Había un hombre en la ventana. Al comienzo creyó que era una sombra. Pero no. La miraba fijo.
Entonces ella, brusca, se abotonó el vestido y se retiró del vidrio, como si hubiera hecho algo indebido.
Hacia el atardecer, levantó los bordes del visillo. El hombre continuaba ahí. La miraba fijo. Le pareció que era como si el tiempo no se hubiera movido. Sentía eso muchas veces. Que el tiempo no se movía. El hombre seguía ahí. Cerró brusca el visillo.
De ninguna manera, dijo en voz alta, en la soledad de su habitación.
Había escuchado historias terribles sobre mujeres que abrían la ventana. Y luego se habían visto obligadas a tirarse al mar desde un roquerío de Playa Ancha, Valparaíso, agarradas a una carta. O a un pedazo de carta que les decía que todo había terminado.
Pensó en eso en la oscuridad caliente de su pieza. Luego caminó por el pasillo. Estaba el espejo de la percha de los sombreros y paraguas. Hacía mucho tiempo que no había un solo sombrero ni un solo paraguas. Se miró y se desabotonó el botón de arriba del vestido.¿Quien la había enfundado en aquel traje caqui, que parecía de la segunda guerra mundial? Parezco un empleado de ferretería, pensó.
Luego sintió que alguien la empujaba hacia la ventana.
Ahí estaba. No se había movido. Le calculó la edad. Como la de ella más menos. Pocas canas. ¿Profesor? No parecía.
Sintió que todo cambiaría si seguía mirando hacia aquella ventana, encerrada tras el visillo, con un solo ojo entresaliéndole, como una bailarina.
Cerró el visillo de nuevo. En el aire cortante y solo de su departamento recordó cuando había estado de novia. Recordó el picor del vestido de novia, almidonado, implacable. Recordó la espera, la espera infinita. Recordó cómo los crisantemos de los bancos habían empezado a ajarse. Recordó los ojos de la gente, que la vieron hacer el camino de vuelta, desde el altar a la salida. Derecha y sola. Delgada y sola. Sola y sola.
Entonces, tuvo rabia. Una rabia que tenía quince años. Una tremenda rabia volcánica de quince años se derramó como una leche al fuego de su corazón.
Salió de su departamento. Atravesó la calle caminando a pasos largos, hincando los talones en el pavimento solo de aquella calle sin gente. Casi sin gente. De pronto sintió la sirena. Una ambulancia se detuvo frente al número del departamento de enfrente. Donde ella iba a entrar. Se bajaron los camilleros y subieron trotando alegremente hasta el cuarto piso, donde ella iba. Hablaban de la fiesta de la noche anterior y de todo lo que habían tomado. El conserje los precedía buscando en el manojo de llaves. Entraron al departamento, donde ella iba, y desde la puerta ella vio al hombre.
Seguía sentado mirando hacia su ventana. Sin moverse. Los camilleros lo tomaron y lo extendieron en la camilla. Le pusieron electrodos en el pecho. Y una manta azul marino. Uno sacó una botella de suero.
Haga espacio señora, dijo uno de los camilleros sin mirarla. Ella se plegó a la pared y lo miró pasar. El hombre la miró desde la camilla. Tenía los mismos ojos que ella había visto desde la ventana. Los ojos del hombre la miraban sin pausa. Pero no estaba muerto. Solo la miraban, con una atención infinita.
Los vio bajar a saltos la escalera. Reclamaban porque no había ascensor. Ella se quedó en el descansillo, muy quieta. Y sintió el picor de su vestido de gobelino, fuerte, abotonado hasta el cuello.
FIN