A diferencia de posiciones indianistas y de razonamientos de antropólogos fundamentalistas, para las organizaciones indígenas más representativas de Colombia “restaurar” sus organizaciones y culturas no significa remontarse a los imaginarios precolombinos, sino recrear sus identidades de acuerdo a lo que hoy día son. Insisten en vivir en comunidad, aprecian la propiedad colectiva de sus territorios, rechazan el individualismo, y se organizan para decidir sobre su propio desarrollo y asumiéndose como comunidades políticas autónomas.

El texto adjunto tiene por objeto examinar al Pacífico colombiano desde un nivel local y regional con el fin de contribuir en la búsqueda de alternativas políticas y alianzas interculturales que junten las fortalezas de todos los pobladores en la búsqueda de espacios propios y autónomos para incidir desde allí en un cambio social, político y económico de la región, que les asegure la propiedad, el control y el disfrute de sus territorios y bienes naturales.

Estudiar el sistema social que se ha conformado en la región es necesario y estratégico, pues las relaciones de poder que se construyen a nivel local y regional son el resultado de interacciones entre diferentes actores sociales, individuales y colectivos; son interacciones que se desarrollan en el marco de estructuras políticas determinadas. Estos actores individuales y colectivos son los que han creado esas estructuras locales y regionales, en esa extensa cadena de sometimientos, imposiciones, acciones, omisiones y permisiones.

Parodiando a García Márquez decimos que la interculturalidad en el Pacífico se encuentra “en su laberinto”, pues no es nada fácil para los pobladores indígenas y afrocolombianos encontrar salidas a los conflictos interétnicos, debido a la guerra interna que se libra en la región y la competencia por tierras y recursos, que han sido los factores determinantes que han venido alterando las relaciones entre estos pueblos étnico-territoriales.

Conscientes de que su supervivencia estaba estrechamente ligada a sus territorios, la población afrocolombiana inició un proceso de movilización para hacer valer los derechos ganados en la nueva Constitución, logrando que el Estado expidiera títulos sobre gran parte de sus territorios ancestrales en la región del Pacífico. El Estado había comenzado así a conciliar sus diferencias con sus pueblos negros, subvalorados culturalmente y excluidos económica y políticamente.

Para las organizaciones indígenas más representativas de Colombia, a diferencia de posiciones de movimientos y organizaciones indianistas, y de razonamientos de antropólogos fundamentalistas, “restaurar” sus organizaciones y culturas no significa remontarse a los imaginarios de épocas precolombinas. Significa principalmente recrear sus identidades, no de acuerdo a lo que fueron, sino a lo que hoy día son: pueblos que han perdido buena parte de lo que eran sus territorios y que han sufrido procesos de aculturación y deterioro de su identidad.

Pero insisten en vivir en comunidad, aprecian la propiedad colectiva de sus territorios, rechazan el individualismo, aspiran a continuar viviendo en la tierra de sus ancestros y se organizan para recuperar las que han perdido o apropiarse de nuevos territorios para garantizarles a sus descendientes un futuro con dignidad, donde puedan vivir en paz, decidiendo sobre su propio desarrollo y asumiéndose como comunidades políticas autónomas.

Esta no ha sido sólo una lucha cultural de estos pueblos indígenas por conseguir un lugar digno en la Nación colombiana, para lo cual se requiere reflexionar sobre sus identidades y sus relaciones con el resto de sectores sociales que componen una Nación multiétnica como Colombia. Ha sido también una contienda política para recuperar, más allá de aquellos territorios metafóricos -señalados y descritos en sus relatos míticos-, también territorios reales, medidos en hectáreas de tierra suficiente y fértil para garantizar su subsistencia.

Es teniendo esto en cuenta que nos atrevemos a inferir, que las identidades étnicas, los territorios y las autonomías indígenas no son sustratos preexistentes, ni predeterminados, ni inmutables. Son expresiones de relaciones que se construyen, “deconstruyen” y reconstruyen en permanente interacción con el resto de sectores de la sociedad colombiana. Más aún, son las interacciones y contrastes entre los pueblos las que inciden a que sus identidades irrumpan a la luz pública y se vuelvan más notorias las particularidades étnico-culturales que las definen.

Es precisamente con el contacto, con la recíproca influencia y la interacción entre los pueblos, que se contrastan, pero también, se perfilan y se afirman sus identidades. Todavía más: se desarrollan sus identidades, pues ningún pueblo o grupo humano ha podido avanzar y reproducirse, a partir de su propio sustrato. Es esa interacción dinámica entre las etnias la que induce los cambios culturales. El aislamiento conduce, en el mejor de los casos, al estancamiento, lo que sucede con aquellos pueblos que se cierran al mundo, ante el temor de perder su identidad con la incorporación de elementos culturales de otros pueblos.

Una actitud errada, sino perversa, se presenta cuando este aislamiento, es auspiciado desde afuera por predicadores del retorno a un pasado bucólico, con una visión idílica de la economía y de la sociedad indígena, tipo buen salvaje avatar. El objetivo manifiesto que persiguen es el de preservar la ancestralidad de las identidades y culturas de los pueblos indígenas, aislándolos para evitar su aculturación y posterior asimilación por la sociedad mayor. Pero lo que propician con estas acciones “altruistas” y peregrinas es la inmovilidad social y por consiguiente el estancamiento cultural de los pueblos. Luchan para que los pueblos indígenas tengan soberanía sobre sus territorios. Pero estos “espacios de vida”, al estar cerrados a cualquier dinámica social venida de afuera, se convierten en espacios de confinamiento, en espacios que asfixian la vida.

A finales del siglo XIX, las elites, tanto liberales como conservadoras no miraban con buenos ojos la existencia de regiones organizando su vida económica y política de manera diferenciada, obedeciendo a particulares patrones sociales geográficos y culturales, al margen de los lineamientos, que para construir el Estado-Nación, venían emitiendo los centros de poder político que se conformaban en el país. Pero al encomio de lo blanco, como elemento constitutivo de la nacionalidad, las elites gobernantes añadieron las ideas de progreso y desarrollo económico, sin los cuales no sería posible encauzar un proceso civilizador, que superara los estados de pobreza, ignorancia y violencia.

En lo corrido de la mitad del siglo XX estas ideas se intensificaron de forma especial, generando nuevos prejuicios hacia los pueblos indígenas y negros, caracterizándolos como pertenecientes a “culturas renuentes al progreso”. El avance de la ciencia y la técnica en los países centrales del capitalismo había alucinado de tal manera a nuestras elites, que la idea del “progreso”, basado en esos adelantos, fue convertido en una ideología, de acuerdo a la cual todos los pueblos deberían marchar hacia una meta ideal de la civilización. Para el economista Walt Whitman Rostow, lograr esa meta implicaba haber pasado por diversos estadios de desarrollo, después del ‘take off’ (despegue) económico. Para este despegue, se necesitaría un nivel de acumulación suficiente que garantizara un desarrollo sostenido.

Siguiendo este orden de ideas, la existencia de sistemas económicos colectivistas, que no están orientados por la ganancia y la acumulación, se convierten en un “lastre para el desarrollo” y en “obstáculos” para alcanzar esos ideales de civilización.

En este momento hay un intenso debate sobre la población campesina colonizadora del Pacífico y su relación con los pueblos indígenas y negros. Algo que apenas comienza a destacarse dentro de las luchas por la tierra que tiene que ver con la interculturalidad, es que ha venido emergiendo un sector campesino que ve con mucho entusiasmo la posibilidad de desarrollar la lucha por territorios colectivos, semejantes a los de indígenas y negros. Esta lucha por las llamadas “reservas campesinas” marca un hito importante en la lucha campesina por la tierra. Ya no se trataría de exigir “distribución de tierras”, en el marco de una reforma agraria que tendría un halo reformista, por cuanto no cuestiona la lógica del capital. Se trata, por el contrario, de buscar el “reconocimiento de territorios campesinos”, que como propiedad colectiva, quedaría al margen del mercado capitalista.

Y quizá es en esa dirección hacia donde apunta el razonamiento del Banco Mundial, cuando en su página Web afirma, que “la etnicidad puede ser una herramienta poderosa para la creación de capital humano y social, pero, si se politiza, la etnicidad puede destruir capital. … La diversidad étnica es disfuncional cuando se genera un conflicto”.

* Antropólogo colombiano, miembro del Colectivo de Trabajo Jenzera. Esta ponencia fue preparada con motivo de la presentación del libro “Los indígenas colombianos y el Estado: Desafíos ideológicos y políticos de la multiculturalidad”, publicado por IWGIA en su serie de “Ensayos”. Esta ponencia, que recoge los planteamientos centrales del libro, se reelaboró y se amplió para ser presentada en el Seminario internacional: “Equidad, interculturalidad y democratización: Desafíos para una ciudadanía plena en Chile hoy”, Santiago, 29 y 30 de noviembre de 2011.