Este miércoles 23 de mayo circulará junto al diario Los Tiempos un libro de homenaje al Bicentenario de la Coronilla con entrevistas a las valerosas mujeres que nacieron o radican en Cochabamba. Una experiencia novedosa, única y esclarecedora sobre la importancia de los derechos de las mujeres. Lo que sigue es la introducción del libro en prensa.

A la memoria de Domitila Barrios de Chungara. A las valerosas alumnas del Colegio Nacional Bolívar. Al huerto familiar poblado de mujeres de varias generaciones.

Familia, comunidad, mujeres

Al visitar una galería de notables, uno percibe que los varones son estrellas solitarias en un universo desierto, uno frente al universo, sin que importe quiénes son sus cónyuges, hijas o hijos sino ellos y sus méritos políticos, académicos, artísticos, culturales, cívicos o militares. Este uso heredado del individualismo no lo encontramos entre las mujeres.

La razón parece evidente: las mujeres se definen por su entorno: por su familia, su comunidad, su nación; el hogar, la cocina, la educación de los hijos, los problemas del vecindario, los precios del mercado… Aun si no tienen pareja ni hijos, se rodean de sobrinos o de instituciones.

Esta es una diferencia muy importante a la hora de pedir una fotografía personal: los varones aparecen solos; las mujeres, rodeadas por el cónyuge, los hijos, los sobrinos, los nietos, los ancianos o los niños de una institución o las actividades de su comunidad.

Para mí esto es un hallazgo y me obliga a preguntarme cómo no buscamos un gobierno de mujeres si ellas tienen más arraigado el sentido de comunidad que los varones (al menos los varones modernos, nutridos por los valores occidentales). Como dice Alejandra Ramírez, las mujeres, restringidas al ámbito artificial de lo privado (la cocina, la familia, el vecindario, la OTB, los servicios básicos) son las constructoras de la calidad de vida, del vivir bien.

A las mujeres les debemos los grandes temas de ampliación de la democracia: ellas denunciaron los rigores e injusticias de la sociedad patriarcal, y añadieron que esto no sólo les afecta a ellas sino también a la gran mayoría de los varones, pues el modelo de esta sociedad es el macho alto, atlético, apuesto, audaz y bien armado, pero ¿cuántos varones responden a esta descripción? El resto tiene que vivir entre la soledad y los celos continuos. De esta crítica inicial nacieron otros temas que hoy alimentan los movimientos democráticos en el mundo, que no se reducen a la lucha contra el machismo, sino incluyen la lucha contra el racismo y el predominio mundial de los varones blancos, letrados, propietarios, heterosexuales y depredadores del medio ambiente.

Las mujeres no necesitan escolaridad, méritos académicos o cualesquier otros que fundan el prestigio de un varón notable. Como dice Martha García en el presente libro, las mujeres anónimas pueden participar en todos los escenarios y derrumbar los muros artificiales entre lo público y lo privado: las madres son luego educadoras, productoras, concejalas, diputadas, ministras… ¿Presidentas? Esther Balboa me decía que en la educación básica nos enseñan la nómina de incas, pero no nos hablan de sus mujeres, de las koyas, un modelo que se repetía en los cuatro suyos y en cada poblado; y que el inca y la koya se turnaban para gobernar, el varón en épocas de siembra, de barbecho, de riego, de esfuerzo y la koya en épocas de cosecha, de disfrute, días de gastronomía y erotismo. ¿En qué país e Occidente hallaríamos un régimen similar? El futuro está en la lectura correcta de nuestros orígenes y no en la ciencia política prestada de Europa o de los Estados Unidos. El capitalismo y el socialismo reales no admitirían un gobierno de mujeres; pero nuestra experiencia política nos da una pauta.

Las mujeres pueden tener méritos parecidos a los de los varones, pero si nos restringimos a estos requisitos calificaremos a pocas. En cambio, si buscamos otros perfiles, las mujeres llenarán el escenario, nos abrirán sus corazones y conoceremos historias que jamás encontraremos entre los varones.

En vía de ejemplo: cuando los guerrilleros sobrevivientes de Ñancahuazú llegaron a Cochabamba, se ocultaron, entre otras casas, en la del Dr. José Decker, un magistrado que se caracterizó por sus hondas convicciones políticas. ¿Pero quién cocinó para Inti y Pombo, quién los atendió en una habitación de la casa, quién subió y bajó los bacines en una construcción que no tenía baño privado para cada cuarto? Otro caso: Víctor Zannier se vinculó desde muy joven a la lucha política, comandó la toma de haciendas antes de la Reforma Agraria, tuvo relación con la guerrilla de Ñancahuazú y la de Teoponte, llevó el Diario y las manos del Che a buen recaudo y fue muy amigo de Fidel Castro. Sin embargo, pocos recuerdan a doña María Valenzuela, su madre y eje de la familia Zannier (pues el esposo, un ingeniero de ferrocarriles italiano, murió joven), que no sólo tuvo hijas e hijos notables sino también yernos de nota como el poeta Antonio Terán Cavero o los periodistas René Rocabado Alcócer, Amado Canelas Orellana y Hugo Maldonado Justiniano. Una de sus hijas, Elena Zannier Valenzuela, ha sido mencionada por numerosas mujeres por su generosidad, su sentido de solidaridad y su vinculación con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y con la comunidad de exiliados en el Chile de Allende, que recuerdan su casa y mesa con cariño, porque siempre estaba abierta a todos.

No se trata de restar méritos a los varones, pero incluso entre quienes lucharon por sus ideales y siguieron el paradigma de la revolución hasta sus últimas consecuencias, hay un sesgo patriarcal: ellos son los caballeros andantes que salen a matar dragones, mientras sus mujeres se quedan en casa a esperarlos o se ocupan de tareas menores de la revolución. Pero ¿dónde se producen los allanamientos, los saqueos, la violencia represiva? En el hogar, frente a las hijas e hijos. El revolucionario logra escapar o es conducido a prisión o enviado al exilio (o a la otra vida); pero, entretanto, ¿quién se ocupa de que la vida continúe? ¿Quién lleva el alimento a las hijas e hijos? ¿Quién se preocupa de su educación? ¿Quién visita a su cónyuge en el confinamiento o acompaña en el exilio?

María Esther Pozo recuerda sin rencor que los varones tuvieron tiempo de escapar y quedaron sólo las mujeres cuando se desató la represión: las cárceles estaban llenas de mujeres vinculadas a la revolución incluso como parientes de los varones que se evadieron o que ya habían caído.

Hemos procurado rescatar esos y otros perfiles en el presente libro que, a diferencia de las biografías que publicamos antes, no se refiere a individuos sino a familias y grupos comunitarios, en cuyo seno sobresalen cientos de nombres. Nos hemos quedado cortos, y si hemos omitido a algunas mujeres que deberían figurar en este recuento, fue por falta de datos, por el desinterés de los familiares o por nuestros propios perfiles poco acostumbrados a resaltar los valores femeninos en un sociedad patriarcal que trata de seguir el ejempo de sus individuos notables, la mayor parte varones.

Lo curioso es que los varones nos reservamos el dominio de lo público y confinamos a las mujeres en el dominio de lo privado; sin embargo, imponemos decisiones que son de orden público, como la política sobre derechos reproductivos, que ha estudiado Romina Pérez en una tesis de Maestría defendida recientemente en la Universidad de Copenhague. En ella Romina da cuenta de los discursos hegemónicos sobre población vigentes desde 1945 y los discursos contrahegemónicos que surgieron hasta 1984. “En Teherán (1968), las mujeres reclamaron el control sobre sus cuerpos, su sexualidad y su vida reproductiva y éste fue definido como un derecho humano fundamental, rompiendo el discurso feminista y el movimiento neo- Malthusiano de entonces”, dice la tesis para marcar el inicio de un proceso que culminó con el reconocimiento de los derechos de la mujer como componentes inalienables, integrales e indivisibles de los derechos humanos universales” en la Conferencia Mundial sobre Derechos Humanos (Viena 1993) y en la Declaración de las Mujeres sobre Políticas de Población (El Cairo, 1994). La Demografía y las Políticas de Población, que afectan directamente a las mujeres, fueron disciplinas creadas por el Nazismo, y sus expertos introdujeron el tema en Naciones Unidas, amparados por fundaciones norteamericanas que incluso los promovieron a la concesión de Premios Nobel. La tesis es también una crítica implícita al conocido Informe Kissinger sobre políticas de control de la natalidad en los países pobres y su influencia en el aprovechamiento de los recursos naturales por los países centrales.

Las valerosas cochabambinas

¿Cómo se enfrenta los problemas “a la cochabambina”? Tenemos valiosos ejemplos en la conducta de nuestras abuelas, madres, hermanas y amigas, entre éstas, muy en particular, las que se inmolan en el exterior para enviar remesas y construir un porvenir para sus familias. ¿Cómo lo hacen? Con amor, con tesón, con firmeza y carácter, con espíritu de emprendimiento, por lo general solas, con huevos, pero sobre todo con buen humor. Eso es enfrentar los problemas “a la cochabambina”, una especialidad en la cual las valerosas mujeres nos han ganado la posta a los varones.

Estas valerosas cochabambinas no siempre brillan por su escolaridad. ¡Bienvenidas las que pudieron estudiar y son un ejemplo de creatividad y fuerza en sus especialidades! Pero el común apenas ha cursado la primaria y pronto les ha llegado la pareja, la maternidad, la obligación patriarcal de parir y criar cuántas veces solas, cuántas con el marido presente, pero poco más que mero “respeto de la casa”. No son los títulos ni la meritocracia lo que las hace únicas: es el compromiso, el ñeque, la valentía con que sacan sus hogares adelante y luchan por sus derechos.

De este perfil fueron las Heroínas de La Coronilla. Gustavo Rodríguez Ostria dice que las damas de entonces tuvieron tiempo y lugar para esconderse, ya en sus fincas, ya en los conventos; pero las verduleras, las carniceras, las chicheras, las mujeres que trabajaban por cuenta propia y sostenían sus hogares, en suma, las valerosas cochabambinas eran mujeres anónimas, mujeres del común, mujeres piadosas, rebosantes de amor filial, que no tenían dónde huir, dónde esconderse, y entonces, a falta de hombres, que fueron a combatir a Goyeneche en las huestes civiles de don Esteban Arze, subieron a la colina que domina el valle, se apostaron en la cumbre sur de La Coronilla y allí se inmolaron en defensa de sus familias, de sus hijos, de su pobre heredad.

Con ese criterio hemos hecho entrevistas a una cantidad apreciable de mujeres cochabambinas o del interior pero que viven en nuestra ciudad, que responden a esa descripción. Muchas más podrían ofrecernos perfiles más elocuentes, estamos seguros, pero este es un homenaje a todas las mujeres, no sólo a las que figuran en el presente libro. Respetamos a aquéllas que brillan en la academia, en la política, en el arte, la ciencia y la cultura, pero el criterio de esta selección es distinto porque se reduce (o se eleva) a cómo enfrentaron los problemas de esta vida “a la cochabambina”. En el Bicentenario publicamos un libro de biografías y muchas lectoras se sorprendieron del escaso número de mujeres. ¡Pero si hasta en los diccionarios históricos más prestigiados hay un 40 por ciento de curas y ni una sola monja! ¡Y la Iglesia no permite el sacerdocio de las mujeres o el matrimonio de los sacerdotes, como si la relación con las mujeres fuera pecado!

La nómina de varones notables es abrumadoramente superior a la nómina de mujeres ídem precisamente porque vivimos en una sociedad patriarcal con un acceso limitado de las mujeres a los privilegios de la ciudadanía y la academia. Por eso hemos escogido otro criterio, y entonces nos quedamos cortos, sensiblemente cortos, al hacer la lista de las valerosas cochabambinas, que en realidad son esas valerosas bolivianas, latinoamericanas o de cualquier otro continente, mujeres pobres, limitadas por el medio, que, sin embargo, luchan por sus derechos y sacan adelante a sus familias.

En el Bicentenario del 27 de mayo de 1812, la Batalla de la Coronilla, este homenaje a nuestras valerosas mujeres.