La Habana.- La ciudad de Freetown situada en el estuario del río Sierra Leona es un increíble mosaico de pueblos que hablan una mezcla del inglés popular con vocablos de unas 200 etnias africanas. Bamako, la capital de Mali, sigue pareciendo un inmenso pueblo donde las ancestrales costumbres aldeanas permanecen intactas. La capital de Zimbabwe es Harare,la ciudad “que no duerme”.

El nombre de Sierra Leona se debe a la imaginación del navegante portugués Pedro de Cintra, quien en 1460 llegó a esos parajes y al escuchar el tronar de una tormenta sobre los cerros afirmó que era como el rugido de un león. El explorador había llegado a la boscosa península que siglos después sería el asentamiento de Freetown, y aunque allí los truenos suenan como truenos al igual que en cualquier parte, Cintra insistió en bautizar el lugar como Sierra Leona.

El actual puerto de la ciudad está situado en el estuario del río Sierra Leona, un enorme brazo de mar bien protegido de los vientos y las corrientes, en el que desembocan cuatro afluentes más pequeños nacidos en la profundidad de estas tierras. La abrupta geografía obligó a construir el aeropuerto internacional de Lungi en las tierras llanas del otro lado del estuario, lo cual obliga a los viajeros a abordar un ferry que los llevará a la capital en un pintoresco viaje de 45 minutos.

El trayecto hasta el desembarcadero de Kissy es como un aperitivo del colorido y bullicioso ambiente de las calles de Freetown. Mujeres con niños a la espalda, cestas llenas de pescado, frituras y frutas, gritos y cantos improvisados, se mezclan en un jolgorio de insólito mercado flotante.

No fue hasta 1787 que se asentaron en la zona 343 esclavos libertos llegados de Inglaterra, gracias a la virtual abolición de la esclavitud en las islas británicas, donde ya había comenzado la Revolución Industrial. Pero esta primera experiencia fracasó y no fue hasta 1792 que bajo los auspicios de la Sierra Leona Company, formada por banqueros londinenses, que se estableció el enclave definitivo de Freetown en torno a una ceiba centenaria.

Hoy existe en el corazón de la capital una alta y vieja ceiba (cotton tree) que sirve de recordación simbólica de aquella fundación. Lo que definió en definitiva al carácter multiétnico de la urbe fue la creación allí en 1807 de una estación naval británica para perseguir la trata de esclavos. Los barcos negreros capturados eran traídos a puerto con su carga humana, la cual era liberada en tierra. Fue así que entre 1807 y 1865 un total de 60 mil negros de unas 200 etnias africanas se asentaron definitivamente en Freetown.

De la descendencia de estos libertos surgió una nueva cultura, que los leoneses llaman Krio (deformación de la palabra creole). Su idioma, que es el que predomina en Freetown y se escucha en todo el país, es una mezcla del inglés popular con vocablos de casi todos los grupos étnicos africanos.

Además, mientras la ciudad crecía, eran atraídas a ella familias de todas las etnias nacionales, como mandes, limbas, mandingas, fulanis, bambarás, susus y otras para completar un increíble mosaico de pueblos. Esta situación excepcional ha generado un curioso sincretismo cultural y religioso. Aquí abundan las iglesias católicas, fundadas por misioneros portugueses, así como las protestantes, establecidas por los colonos, y una gran cantidad de mezquitas construidas desde los primeros tiempos por libertos musulmanes.

No es raro, por tanto, escuchar las campanas de las iglesias llamando a misa y casi simultáneamente el canto de los muecines convocando a la plegaria islámica desde lo alto de los minaretes. Tampoco resulta extraño ver a musulmanes y cristianos participando anualmente en el Desfile de los Faroles, costumbre festiva local con la que se celebra el fin del Ramadán.

Además de su multiplicidad cultural, el otro detalle que caracteriza a Freetown es estar situada en uno de los escenarios naturales más bellos que puedan imaginarse. Cuando uno escala las colinas de Wilberforce Hill, en medio de una vegetación tropical que parece estallar en mil colores, se descubre un paisaje de ensueño. Por un lado de la península, las edificaciones modernas se deslizan escalonadamente hacia las aguas del estuario, y por el otro las casas, con sus numerosos jardines y bajo frondosos árboles, se precipitan hasta las espumosas olas de Lunley Beach, con sus incomparables puestas de sol sobre el Atlántico.

Con alrededor de un millón de habitantes, Freetown se extiende hoy desde el barrio de Kissy, centro de la actividad comercial, hasta la punta de Aberdeen, donde se yerguen numerosos hoteles e instalaciones para turistas extranjeros, tal como el hotel Bintumani, que lleva el nombre de la montaña más alta del país.

Lo más colorido de la capital de Sierra Leona son sus mercados, donde se codean las más disímiles frutas y vegetales con los más insólitos artefactos, en medio de una algarabía multilingüe, testimonio del origen histórico de la ciudad, resumen de las etnias de todo un continente.

Bamako: En el río de los ríos

Desde la colina de Koulouba, a sólo 400 metros de altura, Bamako se observa extendida, llana y provinciana, recostada a las márgenes del ancho y caudaloso río Níger, en una interminable sucesión de barrios cuyas casas de cemento y adobe parecen sepultadas bajo frondosas matas de mangos. A pesar de sus casi dos millones de habitantes, la capital de Mali, más que una gran ciudad sigue pareciendo un inmenso pueblo donde las ancestrales costumbres aldeanas permanecen intactas, a pesar de la marcha del tiempo y los azares de la historia.

Cinco colinas de piedra negra (Koulouba, Point G, Farakoulou, Koulimagnikoulou y Lassakoulou) arrinconan a Bamako contra uno de los tres mayores ríos de Africa, el Níger, que en idioma berebere quiere decir “el río de los ríos”. Al pie de las colinas la ciudad de extiende sin relieve, sólo culminada en unos pocos sitios por algunos hoteles modernos y los minaretes de la Gran Mezquita. Una parte del año, sin embargo, el visitante sólo podrá apreciar la capital maliense a través de una bruma de arena y polvo, que arrastrada por el viento del norte desde el Sahara y el Sahel, es un recordatorio del avance indetenible del desierto.

Al pie de la colina Point G existe una gruta donde sobre una pared de 30 metros de largo se aprecian pinturas rupestres de unos 15 mil años de antigüedad, que atestiguan la presencia humana en la zona desde épocas muy remotas. Otras grutas, en las que se han encontrado grabados, utensilios y tumbas muy antiguas, muestran que hace unos cinco mil años, en el neolítico, la zona donde hoy se encuentra Bamako no era ya un lugar de paso para los nómadas, sino un hábitat permanente.

De todas maneras, cuando en el siglo XIII se formó el Gran Imperio de Mali, Bamako todavía no era un centro importante como para entrar en la historia. El nombre de la ciudad parte del siglo XVII y en lengua bambará quiere decir “arroyo de caimanes”. De ese entonces se convirtió en una encrucijada de rutas comerciales, a donde acudían las caravanas para vender sal a cambio de las codiciadas almendras de karité o las nueces de Kola.

Pero el poblado no comenzó realmente a crecer hasta que en 1904 llegaron los colonialistas franceses desde la costa, con una línea de ferrocarril de mil 230 kilómetros de largo que comenzaba en Dakar, la actual capital de Senegal. Entonces el lugar se convirtió en el centro de la administración francesa para los territorios del interior del Africa Occidental ocupados por las tropas galas.

Aparte de estos edificios administrativos Francia no construyó allí casi nada hasta que concedió la independencia en 1960, pero aun así Bamako es hoy una especie de punto de encuentro de todos los grupos étnicos y culturales que conviven en el país. Aun cuando el francés es el idioma oficial, en todo el sur de Mali predomina el bambará, una de las ramas del grupo de lenguas mandinga, lo cual hace que muchos malienses pueden comunicarse sin dificultad con gran parte de los habitantes de otros países de la región que hablan malinké, mandé o dioulá, muy similares.

En el mercado de Bamako una gran diversidad de formas de vestir y de hablar (se escuchan unos 20 dialectos) mientras el visitante se desplaza en medio de la multitud entre los puestos de venta, le indicarán que se halla en un sitio donde confluyen casi todas las culturas de la nación.

El principal problema de la urbe, además de la sequía, es la lejanía de la costa, pues todo el comercio exterior tiene como únicas puertas de entrada la vía aérea y el lejano puerto de Dakar. Pero aparte de eso, la vida de Bamako es, ante todo, el gran río Níger, cuya corriente irriga sus fértiles márgenes, donde se puede cultivar prácticamente de todo.

El largo puente de 800 metros que atraviesa la corriente sirve para unir a la capital con el aeropuerto internacional y las carreteras del este del país. Miles de bicicletas, motocicletas, autos y peatones lo cruzan al amanecer desde los barrios sureños para dirigirse al trabajo o transportando los más disímiles productos hacia los mercados.

Al atardecer sus orillas se llenan de lavanderas, mientras los hombres salen de pesca en piraguas talladas en una sola pieza, en busca de tilapias, percas y siluros. Del Níger también depende la energía. A unos 300 kilómetros río abajo se encuentra la hidroeléctrica de Markalá, que abastece de electricidad a Bamako.

La influencia de cultura sahariana también se aprecia en diversas costumbres. Es corriente ver al anochecer cómo grupos de hombres se reúnen en cualquier esquina, tras un día de calor infernal, para comentar los acontecimientos y preparar una tras otras las interminables infusiones de té sobre improvisados hornillos, cuando ni la más leve brisa mueve las hojas de las omnipresentes arboledas de mangos.

Harare: Junto a la colina de Kopje

Harare, la capital de Zimbabwe, fue fundada por el conquistador inglés Cecil Rhodes en 1890, en una colina de granito, a mil 483 metros sobre el nivel del mar, bajo el nombre de Fort Salisbury. Esto la convierte en una de las capitales más jóvenes de Africa, pero con un crecimiento que haría pensar en una mayor antigüedad.

En un principio el lugar estaba destinado a fines militares, pero pronto el apelativo de Salisbury lo adoptó la urbanización que fue creciendo al pie de la elevación hasta que con el paso de los años, en 1935, adquirió la categoría de ciudad. En la colina original, conocida como Kopje, existe hoy un mirador en un parque desde el que se domina, en un amplio panorama, lo que son hoy los altos edificios de acero y cristal del centro de Harare.

Con el nombre de Salisbury, la ciudad fue desde 1953 hasta 1963 la capital de la antigua Federación de Rhodesia y Nyasalandia, que cubría el territorio de lo que son actualmente Zimbabwe, Zambia y Malawi. En la década del 60 la urbe pasó a ser la capital de la colonia inglesa de Rhodesia, y tanto por el clima privilegiado del país como por sus recursos naturales, se la consideraba como la joya de la corona.

Tras la independencia, en 1980, retuvo su nombre durante dos años más, hasta que en 1982 fue bautizada como Harare, antiguo apelativo de un barrio popular, que en lengua shona quiere decir “el que no duerme”. La avenida principal, Samora Machel (el finado presidente de Mozambique), flaqueada a ambos lados de altos inmuebles modernos, así como las arterias y calles colindantes, parecen actuar a diario como un imán para decenas de miles de personas enfrascadas en gestiones personales, laborales o comerciales.

El escudo de armas de Harare exhibe a dos antílopes y dos lanzas protegiendo al famoso Pájaro de Zimbabwe, el símbolo del país, hallado en esculturas de piedra en el sitio arqueológico del mismo nombre, hoy Monumento Nacional. En realidad esta ave estilizada se encuentra por todas partes: desde los billetes bancarios hasta los lugares más inimaginables, al igual que la silueta de las ruinas del Gran Zimbabwe, cuyas piedras se levantan cerca de la sureña ciudad de Masvingo desde hace un milenio. La alta estructura cónica principal del monumento histórico fue reproducida arquitectónicamente en la silueta de la torre de control del aeropuerto internacional de Harare, que impresiona a todos los viajeros que aterrizan allí por primera vez.

La ciudad concentra hoy alrededor de 1,6 millones de habitantes, pero si se suman las almas de los alejados suburbios, como Chitungwiza, la aglomeración sobrepasa los tres millones de personas, de un total de 12 millones con que cuenta el país. Las avenidas, sobre todo de la mitad norte, aparece bordeadas por los follajes de jacarandas y de flamboyanes, que con el lila y el rojo profundo de sus flores colorean el paisaje de intensos matices durante octubre y noviembre, época de la primavera austral.

El centro de Harare también recuerda en los nombres de sus plazas y calles el vínculo de esa nación con el resto de Africa y en particular con los personajes y países que estuvieron vinculados a su lucha por la independencia. Es así que el corazón capitalino está ocupado por la gran plaza de la Unidad Africana, adornada por bellas fuentes, teniendo en sus cercanías las calles Sam Nujoma (el líder independentista de Namibia), Nelson Mandela, Julius Nyerere (expresidente de Tanzania) y Kenneth Kaunda (expresidente de Zambia), entre otros.

Aunque el inglés es idioma oficial, junto al shona y el ndebele, en las arterias de la capital, incluso en pleno corazón del distrito central de negocios, lo que se escucha sobre todo es el acompasado sonido del shona, el idioma autóctono mayoritario.

Harare es el nudo de confluencia de las numerosas carreteras que atraviesan Zimbabwe, así como de los ferrocarriles y las conexiones aéreas, y es sede de una importante universidad. La ciudad dispone de numerosos hoteles y restaurantes, y de modernos centros comerciales, además de un gran estadio de deportes para 60 mil espectadores.

En Epworth, sector situado en el extremo sur, se encuentra el parque natural de las rocas en equilibrio (balancing rocks), una formación geológica que gracias a la erosión de piedras más blandas, dejó hace millones de años grandes estructuras graníticas, de muchas toneladas de peso, agrupadas unas sobre otras en formas caprichosas que parecen desafiar la ley de la gravedad.

Estas estructuras constituyen el otro símbolo nacional de este país de Africa austral, junto al Pájaro de Zimbabwe, y también se encuentran en el parque de Matobo Hills, cerca de Bulawayo, la segunda urbe del país.

* Periodista de la Redacción de Servicios Especiales de Prensa Latina.