(SENA-Fobomade).- Los asentamientos de colonizadores han transformado el TIPNIS, y los indígenas deben librar una batalla cotidiana para defender su territorio. El despojo de tierras a los indígenas para el acaparamiento y concentración en manos de los colonos, es un signo de la época que va reconfigurando las relaciones de poder y sus expresiones económicas, sociales, culturales y políticas.Bajo nuevos patrones de tenencia de la tierra estructurados por los procesos de colonización, se activan mecanismos de explotación económica, relaciones laborales de servidumbre, pongueaje político y enajenación cultural.

En el 2011, la antropóloga Marianela Luján Cavero se adentró en el territorio indígena para realizar una investigación sobre los “Asentamientos de Colonizadores y su Influencia Sociocultural en Comunidades Indígenas que habitan el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro- Sécure”, y cómo determinan la nueva realidad económica, social, política y cultural del TIPNIS.A partir de una mirada retrospectiva al periodo 1978/2008, la investigadora describe el impacto provocado por los procesos de colonización de origen quechua y aymara en las comunidades indígenas Santísima Trinidad y San Miguelito del Isiboro.

La invasión del territorio indígena

Desde tiempos pre-hispánicos, la superficie geográfica que hoy se conoce como el TIPNIS, estuvo habitada por los pueblos indígenas Arawak, Yuracareé y T’simán. Una de las más importantes ocupaciones del TIPNIS ocurrió en los tiempos de las reducciones jesuíticas. Sus habitantes, especialmente los Mojeños, fueron llevados hacia misiones católicas, mientras que importantes segmentos de Yuracareés y T’simanes adoptaron la estrategia del aislamiento voluntario para resistir la invasión.

Lo que se podría denominar como la moderna ocupación del territorio indígena, se inicia en la segunda mitad del siglo pasado y se consolida con la apertura del tramo caminero Villa Tunari–Puerto Patiño–Moleto, en 1970, que abrió la geografía indígena al proceso de colonización. Como resultado, hoy el TIPNIS tiene una composición multiétnica con predominancia originaria de los pueblos Mojeño Trinitarios, seguidos por Yuracareés y T’simanes, a los que se suman una mayoría numérica de colonos del altiplano y valles.

Más de medio siglo de ocupación, ha derivado en nuevas relaciones de poder económico, político y cultural en el territorio indígena del Isiboro Sécure. El territorio – propiedad colectiva de los indígenas – es avasallado por colonos colonizadores para consolidar un régimen de propiedad privada individual. La economía comunitaria, es sustituida por formas capitalistas de explotación de los recursos naturales y de la fuerza laboral y, la forma “sindicato” pretende sustituir las formas de organización social y política de las comunidades indígenas.

Los modernos asentamientos en el TIPNIS

En la actualidad, en el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) existen tres tipos de asentamientos. Los asentamientos de población criolla beniana – los karais – iniciados en los 70´s, que son minoritarios, situados en la confluencia de los ríos Isiboro y Sécure. Están concentrados en 17 estancias ganaderas, que ocupan más de 32.000 has., administradas mayormente por indígenas de la región por encargo de sus propietarios que radican en centros urbanos del Beni.

Los asentamientos de cazadores y motosierristas, dedicados al aprovechamiento irracional e ilegal de los recursos naturales a través de la caza de animales silvestres en extinción y la extracción de madera valiosa como la mara, el ochoó, ceibo, tajibo y roble que en los 70´s y 80´s representaron una gran amenaza, pero ahora están sometidos al control y vigilancia de guardaparques del SERNAP que pertenecen a las mismas comunidades del TIPNIS.

Los asentamientos de colonos cocaleros, que ingresaron en el periodo 1979-1990 a la parte sur y sureste del TIPNIS originalmente por iniciativa de la Corporación Boliviana de Fomento y del Instituto Nacional de Colonización. Ya sea por la vía asentamientos dirigidos o espontáneos, han ocupado una cuarta parte del TIPNIS, desde el tramo carretero Puerto Patiño-Moleto hasta el río Ichoa, trayecto en el que tomaron zonas altamente frágiles de pie de monte para dedicarse casi exclusivamente al cultivo de la coca.

Los asentamientos de cocaleros usurpan tierras, desplazan a comunidades indígenas, introducen nuevas pautas de producción y consumo, imponen o sobreponen nuevas formas organizativas y son la expresión de un modelo de desarrollo basado en la propiedad privada individual de la tierra y formas capitalistas de producción y reproducción de la fuerza de trabajo.

Los colonos cocaleros que viven actualmente en el Chapare y la parte sur y sureste del TIPNIS, no tienen una identidad cultural étnica originaria propia. Cultivan coca y producen chicha de maíz y se entremezclan entre ex mineros, agricultores, comerciantes, transportistas, mecánicos, chicheros, bolicheros, etc., que exponen sus habilidades comerciales a lo largo de los caminos.

Un enmarañado campo de relaciones interétnicas

La nueva conformación poblacional del TIPNIS ha derivado en un enmarañado campo de relaciones interétnicas asimétricas. Por un lado, las relaciones mediadas histórica e ideológicamente por una suerte de “jerarquización cultural”, entre Mojeños, Yuracareés y T’simanes, que desplaza a éstos últimos a la categoría de “menos civilizados”.

Por otro, debido a la constante invasión de los espacios territoriales de las comunidades indígenas se ha generado una especie de coexistencia de varias culturas en un mismo espacio y una compleja red de relaciones interétnicas entre Mojeños/Colonos, Mojeños/Yuracareés/Colonos, Yuracareés/Colonos y T’simanes/Yuracareés.

El TIPNIS se ha constituido en un territorio de asimetrías y conflictos interétnicos entre los asentamientos de colonizadores y los pueblos indígenas, debido a problemas asociados a la propiedad de la tierra y a las formas de ocupación del espacio, a la depredación ecológica que ha causado el excesivo cultivo de la coca, a la inestabilidad social y a una constante presión cultural derivados del menosprecio por parte de los colonos hacia los indígenas, a quienes los denominan peyorativamente como Trinches o Yuras (indios, flojos, incivilizados), se los considera diferentes e inferiores a los colonos, y se los utiliza como mano de obra barata.

Dos modelos contrapuestos

La línea roja que divide al gran territorio indígena del Isiboro Sécure, delimita también dos modelos contrapuestos que tienen lugar, por un lado, en un millón 90 mil hectáreas de territorio y, por otro, al sur, en 170 mil hectáreas colonizadas.

Desde lo indígena, la gestión y control del territorio se da en el marco de la economía étnica, economía tradicional basada en la caza, pesca y recolección amazónica y orientada a contribuir y garantizar la seguridad alimentaria de las familias indígenas. Este escenario de economía étnica que viene siendo desarrollado a lo largo de varios siglos, se amalgama en el último tiempo con un modelo comunitario que impulsa iniciativas que ya no solamente tienen como fin la seguridad alimentaria y la subsistencia de las familias indígenas, sino objetivos de desarrollo inspirados en el horizonte del vivir bien.

El modelo indígena, entiende la administración y gestión del territorio en términos colectivos, que permite no sólo acceder a los recursos de este territorio sino hacerlo bajo un patrón de concentración y dispersión, que es también un modo político, basado en relaciones consanguíneas y familiares, un modo de acceso a los recursos en clave indígena.

El otro modelo que se desencadena en el Polígono 7 por los productores de hoja de coca, tiene como eje la economía agrícola, la ocupación de los bosques y de las áreas de pie de monte, para garantizar el acceso a uno de los bienes específicos más valiosos: la tierra. Para el modelo de los colonos la tierra es el eje y su administración y gestión, tiene carácter individual. Pero además, el modelo de desarrollo que impulsa las actividades en esta zona es la producción con destino al mercado, la monoproducción de la hoja de coca, que implica una fuente de ingresos significativa. Los datos que se tienen en el TIPNIS, en la región sur, señalan que el 95 por ciento de los ingresos de las familias proviene de la hoja de coca. Este mono producto tiene un destino específico que es el mercado, no el mercado tradicional, es decir el acullico, sino más bien los circuitos del narcotráfico, de tal manera que no sólo está vinculado a los mercados locales, sino al mercado global.

Este modo de desarrollo tiene un patrón de concentración poblacional y modo organizativo que se basa en el sindicato, que no sólo organiza la economía sino también la política.

La depredación de los recursos forestales y de la fauna silvestre está obligando a que algunas familias indígenas sustituyan su economía tradicional, así como las formas de ocupación de los espacios. La introducción de nuevos cultivos, que no corresponden a los patrones económicos tradicionales de las comunidades, se ha convertido en factor de potencial conflicto. El mercado de la coca y de la madera funcionan como “mediadores y reguladores” de todas las relaciones sociales en el territorio y ejercen funciones, mandatos y competencias muchas veces sin legitimidad alguna.

Desde su forzosa apertura a la colonización, la articulación socioeconómica interna y externa del TIPNIS está determinada por una paulatina penetración de una economía de mercado – regida por lógicas mercantilistas y capitalistas – que genera intercambios desiguales de mano de obra, reconfigura los sistemas de producción, establece nuevos modos de comercialización de productos e introduce nuevos productos desde las urbes al mismo tiempo que los rescatadores se hacen de los productos de la región.

Las actividades en las cuales son contratados los indígenas son diversas: entre ellas están todas las tareas agrícolas referentes a la preparación, mantenimiento y cosecha de cultivos de arroz y maíz, la cosecha de naranja, fumigación, corte y acarreo de plátano y banano, pero en especial de la coca. Una parte de los jóvenes prestan sus servicios a madereros de la zona colonizada, el pago por jornada oscila entre 20 a 120 bolivianos, dependiendo de la demanda y del tipo de trabajo que se realice. Por ejemplo, para sacar madera del monte se paga Bs. 30 el jornal, para la cosecha de coca el jornal por día es de Bs. 50 más comida y bebida (en temporada alta se llega a pagar hasta Bs. 120 el jornal).

En algunas comunidades como Santa Anita y Santísima Trinidad existe una estructura económica más compleja, ya que por una parte los comunarios indígenas cultivan productos de subsistencia, pero también se dedican al cultivo de la coca que es comercializada generalmente en Isinuta o es vendida a los rescatadores de las mismas comunidades; el dinero que se obtiene por la venta es utilizado a nivel familiar.

Existe una marcada diferencia entre el sistema de producción indígena y el de los colonos. Por su parte los indígenas tienen un mejor manejo del medio ambiente, intercalando cultivos y la extensión de la tierra que preparan para el cultivo. En cambio los colonos cultivan la tierra hasta agotarla, realizando un aprovechamiento intensivo y expansivo de la misma, para luego trasladarse a otros lugares boscosos, en busca de tierra fértil para iniciar el mismo ciclo, hasta una vez más agotar la tierra y luego venderla a otro paisanito recién llegado.

La visión de bienestar que tienen los asentamientos de colonizadores andinos, está mediada por la lógica del consumismo y la acumulación de bienes, para lo que es clave la cercanía del camino o tramo carretero, debido a la facilidad que tienen para desplazarse y llevar sus productos hacia los centros urbanos más cercanos (Isinuta, Eterasama, Villa Tunari, Chimoré, Cochabamba incluso Santa Cruz), así como traer mercadería variada para sus tiendas, cantinas y karaokes que están extendidas a la vera del camino.

Los colonos son mercaderes, venden todo lo que pueden y en cualquier parte, en su casa, en su tienda o negocio, en el camino o en la feria, en cambio los indígenas intercambian, y sólo venden si expresamente alguien los visita en su casa para demandar algún producto que poseen, no salen al camino, o a la feria para vender. La tienda más grande que hay en la comunidad indígena de Santísima Trinidad es de Doña Daría, oriunda de Llallagua, Potosí.

Los colonos se vinculan no sólo al resto del país sino al mundo globalizado a través de la televisión por cable, tienen antena parabólica y detentan la exclusividad del acceso gratuito a la televisión nacional e internacional.

Nuevas estructuras organizativas: la forma sindicato

Actualmente, las comunidades indígenas resisten la fuerte presión desplegada por las estructuras organizativas, de los colonizadores cocaleros mediante sus sindicatos que no sólo tienen un carácter gremial sino también político.

La coca es el elemento articulador de estas estructuras organizativas. Los colonos cocaleros están organizados en sindicatos y, éstos a su vez, están afiliados a la Federación de Productores de Coca. Las comunidades indígenas que se encuentran cerca o dentro de la “línea roja”,también producen coca en sus chacos, por lo que están continuamente conminadas a incorporarse y/o afiliarse a los sindicatos de los colonos, y a cumplir con el pago de cuotas monetarias mensuales y anuales. Asimismo, están obligadas a asistir a los encuentros sindicales y acatar sus resoluciones, lo contrario lo expone al pago de multas o sanciones que incluso pueden llegar al extremo de la expulsión de su comunidad.

En esa dinámica, muchas veces la organización comunal originaria próxima al área colonizada es subordinada a los usos y costumbres de la forma sindicato.

La Subcentral del Territorio Indígena y Parque Nacional Isoboro Sécure, es la expresión legítima de las comunidades indígenas del TIPNIS que, a su vez, está afiliada a la Confederación Étnica de Pueblos Mojeños de Bolivia (CEPMB) y, ésta a la Central de Pueblos Indígenas de Bolivia (CIDOB). Funciona bajo una lógica diferente a la forma sindicato, se estructura por la representación de corregidores de los 64 pueblos indígenas que habitan en el TIPNIS y que a nivel local tienen en los Encuentros de Corregidores el espacio para la deliberación y la toma de decisiones y, a nivel nacional, se reúnen en un Gran Consejo Indígena.

Enclaves para el narcotráfico

Históricamente, la principal actividad económica de los colonizadores es el cultivo de la hoja coca, que influye en la organización del espacio socioeconómico. Las plantaciones de coca excedentarias, están asociadas al tráfico de precursores y a la elaboración y comercialización de droga. Se estima que el 95% de la coca cultivada en el TIPNIS no está destinada al mercado tradicional y según efectivos de la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC), cuando este cultivo se incrementa, aumenta la elaboración de pasta base y clorhidrato de cocaína.

La ampliación constante de la frontera agrícola, la depredación de la flora y fauna, y el uso intensivo de la tierra para las plantaciones de hoja de coca, son algunos signos de los métodos de agricultura altiplánica y valluna trasladados por los colonos y que han alterado de forma definitiva el orden ecológico del área donde han establecido sus parcelas, así como las formas tradicionales de uso y ocupación del espacio, y de la propia economía indígena que al influjo de esas nuevas prácticas va sustituyendo su economía tradicional basada en la caza y pesca.

La expansión agrícola de los colonizadores, además de otros factores, como la presencia de estancias ganaderas, la explotación maderera y el comercio ilegal de la fauna silvestre, han provocado una fuerte presión sobre los recursos naturales de la región y sobre las comunidades indígenas del TIPNIS, vulnerando la base fundamental de subsistencia y reproducción de los pueblos indígenas, afectando su espacio y sus recursos naturales.

“El colono trafica con la tierra, la explota por cuatro o cinco años y la pone en venta, y sigue buscando otras tierras más allá, mientras que acá en nuestro territorio nadie vende la tierra, si uno donde se posesiona, siembra sus chocolatales, naranjales, y ese será su chaquito, en cambio el colono ¡lo vende! Por eso se dedican a buscar los montes para desmontarlo”(Reynaldo Muiba, San Miguelito del Isiboro 28/08/08).

Los Yuracareés por su parte, desde la llegada de los colonizadores, prefirieron adéntrense a lo profundo del monte dejando atrás sus asentamientos originales, para evitar los conflictos con los colonos. A pesar de haber retrocedido y ocupado sus nuevos espacios, siguieron siendo víctimas del agresivo avasallamiento cocalero, al punto que no les quedó más territorio hacia adentrarse, se vieron forzados a formar parte de los sindicatos cocaleros.

El TIPNIS como reducto de la Loma Santa

Uno de los aspectos fundamentales que permiten comprender el pasado histórico y el presente del movimiento indígena de la región del Isiboro Sécure es la “Búsqueda de la Loma Santa”. Las comunidades indígenas, en especial la Mojeña, desplegaron diversas estrategias para sobrevivir como pueblos étnicos. Una de esas estrategias fue precisamente la búsqueda de un espacio libre de la opresión karayana, desplazándose en largos recorridos bajo la conducción de un guía chamánico. Así llegaron a aquellos espacios que los mojeños antiguamente habitaban antes de ser reducidos por las misiones jesuíticas.

El Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure – TIPNIS – que a partir de 1870 ha sido ocupado de nuevo por los pueblos indígenas Mojeños (Trinitarios, Ignacianos y Javieranos), Yuracareés y Tsimane´s, se constituye en un escenario privilegiado de las migraciones indígenas religiosas en Busca de la Loma Santa. Para ello se embarcaron en un largo proceso de recuperación de sus territorios originarios, de sus formas lógicas de manejo espacial y de su organización social y cultural, así como del aprovechamiento de los recursos naturales.

Se sabe que los buscadores de la “Loma Santa”, desde sus primeros desplazamientos con Andrés Guayocho, tienen una presencia importante al interior de las comunidades del TIPNIS como San Antonio de Imose, Concepción del Imose, la Providencia del Chimita y el Carmen. En la actualidad, estas comunidades son reconocidas como los principales reductos de los buscadores, por haber sido espacios adecuados para salvaguardarse del acoso karayana.

Hoy en día, no queda espacio a donde huir del acoso constante que sufren por parte de los colonizadores cocaleros y de la sociedad moderna. Pero la búsqueda continúa hasta hoy bajo el paradigma de la nueva “Loma Santa” que no es más que la consolidación del derecho a ser dueños legítimos de sus territorios ante el Estado y la sociedad boliviana.

Los pueblos indígenas que habitan ancestralmente el Isiboro Sécure, describen de manera minuciosa su territorio: “Es el área o espacio geográfico definido y reconocido legalmente, que pertenece a los indígenas Moxeños, Yuracareés y Chimanes o Tsimanes que lo habitamos tradicionalmente, y donde desarrollamos nuestra vida social, económica, cultural y espiritual, haciendo uso de los recursos naturales hídrico, tierra, flora y fauna, conforme a la práctica de nuestros antepasados, y según nuestras necesidades de desarrollo”. (…) “El territorio constituye la base material de nuestra sobrevivencia como pueblos y de nuestra autonomía política y gestión…” (Adolfo Moye, Florentino Muiba, Félix Semo, Francisco Cueva 23/09/08 Santísima Trinidad).

Para los indígenas, el territorio está lleno de simbolismos, representa la tierra prometida, salvadora y liberadora. Tiene una personalidad que protege, y es concebido como un espíritu bueno y lleno de bondades. Por tanto, la relación hombre y naturaleza es directa, la naturaleza se convierte en la condición material sobre la que se fundan sus expresiones culturales y sus formaciones sociales. La organización del espacio geográfico viene hacer un producto social que refleja los procesos de desarrollo económico, social, cultural e ideológico.

* Comunicadora del Fobomade. Fuente: Boletín N. 109 del SENA-Fobomade.