En perspectiva, tanto la Guerra del agua del año 2000, como la Guerra del gas del año 2003, mostraron la vigencia de las luchas por la nacionalización de los excedentes económicos contra el poder transnacional como el único medio serio de salvaguardar la existencia nacional y las condiciones básicas del desarrollo de la nación.

La respuesta del poder petrolero a la movilización del pueblo en defensa del gas fue contundente: 67 muertos en total y más de 500 heridos. La masacre del gas se conectó a las masacres de Catavi, San Juan y Amayapampa. La última perpetrada por Sánchez de Lozada en su primer gobierno (1993-1997).

La explicación de la ferocidad con la que actuó el gobierno asesino de Sánchez de Lozada hay que encontrarla en el poder transnacional y en los importantes intereses que se tejieron alrededor de Ia riqueza del gas. Es decir, si bien Sánchez de Lozada y Sánchez Berzaín fueron crueles asesinos -que deben ser juzgados como tales- cuando asesinaron Io hicieron obedeciendo a un régimen de gobierno que expresó los intereses transnacionales y de un sector minoritario de la sociedad boliviana sin ética, sin honor y sin patria.

En octubre, el pueblo boliviano recompuso el bloque histórico triunfante de 1952 y 1979 contra el superestado petrolero. Esa unidad ya se vislumbró en abril del año 2000, cuando obreros, campesinos y clases medias se enfrentaron al esquema de la capitalización del agua en el gobierno de Banzer.

Los planteamientos étnicos y corporativos de una parte dirigencial e intelectual del movimiento aymara que hablaban de una “nación aymara” excluyente, quedaron rezagados por la fuerza de los hechos. Los indígenas movilizados en octubre, desplegaron una interpelación nacional, desde los indígenas, para toda la nación boliviana. Fue el programa de Amaru en acción.

En suma, la guerra del gas fue la tesis que expresó el verdadero pensamiento del pueblo articulando campo y ciudad por encima de las diferencias en un sólo frente incontenible contra el Estado transnacional. La unión campo-ciudad, fue

expresión de la superación de la desconfianza y del odio incubado por el poder que separó arteramente la nación en “dos, tres o cuatro Bolivias”, “nación camba”, “nación chapaca”, “nación aymara”- que la terminó limitando en su proyección. Se trató de una articulación lúcida, que combinó las luchas coloniales con las luchas antiimperialistas.

La insurrección de octubre, expresó la emergencia de un nuevo nacionalismo encarnado en las naciones originarias, obreros y clases empobrecidas que impidió la exportación del gas a través de un puerto chileno, pidió la industrialización del gas en territorio boliviano y, sobre todo, exigió la nacionalización del excedente económico de este recurso, transferido dolosamente a Ias empresas petroleras transnacionales.

En su plexo geopolítico, octubre cuestionó la estructura continental de dominación imperial, pues al inviabilizar el esquema neoliberal en el país, demostraba la inviabilidad de este modelo impuesto en Latinoamérica. En ese sentido, Bolivia se constituyó en la cabeza política de los países del continente al propugnar cambios en la correlación de fuerzas entre los países explotados y la metrópoli explotadora. En este marco se explicó la idea de una intervención militar externa al país que junto a la “desmembración territorial”, se constituyeron en dos mecanismos ideológicos dirigidos a detener el proceso de radicalización política del pueblo en torno a la nacionalización del poder y la economía en Bolivia.

En suma, la denominada Guerra del gas de octubre de 2003 en su despliegue, puso en crisis el Estado transnacional, las mediaciones partidarias liberales y la llamada democracia pactada y representativa y constituyó un nuevo proyecto político nacional y popular orientado a reformular los términos del poder en Bolivia a partir de la nacionalización del gas.

A manera de conclusión

El año 2003, la posición Sánchez de Lozada de impulsar la exportación de gas aplicando una política autoritaria y colonial a favor de potencias extranjeras generó la rearticulación más importante de lo nacional en la Guerra del gas.

La Guerra del gas, que tuvo su punto de partida en la denominada Guerra del agua, que fue eminentemente urbana y en las Jornadas de septiembre del mismo año que fue rural, sintetizó abril y septiembre y en su densidad involucró a las clases nacionales fundamentales de la nación boliviana. Los planteamientos étnicos de una parte de la dirigencia aymara quedaron rezagados por la fuerza de los hechos. Los indígenas movilizados desplegaron una interpelación para toda la nación boliviana.

La Guerra del gas en su despliegue dejó convertido en mil pedazos el Estado y las mediaciones partidarias liberales y constituyó un nuevo proyecto nacional y popular.

Octubre no se limitó a pergeñar un conjunto de medidas o a una “agenda” para regatearle al Estado “derechos”, sino que conformó un proyecto político orientado a reformular los términos del poder en Bolivia, a partir de la nacionalización del gas. Un proyecto nacionalizador por doble partida: nacionalización de los recursos naturales y nacionalización del Estado oligárquico y transnacionalizado.

En síntesis, con la Guerra del gas del año 2003 se inició un enfrentamiento de vasto alcance entre la nación boliviana reconstituida y el imperialismo por el excedente económico del gas.

* Extracto del libro La Guerra del Gas de Mirko Orgáz García.