En los años Noventa se inicia una conversación acerca de por qué los proyectos de desarrollo, financiados por la cooperación internacional, no funcionan en Bolivia. Estos proyectos empiezan en los Setenta y expresan el proceso de secularización que atravesaban las órdenes misioneras y que vehiculizan a través de la forma ONG. Resulta que el concepto de Desarrollo no tiene traducción a las lenguas amerindias.

Ello permite saltar la discusión culturalista, de otros lares al filo del milenio, y encarar el tema desde el supuesto que la Indianidad pertenece a una civilización no occidental. La pregunta, por tanto, es: ¿cual es el equivalente homeomórfico a Desarrollo en el sistema amerindio? La respuesta, en aymara, es Suma Qamaña que implica todo un tratado post racionalista de filosofía y mística ecológica: deep ecology. Lo más parecido a la conceptualización amerindia, en Occidente, es la física cuántica.

Gran problema: los desarrollistas no lo conocen y a los misioneros secularizados les huele a animismo. Esa indagación revela que la Extirpación de Idolatrías del siglo XVI proseguía impertérrita, camuflada, empero, en nuevos eslóganes. Las grandes ONG tratan de minimizar el cuestionamiento haciendo el silencio alrededor. Buscan nuevas etiquetas para encubrir lo mismo: su milenaria lucha contra el paganismo.

En 1994 se inicia el proceso de descentralización municipal: la transferencia de poder económico y político más grande jamás llevado a cabo en el país. El corazón operativo de dicha estrategia está compuesto por la Planificación Participativa que debía consistir en un diálogo de saberes entre técnicos occidentales y comunarios amerindios.

Ello falla (salvo los proyectos piloto ensayados por la Subsecretaria de Desarrollo Rural) porque la universidad boliviana, a través de sus egresados, no estaba preparada para encarar ese diálogo decisivo y se imponen, por inercia, las metodologías tecnocráticas del Fondo de Inversión Social que fueron aggiornadas, justamente, en esos talleres piloto.

Aprendizaje: toda política pública requiere, además de financiamiento, un cuerpo de técnicos coherente con la intentio legislatoris. Huelga decir que los otros pasos: diseño comunitario del Plan de Desarrollo Municipal, el Presupuesto Participativo y el Control Social, siguieron las inercias desarrollistas; es decir, no se introdujo la economía de reciprocidad en los presupuestos, ni la ley del Ayni. Ese aprendizaje mínimo no lo tuvo presente el MAS cuando hace del Vivir Bien una política estratégica de valencia constitucional.

El año 2000, en el marco de las políticas globales de Alivio a la Pobreza, se lleva a cabo el Diálogo Nacional 2000, donde se enfatiza los elementos cualitativos y, por tanto, culturales de la lucha contra la pobreza. La Cooperación alemana, GTZ, organiza un Componente de su programa de cooperación y lo bautiza como Suma Qamaña, para indicar, justamente, su orientación.

Entonces, en colaboración con la FAM: la Federación de Asociaciones Municipales, se produce una gran cantidad de material bibliográfico sobre el Suma Qamaña, Ñande Reko, Suma Kawsay, la Vida Buena municipal, que llega hasta los últimos rincones del país. Se logró posicionar el concepto como diferente del de Desarrollo. Esta campaña prosigue durante la Asamblea Constituyente y el concepto logra entrar en el nuevo texto constitucional. Gran avance, pero sólo formal.

Después de 6 años de gestión gubernamental y de constituir: el Vivir Bien, la estrategia del Plan Nacional de Desarrollo (en el título del PDN ya se da la incoherencia), el MAS no puede presentar un solo proyecto iniciado de implementación del Vivir Bien. En este momento el Gobierno guarda un vergonzoso silencio al respecto y desde los media ha abierto un debate que enfrenta a “pachamámicos y extractivistas”.Se supone que los primeros son los indígenas de la Cancillería y los otros los izquierdistas de la Vicepresidencia, con sus respectivas redes de influencia. En esas estamos, ahora.

Desovillemos qué se esconde tras los epítetos de pachamámicos y extractivistas.

De lado pachamámico, en su vertiente comunal, he sido testigo de la siguiente paradoja. Los comunarios amerindios, si se les pide decidir entre Desarrollo y Vivir Bien, demandan Desarrollo, para sorpresa del preguntón. Dan por sentado que ya tienen Suma Qamaña: algo intangible que, de todos modos, no puede percibir un occidental, educado por la objetividad y mensurabildad de un universo cósico.

Sigue, pues, intacto el diálogo de sordos: el quid pro quo colombino. De lado de los ideólogos del pachamamismo, se nota los costos de una traducción simple para occidentales: ”Vivir bien, no mejor”. La traducción castellana pierde las connotaciones sistémicas y cosmobiológicas de los idiomas amerindios: se antropocentriza, por así decirlo y, en vista de ello, recurre al lenguaje de la New Age para hacerse entender; con lo que deviene en algo parecido a un manual de autoayuda americano.

Se nota, además, que son aymaras cristianos. La natura naturans les sabe nomás a idolatría, así como la idea de la Paridad: pa-cha, les cuestiona el principio de identidad aristotélico, base de la dogmática cristiana. Hablar sólo de la Pachamama, es traducción cristiana. El Uno, aunque sea femenino, es lo típico del mono-teísmo. Un idólatra habla del Sol y la Luna, de Pacha Mama y Tata Inti. Dicho más exactamente: se refiere a las relaciones contradictorias y complementarias entre ambas polaridades. Lo amerindio es la relatio; lo occidental es la relata.

De lado extractivista se trata de la vieja y no resuelta relación de la izquierda latinoamericana y los pueblos indígenas. Se hubiera pensado que la izquierda boliviana hubiera aprendido la lección de los Sandinistas con los Misquitos. Pero no. Otra vez se ha dado una traducción mecánica: se ha remplazado “proletarios” por “indígenas” y todo lo demás: la comprensión leninista y gramsciana del partido y de los intelectuales, así como el prurito trotskista de superar industrialmente a los Estados Unidos: desarrollismo puro y duro, han quedado intactos. Claro, hay más conocimiento etnográfico, pero, epistemológicamente, no ha habido variación alguna, como demuestra Dominique Temple en su texto: Marxismo y Reciprocidad. Crítica de las tesis de Álvaro García Linera.

De lado extractivista llama la atención la frivolidad conceptual con la que han lidiado con los pachamámicos: primero les hablan del “capitalismo andino-amazónico” (el ayni es nomás trueque), luego del “socialismo comunitario” (una granja colectiva es igual que el ayllu) pero cuando pasan del nivel del discurso al de la gestión son despiadadamente neoliberales: último gazolinazo. El instinto político de Morales les salvó de una rebelión indígena que hubiera pasado página. Se siguen preguntando “¿qué hacemos con los indios?” como los hacendados liberales del siglo pasado. Es conocido su mito de “el aymara de overall”.

De lado pachamámico gubernamental: Viceministerio de Descolonización (que tiene, a su vez, una Dirección Nacional de Despatriarcalización) se está dando un proceso no pensado: construir una religión neo-andina que institucionalice el Vivir Bien. Una religión, con rituales y sacerdocio, de cuño empero monoteísta; como una religión de Proclamación, cuando, hasta donde se, lo equivalente homeomórfico andino sería, para seguir con la terminología de Paul Ricoeur, una religión de Manifestación que, por diseño, no precisaría de liturgias y jerarquías sacerdotales. Claro, no sería la primera religión sincrética; el cristianismo lo es.

El primer paso anunciado es un matrimonio colectivo, donde se nos mostrará la nueva liturgia y la nueva clerecía; a los recién casados, el Estado Plurinacional les entregará una “Casa productiva para Vivir Bien”, es decir, una vivienda social, más un taller, donde puedan emprender proyectos productivos que les financiará el Gobierno a través de un banco de segundo piso. Esta es la arista más concreta del Vivir Bien, de la segunda gestión de Evo Morales, luego del fracaso del Plan Nacional de Desarrollo de su primera gestión. Hay que añadir que sus diseñadores y ejecutores son aymaras y quechuas que se han formado y militado en la izquierda “insurgente”.

Más interesantes son otros desarrollos como el producido en bolivianos occidentales que se preguntan, en diálogo creativo con el Suma Qamaña, y ¿qué es el “vivir bien” para un occidental que vive en Bolivia?

Conozco dos casos: uno de cuño alemán y otro sefardí. El suizo desentierra las raíces ecológicas del animismo germánico, cristianizado por Hildegard von Bingen y, en general, por la mística renana de la edad media, de obvias coincidencias con el animismo amerindio; se nutre, igualmente, de los debates contemporáneos entre sus paisanos alternativos: die Philosophie des Glüks.

La comprensión sefardí de la vida buena, por su parte, prosigue la veta qohelética: en clave estoica: de vita beata, que florece en la poesía hispano hebrea de el-Andalus: la estética del huerto en primavera y en el Renacimiento: la huída del mundanal rüido: Fray Luís. Esta es la tradición secular, humanista. La relación con la naturaleza la proveen ciertas fiestas judías, que como las andinas, están ligadas al ciclo de las estaciones: Sucot, Bikkurim, Tu Bishvat que, bien visto, en conjunto, guardan un sano equilibrio entre historia y naturaleza. Es decir, si cada cual regresa a sus propias raíces culturales va a observar una coincidencia asombrosa, acerca de qué sea vivir bien: hacer fluir energía bosónica.

Pero hay otra lección más que provoca el fracaso boliviano de implementar políticas públicas del Vivir Bien. Para entender ello es preciso, empero, desmontar ciertos supuestos dados por obvios. En primer lugar que Bolivia, a pesar de todo, es nomás una sociedad que pertenece a la órbita occidental; antes se decía que pertenecía a la cristiandad americana. Eso no es cierto. La Bolivia indígena pertenece al Oriente (Tibet, China, Japón…). Eso significa, que por diseño, buscará la complementariedad de Yin y Yang. Ni acepta ni rechaza a Occidente o, dicho de otro modo, la acepta y rechaza al mismo tiempo. Esto es el principio antagonista cuántico en todo su esplendor.

He aquí una fuente inagotable de malentendidos entre ambas civilizaciones. Sus software, en efecto, son antagónicos: uno basado en la identidad, la no contradicción y el tercero excluido; la otra basada en la polaridad antagónica, la complementariedad y el tercero incluido. Ambos modelos entrañan, pues, dos visiones asimismo antagónicas de lo que es la Buena Vida. Una reduce: antropocéntrica: Occidente; la otra abre: cosmogónica: Indianidad; una excluye lo intangible: sólo lo mensurable: masa; la otra incluye los universos paralelos: frecuencias de onda que nos rozan, por ejemplo, en los sueños o vislumbramos en el chamanismo: energía. Es obvio que una privilegia lo cuantitativo y la otra lo cualitativo. He aquí una diferencia básica.

En segundo lugar, los últimos quinientos años, nos demuestran que cuando Oriente y Occidente se encuentran, siempre termina imponiéndose Occidente (energía fermiónica) y subalternizando, en este caso, a la Indianidad (que busca el equilibrio y complementariedad de energía fermiónica y energía bosónica).

Lo normal, en el modelo occidental, es lo cainita: el genocidio del otro. La no metabolización de la Paridad. Respecto de Occidente, la búsqueda estocástica de equilibrio y homeostasis amerindia es su mayor vulnerabilidad. Occidente es depredador por diseño: la Caída, no por natura, como enseña el mito bíblico del Paraíso y dogmatizan luego Hobbes y los fundadores anglosajones de las ciencias políticas.

Para entender este incordio es preciso, empero, poner las cosas en perspectiva: al homo sapiens, como homo mayeuticus: que ayuda a parir a la madre tierra, se le calcula unos 170,000 años; todo ese tiempo ha vivido en un equilibrio animista con su entorno; los arquetipos descifrados por Jung así lo corroboran, desde un perspectiva psicoanalítica.

El homo faber semita, producto del monoteísmo abrahámico, no tiene más de 5,000 años. Sin embargo, éstos han sido de una intensidad tal que han bastado los últimos 200 años, cuando se empieza a cumplir el objetivo estratégico: “Dominad la tierra”, para desestabilizar los ecosistemas terrestres. La intensidad occidental se debe a su unilateralidad; a su apuesta por la energía fermiónica (Enrico Fermi es el inventor de la bomba atómica, no por casualidad) y a sus políticas de represión de las energías bosónicas que Freud, en Malestar en la cultura, antropomórficamente, las traduce como libido, Trieb, es decir, energías sexuales: las energías de la conectividad.

Para reducir esta diferencia civilizatoria a un par de conceptos: Occidente apuesta por la Separación: “Al comienzo era la Palabra”; la Indianidad por la Conectividad: “Al principio era el Ayni”.

Pues bien, Suma Qamaña tiene que ver con Ayni: circulación de las energías, disipación (Prigogine) Progreso y Desarrollo tienen que ver con Palabra: verbum: logos: ratio: racionalización del flujo de las energías.

Pues bien, el mito ilustrado del Progreso, el slogan rooseveltiano del Desarrollo, ¡vamos! el american way of life sólo puede florecer entre átomos monoteístas; no donde operan redes animistas transpersonales (Wilber) y constelaciones familiares transgeneracionales (Hellinger y Ancelin Schutzenberger). Este es el domino del Suma Qamaña.

Así, pues, cuando estos dos paradigmas antagónicos: Desarrollo y Suma Qamaña, se quieren implementar en un espacio político y administrativo, regido por la ratio occidental, como es la “forma Estado Nación”, las buenas intenciones tienen patas cortas. La unilateralidad del Desarrollo es frenada y relativizada sutilmente por el animismo (a esto también le llaman –ignorando su razón epistémica y observando sólo los efectos- “desarrollo del subdesarrollo”) y el Suma Qamaña (cuando se le quiere implementar, como en Bolivia) es traducido, automática e inconscientemente, a parámetros cósicos y cuantificables.

De ahí el patético esfuerzo de los funcionarios bolivianos por encontrar “Indicadores” para medir su implementación en el PND. El desarrollo se puede medir; el Suma Qamaña, no. Así, pues, el “Para Vivir Bien, no mejor” choquewanquiano es sólo, lamentablemente, un flatus vocis. Retórica. Cuan cierto es eso de que no hay nada más práctico que una buena teoría. De ahí el éxito de la Participación Popular.

Así, pues, si Occidente y la Indianidad no pueden coexistir, respetándose mutuamente, en un mismo espacio, lo lógico y ya probado (por ejemplo, las misiones jesuíticas) es apostar por un modelo político que separe y articule, al mismo tiempo, ambas territorialidades; una librada para que florezca la Reciprocidad y sus sistemas jurídicos cosmocéntricos; la otra para el Intercambio y su sistema jurídico positivo. Esa forma, no la vamos a encontrar en la tradición occidental, marcada por la Politeia de Aristóteles, sino en la tradición andina que la elevó a potencia estatal en Tiwanaku y Cusco y, durante la Colonia y la República, la congeló en el Ayllu, compuesto de una mitad Urin, (+), y otra mitad antagónica llamada Aran, (-).

Me refiero a la “forma Diarquía”, que no es otra cosa que la traducción política del funcionamiento de la unidad mínima de masa-energía, descubierta por la física cuántica: la teoría Onda-Partícula; la complementariedad Bosón-Fermión. De ahí su actualidad y pertinencia. No debemos olvidar que ya hemos dejado atrás el paradigma newtoniano, smithiano y hobbesiano que han regido la modernidad.

En sociedades cuya masa crítica, demográfica y culturalmente, es indígena; digamos los países andinos, vale la pena explorar un contexto político de esta naturaleza que permita el florecimiento de ambas, contradictorias como son, pero complementarias. No se trata de pendular, maniqueamente, al otro extremo: “No al Desarrollo y sí al Buen Vivir”. Sería lo mismo que antes, sólo que al revés. A juicio mío, la conceptualización de Naciones Unidas: desarrollo humano y desarrollo sostenible, ha avanzado hasta donde permite su paradigma antropocéntrico y mecanicista. Rebautizarlos con “Vivir Bien”, sería tautológico y estéril. El plus que añade el concepto amerindio es de naturaleza cuántica y/o mística. Lo diré con un ejemplo a la mano: el Suma Qamaña, como la luz, es el efecto cuántico del encuentro del polo positivo y el polo negativo; no es sólo polo +, ni polo -; es el efecto de su mutua complementariedad: “el efecto T”, de Lupasco: el Tercero Incluido. Ya no estamos, pues, bajo el paraguas del paradigma newtoniano.

Estamos en el universo del Efecto Observador, de la No Objetividad; ambos, Desarrollo y Suma Qamaña coexisten contradictoriamente como el Gato de Schrödinger; su colapso depende de nosotros. En fin, para expresarlo con palabras de Hölderlin, ambos son precisos para poder “morar poéticamente sobre la tierra”.

* Miembro del “Círculo Achocalla”, grupo abierto que reflexiona sobre la política y el vivir bien en Bolivia. www.circuloachocalla.org