Es un hecho histórico por demás conocido que la colonización de los países del sur, denominados en décadas pasadas como del “tercer mundo” (es decir un tipo de mundo tan diferente del modelo civilizatorio occidental imperante que ni siquiera podía ser concebido dentro de su escala de desarrollo); estuvo caracterizada principalmente por el uso de la violencia más descarnada, inclusive en las esferas más impensadas como suelen constituir lo simbólico-religioso y lo ritual. No por nada por ejemplo, las imágenes de la cruz y la espada son recurrentes para referirse a aquellos hechos de brutal muerte, genocidio, sometimiento y pérdida de libertad en diversos órdenes que impusieron los colonizadores.

Estos acontecimientos históricos contrajeron y sobrepusieron una doble tarea a los pueblos sometidos para alcanzar su liberación: no basta únicamente con liberarse de las cadenas de la explotación impuesta por el sistema capitalista, sino que al mismo tiempo había que encarar la lucha para liberarse de las cadenas impuestas por el coloniaje y el sometimiento colonial.

A su turno, en vista de que se trata de la imposición por la violencia de un doble sistema de explotación (capitalista) y sometimiento (colonial) sobre los pueblos y las naciones colonizadas; también se puede comprender con mayor facilidad por qué los pueblos indígenas y el campesinado constituyen los sectores sociales más afectados entre las clases explotadas, porque deben soportar tanto la explotación impuesta por el sistema económico interno, pero además la negación y pérdida de su identidad y las libertades que contrae la colonización. Es, podría decirse también, el origen del colonialismo interno por el cuál la sociedad y especialmente las clases dominantes, adoptan prácticas y reproducen mecanismos propios del coloniaje, en su afán por mantener un sistema de privilegios y ventajas sobre las clases subalternas explotadas y sometidas, siendo que a su turno mantienen vínculos de sometimiento y son tributarios del sistema colonial impuesto.

Con la consolidación del sistema capitalista y el surgimiento del imperialismo, la dominación y el sometimiento adquieren un carácter más global, donde inclusive sus clases dominantes pasan a constituir sectores dominados por el imperialismo y la neocolonización, abriendo de esta manera nuevas facetas y nuevas dimensiones a las tareas de liberación nacional. Por esta razón, no es suficiente alcanzar la independencia nacional y las libertades democráticas, propias del periodo republicano liberal; se hace indispensable recuperar la soberanía nacional sobre los recursos naturales, liberarse del sometimiento imperialista, luchar contra el sistema capitalista neoliberal y deshacerse de las prácticas coloniales impuestas. Es decir, que la liberación nacional y la descolonización implican no solo luchar contra el sistema y los sectores dominantes (tanto nacionales como emergentes del imperialismo), sino contra nosotros mismos y contra las prácticas coloniales adoptadas, que han sustituido y anulado nuestra identidad y nuestros valores. De otra forma (en el mejor de los casos), solo alcanzaríamos a enfrentar y derrotar al enemigo externo, para terminar reproduciendo un nuevo sistema de explotación y dominio, en base al establecimiento y emergencia de nuevos sectores dominantes.

Ahora bien, este muy sucinto recuento del proceso de colonización (porque es claro que no debe ser entendido como un hecho puntual referido a la llamada “conquista española”), que sucesivamente va adquiriendo nuevas y más complejas expresiones sobre los pueblos y los sectores sociales dominados de países como el nuestro; pretende contribuir al esclarecimiento y descripción de algunas expresiones de colonialismo que persisten aun en el proceso de cambio y transformación, así como el punteo de algunas tareas pendientes que parecen estar quedando en el olvido.

Violencia y conflictividad nacional

La creciente proliferación de conflictos sociales, principalmente en la gestión 2011, ha dado lugar a diverso tipo de interpretaciones y explicaciones. Se ha sostenido, no sin razón, que los conflictos sociales (y por tanto el uso de la violencia que suelen contraer), son connaturales a las sociedades vivas y dinámicas, precisamente porque dan cuenta de esa dinamicidad. En el caso de sociedades como la nuestra, que se encuentra en un proceso de cambio y transformaciones, se ha señalado que la conflictividad es el motor de dichos cambios, etc. Sin embargo, también es importante resaltar que la violencia y el conflicto no solo son expresión de las contradicciones de una sociedad, sino también el método/instrumento que tradicionalmente ha utilizado y utiliza el poder colonial para someter al colonizado.

La violencia ejercida sobre el colonizado (especialmente sobre pueblos indígenas y campesinos que históricamente han constituido los sectores más afectados por este proceso de sometimiento, anulación de sus identidades e intento de deshumanización), es la forma común de colonización y neocolonización que se expresa de múltiples formas, que van desde la propia violencia material y física, hasta la opresión, discriminación, exclusión y racismo que caracteriza estas prácticas.

La violencia, por tanto, no solo constituye la principal herramienta de dominación y sometimiento de los colonizadores, es también la principal consecuencia que conocen y sufren los pueblos y sectores colonizados. Es decir, no solo es un medio, un arma de sometimiento de los colonizadores; también es la causa que origina la furia y el odio acumulado que el colonizado alimenta contra su opresor y que, a la postre, constituirá la fuerza para buscar su liberación.

De esa forma, el uso de la violencia no solo expresa el sometimiento que sufren los colonizados, sino también su ansia de liberación. Por ese motivo es posible comprender que algunas (o muchas) veces, la violencia y el conflicto es utilizada como arma corriente en contra de todo aquello que sienten que los amenaza (inclusive contra aliados potenciales o directos), porque constituye la única arma que conocen, puesto que ha sido siempre la forma cómo los han sometido.

Si bien este razonamiento permite explicar (aunque no justificar) el fenómeno de la conflictividad y el uso creciente de la violencia que se ha ido convirtiendo cada vez más en un arma corriente utilizada por diversos sectores sociales; aquí es importante subrayar con el énfasis debido, cuando a su turno es el propio gobierno de un proceso de transformación y cambio, quien utiliza mecanismos similares para resolver los conflictos y la violencia emergente.

Al margen de los hechos de violencia protagonizados por organismos de seguridad del Estado que se efectuaron en el pasado, inclusive cobrando vidas humanas como en Caranavi, Huanuni, Chaparina, etc., también debe reflexionarse en torno a las acciones de división, separación, prebendalización, descalificación y de ataque que se ha optado por utilizar por parte del gobierno plurinacional; porque expresan y traducen resabios coloniales y colonialistas que corresponden ya no a un gobierno y a un Estado plurinacional, sino a los nuevos sectores que buscan dominar y constituirse en la nueva clase hegemónica. No otra cosa puede concluirse si, sabiendo que la violencia es la principal forma de dominación y colonización; entonces mal se puede promover el rechazo, el odio y la reacción que provocan los actos de división, prebendalización y descalificación a los que se somete a sectores sociales que reclaman por sus derechos, siendo que esencialmente deberían constituir los aliados naturales y protagónicos del Estado plurinacional en construcción.

Es más, se descarta el hecho de que si la violencia y el conflicto es la principal forma de dominación y colonización; entonces debería ser claro que la fuerza y la unión de los sectores tradicionalmente colonizados, sometidos y explotados, deberían ser una de las principales herramientas de su liberación y de la liberación nacional. No parece entenderse que si los sectores sociales sometidos por el neocolonialismo y la explotación capitalista permanecen divididos y separados, solo serán caldo de cultivo de nuevos sectores dominantes que buscarán mantener su condición de sometimiento y evitar que adquieran la fuerza necesaria para liberarse.

Se parece olvidar que para alcanzar una verdadera liberación nacional no solo debe garantizarse y promover la fuerza y la unidad de los sectores sociales sometidos por el (neo) colonialismo, sino que en contrario de promover y efectuar su descalificación y marginamiento del proceso, debería garantizarse la construcción y fortalecimiento de un bloque social plurinacional no excluyente ni sectario. Por eso, la ausencia o exclusión de los pueblos indígenas y el proletariado de la COB en este bloque resulta inadmisible e inexplicable, en vista de que se anula y debilita la fuerza y unidad de los sectores populares para cumplir con las tareas de liberación nacional y, lo que es peor, solo se habrá dado paso a las condiciones para el establecimiento de una nueva casta o sector dominante.

Modelo de desarrollo y liberación nacional

En correlación directa con al anterior razonamiento, deberemos coincidir que la composición social del bloque social no solo da cuenta de su potencial ideológico y su capacidad transformadora; sino que también muestra muy diáfanamente la orientación y forma de relacionamiento con la naturaleza. El cooperativismo minero por ejemplo, es una muestra clara y perversa de la depredación, el extractivismo y el individualismo capitalista, que se contrapone frontalmente a lo que representan los pueblos indígenas que históricamente han mantenido una relación armoniosa con la naturaleza y los recursos naturales. Lo mismo ocurre al analizar las otras clases como el proletariado, el campesinado y los colonizadores, etc. Por ello se afirma que la composición del bloque social no solo da lugar a una forma de relacionarse e interactuar con el Estado y la sociedad (por el contenido social y los intereses de clase que representan); sino también a una forma de relacionarse e interactuar con la naturaleza. La importancia de resguardar la participación de sectores sociales que aseguren una relación armoniosa con la naturaleza, está relacionada con la necesidad de construir un modelo alternativo al capitalismo, al mismo tiempo de luchar contra las prácticas coloniales persistentes que continúan buscando la exclusión y sometimiento de este sector tan importante.

En otras palabras, se puede señalar que dependiendo de la composición social y étnico-cultural del bloque social, también dependerá su orientación ideológica, su capacidad revolucionaria y sus reales posibilidades para cumplir las tareas de liberación nacional y la construcción de un modelo alternativo al capitalismo depredador, que se ha dado en llamar socialismo comunitario para Vivir Bien.

La importancia de asegurar y resguardar la participación y presencia en el bloque social de los sectores populares que cuentan con potencial revolucionario, está en directa proporción y equivalencia con la necesidad estratégica de contar con los pueblos indígenas; porque ellos constituyen el baluarte imprescindible para establecer y mantener una relación armoniosa con la naturaleza, que constituye la base indispensable para la construcción de un nuevo paradigma alternativo para Vivir Bien, en contraposición al capitalismo salvaje, depredador y extractivista.

Ahora bien, asumiendo que el bloque social referido y que originalmente dio inicio al proceso de transformación democrático cultural boliviano, será reconstituido (salvo el riesgo de sufrir las consecuencias también anotadas); es importante referirse al modelo de desarrollo que se adoptará para cumplir tanto las tareas de liberación nacional y descolonización, como de lucha contra el capitalismo.

A este respecto existe un muy rico y largo debate que, según entiendo, ha coincidido con el criterio de que debe lograrse un cambio en la matriz productiva del país. Por ejemplo, durante los años de la revolución del 52 y décadas subsiguientes, se ha discutido y subrayado con insistencia que para superar “el país de pastores” que nos caracterizaba, las corrientes nacionalistas (incluyendo a René Zavaleta Mercado), consideraban que lo que permitiría la liberación del país, era el establecimiento de una industria pesada (siderurgia) y la transformación e industrialización de los recursos hidrocarburíferos del país.

Al parecer, en el plano de las ideas (porque una cosa es plantear la transformación de la matriz productiva y la industrialización de las materias primas y otra cosa es hacerlo), este mismo pensamiento persiste hoy día cuando encaramos las tareas de transformación democrático cultural. Sin embargo, en esa perspectiva, quedan algunos desafíos que valdría la pena abordar, puesto que tienen que ver con la forma cómo se encarará este proceso. Es decir, cómo se lleva en la práctica las tareas del cambio de la matriz productiva, sin afectar el objetivo de la liberación nacional y la descolonización. Por ejemplo, nos referimos a desafíos como los siguientes:

a) Se insiste muy reiteradamente que el cambio de la matriz productiva debe realizarse necesariamente sobre la base del fomento a la inversión extranjera. Ello contrae el riesgo de someter la soberanía e independencia nacionales (nuestra libertad) a los interés transnacionales; sin embargo, la pregunta que queda es por qué no podemos plantearnos que dicha transformación de la matriz productiva pueda orientarse de tal forma que utilice los recursos y la capacidad interna propios. Que la construcción de nuestro futuro pueda basarse en el esfuerzo, el ahorro y las fuerzas internas disponibles.

b) También hemos tenido la capacidad de plantear y esbozar un paradigma alternativo al capitalismo salvaje y el neoliberalismo extractivo; sin embargo, al mismo tiempo, se puede advertir que el desarrollo del país está cada vez más dependiente y supeditado a la inversión extranjera, el capitalismo transnacional y el modelo de desarrollo occidental extractivista, como si se tratase de la única vía de desarrollo posible. Entonces, por qué no actuar en consecuencia a los planteamientos del Vivir Bien en armonía con la naturaleza y la defensa de los derechos de la Pachamama que el gobierno plurinacional propugna en los foros internacionales, sabiendo que los principios de solidaridad, complementariedad, reciprocidad e intercambio no son formulaciones teóricas o postulados abstractos, sino prácticas cotidianas de pueblos y comunidades que forman parte de nuestra sociedad.

Finalmente para terminar estos apuntes y cuando reflexionamos acerca del por qué nuestra sociedad y nuestro gobierno continuamos reproduciendo prácticas que desdicen lo que planteamos y se encuentran en franca oposición de lo pensamos (sea en el plano de la violencia y del conflicto, o de la construcción de un nuevo Estado); quizás deberíamos preguntarnos si en el fondo (lo mismo que quienes han perdido su libertad y se encuentran sometidos por algún tipo de servidumbre o colonialismo), sentimos miedo de liberarnos y perder aquella seguridad que por muy inhumana que pudiese parecer, finalmente nos otorga aquellas mínimas condiciones de sobrevivencia y subsistencia, pero dependiente de una voluntad externa que nos domina o de una nueva fuerza dominante que se impone.

* Sociólogo boliviano.