Varios periodistas, vigilados por el cadáver de su colega que aún huele a sangre caliente, arrojado al borde del camino, intercambian miradas temblorosas y se preguntan entre sí: ¿quién de nosotros será el siguiente? Uno de los directores de radio, desde los micrófonos confiesa: “yo tengo miedo de no volver con vida a casa”.

El Presidente de la República, en cadena nacional, con una presencia derrotada y rostro compungido, intenta animar al país desde la TV: “El crimen y los criminales no nos van a derrotar”. Una madre, detrás de su puerta, llora desesperada porque teme lo peor: su hija ya se demoró un par de minutos en su habitual hora de llegada. Uno de los diputados confiesa la verdad: “No sabemos quién mata, y qué mensajes nos envían con los cadáveres vestidos de cobra…”.

Estas letras no corresponden a los pasajes de miedo y suspenso que Dan Brown describe en su novela “Ángeles y demonios”. Es un pequeño destello de la dolorosa realidad actual de Honduras. Cuyo nombre hace honor a un pueblo que se quedó sin Estado, sin instituciones, sin proyectos, ni esperanzas, ni sentido. Es verdad que para las grandes mayorías nunca hubo todo esto, pero lo cierto es que los pocos que vivían ilusionados con el Estado aparente que jamás comprendieron, también ahora se encuentran desamparados, asustados y a la espera de lo peor.

Esta situación de miedo y de suspenso ante la omnipotente presencia de la muerte es producto de las decisiones, acciones u omisiones de la élite del país y de la sociedad en su conjunto. La situación de pánico y muerte no es más que una evidencia de la derrota intelectual y moral de las rústicas élites que por más de 190 años vinieron regentando el Estado aparente, ahora fallido.

La sociedad hondureña, ahora en acelerado proceso de desintegración, creyó, asumió y defendió las mentiras de las élites como verdades. Y, ahora, sufre las consecuencias de su fe no razonada. Todavía hace tan sólo unos meses atrás, los procesos de Bolivia, Ecuador, Venezuela, Cuba, eran asumidos por amplios sectores de la sociedad hondureña como diabólicos, porque así lo decían sus patrones desde las pantallas de televisión. Y ahora, ¿dónde sembró su carpa el demonio?

Recuerdo que hace más de dos años atrás, a la señora que me hospedaba en su casa, en Tegucigalpa, le pregunté ¿por qué rechazaba tanto a Venezuela, si acaso ella conocía aquel país? Ella me respondió. No, pero preferimos a los EEUU porque es grande y más desarrollado. Hace unos meses atrás, otra señora me dijo, mientras le pagaba por el café, “Nosotros solos ya no podemos más con la violencia. Nuestros gobernantes tienen que ser más humildes y aceptar que los EEUU nos intervenga”.

La salvación no vino, ni vendrá de los EEUU, ni de Colombia

Lo cierto es que los gobiernos de los EEUU no han dejado de intervenir en Honduras, después de los ingleses. Desde finales del siglo XIX, las bananeras yanquis gobernaron (esquilmaron) el país en nombre del desarrollo que jamás llegó. Luego, bajo la mentira de la lucha anticomunista, y ahora antidrogas, se establecieron bases y escuelas militares norteamericanas en el diminuto territorio hondureño. Actualmente existen 3 bases militares, bajo la vigilancia de la IV Flota de la armada yanqui, en Honduras. La presencia militar y política norteamericana está para garantizar el flujo de la cocaína hacia el Norte, asegurar el caos y el pánico en la población y desarticular a la sociedad organizada.

Ante estas evidencias, y con disgusto disimulado, la élite empresarial y política, carente de la capacidad de compresión de la realidad del país, intentó afianzarse en el asesoramiento del vilipendiado ex Presidente de Colombia, Álvaro Uribe. Hasta no hace mucho, Uribe dictaba cátedra a los empresarios, académicos y funcionarios del gobierno actual, sobre “cómo promover inversión privada para el desarrollo con paz social”. Y la audiencia hondureña, como niños estupefactos con el juguete nuevo, se deleitaban de las “impresionantes” enseñanzas del Plan Colombia para sacar finalmente a Honduras de su hundimiento. La élite política y empresarial incluso importó desde Colombia escuadrones de élite, especialista en la lucha contra el crimen. ¿Dónde están estos escuadrones, y a quiénes entrenaron?

La impunidad como premio al delito mayor, estimula la violencia

El caos y la muerte generalizada actual, no es producto directo del empobrecimiento o del desempleo. Es ante todo, consecuencia de la muerte del aparente Estado perpetrado con el golpe de Estado. Ellos rompieron material y simbólicamente con el mínimo “orden establecido” en el imaginario colectivo. Violaron sus propias leyes. Y a sus criminales les premiaron y premian con la impunidad y puestos principales en las diferentes instituciones estatales. Entonces, ¿quién no va a delinquir y matar si la élite hondureña premia a sus delincuentes mayores con la impunidad y privilegios? No existe ni tan siquiera un solo investigado por el delito del golpe de Estado y los centenares de asesinados, que ahora se cuentan por decenas de miles desde aquel fatídico acto.

Ni la espectacular jugada política que hicieron para cosechar la retenida “ayuda” internacional (cerca del 70% del presupuesto del Estado proviene de esta fuente) tuvo éxito. Negociaron para reincorporar a Honduras a la OEA, y así reabrir el canal de la cooperación financiera para aplacar al monstruo del crimen q habían engendrado, pero, ahora, esta fuente también está seca por la crisis financiera mundial. Entonces, ¿qué les queda?

Un taxista, ante la pregunta de si la situación de muerte generalizada en Honduras tiene solución, dice: “Aquí ya no se puede hacer nada. Sólo esperar que Dios y su Cristo nos salven el alma. Él vendrá pronto por nosotros” Y siguió tarareando y tamborileando con los dedos el volante mientras se deleitaba con una alabanza celestial que decía algo del “más allá de las nubes”. Y, como él, son muchos y muchas quienes como zombis o drogados permanentes esperan su hora recitando en las calles y en los micrófonos citas bíblicas y alabanzas sobre el más allá.

¿Quiénes capitalizan la violencia en Honduras?

Las iglesias en Honduras, con pequeñas excepciones, históricamente se constituyeron en el ducto para inocular resignación (culpabilidad) y sentimiento de impotencia en la población. Los mayores esfuerzos revolucionarios fueron truncados por el miedo al infierno predicado desde los púlpitos. Hicieron de Honduras un cúmulo de creyentes providencialistas indiferentes, y reacios al pensamiento crítico y a la inquietud mental.

Por eso, aquí la Doctrina del Shock funciona a la perfección y las iglesias la aprovechan con creces. A mayor violencia, mayor es el pánico. A mayor pánico, mayor es el refugio en las iglesias. A mayor refugio, mayores son los diezmos y limosnas. Por eso es que una de las únicas instituciones que no entran en crisis financiera son las iglesias. Y para garantizar que este mecanismo funcione, los pastores enseñan que para ser bendecidos tienen que ocuparse de Dios en la Iglesia y no del mundo. Y mientras, en el “mundo” que ellos llaman, la violencia acelera y envía más refugiados con diezmos a las iglesias.

Otra organización que optimiza la violencia generalizada y la resignación de la población es el narcotráfico. Aunque Ud. no lo crea, hay departamentos y municipios bajo el pleno control de los capos. En una reunión sectorial, el Ministro de Educación de Honduras, por un lapsus de sinceridad, les confesó a los maestros: “Yo no puedo entrar al Departamento de Copán. Eso está bajo el dominio de los narcos. Es prácticamente otro Estado. No puedo”, dijo.

Ante la disolución estatal, la violencia generalizada y la desintegración social, el negocio del narcotráfico fluye su cargamento, divisas y armas con total seguridad, y por rutas marítimas, terrestres y aéreas bien establecidas. Si la población se queja, entonces, se instalan bases militares para criminalizar la protesta social.

Esta organización ilegal, que vende su producto dañino más fuera que dentro, mantiene a flote a la economía hondureña por los millones de dólares que le inyecta, pero masacra familias completas de hondureños. Así, unos matan el alma y obstruyen la inteligencia con el miedo al infierno, otros gobiernan los cuerpos hasta aniquilarlos a bala. Pero ambos, venden sus productos y acrecientan sus ganancias capitalizando el pánico y la resignación de un pueblo que premia la creencia y censura el pensamiento crítico. De esta manera, estas y otras organizaciones que responden a los intereses del Imperio esquilman al pueblo hondureño sin matarlo por completo, pero tampoco sin despertarlo.

Huehuetenango (Guatemala), saqueado y reprimido como hace cinco siglos atrás

El Sr. Otto Pérez Molina fue elegido Presidente de Guatemala bajo la promesa electoral de “mano dura contra la violencia”. Antes y durante su campaña electoral, las denuncias públicas de violación de derechos humanos en su contra fueron recurrentes. Pero, la psicosis de inseguridad colectiva pudo más que la racionalidad democrática en la población votante.

Una vez juramentado como Presidente de la República comenzó a implementar su plan de seguridad vaciando los cuarteles militares hacia las calles y carreteras del país, pero sin mayores resultados. Guatemala continúa siendo la autopista para el cargamento (droga) que surte al tranvía mexicano con dirección al Norte para volver repleta de dólares y armas hacia el Sur.

¿Por qué el Estado de sitio? Hace dos semanas atrás, en el Municipio de Santa Cruz de Barillas, Departamento de Huehuetenango, el gobierno nacional decretó Estado de sitio, bajo el argumento de lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado, en una zona ecológica en la que la población se opone tajantemente, desde el 2009, a la construcción de una hidroeléctrica, en el río Cambalá.

El detonante fue la ocupación comunitaria del destacamento militar de la zona, por campesinos e indígenas del lugar, en represalia por el asesinato de un dirigente comunal y otros dos heridos por la guardia de seguridad de la empresa española Hidro Santa Cruz, ocurrida el 01 de mayo. Uno de los sobrevivientes, Pablo Antonio, declara que: “fue la guardia de seguridad de la empresa quien los atacó en revancha por resistirse a vender sus tierras y denunciar los chantajes de la empresa Hidro Santa Cruz ante la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos”. Esta denuncia de 2010 existe en dichas oficinas.

La descomunal medida de Estado de sitio cobraría algo de sentido si acaso fuese para perseguir y capturar a los criminales que asesinaron y balearon a los habitantes del lugar. Pero no. 1, 200 elementos combinados del ejército y policía nacional, con armas de guerra, revuelcan las casas de campesinas y campesinos de la zona para capturar a todos cuantos se oponen a la hidroeléctrica española. ¿Cuánto dinero dejará esta hidroeléctrica para Guatemala?

¿Resistencia a la hidroeléctrica o a las minas?

Según los pobladores, ellos se resisten al proyecto de la hidroeléctrica porque esta obra destruirá a las cataratas, los ecosistemas naturales y los santuarios espirituales de las comunidades. Además, ellos sostienen que la empresa compró las tierras para escarbar y buscar minerales que terminará empobreciéndolos y expulsándolos de sus lugares ancestrales.

Las sospechas de las comunidades contra la minería tienen sustento documental e histórico. Según los registros del vice Ministerio de Energía y Minas de Guatemala (mayo, 2012), en el Departamento de Huehuetenango operan 20 licencias de explotación de minería metálica y 13 licencias para obras de exploración. En total, 33 licencias de proyecto de minería metálica para un solo departamento de los 22 que tiene Guatemala. ¿Habrá alguien fuera de riesgo, en dicho Departamento, de las amenazas de las consecuencias de la actividad minera?

Esta resistencia al metal demoníaco en Huehuetenango proviene desde la época de la invasión española. Severo Martínez Peláez, en su libro: La Patria del Criollo, citando al cronista Fuentes y Guzmán, narra los métodos que los indígenas tenían para esconder las vetas mineras de la vista de los españoles. No tanto por el valor del oro, sino porque el nacimiento de una mina era una verdadera calamidad para las poblaciones de las comarcas circundantes.

Huehuetenango, cinco siglos de resistencia a la maldición de la mina

En el siglo XVI, en el poblado de San Francisco de Motozintla (entonces perteneciente al Corregimiento de Huehuetenango, actual jurisdicción del Estado de Chiapas), un cura español, Fray Francisco Bravo, doctrinero del lugar, demoró un año y medio para sacarle a la comunidad la noticia sobre la existencia de una mina en las proximidades de dicho poblado. El cura prometió públicamente guardar el secreto de confesión. La población creyó y llevó al cura con los ojos vendados al lugar para que tomara el oro. Una vez que el cura salió para España, reveló la Buena Nueva del oro a la Audiencia de Guatemala. Ésta envió a un Oidor a Motozintla para torturar a la población y averiguar sobre dicho yacimiento (MARTÍNEZ.1994: 238-240)

La historia dice que los indígenas de Motozintla prefirieron ser colgados y morir uno tras otro, pero ninguno reveló la ubicación del yacimiento. Esta historia nos indica que en Huehuetenango, como en otros rincones del mundo, las y los originarios conscientes no necesitamos de estudios ambientales para saber sobre la maldición de la riqueza del oro sobre nuestras vidas.

Lo más ilustrativo de esta historia del siglo XVI, con relación con lo que ocurre actualmente en Santa Cruz Barillas de Huehuetenango, es que el sistema colonial no ha cambiado, como tampoco sus actores, ni sus métodos de saqueo. Al igual que en la colonia, el dueño de la calamitosa empresa Hidro Santa Cruz es el español Luis Castro Valdivia (propietario también de varias otras empresas de energía en España y Latinoamérica), originario de La Coruña, acusado por la Fiscalía de su país por “tráfico de influencias”, en 2007. Hace como más cinco siglos atrás, los criollos actuales, desde el Estado etnofágico, utilizan la fuerza bruta para someternos y despojar de nuestras fuentes de vida a cuantos sobrevivimos a la aniquilación colonial.

En Guatemala, los monocultivos para la exportación adquieren carta de ciudadanía privilegiada, y degluten a las pocas milpas que quedan para la alimentación nacional. Y cuando la población, por instinto de sobrevivencia, se rebela en contra de esta despiadada ocupación y saqueo neoliberal, el gobierno que regenta un Estado a la medida de los intereses foráneos, aplica su plan de seguridad para reprimir a la reserva intelectual y moral de la soberanía nacional que son los movimientos sociales e indígenas. En esto consiste la política de mano dura del Sr. Otto Pérez Molina: en militarizar el territorio nacional para garantizar el libre flujo del cargamento y de las divisas, y criminalizar y aniquilar a las organizaciones sociales que se resisten al crimen legalizado.