El periodismo de la excelencia hace tiempo que no se encuentra en los diarios; en las redacciones de los periódicos se vive hoy un entorno de peloterismo salvaje; en el diario El País, periodistas bien formados y con capacidad crítica para oponerse al sistema serán despedidos y sustituidos por gente dócil, absorbida por el sistema y dispuesta a hacer de todo por 800 euros, afirmó la reconocida escritora y veterana periodista Maruja Torres en el acto de inauguración de curso de la Facultad de Comunicación de la UAB el pasado 9 de octubre.

“Soy Maruja Torres, tengo 69 años y 48 de profesión, y mucha mala leche”. Así se presenta ante cientos de estudiantes de periodismo la Maru en guerra, la ganadora del premio Planeta y Nadal, la escritora de bandera, la mujer periodista recordada como un mito por su valentía hombruna y por su saque alcohólico por los pocos periodistas que aún quedan en la redacción de El País; querida, asimismo, por su inquebrantable solidaridad con el débil, y valorada por su ojo infalible para la crónica y el reportaje, géneros que siempre ha practicado con una prosa viva y precisa, próxima, chispeante, imaginativa (como cuando bautizó a la zagala de la dinastía de Rocío Jurado como Roci-Hito o cuando habla, hoy mismo, de Soraya SS).

Cuando oyen “mala leche” los estudiantes se arrebujan y murmuran cabeceando en sus asientos del aula magna de la Facultad de Comunicación porque vienen con ganas de juerga.

“Pero hoy es un día triste para las libertades en este país”, prosigue Maruja, con rostro serio. Es, efectivamente, el día del ERE en su periódico de toda la vida, El País. “Hoy 138 periodistas bien formados y que saben de lo que hablan, con capacidad crítica para oponerse al sistema, serán despedidos y sustituidos por gente dócil, absorbida por el sistema desde el inicio y dispuesta a hacer de todo por 800 euros”.

Desde ese periódico, hoy deshinchado y desleído, Maruja tuvo los redaños de cubrir guerras en las que fue la Fallaci española; estaba en ese periódico cuando llamó “nazi sionista” a un ministro israelí por su política en los territorios ocupados en los años 80; en ese periódico vivió en Panamá la muerte por las balas estadounidenses de su compañero y fotógrafo Juantxu Rodríguez.

Y le preguntan, claro, por el consejero delegado del grupo Prisa Juan Luis Cebrián, por su sueldo astronómico, con el que se podrían pagar 400 redactores según convenio vigente; y por su parte de responsabilidad en la decadencia y caída del mejor diario de la democracia española.

“La historia de El País –dice– es la de Saturno devorando a sus hijos. Cebrián nunca asumió no ser el hijo carnal de Polanco. Es rencoroso y pijo, pero un pijo sin conciencia. Decía que estaba salvando el periodismo, que había un cambio de paradigma. Mentira. Perdió 5.000 millones de euros jugando al capitalismo de casino, comprando radios en Miami y teles latinoamericanas que no valían nada. Quería ser un tiburón de Wall Street, pero era una sardinita que todo lo hizo mal. Se pulió las ganancias del trabajo de todos nosotros en la aventura del mejor diario de la democracia española. Cebrián era un quiero y no puedo, un cateto”. (1)

Sin perder ritmo, la veterana periodista, que ha acudido a dictar una lección inaugural –“caótica, como yo”- a la Facultad de Comunicación de la UAB, obligada por las convenciones del género, aborda el estado del periodismo actual. “El ‘porqué’ es la pregunta fundamental en el periodismo y en la vida”, dice. Reconoce que “en el periodismo ya está todo inventado”, pero recuerda que “cada generación lo debe sentir todo como nuevo”.

Por ello animó a practicar un “periodismo de la verdad”, es decir, “de la contextualización, de la memoria, un periodismo de la excelencia, que hace tiempo que no se encuentra en los diarios”, en buena parte porque en las redacciones de los periódicos se vive hoy “un entorno de peloterismo salvaje” en el que los buenos jefes brillan por su ausencia.

“Hay periodistas –explica– que sólo quieren ser jefes. Son los más mediocres y dóciles. Y ser jefe es lo más fácil del mundo. Cierto que hay mucha gente dando codazos y haciendo putadas para trepar, pero al final lo consiguen porque pese a que hay muchos se trata sólo de ir haciendo putadas e ir subiendo. En un mundo justo no sería así, pero la justicia hace tiempo que no está por las redacciones”.

“Los jóvenes acabaréis con todo esto: habrá que barrer mucha mierda…”

Ante la grave situación actual, Maruja Torres llamó a los estudiantes al “boicot de forma profesional” y los animó a tomar el control y a acabar con todo lo que no funciona del sistema. “Yo formo parte de la generación que trajo la democracia, y éramos muy conscientes de qué era eso lo que nos tocaba hacer. Ahora está muy claro que os toca a los que sois jóvenes acabar con esto. Sois claramente una generación destinada a hacer cambios. Para ello debéis formaros y formaros bien, para cuando sea necesario barrer toda la mierda que nos están dejando. Y habrá que formarse mucho para barrer mucho. Leyendo a Zweig te das cuenta que incluso esos grandes imperios y esas clases burguesas del siglo XIX se descompusieron y tuvieron que ser sustituidas por algo nuevo. Ahora todo se está descomponiendo mucho. Vosotros tendréis que hacer ese proceso”.

Maruja Torres, la Maru en guerra, la escritora de bandera, la mujer-periodista, salió del aula magna como Manolete tras una buena tarde: arropada y casi aupada por un jovencísimo gentío. Una alumna se filtró entre las autoridades académicas que la rodeaban para criticar lo poco que escriben en la carrera, lo difícil que es luego encontrar trabajo.

– ¿Qué hacemos con la vocación? –le espetó.

– Eso es lo jodido –contestó Maruja–, los sueños rotos de las personas.

– ¿Cómo vamos a hacer todo esto sin seguridad social ni contratos, ni sueldo?

– Estamos peor que nunca. Pero la obligación del periodismo –dijo gravemente– es seguir intentándolo. Romper el techo. Meterles el miedo en el cuerpo.

Una lección inaugural.

Nota:

1. La crisis de la prensa suele abordarse de forma aislada, como si no tuviera ningún tipo de conexión con la crisis sistémica del capitalismo, a pesar de que el nexo es evidente. El “capitalismo de casino” alejó a las empresas de su “core business” a la búsqueda de pelotazos sin relación con su negocio original; la expansión se financió con crédito barato y apalancamientos inverosímiles que generaron una bola de nieve de deuda impagable, y las decisiones fueron tomadas por un reducido grupo de directivos que pensaban sólo en el corto plazo y en su propia retribución, que solía crecer incluso a costa de los intereses generales de la compañía, de sus accionistas y de sus trabajadores, explica Pere Rusiñol, periodista de investigación del diario.es

Cuando la burbuja pinchó, detalla Rusiñol, los bancos se hicieron con el control de la empresa, los ejecutivos se aseguraron retiros dorados y los trabajadores pagaron la fiesta con su despido. Este mismo esquema general, muy explicado en el mundo anglosajón, es el que ha llevado al abismo al Grupo Prisa y a su buque insignia. La expansión derivada del “capitalismo de casino” llegó en el caso de Prisa a generar una deuda de 5.000 millones de euros, equivalente a la que suman todos los clubes de fútbol españoles. Ahora, la mayoría de las acciones de Prisa no son de la familia Polanco, sino de la banca acreedora –destacan el Banco Santander, Caixabank y HSBC– y de los fondos de Wall Street. (Fuente: Eldiario.es, 7 de octubre de 2012- http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5325)

* Fuente: Somatents, 11 octubre 2012, texto reproducido por la revista sinpermiso.info. http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5321