Este 10 de octubre se cumplirán 40 años de democracia en Bolivia. Buena oportunidad para hacer el balance de mi generación.

Nací en 1950 en medio de las transformaciones de la revolución del 52 en el seno de una familia fundadora del MNR pero también en un colegio privado al cual asistían los hijos de la población desplazada por ese proceso. El golpe de 1964, que dio fin a 12 años de gobierno del MNR, fue también un golpe familiar del cual jamás nos repusimos porque las dictaduras militares que siguieron al golpe nos dispersaron y cada uno siguió su camino.

En lo personal, me faltaba vivir los primeros rigores de la dictadura militar contra los mineros, el estallido de la guerrilla de Ñancahuazú y la presencia del Che en Bolivia, que signó a toda mi generación y los dos golpes más sangrientos: el de Banzer en 1971 y el de García Meza en 1980. Dos años después, se inició el proceso democrático, fruto de una resistencia denodada contra las dictaduras y mérito exclusivo del movimiento popular, pese al sabotaje artero de quienes fueron cómplices de las dictaduras pero luego se exhiben como demócratas.

Lo grave, ahora que lo pienso, es que la democracia del período 1985-2005, ¡veinte años!, sólo sirvió como escenario del ascenso y crisis del neoliberalismo, que operó con mayor comodidad que las dictaduras y con la ley y la legitimidad del voto en la mano para despojarnos de nuestras empresas nacionales y nuestros recursos naturales. Habría que hacer un balance de los despojos que nos dejaron las dictaduras y la democracia pactada, que quizá fue igual o peor que los regímenes autoritarios.

El movimiento universitario se fogueó en la resistencia a los gobiernos del MNR y participó en su caída; pero lastimosamente allí se inició el ciclo de dictaduras militares el 4 de noviembre de 1964. Un año después, se redujo los salarios de los mineros de la COMIBOL al 50 por ciento en el Sistema de Mayo (1965), liquidando con tropas toda forma de protesta, un hecho denunciado por Sergio Almaraz, en tanto el general golpista René Barrientos Ortuño se hacía elegir Presidente Constitucional con el voto de los campesinos ligados a las Fuerzas Armadas por el Pacto Militar Campesino.

Esos campesinos “nacionalistas” privaron al movimiento popular de la participación del sector rural hasta la ruptura del Pacto en 1974 con la Masacre de Tolata, y la fundación del sindicalismo agrario independiente, que desembocó en la fundación de la CSUTCB.

Ese es el escenario en el cual mi generación comenzó a actuar: un proceso de radicalización de la clase media y el proletariado de las minas y las ciudades frente a gobiernos militares entreguistas, represores y sometidos al Pentágono norteamericano. Se iniciaba una ola que desembocaría en el siniestro Plan Cóndor, que sembró dictaduras en los países del Cono Sur, entre ellos, Bolivia, mientras la clase media se radicalizaba contra la dictadura.

En esa época, ¿qué solidaridad podíamos tener con el ejército de la dictadura, ejército represor y cómplice de la entrega de nuestros recursos naturales al capital extranjero? En esas condiciones, el supuesto nacionalismo de los dictadores era una impostura, como lo era el tráfico que hacían con los símbolos patrios. Llamarse nacionalista en esa época era ser cómplice de la dictadura, y por eso mi generación vio con buenos ojos la ola de liberación nacional que agitó el continente desde el triunfo de la revolución cubana.

En 1967 estalló la guerrilla de Ñancahuazú, que duró del 23 de marzo al 10 de octubre de ese año. La noche del 23 de junio de ese año, las minas nacionalizadas fueron sangrientamente ocupadas por el ejército en la Masacre de San Juan, para impedir toda forma de adhesión del proletariado minero a las guerrillas. Al mismo tiempo se iniciaban los enfrentamientos de la dictadura con el movimiento universitario: factores que acentuaron nuestra radicalización como jóvenes comprometidos con la revolución y la liberación nacional, aunque no todos perteneciéramos al ELN.

Subrayo: revolución y liberación nacional, para observar que nadie en ningún momento hablaba de democracia. No aspirábamos a salir profesionales, mucho menos a lucrar con el ejercicio de la profesión, sino a ser soldados de la revolución y la liberación nacional por la vía armada, unos por el foquismo, otros por la guerra popular prolongada, otros por la insurrección general, pero a nadie se le ocurrió lograr esos objetivos por la vía democrática.

Basta revisar los documentos de la época para no forzar las cosas. ¿Cuál era el objetivo final de la revolución y la liberación nacional? La construcción de una sociedad socialista con la vanguardia del proletariado a la cabeza. Un tema central de nuestra formación política como generación fue la dictadura del proletariado. La mayor parte de los cuadros de izquierda de la época nos formamos en la teoría marxista, y ésta es clara al decir que luchábamos por consolidar la democracia para los desposeídos y la dictadura para los opresores. Nadie hablaba de democracia.

Vino la dictadura de Banzer (1971-1978), que fue un golpe muy duro contra el movimiento universitario y contra la generación que defendía la revolución y la liberación nacional, y tuvimos que resignarnos a conformar un frente amplio, la UDP, una táctica que se adoptó en el Cono Sur para derrotar a las dictaduras militares. Entonces se comenzó a hablar de la democracia, pero de ser un medio se convirtió en un fin en sí mismo.

La democracia en Bolivia se inició el 10 de octubre de 1982 con la asunción del Gobierno por los candidatos de la UDP. Durante tres años, la oposición del MNR saboteó a la naciente democracia desde el Senado, donde tenía mayoría, hasta que obligó al Dr. Siles Zuazo a acortar su mandato y convocar a elecciones para 1985. Desde entonces hasta el 2005, la democracia en Bolivia sirvió de escenario para el ascenso indetenible del neoliberalismo, disfrazado de “ajustes estructurales” que se iniciaron en 1985 con la “relocalización” de los trabajadores, la liquidación de la COMIBOL y el inicio de las privatizaciones y capitalizaciones, que caracterizaron ese proceso. (Hay que recordar que la ADN, el partido del ex dictador Hugo Banzer, reivindicó el programa de ajustes estructurales como propio pero ejecutado por Paz Estenssoro).

El período 1989-1993 del Acuerdo Patriótico hubo cierta pugna interna frente a la obligación impuesta por los “ajustes estructurales” para privatizar el sector estatal de la economía y reducir el Estado. A este impulso se debió la defensa de la coca (Coca no es Cocaína), la creación del Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas y la recepción que hizo el Ejecutivo a la Marcha por la Vida en Yolosa, 1992; pero no bien Goni ganó las elecciones de 1993 y asumió la Presidencia dijo claramente que el país había perdido 4 años. Claro, cuatro años que se demoró la aplicación irrestricta de las recetas neoliberales, que al final destruyeron la economía boliviana.

En el ínterin, la democracia en Bolivia se convirtió en un prejuicio de derecha y de izquierda, un fin en sí mismo para todos. Los viejos izquierdistas descubrimos que nuestras pequeñas organizaciones cabían en un taxi (por eso los movimientistas de entonces hablaban de los taxipartidos) y que debíamos alentar una “política de masas” si queríamos aproximarnos al poder, con excepción de la izquierda extremista o izquierda infantil, de la cual hoy apenas hay grupos ruidosos pero sin fuerza social. Entretanto, el movimiento popular, a través de los sindicatos y las organizaciones sociales, aprovechó el verano democrático para organizarse, crecer y enfrentar exitosamente al neoliberalismo hasta la fundación del Estado Plurinacional con la nueva Constitución.

La democracia boliviana

Durante el enfrentamiento contra las dictaduras militares, la democracia era una mala palabra porque aludía a los partidos tradicionales erradicados de la historia por la revolución del 52 o a la llamada “democracia del cero”, por la cual el MNR ganaba abrumadoramente las elecciones con el voto campesino. ¿Qué ocurrió para que hoy se convierta en un prejuicio de derecha y de izquierda, en un fin en sí mismo?

Algunos analistas enjuician la democracia boliviana comparándola con las democracias occidentales, pero en sus bibliografías no figuran sino aquellos teóricos afines a esa posición, no así, por ejemplo, Pierre Bourdieu, el teórico del campo político, o René Zavaleta, que estudió cuatro conceptos de democracia, entre ellos la última, como “autodeterminación de las masas”, donde actúa la “forma multitud”, en la cual la presencia de las mujeres es un dato notable.

Estos analistas insisten en la persistencia de las formas y valores de la civilización occidental cristiana, que fue impuesta a nuestras culturas a partir de la década de 1530 y habría permeado todas nuestras instituciones actuales así como nuestras expectativas. Somos también hijos de la modernidad y a la hora de buscarla emulamos a las sociedades occidentales, creadoras de una forma de modernidad que nos hemos apropiado al menos como objetivo final.

Sin embargo, hay una concepción en la cual Occidente no pudo ahondar del todo en nuestra forma de ser: es la tensión que existe entre la comunidad, el Estado y el individuo, los tres pilares que interactúan, a veces contradictoriamente, en el ejercicio de la política. La comunidad es el dato más antiguo porque se remonta a la fauna, a la naturaleza animal: no hay especie que no viva en grupo, como parte de una piara, de una manada, de una bandada, de una manga, de una comunidad en la cual hay autoridades naturales que emergen de las cualidades de su portador: mayor fortaleza, habilidad, astucia, “don de mando”. Así el “primus inter parís” o el “macho alfa” domina y dirige la comunidad. No se sabe qué factor es más importante para diferenciar al animal del hombre: si la inteligencia técnica o la inteligencia social, la primera, creadora de la ciencia y la tecnología, y la segunda, creadora de las normas básicas de convivencia con la naturaleza y con la comunidad.

Lo cierto es que, una vez establecida la especie humana en el Planeta, el “primus inter parís” trata de que sus atributos de mando sean hereditarios, es decir que funda una casta gobernante que se transmite por la sangre y se convierte en dinastía. Para justificar este poder, apela a sus primeras concepciones religiosas: ha recibido ese poder de una divinidad y puede transmitirla a sus descendientes. Así nace el Estado. Comunidad y Estado son pues creaciones “naturales” de la especie humana.

¿Qué pasó con el individuo? No hay la forma individuo en ninguna cultura, ni siquiera en Occidente, hasta el Renacimiento, que recoge la tradición grecorromana e inaugura la modernidad occidental. Entonces el hombre es postulado como “la medida de todas las cosas”, como “el centro del universo”, como un ser dotado de libre albedrío, de libre pensamiento, de libertad de expresión, que no pertenece a ninguna comunidad, ni siquiera al “cuerpo místico de Cristo”, que impuso la Iglesia a la grey de Occidente no bien se convirtió en religión oficial de esa civilización.

Así nace el individuo (en política, ciudadano), como producto de la Reforma (que postula la capacidad de interpretar individualmente las Sagrada Escrituras), el Renacimiento y la Revolución Industrial, que junto al régimen colonial fundarán la Edad Moderna. El individuo resulta un ente autónomo respecto de la naturaleza pero también de la comunidad. El liberalismo imperante a partir de Inglaterra y Francia desde fines del siglo XVIII dice que el motor de la cultura humana es el egoísmo, y que el único equilibrio válido entre los egoísmos de los individuos es el mercado a través de la oferta y la demanda.

El individuo no tiene por qué sostener los vínculos prerracionales y precapitalistas de solidaridad, de complementariedad, de reciprocidad vigentes en las sociedades antiguas y tradicionales; no tiene ningún vínculo con la comunidad. El individuo no pertenece a la naturaleza, al contrario, es opuesto a ella pues tiene en sus manos la cultura, la ciencia y la técnica, que le dan instrumentos para usar y abusar de la naturaleza como de una mujer dormida.

En política, el individuo elige a sus representantes, los cuales conforman un personal del Estado, llamado burocracia, el cual debe dejar que el mercado regule las relaciones sociales sin inmiscuirse en él ni regularlo; pero hay al menos una zona en conflicto, es el mercado de trabajo, en el cual el empleador (dueño de los medios de producción) está en la posibilidad cierta de imponer sus condiciones, mientras el empleado debe resignarse a ellas. “Y allá va el burgués, orondo y satisfecho, sabiendo el poder que tiene su dinero, y detrás va el proletario, tímido y cabizbajo, sabiendo lo que le espera a quien vende su pelleja: que se la curtan”, diría Carlos Marx al describir el mercado de trabajo capitalista.

El mercado de trabajo capitalista pedía a gritos la intervención del Estado y una legislación laboral o social que protegiera a los desposeídos precisamente para que no les curtieran la pelleja. Allí se demostró una vez más que las leyes son el fruto de enfrentamientos, de conflictos sociales a veces sangrientos que sólo se resuelven cuando la correlación de fuerzas se convierte (o congela) en una ley. La historia de la jornada laboral de 8 horas, del contrato colectivo, de la seguridad social, de todas las conquistas plasmadas en la legislación del trabajo es una historia de luchas que ha tenido muertos, heridos y perseguidos; de ningún modo ha sido concesión del Estado burgués, controlado por los empleadores.

Entonces los obreros percibieron que el individuo es una abstracción, porque hay una solidaridad de clase entre las burguesías de todo el mundo, y que a esa solidaridad había que responder con otra similar pero de signo opuesto. Por eso la proclama del Manifiesto Comunista era: Proletarios del mundo, uníos, y la consigna era el internacionalismo de clase. Así comenzó a revelarse que la democracia occidental no era el ejercicio del libre albedrío por individuos libres e iguales ante la ley, sino que había una desigualdad íntima, económica, en la sociedad capitalista, y las grandes decisiones no se hacían por obra del individuo sino de las corporaciones. El imperialismo, fase superior del capitalismo en la que actúa el capital financiero y el neocolonialismo, no es obra de individuos sino de corporaciones transnacionales y de metrópolis que ejercen su dominación sobre los pueblos coloniales o neocoloniales muy lejos de sus fronteras.

En resumen, aquel liberalismo clásico basado en el individuo y el uso consciente de su libre albedrío, la construcción de una opinión pública libre y consciente, la elección racional de la voluntad general y el mejor gobierno para la república, la representación genuina de los intereses populares en el campo político, son cosas del pasado, si alguna vez existieron.

En Bolivia, el individualismo es un producto de la cultura occidental, quizá el que menos pudo sincretizarse con las culturas originarias basadas en la comunidad y el Estado. Por ejemplo, el principio central de la cultura incaica, ama sua, ama llulla, ama khella, no se entiende en un régimen individualista, donde más bien el egoísmo de los intereses propios te obliga a robar, a mentir o a ser flojo si así te viene; en cambio, alcanza su verdadero contenido bajo un régimen comunitario, pues si eres miembro de esa identidad colectiva que es una comunidad, entonces no puedes ser ladrón, mentiroso ni flojo, porque estás atentando contra los principios de solidaridad, complementariedad y reciprocidad, que te obligan a participar, y por último porque la comunidad te está vigilando y tiene plena conciencia de tu conducta. De esta ubicación central de la comunidad y del Estado emerge nuestra cultura política genuinamente boliviana, distinta a la democracia representativa impuesta por Occidente.

La alusión a la comunidad como dato central de la cultura política boliviana no es casual. Pierre Bourdieu estudió la forma como los operadores políticos se aíslan de los electores y monopolizan los mecanismos de decisión pública mediante acuerdos secretos. La “democracia pactada” en Bolivia es un claro ejemplo de “campo político”, pues la voluntad expresada en las urnas no se respetaba al elegir Presidente en el Congreso mediante alianzas y reparto de cuotas de poder, que difuminaban el control social y se inclinaban a considerar cada cuota como parte de un botín de apropiación privada.

René Zavaleta habla de la democracia como “autodeterminación de las masas”, cuando éstas irrumpen en el campo político, barren con los operadores políticos y hacen respetar su voluntad. Este es el modelo genuinamente boliviano: la limitación de los operadores políticos por el control social, su obligación de “bajar a las bases” para consultar sus negociaciones, tan característico de los sindicatos y organizaciones sociales, que hoy son instituciones constitucionales, como es el caso del referéndum revocatorio.

En este horizonte, la democracia boliviana ha instaurado una nueva cultura política basada en el compromiso con las reivindicaciones de las sociedades locales más que en los méritos académicos, y ha fundado el Estado Plurinacional dotado de una Constitución vigente. Se necesita un centenar de leyes para construir el nuevo Estado; sería, por tanto, una locura interrumpir la conducción del proceso (o el mismo proceso) en las elecciones de 2014, porque es un emprendimiento de la gran mayoría del país que debe continuar.