Atravesar la llanura que se extiende desde Gaborone, la capital de Botswana, hasta la frontera con Zimbabwe, a lo largo de la carretera A-1, puede ser algo aburrido, a falta de algún relieve o accidente geográfico que rompa la monotonía del paisaje y por los escasos caseríos que uno atraviesa en la ruta. Es por eso una novedad cuando un cartel de tránsito junto a la vía anuncia poco antes de llegar a la villa de Mahalapye que estamos atravesando la línea imaginaria del trópico de Capricornio, coincidente con el paralelo situado en los 23° 26’ 16’’de latitud sur.

Si uno pudiera con un gesto mágico viajar instantáneamente por esa línea, varios miles de kilómetros al oeste estaría cerca de una playa de Río de Janeiro. Pero como no hay magia debemos continuar por la misma ruta, y un poco más al norte nos topamos con Palapye, un pueblo en pleno crecimiento, situado en la intersección con la carretera A-14.

Adentrarse por esta otra carretera, hacia el noroeste, da la posibilidad de descubrir el Distrito Central de Botswana y, en particular, su capital Serowe, una insólita aldea gigante, con más de 60 mil habitantes extendida por muchos kilómetros a la redonda. La localidad se halla casi en los límites del desierto de Kalahari, hogar de los bosquimanos, esos descendientes de los primeros grupos del Homo sapiens moderno, conocidos localmente como pertenecientes a la etnia san. O sea, estamos en la región que es, sin dudas, la cuna de la humanidad.

Es difícil clasificar a Serowe, pues a pesar del desarrollo de un moderno centro urbano, el resto de la aglomeración es una sucesión interminable de casas -que van desde chozas hasta residencias-, rodeadas por amplios terrenos cercados por setos de espinos, que se extienden en todas direcciones, como bien se aprecia desde la colina de Swaneng, una de las escasas alturas de la zona.

El aspecto es el de un enorme tablero de ajedrez cuyos escaques han sufrido una transformación caprichosa para imitar óvalos, círculos, rombos, cuadrados, rectángulos y otras formas geométricas. El sabor aldeano es tal vez lo que da a Serowe un sello particular, a pesar de las nuevas construcciones que permean el paisaje, tales como el más importante centro de salud distrital, el moderno Sekgoma Memorial Hospital, que se levanta a la derecha de la carretera, junto a las instalaciones del Instituto de Enfermería.

Serowe es más conocida en África como el lugar de nacimiento de numerosos dirigentes políticos a lo largo de la historia de Botswana, comenzando por Khama III, jefe de la tribu Bamangwato, que es la que predomina en el Distrito Central. Sir Seretse Khama, quien ocupó la presidencia entre 1966 y 1980, y considerado como el fundador del país, es también oriundo de esta localidad, así como Festus Mogae, quien ostentó la primera magistratura desde 1998 hasta el 2008, y fue seguido en el cargo por el actual presidente, el teniente general Ian Khama, al mismo tiempo jefe de los Bamangwato y nativo de Serowe.

Uno puede proseguir por la A-14 y encontrará a unos 25 km. al norte, el conocido Santuario para la Protección de los rinocerontes negros y blancos, un centro para el cuidado de la vida animal, con una superficie de cuatro mil 300 hectáreas, el cual puede ser visitado por los amantes de la naturaleza, pues allí vive una abundante muestra de la fauna africana.

Si continúa por el mismo camino el viajero se topa con Orapa, una de las minas de diamante mayores del mundo, principal fuente de recursos financieros que ha posibilitado los indudables avances económicos y sociales de este país del cono sur de África. El yacimiento en explotación es un profundo cráter horadado por maquinaria pesada en forma de enormes escalones que parecen descender hasta las profundidades de la Tierra. Orapa, que quiere decir en la lengua local “El lugar donde descansan los leones”, convirtió a Botswana desde 1971 en el principal productor mundial de gemas de calidad.

El Distrito Central sigue aún más al norte hasta el Parque Nacional de Makgadikgadi, donde en un entorno de sabana pululan leones, elefantes, cebras, gacelas, hienas y todo tipo de ejemplares de la fauna regional. Unos inmensos salares forman también parte de la zona, antes de dejar paso, más al norte, al Parque Nacional de Chobe, ya en los límites de la septentrional Franja de Caprivi, en el territorio perteneciente a Namibia.

Los salares de Makgadikgadi, que quiere decir “Vasta tierra sin vida”, son famosos por la superficie que cubren, pero en realidad no son tan inanimados como lo sugiere su nombre, pues desde noviembre (verano austral) caen en la zona precipitaciones torrenciales que la convierten en refugio de gran variedad de aves y animales.

Las espectaculares bandadas de flamencos y otras aves migratorias parecen recordar la época, más de 10 mil años atrás, cuando Makgadikgadi era un gran lago que cubría una superficie de 275 mil kilómetros cuadrados en esta porción del cono sur de África.

Cuando uno regresa a Serowe y visita el museo local nota que una de sus salas está dedicada a la escritora Bessie Head (1937-1986), nacida en Pietermaritzburg, Sudáfrica, de madre blanca y padre africano, en una época en que este tipo de relaciones estaban prohibidas en ese país.

Bessie Head emigró a Serowe en 1964 y a pesar de vivir en una pobreza desesperante pudo dedicar tiempo a redactar una obra constituida por varias novelas, relatos y un libro histórico sobre su pueblo de adopción: La aldea en el viento de lluvia. Las otras obras, como Nubes de Lluvia, Maru y Una cuestión de poder (autobiográfica), le trajeron fama y elogios de la crítica africana e internacional, así como su libro de 1984 La Encrucijada Encantada, un fresco de las tradiciones africanas.

La escritora, a quien se le otorgó la ciudadanía botswanesa en 1979, ha dado brillo a las letras de su país adoptivo y puso definitivamente a Serowe en el mapa cultural del continente.

* Periodista de la Redacción de Servicios Especiales de Prensa Latina.