El pasado mes de agosto, celebramos el 50 aniversario de fundación de la Conferencia Episcopal Boliviana (CEB) y nuestros primeros sentimientos son de agradecimiento a Dios por la experiencia de estos largos años de servicio a la Iglesia y a la sociedad Boliviana, bendecidos por el Señor con innumerables muestras de su amor providente. Esta conmemoración coincide felizmente con la celebración de cinco décadas del Concilio Vaticano II, gran impulsor de la colegialidad episcopal. El Concilio ha sido un nuevo Pentecostés, el punto constante de referencia del caminar de nuestra Iglesia, en comunión con las Iglesias hermanas de América Latina y el mundo entero.

Animación pastoral de la Iglesia en Bolivia

“Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo”. (Mt 28, 20b)

En esa nueva perspectiva, los Obispos de Bolivia, reunidos en la Conferencia Episcopal, hemos encarado decididamente, a lo largo de este tiempo, el desafío de la transformación de nuestra Iglesia de cara a una mayor fidelidad al Evangelio y apertura al mundo y a la sociedad. La colegialidad entre los obispos, la corresponsabilidad eclesial de todos los sectores de la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios, la implementación de nuevas estructuras pastorales y eclesiales, la multiplicación de obras solidarias, la participación activa de los laicos, el mayor apoyo a la formación de todos sus miembros, la presencia en la vida de todo el país, son signo de una comunidad que, impulsada por el Espíritu del Señor, ha buscado renovarse y fortalecerse al servicio de la Evangelización y en su testimonio por el Reino de Dios en Bolivia.

Recordamos la búsqueda colegial de objetivos pastorales comunes que han orientado el caminar de nuestras Iglesias locales, en especial a través de los diferentes “Enfoques y directrices pastorales”. Los hemos elaborado juntos para responder a los desafíos de una realidad cambiante que nos interpelaba y que íbamos descubriendo a la luz del Evangelio.

En profunda sintonía con las Iglesia en América Latina hemos realizado importantes aportes a las diferentes Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano y Caribeño, esfuerzo que ha ido enriqueciendo nuestro común caminar eclesial. Un hito particularmente importante en la vida e historia de nuestra Iglesia, y del que conservamos un entrañable recuerdo, ha constituido el proceso de preparación, acogida y frutos pastorales de la visita a nuestro país del Papa Juan Pablo II, en 1988.

En fidelidad a nuestra misión de pastores nos hemos preocupado de impulsar y animar innumerables iniciativas pastorales: catequesis, liturgia, animación bíblica, compromiso misionero, Comunidades Eclesiales de Base, familias y jóvenes, vida religiosa, sacerdotal y laical, renovación de las parroquias, educación, Pastoral Social-Cáritas, movilidad humana y carcelaria, salud, comunicación social y nuevas tecnologías, acompañamiento a los seminarios, a los sectores del pueblo de Dios, a los hermanos separados, siempre con el objetivo de lograr una Iglesia más evangelizadora en consonancia con la Nueva Evangelización y, en los últimos años, con la Misión Permanente.

Por otro lado, hemos logrado mejorar nuestra organización al servicio de las iglesias locales y seguimos comprometidos en un proceso de conversión y renovación de las estructuras pastorales de nuestras iglesias y de la propia Conferencia Episcopal.

Mirada a los signos de los tiempos y misión profética

En estos 50 años hay que resaltar que la CEB, aún con sus limitaciones, buscó tener una mirada atenta a los signos de los tiempos en el país, reflexionó e iluminó, emitiendo sus mensajes de orientación para los católicos y personas de buena voluntad, acerca de lo que se vivía en el país, motivando la solidaridad, la esperanza y, cuando las circunstancias lo requerían, haciendo resonar su palabra profética y cuestionadora. A la luz del Evangelio nos hemos referido también a problemas sociales y políticos en sus implicancias éticas y morales, provocando, en algunas ocasiones, reacciones contrarias y hasta ataques de las esferas de poder. Hemos sido conscientes de que la fidelidad al Evangelio y la solidaridad con los sectores más pobres y vulnerables del país, exigía proclamar un mensaje en defensa de la vida y la dignidad de toda persona humana, en todos los momentos y ámbitos de su existencia, recalcando los auténticos valores humanos y cristianos.

La CEB durante todo este tiempo ha servido con disponibilidad a nuestra sociedad en los muchos momentos de conflictos que han marcado la historia de nuestro país, condenando la violencia en cualquiera de sus formas, sea la del Estado o la proveniente de la propia sociedad, asumiendo la defensa de los derechos humanos y la promoción de la cultura de paz y solidaridad. Cuando sectores enfrentados lo solicitaban, la CEB ha aceptado facilitar el diálogo con el fin de lograr el entendimiento y la reconciliación, para superar pacíficamente los problemas, tanto durante las dictaduras como en épocas democráticas. Este último aspecto ha ido cambiando en la medida en que la propia sociedad civil y política se ha ido dotando de una mayor aunque siempre inacabada institucionalidad. Es importante también destacar durante este tiempo los esfuerzos realizados en la formación e líderes y en la defensa de los derechos institucionales.

En distintas coyunturas de crisis social y económica o de desastres naturales ha estado presente comprometiendo su esfuerzo en solidaridad con los pobres y necesitados, denunciando las estructuras injustas generadoras de marginación y exclusión en la sociedad.

El actual momento histórico

Al ingresar Bolivia en una inédita etapa de la vida democrática, caracterizada por un proceso de cambio social, político y cultural que se propone implementar una nueva Constitución Política del Estado, la CEB ha estado y está presente con su palabra orientadora que brota del Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia.

En el ámbito de la realidad pluricultural de nuestro país, nuestra labor ha procurado poner la levadura de Cristo y del Reino de Dios en la masa de las culturas originarias de nuestro país, generando valores morales fundamentales, expresiones artísticas excelentes y estilos de vida ejemplares. En este proceso se ha ido comprendiendo paulatinamente que el trabajo de inculturación del mensaje de Cristo en la espiritualidad de los pueblos indígenas, no significa tanto reemplazar sus valores por otros, sino entenderlo e iluminarlos desde el lenguaje de Pentecostés, comprendido por todos y fuente de conversión y paz.

En las últimas décadas nos hemos visto desafiados por los impresionantes cambios de alcance global que se han ido produciendo en el mundo y que han llegado con fuerza también en nuestra sociedad, en el campo de los medios de comunicación, de los descubrimientos científicos, de !a revolución tecnológica y social, que han requerido una reflexión particular para ofrecer una palabra iluminadora sobre las consecuencias éticas y morales de los nuevos fenómenos en la vida personal y de los variados sectores de la sociedad. Son los temas desafiantes de la bioética, las nuevas concepciones de la libertad, la familia, la ética sexual, la individualidad, la cultura digital y el espacio cibernético, el consumismo, el relativismo y el subjetivismo.

Hoy vivimos con esperanza los anhelos de renovación de nuestro pueblo que para ser auténtica ha de impregnarse totalmente de los valores del Evangelio, al mismo tiempo que sentimos que no podemos cerrar los ojos ni callar nuestra voz ante los graves problemas que amenazan a nuestro país como la corrupción, la inseguridad ciudadana, el crecimiento del narcotráfico y una pobreza persistente.

Mirada agradecida a la historia

En esta misión de pastores hemos asumido, entre luces y sombras, la responsabilidad de caminar con el Pueblo de Dios en las transformaciones que se han ido dando en la historia de nuestro país, procurando ser fieles al Evangelio y, al mismo tiempo, atentos a los signos de los tiempos y a las necesidades de los más pobres y necesitados, confiados en la Palabra de Jesús que nos dice: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 18, 29)

Damos gracias a Dios por estos años en los que hemos ido experimentado la fraternidad, respeto mutuo, acogida y solidaridad entre Obispos, como testimonio de unidad y comunión eclesial, ayudándonos mutuamente a cumplir mejor con nuestra misión de evangelizadores, sucesores de los apóstoles en las Iglesias locales a las que nos ha enviado el Señor a servir, y colegialmente a toda la Iglesia en Bolivia.

Si nos llena de gozo mirar el camino recorrido, gracias a la entrega generosa de tantos hermanos obispos que nos han precedido, nos damos cuenta lo mucho que queda por hacer hoy y en el futuro. El Señor nos llama y envía a anunciar a “tiempo y destiempo” el Evangelio de la Vida, del Amor y de la Esperanza.

Depositamos nuestra historia y un renovado empeño de servicio en las manos de Nuestra Madre, la Virgen María, venerada por nuestro pueblo en innumerables advocaciones, para que bajo su intercesión sigamos adelante como discípulos misioneros fieles al servicio de la instauración del Reino de Dios en Bolivia.

Los Obispos de Bolivia, en los 50 años de la Conferencia Episcopal Boliviana Cochabamba, Noviembre de 2012.