaciones y de insistir eras tratado como un loquito cualquiera.

Al irse alejando del planeta y percibirlo desde fuera, abarcándolo con la mirada, se perdían inmediatamente las referencias de divisiones y diferencias, todo ello perdía carga emocional y sentido. En la silenciosa inmensidad del espacio exterior, las emociones se expandían ilimitadamente convirtiéndose en algo que solo podía llamarse amor, sentimiento religioso. Amor por la Tierra tu hogar, amor por el ser humano tu congénere, unidad de la vida, de todo lo existente.

También la memoria se ampliaba y perdía sus limitaciones habituales. Era una experiencia común que los astronatuas se soñaran en la época de los dinosaurios, que sintieran emociones primitivas. Lo cual alude a una diferente movilidad y emplazamiento de la imagen en el horizonte temporal. Se alteraba e invertía la estructura habitual de los sentidos. Podían sentir que viajaban de cabeza pese a que por los instrumentos sabían que no era así.

Aunque no resulte fácil establecer la comparación, estas circunstancias tienen mucha similitud con la época que vivimos. En realidad con cualquier época en que se produce un intento más o menos conciente de cambiar nuestras formas de vida. ¿O acaso no luchamos por sacudirnos el vestido de un pasado heredado, demasiado estrecho e insatisfactorio ya, para ganar la capacidad de sentir, de vivir algo nuevo, más satisfactorio, expansivo?

Eso sucede necesariamente en toda etapa de trancisión. Se cuestiona todo el conocimiento heredado desde su utilidad para la vida, para una sensibilidad renovada que experimenta también nuevas necesidades. Si no se produjese esa alteración íntima de la sensibilidad no habría insatisfacción ni deseos de cambio. No habría un punto de vista, una mirada que se diferenciara de la experiencia habitual y comenzara a buscar, a concebir nuevas posibilidades.

Al que le interese el tema, puede leer desde este enfoque la abundante información disponible de la transición Medioevo-Renacimiento. Pero no está demás considerar que infinidad de imperios y civilizaciones se desmoronaron. Hoy sabemos que tras toda organización social hay un modelo, una concepción, una humana construcción mental que necesariamente se desgasta, lleva implícitos sus propios límites y por ende su desorden interno.

Lo distinto es que hoy comenzamos a reconocer que a diferencia de lo natural, lo humano es intencional. Una cosa es que “nos suceda” el fin de un ciclo, que lo experimentemos como sufrientes víctimas pasivas. Otra cosa es que experimentemos y reconozcamos la renovación de la sensibilidad que llamamos vientos de cambio, que perfumó la brisa de nuestro escenario planetario con tanta fuerza en los coloridos eventos de los 60‘.

En Venezuela, por ejemplo, en 1999 el presidente Chávez lanzó la iniciativa constituyente para dar forma, para darnos una nueva constitución que fue aprobada por abrumadora mayoría por primera vez en referendo popular. Esa no es una inciativa nueva, la concepción democrática tiene miles de años. El poder reside en el pueblo, el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Fue el fruto de una nueva sensibilidad que concibió y puso al ser humano en el centro del universo.

Nada por encima del ser humano. Ningún ser humano por encima de otro ser humano. Pero esta nueva concepción, esta nueva forma de sentirse y pensarse del ser humano, como tantas otras estaba llena de polvo en los anaqueles de la historia, dormía el sueño del tiempo esperando el momento apropiado. Cuando por acumulación de experiencia y conocimiento se produjo la voluntad necesaria, sacudiéndose el polvo vino a ser transfigurada en el mundo de todos los días.

La asamblea constituyente no es solo para hacer una nueva constitución. El poder constituyente está continuamente convocado, un vez que lo despiertas ya no puedes mandarlo a dormir nuevamente. El colectivo puede decidir cómo y cuando cambiar sus reglas de juego, legislar cada vez que lo considere necesario. Es así y entonces que el poder participativo y protagónico se convierte en el nuevo actor de lo cotidiano.

Y por supuesto al igual que en tiempos de la inquisición, se desataron todos los demonios del pasado y liberándose de sus panteones vinieron a convertir el mundo una vez más en su hogar, es decir en el infierno. ¿Por qué? Mira a tu alrededor y dime que rincón del mundo es ajeno al conflicto. Dime dónde te puedes esconder para ponerte a salvo del cambio. Eso nos dice que un modelo, una concepción de organización social se desgastó y agotó.

Por tanto se genera creciente desorden interno de los hábitos y creencias de una época, creciente inestabilidad e incertidumbre de dirección o rumbo conductual. ¿Qué hacemos ahora, para dónde vamos, que dirección le damos a nuestras conductas? Eso nos pone en circunstancias y ante la exigencia de concebir modelos alternativos, coherentes con la nueva sensibilidad y necesidades de nuestro momento histórico.

Nos obliga a preguntarnos, ¿somos simples herramientas, vehículos de transmisión pasiva de la cultura heredada de generación en generación? ¿O tenemos la capacidad de tomar conciencia de lo que hacemos y convertir la cultura, la educación y la comunicación en herramientas transformadoras del mundo? Como en el caso de la constitución tenemos que preguntarnos, ¿es la obra más que el artista, es la constitución más que aquél que la concibe?

Eso nos habla de dos estados de la conciencia que por supuesto se expresan también en diferentes culturas, economías, formas de vida. Para un estado de conciencia reina el dogma, las cosas son como los dioses las crearon y el ser humano ha de someterse a ese orden natural e histórico, obedecer sin cuestionar. Esa es la naturalización de lo humano, de lo intencional. Ese orden reinaba en el medioevo.

El ser humano caminaba desde el pecado de Adán y Eva hacia el juicio final, lo que hiciera o dejara de hacer no tenía ningún valor ni importancia. Su accionar, su experiencia y conocimiento acumulado generacionalmente no hacía diferencias. No había evolución posible por lenta que fuera. Tus intenciones y acciones no tenían valor alguno, no generaban consecuencias. Por tanto no había modo de aprender, el equivocarse o acertar daba lo mismo.

Hoy la diosa razón se ha convertido en la vedet de nuestro escenario y todo ese modo analógico, asociativo de pensar nos resulta extraño, incomprensible. Sin embargo, pese a que los dioses ya no pasean por el mundo tan a menudo como solían, todavía andan rondando por allí fantasmales leyes de mercado que sugestionan a las conciencias crédulas tanto como los aparatos de TV y las pantallas de cine, sus héroes y heroínas.

Todavía nos cuesta mucho aceptar que no hay acción sin consecuencia práctica, que las acciones repetidas en una dirección se acumulan, pesan, generan inercias, tendencias. Que tras toda dirección de acción hay modelos, valores colectivos que las motivan y guían. Que a cierto nivel de acumulación de memoria, esos modelos se aceleran camino de la revolución. ¿No estamos viviendo acaso la revolución económica y cultural de nuestro modelo?

¿No se ha acelerado y transfigurado el mundo de nuestros ancestros en solo 50 años hasta volverse casi irreconocible para una misma generación? Entonces, ¿somos o no somos responsables? ¿Aprendemos o no de nuestras experiencias? ¿Tienen o no consecuencias nuestras intenciones y hechos? Si somos coherentes no nos queda sino aceptar que todo lo que sucede es consecuencia inevitable de lo que hacemos personal y colectiva, acumulativamente.

Estamos en plena revolución, somos sus gestores, sus actores, sus protagonistas. De nada nos sirve mirar a los lados buscando culpables ni a las alturas a ver si los dioses deciden aparecer nuevamente. ¿Recuerdan? Nada por encima del hombre, ningún hombre por encima de otro hombre. Si a alguna dirección hemos de darle prioridad, es al reconocer que la inercia de lo hecho pesa, dificulta dar pasos en una nueva dirección.

Si con algo tropiezan los intentos es con sus propios hábitos. Decides ir en una dirección, pero resulta que como caballo viejo terminas yendo pa´ la querencia, para donde te lleva la inercia de tus hábitos. Por eso toda nueva intención requiere de un atento proceso de aprendizaje. No hay modo de traer a ser nuevas direcciones de acción en el mundo, sin recorrer el caminito de los aciertos y errores.

En todo caso, si bien la TV puede convertir las conciencias sugestionables en vehículos de su publicidad, de su educación de la atención, también puede ser convertida en herramienta de educación de la conciencia para transformar la realidad. Si quieres asistir a la muerte de un viejo sueño en primera fila, te invito a presenciar las próximas elecciones regionales de Venezuela. En 14 años de intento las viejas formas jerárquicas no han podido con la nueva sensibilidad.

Por el contrario en las filas de la oposición a lo nuevo, comienzan a despertar de su sueño las conciencias sugestionadas y a reconocer donde está lo nuevo, pasándose a sus filas sin ruborizarse, declarándolo públicamente. Tanto entre los simples votantes como en los participantes de los diferentes partidos, lo protagónico e inclusivo demuestra tener más fuerza, estar más sintonizado con los nuevos tiempos que los viejos sistemas de intereses.

Somos seres humanos que construimos con fe en el futuro nuevas formas de vida en medio del bullicio cotidiano, somos animales políticos como a algunos les gusta llamarnos. Pero también somos astronautas que viajamos en nuestra nave planetaria por una inmensidad poblada de incalculables estrellas, en medio de un silencio que impone reverente recogimiento. Tal vez algún día reconozcamos maravillados que nuestro corazón pulsa al unísono con el universo.