A veces uno no sabe si reírse ante ciertos aspavientos. ¿Qué pensar de ciertas demostraciones de fuerza? ¿La gente que lo hace cree qué lo hace bien, qué es una astucia o sencillamente le basta con amenazar? ¿Se ha perdido definitivamente la proporción de las cosas, de las relaciones, de las composturas? ¿Qué hay en eso de decir cuidado, yo los controlo, soy el vigilante de la noche y el día, tengo sus secretos, estoy al tanto de sus intimides? ¿Qué hay en eso de decir cuidado, los hemos grabado, sabemos lo que dicen, tenemos más gravitaciones? Es como decir mejor pórtense bien pues los tenemos grabados, conocemos lo que declaran y en qué andan.

¿Qué es esto? ¿Un juego de espías?¿Cómo en las películas? ¿Se sienten como si fuesen los actores de una film de acción? ¿O se trata del gusto avieso de detentar el poder, mostrar la fuerza que puede ser usada, disuadir, sentirse poderosos? ¿Es eso? ¿El estar en condiciones de disponibilidad de recursos y del acceso monopólico de la violencia suscita segregaciones particulares que convierten a la gente de poder en una especie rara, una extraña especie que degusta de los escenarios y las puesta en escena, de los show, gente a la que le encanta y goza del ejercicio de poder, siente placer en el uso mismo del poder, en el desplazamiento descomunal de las fuerzas sobre los demás? ¿Es así?

Difícil saberlo, empero lo que llama la atención es la inocencia con la que hace esta gente poderosa sus aseveraciones; tenemos más registros, cuidado señores y señoras. Cualquier rato podemos darlas a conocer. Ni se inmutan ante semejantes dictámenes, no se enteran de que las mismas son prueba de un delito, la intromisión en la vida privada, el espionaje, el violar los derechos fundamentales, los derechos civiles y políticos. Lo que importa es dar a conocer que se posee algo, una especie de secreto de las intimidades de los demás. Hay un gusto morboso en hacerlo. Como una confesión. Esta revelación no fue arrancado en el confesionario, tampoco por medio del recurso de la tortura, a la que podrían recurrir si lo demás es inútil, sino logrado por medio del espionaje, la grabación, la escucha, la intromisión. ¿Se lo hace por la seguridad del Estado? Acaso este es un justificativo. Nadie ni nada está por encima de los derechos fundamentales. Pero también nadie está sobre la lógica, por lo menos como en un minimum minimorum de lógica, aunque esta expresión sea mas bien matemática. Empero se cree que se puede decir cualquier cosa, expresar cualquier necedad sin inmutarse, pues se tiene los dos tercios de la Asamblea Legislativa y el control de los cuatro órganos de poder.

¿Cómo se llega a esta situación donde uno se cree inmune, estar sobre las cosas y sobre la gente? Este estado de ánimo es digno de estudiarse. ¿Qué se hace? No tanto con la gente grabada, espiada, sino con la gente que ha grabado, escuchado sin permiso ni consentimiento y tiene en su poder las intimidades de los que son objeto de espionaje. Pues esto es un delito. Imposible recurrir al órgano judicial. Ellos tienen de antemano una respuesta, totalmente justificativa, aunque viole la Constitución y los derechos fundamentales. El poder produce otras verdades, sobre todo derivadas de las complicidades y el agradecimiento de favores. Al final es la connivencia del ejecutivo, la Asamblea Legislativa y el órgano electoral la que los ha puesto donde están, ha impuesto a los magistrados, candidatos oficialistas, contra viento y marea, sin contar con la participación y selección deliberativa desde las circunscripciones, desde las bases, como establece la Constitución. ¿Es que las y los ciudadanos se encuentran tan indefensos? No es así, el recurso a la denuncia, el recurso a la protesta, el recurso a la movilización, son recursos que están en manos del pueblo, son las garantías materiales y políticas de la defensa de los derechos fundamentales y de la Constitución. Aunque se tenga la amenaza en muchos países, incluyendo al nuestro, de la criminalización de la protesta, es difícil sino imposible impedir las resistencias contra al abuso del poder y el poder mismo, en todas sus múltiples formas.

El pueblo boliviano está movilizado, por lo menos gran parte del pueblo boliviano; las naciones y pueblos indígenas originarios, las organizaciones de los trabajadores aglutinados en la COB, los médicos y trabajadores de salud, los estudiantes, ciertas regiones en defensa de sus competencias autonómicas. Otra parte del pueblo, como los campesinos, están cooptados por la telaraña de redes de complicidades, circuitos de influencias y expectativas sobre beneficios que brinda el apoyo al gobierno oficial, olvidándose de la reforma agraria, tarea ineludible para un movimiento campesino que se pregone como tal. El proceso ha llegado a uno de sus momentos de mayor intensidad en la trama de sus contradicciones y en el entramado de sus dilemas. ¿Se va dejar expropiar el sentido del proceso por parte de estos personajes enamorados de sí mismos y amantes del poder? Para los gobernantes, para los funcionarios, para los legisladores oficialistas, para los magistrados agradecidos de los favores, para los supuestos garantes de las elecciones, también comprometidos en una red articulada de complicidades, todo ya está resuelto; se trata de la defensa del proceso, pues creen que el proceso son ellos. ¡Vaya osadía! ¡Qué muestra de humildad! El proceso son estos egos inflamados. No podría ser tan pobre el proceso.

Pero, no es así, el proceso es el conjunto de acontecimientos histórico políticos, que escapan al control de estos burócratas y administradores de normas, funcionarios, gente muy lejos de tener ningún control sobre las dinámicas moleculares de los acontecimientos. Nadie los tiene. El proceso es como la forma y el desplazamiento de la crisis en el sentido la invención de otros horizontes históricos y culturales, que comprenden las nuevas formas políticas e institucionales. El proceso es la potencia social, comprende las múltiples fuerzas políticas en acción, desplegando sus capacidades creativas. Ningún proceso histórico y político de transformación se reduce a la gente del gobierno, a sus ánimos ego-céntricos, tampoco a la instrumentalidad oxidada y chirriante de la maquinaria estatal. Estos son mas bien los obstáculos que hay que vencer, estos son los contra-proceso que hay que desmantelar y de-construir.

Que haya gente que cree que ellos son el proceso no debe sorprendernos, esto siempre ha ocurrido en otros procesos y en otras revoluciones. Cuando ocurre esto es cuando el proceso, cuando la revolución, se repliega a sus coagulaciones más conservadoras, los ánimos y los intereses de los gobernantes, que defienden los intereses de las estructuras de poder que los gobiernan, estructuras y relaciones, diagramas y mapas de poder, en los que están atrapados e insertos, formando parte de ellos como engranajes del poder estructurado; se den o no se den cuenta de estas condicionantes y estas mediaciones. Es parte de la inflamación afectiva de los egos gobernantes. Lo que sorprende es otra cosa, que esto vuelva a ocurrir ahora, en un proceso descolonizador, como si fuese una condena de todo proceso, incluso del proceso descolonizador. Toda revolución termina hundida por sus propias contradicciones, aunque la misma haya cambiado el mundo y el mundo no vuelva a ser el mismo. Lo anecdótico es que los personajes del poder declaren, de una u otra forma, más figurativa, menos figurativamente, que ellos son el proceso, que es en ellos donde se guarece el proceso. Estas declaraciones son pieza del anecdotario.

Para seguir adelante, en estas consideraciones sobre la psicología de los gobernantes, Haremos tres anotaciones a partir de los registros tomados por Sigmund Freud sobre el narcisismo. El famoso psicoanalista escribe:

El término narcisismo procede de la descripción clínica, y fue elegido en 1899 por Paul Näcke para designar aquellos casos en los que individuo toma como objeto sexual su propio cuerpo y lo contempla con agrado, lo acaricia y lo besa, hasta llegar a una completa satisfacción. Llevado a este punto, el narcisismo constituye una perversión que ha acaparado toda la vida sexual del sujeto, cumpliéndose en ella todas las condiciones que nos ha revelado el estudio general de las perversiones[1].

Otro apunte de Freud, cuando se refiere a la intervención de la libido en la constitución del sujeto, registra que: En este sentido, el narcisismo no sería ya una perversión sino el complemento libidinoso del egoísmo del instinto de conservación; egoísmo que atribuimos justificadamente, en cierta medida a todo ser vivo. La idea de un narcisismo primario normal acabó de imponérsenos en la tentativa de aplicar las hipótesis de la teoría de la libido a la explicación de la demencia precoz (Kraepelin) o esquizo‐frenia (Bleuler).

Seguidamente escribe: Estos enfermos, a los que yo he propuesto calificar de parafrénicos, muestran dos características principales: el delirio de grandeza y la falta de todo interés por el mundo exterior (personas y cosas).

Retomando los registros de Freud, podemos ver que el narcisismo es atendido tanto como enfermedad, así como es comprendido en tanto narcisismo primario en la construcción de la identidad. En tanto enfermedad se la asocia a una expansión desmesurada de la sexualidad y de la obsesión sexual; en tanto identificación primaria resulta ser un complemento libidinoso del egoísmo del instinto de conservación; egoísmo que atribuimos justificadamente, en cierta medida a todo ser vivo. Empero, cuando el narcisismo deja de ser primario e invade la vida del sujeto, sobre todo adulto, se manifiesta como delirio de grandeza y la falta de todo interés por el mundo exterior. Esto último sobre todo es importante cuando comparamos la fenomenología narcisista con el comportamiento esquemático de los gobernantes.

La pregunta entonces es: ¿Por qué la puesta en escena del poder, los escenarios del poder, la disponibilidad de poder como recurso a mano, generan esta clase de comportamientos, el delirio de grandeza y la desconexión con la realidad? Baruch Spinoza decía que nadie sabe de lo que el cuerpo es capaz; en complementariedad y en contraste, nosotros deberíamos decir nadie sabe de lo que es incapaz el sujeto; por ejemplo de que es incapaz de controlar el impacto en su subjetividad de determinados escenarios, escenificaciones, del estar expuesto y ser alguien público; sobre todo, el sujeto es incapaz de controlar el efecto que le produce el disponer de poder. Un adagio popular dice: si quieres conocer a una persona dale poder y verás lo que es ella. Esta es una temática sugerente y digna de estudio, lastimosamente la psicología y el psicoanálisis se han dedicado a construir clasificaciones de enfermedades, alejándose de los estudios indispensables, del estudio de los comportamientos y conductas de las personas en sus actividades, sobre todo en las actividades públicas, particularmente cuando están en función de gobierno. Parece que en estas condiciones las subjetividades son profundamente afectadas, incluso desestructuradas y estructuradas de nuevo; los sujetos en condiciones de presión pública terminan impulsadas a desatar un narcisismo secundario, así lo llamaremos, que los conduce a sentirse impunes y suspendidos sobre los demás mortales.

Al respecto, entiéndase bien, no se trata de justificar los actos de la gente de gobierno, al contrario, se trata de explicarse comportamientos, sobre todo se trata de comprender los funcionamientos, la fenomenología, la genealogía del poder, en sus múltiples planos y niveles. Uno de esos planos es psicológico, otro plano es político; hay otros planos, como el económico y el sociológico, además de otros que tienen que ver con los campos definidos por las estructuras y relaciones de poder. En lo que respecta al plano psicológico es indispensable no solamente identificar los esquematismos de comportamiento de la gente de poder sino sobre todo su fenomenología y genealogía. No solamente se trata de continuar con la crítica del poder, con la crítica de la política, lo que ciertamente es necesario, sino de comprender que los escenarios de poder, la institucionalidad del poder, es decir, los espacios de poder también crean una distancia ficticia y son el lugar de producción de estos sujetos narcisos, de este narcisismo secundario, de estos ejemplares de gobierno, que son responsables del uso y del abuso de poder.

Otra cosa que llama la atención en el comportamiento de los gobernantes es su maquiavelismo vulgar, lo llamaremos así, pues nada tiene que ver con los análisis de Nicolás Maquiavelo y sus aportes al análisis y comprensión de la política. Este maquiavelismo vulgar se reduce a la tesis de que el fin justifica los medios, cosa que nunca ha escrito, afirmado o dicho Maquiavelo. Este fin es figurado como objetivos, también como programa, aunque estos mismos objetivos y el programa se haya reducido a la mínima expresión; entonces todo vale para cumplir con los consagrados objetivo y el caro programa, incluso sacrificar a la gente. A nombre de la libertad y de la revolución se han cometido los peores crímenes. Estos crímenes contra la humanidad y contra los derechos humanos no son perdonables en nadie; no son perdonables a la derecha, que efectúa estas violaciones para defender sus intereses de clase; menos son perdonables a la izquierda, que por cumplir con las transformaciones termina sacrificando a los humanos y a la naturaleza. Estas transformaciones no llegan, lo que se aparece es la descomunal expansión del Estado, que termina defendiendo los intereses de la burocracia, así como del control y dominio del capital; lo que se espera que debería estar superado en un proceso de transformaciones.

Esto no es nada más que una suplantación. Los portadores del fuego santo, los clarividentes, la supuesta vanguardia, se cree en el derecho, por considerarse tal cosa, de hacer cualquier cosa, la misma que queda justificada por la mera extravagancia de su identificación con un fantasma imaginario, por la investidura que le transmiten los ropajes de espectros del pasado, los viejos revolucionarios. Esta es una total confusión, los delincuentes del poder confunden la realidad con el guión pre-establecido, guión de una interpretación antojadiza de la historia de las revoluciones. Y cuando actúan creen que pelean como Don Quijote contra dragones cuando lo hacen contra molinos de viento. Sólo que Don Quijote lo hacía a nombre de las novelas de caballería y los gobernantes lo hacen a nombre aburridos programas monetaristas y descoloridos realismos políticos.

Nota:

1. Sigmund Freud: Introducción al narcisismo. Edición electrónica de www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

* Miembro de Comuna.