No podía ser una nación diferente a la griega la que diera a la luz los Juegos Olímpicos de la Era Moderna. En Atenas, su capital, el sueño del Barón Pierre de Coubertin comenzó a hacerse realidad desde el 6 de abril de 1896, cuando el Rey de Grecia dejó oficialmente inaugurados los Juegos de la Primera Olimpiada, bajo el lema “Citius, Altius, Fortius”.

Nacidas para honrar a los dioses, las competiciones atléticas y de cultura efectuadas de manera cuatrienal por los griegos de la antigüedad se erigieron en las grandes inspiradoras de los actuales Juegos Olímpicos. El culto a Zeus, padre de todos los dioses de la mitología griega, atraía al Santuario de Olimpia a peregrinos procedentes de los más diversos y apartados lugares de la antigua Grecia; fue precisamente en una de estas festividades litúrgicas, cuando nació la idea de desarrollar allí los Juegos Deportivos.

Los historiadores señalan el inicio de esas celebraciones al año 776 A.C., de cuando data el nombre de Korobios, primer campeón en la -al parecer-, única prueba disputada entonces, una carrera pedestre de menos de 200 metros. A esas celebraciones sólo podían acudir hombres, incluso como espectadores, pues las mujeres tenían prohibido hacerlo, so pena de ser condenadas a la muerte.

En ellos se mezclaban filósofos, poetas, escritores, apostadores, proxenetas, vendedores ambulantes, músicos y bailarines, mientras muchos espectadores dormían a la intemperie, a pesar de que miembros oficiales de las delegaciones levantaban carpas y casetas. Las ceremonias religiosas, como los sacrificios, la música, la actuación teatral, discursos de reconocidos filósofos, recitales poéticos, desfiles, banquetes y celebraciones de victoria eran también cosa de todos los días en aquella época.

En un principio los Juegos solo constaban de carreras cortas, pero hacia el 708 A.C. se introdujeron gradualmente otras más largas, además de competencias de campo como el lanzamiento de la jabalina y el disco y las de salto largo. Le siguieron las lides de lucha y boxeo y se sitúa en el 640 A.C. el inicio de justas de carros tirados por cuatro caballos.

Unos tres meses antes de la festividad se decretaba la paz olímpica entre las facciones en permanente guerra, que duraba mucho más allá de los cinco días de la contienda para facilitar el regreso seguro de los concursantes a sus lugares de origen. Además, seis meses antes de cada justa, mensajeros oficiales viajaban a través de la península helénica para anunciar la fecha exacta de los próximos juegos, su llegada marcaba el comienzo del intenso entrenamiento y las disputas entre atletas en todas las villas y ciudades.

Los jueces locales jugaban un papel importante en esas competiciones, ellos seleccionaban a los participantes y tenían la autoridad para permitirlos jugar o descalificarlos, también supervisaban que durmieran en un suelo duro y cumplieran una dieta austera durante un mes de entrenamiento. Al final los que eran aprobados, viajaban a la ciudad de Olimpia en una procesión que duraba dos días.

En el estadio de la antigua Olimpia, considerada tierra sagrada, la multitud proclamaba héroes a los ganadores, quienes recibían como premio la tradicional rama de olivo. Incluso, quienes triunfaban en tres ocasiones eran perpetuados con estatuas a su imagen y semejanza y recibían otras recompensas. A su regreso, recibían una bienvenida de héroes, con un desfile por las calles. También los podían recompensar con dinero, obsequios, se les condonaba el pago de impuestos, entre muchos otros beneficios.

Uno de los espectáculos más célebres de los juegos fueron las carreras de cuadrigas, es decir, carrozas tiradas por cuatro caballos. Los competidores debían dar lo más rápido posible 12 vueltas a la pista que medía aproximadamente mil 250 metros, sin importar las enormes cantidades de polvo que levantaran, o las caídas y vuelcos que sufrieran. Incluso había cocheros, llamados aurigas, que perdieron la vida dentro de estas peligrosas competencias.

Pero el más violento de los espectáculos deportivos en aquellas olimpiadas era indudablemente el pancracio, una lucha casi a muerte entre dos atletas, que combinaba el boxeo y la lucha libre. En este evento se permitía todo excepto romper dedos, sacar ojos y morder.

El año 393 D.C. marca el fin oficial de estos eventos cuatrienales, cuando el emperador romano Teodosio I prohibió todo festival pagano. Sin embargo, hay evidencias que sugieren su continuación hasta que en el 426 D.C. los templos de Olimpia fueron demolidos por un ejército enviado por Teodosio II. En los siguientes 15 siglos terremotos e inundaciones sepultaron el sitio sagrado, hasta que las ruinas fueron descubiertas en 1875 y excavadas hasta 1881.

Durante un largo período de 1.503 años el podio olímpico permaneció desierto, hasta que Atenas se encargó de que fuera ocupado de nuevo en 1896. Cuatro años antes, el francés Pierre de Fredy, barón de Coubertin, hizo pública su idea de revivir los Juegos a escala mundial. Posteriormente, en 1894, durante una conferencia internacional citada por él mismo en la Sorbona, París, se llegó al histórico acuerdo: cada cuatro años se realizarían competencias deportivas según los lineamientos de los Juegos Olímpicos griegos y se invitaría a todas las naciones a participar.

Aunque Coubertin previó efectuar la primera cita en la capital francesa a principios del siglo XX, fue aprobada una moción que otorgó ese privilegio a Grecia para 1896. En aquel encuentro también fue constituido el Comité Olímpico Internacional, integrado entonces por 12 miembros y liderado por el aristócrata galo. Pierre de Fredy, aunque renuente a la participación femenina, luchó denodadamente por los más puros ideales del olimpismo, con la determinación de crear un movimiento que, como ninguno otro, uniera a los deportistas y a las naciones del mundo en una celebración pacífica.

1896: Renacen los Juegos Olímpicos

Ante una apasionada multitud, calculada en unos 80 mil espectadores, que abarrotó en la ceremonia de apertura el estadio de mármol blanco utilizado como sede, volvía a arder el fuego olímpico. Habían transcurrido mil 503 veranos del decreto de Teodosio I, de Roma, que en el año 393 Después de Nuestra Era, abolió los Juegos de Olimpia. Un total de 245 atletas, todos hombres, pues la herencia helénica de Coubertin provocó la exclusión de las mujeres de los Juegos, participaron en nueve disciplinas: atletismo, lucha grecorromana, pesas, tiro, esgrima, tenis, natación, gimnasia artística y ciclismo.

El estadio Pericles, construido para la ocasión, fue el anfitrión principal de la fiesta deportiva, donde los anfitriones se sintieron deprimidos con las victorias foráneas pese a alcanzar el mayor número de medallas, con 47 (10 de oro, 19 de plata y 18 de bronce). Fueron 14 las naciones que respondieron a esta primera convocatoria. Alemania, Australia, Bulgaria, Chile, Dinamarca, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Grecia, Hungría, Suecia y Suiza, son los pabellones fundadores de los Juegos.

El estadounidense John Conolly fue quien abrió el casillero de medallas de oro de estas citas al estirarse hasta los 13 metros y 71 centímetros en la competencia de salto triple. El norteamericano Robert Garret dejó atónitos y frustrados a los griegos por su triunfo en el lanzamiento del disco, prueba pionera de los Juegos Olímpicos Antiguos, y en la que Garret fue el único concursante extranjero.

Sin embargo, los anfitriones se desbordaron de alegría cuando Spyridon Louis tendió un puente con sus antepasados al coronarse campeón de la carrera de la maratón. La modalidad había sido incluida en los Juegos por Coubertin como homenaje justamente a Grecia y en honor al guerrero Filípides, quien recorrió 40 kilómetros para transmitir las noticias de la batalla de Maratón e indicar que los persas habían invadido.

Varios hombres adinerados, contraviniendo los ideales olímpicos de Coubertin, ofrecieron atractivas recompensas si un griego se proclamaba campeón. Un sastre prometió confeccionar sus vestidos gratis de por vida, un peluquero le cortaría el cabello y lo afeitaría sin costo alguno por el resto de sus años, y no faltaron las ofertas de un barril de vino de la mejor calidad o de dos mil libras de excelente chocolate.

Pero la más apetecida resultaba la del acaudalado Giorgios Averoff, quien además de un millón de dracmas (moneda local), ofrecía la mano de su hija en matrimonio. El modesto mensajero de correos de una localidad cercana a Atenas se convirtió en un hombre sumamente rico, pero el único premio que no pudo cobrar fue la hija de Averoff, pues para entonces ya estaba casado. Más importante para Louis fue su inconmensurable legado, reconocido al bautizar con su nombre el estadio principal que sirvió de sede a los Juegos de Atenas-2004.

En la propia carrera de maratón se cometió el primer fraude olímpico, al comprobarse que el griego Spiridon Velokas, quien entró tercero a la meta, cubrió una buena parte de la ruta sentado en un carruaje, lo cual provocó su descalificación. La natación afrontó serias dificultades, pues varias pruebas se disputaron en mar abierto, en aguas con una temperatura de 13 grados centígrados y fuerte oleaje, lo cual provocó que muchos competidores debieron ser rescatados a punto de ahogarse.

Una pifia imperdonable cometieron los organizadores de los Juegos al no comunicarle a las demás naciones que en Grecia se utilizaba entonces el calendario juliano, cuya diferencia con el gregoriano era de 11 días. Como resultado los atletas estadounidenses, por ejemplo, llegaron a la sede convencidos de tener suficiente tiempo para la preparación previa, pero descubrieron con asombro que las competencias comenzarían a la mañana siguiente.

Pese a eso, Estados Unidos mayoreó en el campo y pista y la natación, mientras que Francia lo hacía en el ciclismo y Alemania en la gimnasia. Renacían así las citas cuatrienales del músculo, aunque sus protagonistas estaban lejos de imaginar que todo el universo deportivo giraría un día alrededor de estos eventos, como en la actualidad.

Regreso a casa con Atenas-2004

Si el tiempo quedara suspendido la vida sería muy aburrida, aunque en ese caso algunos hermosos recuerdos de justicia tardía seguirían intactos, como los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. La mística de los Dioses del Olímpico y el hecho de que, por fin, la ciudad pionera de las justas de la Era Moderna, volvería a acoger el más grande evento deportivo mundial, ya ofrecían un regalo.

Contrario a lo esperado, Atlanta en 1996 despojó a Atenas de la perspectiva de auspiciar los Juegos del Centenario, que habían surgido precisamente en la principal urbe helénica en 1896 por iniciativa del Barón Pierre de Courbertin. Con ocho años de retraso, Atenas y todo el esplendor de la Acrópolis, el pintoresco barrio de Plaka, casas como postales, alegres tabernas y pequeñas plazas adornaron un ambiente especial en la cuna de la cultura occidental.

Sin embargo, los 17 días de competiciones en la engalanada Atenas resultaron los más costosos de la historia. La ciudad terminaría profundamente endeudada, en lo que muchos señalan ahora como el inicio de todas las crisis que azotan a Helas. Atenea y Febo fueron las mascotas de las lides en las cuales estuvieron presentes 202 Comités Olímpicos Nacionales, más de 11 mil deportistas y una poderosa legión de 12 mil periodistas, camarógrafos, reporteros gráficos y comentaristas.

En septiembre de 1997, en Lausana (Suiza), Atenas superó a la ciudad de Roma por 66 votos contra 41. Fue un sufragio que satisfizo a la comunidad olímpica y una limpieza de cutis para los jerarcas del deporte internacional. De cutis porque nunca los intereses mercantilistas de Atlanta debieron impedir la celebración del centenario como debió ocurrir en las legítimas tierras del Olimpo.

El símbolo del evento fue la corona de laurel, dado su significado en la antigua Grecia y en sus primeros Juegos Olímpicos. De tal forma se impuso una corona semejante a los tres medallistas de cada prueba. Los escenarios fueron espléndidos y en general la organización cumplió las expectativas, aunque financieramente, tal y como advirtieron en su momento movimientos sindicales y grupos de izquierda, el impacto negativo vendría después.

Los Juegos Olímpicos de Atenas-2004 comenzaron con una típica tragedia helénica digna del más puro Esquilo o el más abarcador Sófocles. A horas de la ceremonia de apertura, los velocistas Kostas Kenteris, campeón de los 200 metros en Sydney-2000, y Ekaterini Thanou, subtitular olímpica de los 100, fueron marginados tras evadir un nuevo control antidopaje. Antes en Tel Aviv, Roma, México y Chicago cometieron el mismo error para darle a la historia ateniense demasiadas evidencias de culpabilidad.

Las dos grandes esperanzas griegas, pareja en el deporte y según rumores en la vida, alegaron haber sufrido un accidente de moto cuando regresaban a la Villa para el control. Su entrenador, el polémico Christos Tzekos, un empresario parafarmacéutico que dirigía a un grupo de atletas de élite al margen de la federación griega, corroboró la “dudosa e increíble” historia.

El accidente nunca tuvo testigos y en el supuesto lugar no se encontraron evidencias, hechos que precipitaron el final de sus carreras, sin embargo siete años después un Tribunal de Atenas los condenó a 31 meses de cárcel a cada uno por fingir el accidente que “nunca ocurrió”. Pero semanas después fueron indultados.

Atenas-2004, en el orden deportivo, marcó la consagración del nadador estadounidense Michael Phelps y del fondista marroquí ICAM El Guerrouj. Phelps logró ocho medallas, igualando así el récord hasta entonces en una misma cita olímpica. Sin embargo, no pudo batir el de su compatriota Mark Spitz y superar las siete preseas doradas de los Juegos de Munich-72.

Por su parte, El Guerrouj hizo doblete en 1.500 y 5 mil metros lisos, algo que no pasaba desde hacía 80 años. El último en lograrlo había sido el legendario finlandés Paavo Nurmi, en 1924. Por último, la gran decepción en Atenas fue la selección estadounidense de baloncesto, que sólo pudo hacerse con el bronce. Argentina acabó con el mito al derrotarle en las semifinales. Un Dream Team sin el donaire de antaño y la consolidación de la Argentina de Manu Ginóbili y Luis Scola.

Entre los “highlights” de Atenas-2004 destacaron el triunfo del chino Liu Xiang en los 110 metros con vallas; el ataque del fanático sacerdote irlandés Horan al maratonista brasileño Vanderlei de Lima, finalmente bronce en la carrera. De Lima fue honrado después con el galardón Pierre de Coubertin por su espíritu deportivo. Además, Afganistán regresó a las Olimpiadas, y los chilenos Nicolás Massú y Fernando González se llevaron el título en dobles en tenis, y oro y bronce individual.

* Periodistas de Prensa Latina.