Estamos pagando las consecuencias de un mal diseño constitucional. No se puede vaciar en un molde monista: la “forma Estado”, a dos civilizaciones antagónicas como son la occidental y la oriental amerindia. La forma adecuada es la “forma ayllu”, es decir, la Diarquía: a cada civilización, su propio tiempo-espacio.

“No ridiculizar, ni lamentar, ni detestar las acciones humanas, sino entenderlas”, Baruj Spinoza Tratado político, I, 4.

La forma Estado Plurinacional es una contradictio in adiecto. Este tipo de impasses lo demuestra, una y otra vez. En molde monista, siempre saldrá con las suyas el monoteísmo político y la Indianidad terminará siendo ridiculizada y raleada. Pero he aquí que los propios indígenas se siguen aferrando, emocionalmente, a la fórmula Estado Plurinacional. No sé cuántas experiencias más serán necesarias para que se den cuenta, con la cabeza, que el actual diseño constitucional los minimiza sistemáticamente, como civilización.

La forma Estado se basa en la razón. Tiene en el modelo fabril la lógica de su funcionamiento: producir bienes y servicios a gran escala. La Palabra: el Libro: la Escritura: la Ley, es su código de desciframiento y de toma de decisiones. Burocracia. Se funda en la Ley de causalidad. Su paraguas científico es la física de Newton.

La forma Ayllu se basa en la ch’uyma. Tiene en las formas Ayni y Mita la lógica de su funcionamiento. El ritual: en este caso: leer en Coca, es su código de desciframiento y de toma de decisiones. Yatiris: Sabios. Se funda en la Ley de no-causalidad o de Sincronía. Su paraguas científico es la física cuántica.

Los aires de superioridad de los criollos, que ridiculizan la barbarie del indio letrado, están absolutamente fuera de lugar. Es más bien, al revés. Ellos: los criollos, se manejan bajo un código obsoleto (no digo que falso; insuficiente): la ley causa-efecto, el principio de no contradicción y de tercero excluido: también insuficientes; bajo una forma política obsoleta: la forma Estado Nación (lo de “pluri” es un mero flatus vocis para sorprender a indígenas incautos).

El Honorable Cusi, en cambio, se maneja en los dos códigos: el basado en el principio de causalidad y también en el basado en el Principio de Sincronía. El problema está en que la “forma Estado” excluye la física cuántica. Me está claro quiénes son los ignorantes en este caso. La ignorancia, en verdad, es atrevida.

Para entender, pues, el quid pro quo que el Magistrado Cusi ha provocado, es preciso recordar el Principio de Causalidad y el Principio de Sincronicidad y lo que ambos implican.

Principio de Causalidad

En física clásica se asumía que todos los eventos están causados por otros anteriores y que dicha causalidad es expresable en términos de leyes de la naturaleza. Dicha pretensión llegó a su punto más alto con la afirmación de Laplace de que si se conoce el estado actual del mundo con total precisión, uno podría predecir cualquier evento en el futuro.

Aunque el determinismo de Laplace es correcto, respecto a las ecuaciones de la física clásica, la teoría del caos ha añadido pequeñas complicaciones. Muchos sistemas presentan una fuerte sensibilidad a las condiciones iniciales, lo que significa que condiciones iniciales muy similares, en ciertos sistemas, pueden conducir a comportamientos, a largo plazo, muy diferentes. Eso sucede, por ejemplo, con el tiempo atmosférico.

Sin embargo, por encima de la impredictibilidad práctica, está el hecho de que la mecánica cuántica presenta, junto con una evolución determinista, recogida en la ecuación de Schrödinger, una evolución no-determinista, recogida en el postulado del colapso de la función de onda. Es decir, la relación causa-efecto, no es absoluta. Es lo que demuestra Gualberto Cusi al leer en Coca en el Tribunal Constitucional. El determinismo jurídico ya no es el único que rige.

Mecánica relativista

De acuerdo a la física newtoniana, la causa precede al efecto en el tiempo. Sin embargo, en la física moderna, ya no. Por ejemplo, en la teoría de la relatividad especial, el concepto de causalidad se mantiene, pero el significado de “preceder en el tiempo” ya no. Consecuentemente, el principio de causalidad precisa diciendo que la causa precede a su efecto, para observadores inerciales. Esto implica que, en términos de la teoría de la relatividad especial, una condición necesaria para que A sea causa de B, es que B sea un evento que pertenece al cono de luz de A. Así, pues, resulta imposible no sólo influir en el pasado, sino también en objetos distantes que se muevan más rápido que la velocidad de la luz.

En la teoría general de la relatividad, el concepto de causalidad se generaliza: el efecto debe pertenecer al cono de luz futuro de su causa, aún en espacio-tiempos curvos; donde existen curvas temporales cerradas, y un observador puede verse a sí mismo en el pasado.

Mecánica cuántica

En la teoría cuántica de campos, la causalidad está estrechamente relacionada con el principio de localidad. El análisis de ese principio depende de la interpretación desde la cual se lean los resultados. Hay incertidumbre, por tanto.

Sin embargo, se sospecha que el principio de causalidad sigue siendo un concepto válido de toda teoría física realista. Así, parece que la noción de que los eventos pueden ser ordenados en causas y efectos, es necesaria para prevenir paradojas innecesarias.

Con otras palabras: si nos movemos en el ámbito del Estado Nación, la lógica causa-efecto, para tomar decisiones, es necesaria; ya: es imprescindible. Ahora bien, como sabemos, eso lo respeta el Magistrado Cusi. Pero, supone, que lo Pluri incluye también lo indígena: tomar decisiones, también según una lógica no causal: leer en Coca, y resulta que no. El Estado Plurinacional excluye lo amerindio, que es de naturaleza sincrónica. Este es el punto. Formalmente incluye, en la práctica, no. Algo no está bien.

Causalidad y mecánica cuántica

El principio de causalidad, pues, postula que todo efecto debe tener siempre una causa. Se usa este principio para la búsqueda de leyes definidas, que asignan a cada causa su correspondiente efecto. El Derecho positivo se basa, en efecto, también en estos principios.

Ahora bien, este principio refleja un comportamiento mecánico de la naturaleza, que hasta el siglo XX se había aceptado e interpretado en un sentido determinista. No obstante, a principios de este siglo, Heisenberg y Born introdujeron el principio de incertidumbre. Entre sus axiomas está el llamado colapso de la función de onda que, claramente, no satisface el principio de causalidad clásico. Ahora bien, la forma cómo cae una hoja de Coca: del envés o del revés, a la izquierda o a la derecha, arriba o abajo… implica, nada menos, que un colapso de onda. Esto es irritante para un newtoniano monoteísta: “Dios no juega a los dados”: La justicia no se echa a las cartas.

La formulación matemática de la teoría de Heisenberg se llamó, inicialmente, mecánica matricial, porque requería del uso de las matrices del álgebra lineal clásica. Esta formulación resultó complementada por la mecánica ondulatoria, de Erwin Schrödinger.

Usando esta mecánica, los niveles de energía se describen en términos probabilísticos. En general, de una misma causa no se deriva siempre un mismo efecto, sino que existe una variedad de posibles efectos. Sólo se puede predecir la probabilidad de que, cuando la causa se produzca, ocurra cada uno de los efectos posibles. Este comportamiento resulta extraño para nuestra experiencia ordinaria y esto es lo que irrita, justamente, a los críticos de Cusi.

La explicación de este fenómeno la podemos resumir en los siguientes puntos, que deben aceptarse como postulados avalados por miles de observaciones experimentales:

Existen propiedades de la materia que no se pueden medir simultáneamente. Por ejemplo, la posición y la velocidad de una misma partícula. Para ilustrar esa situación piénsese que, si un microscopio es lo suficientemente sensible, como para hacer visible un electrón, ello implica que deberá enviar una cantidad mínima de luz que lo haga visible. Pero el electrón es tan pequeño que, este mínimo de radiación, es suficiente para hacerle cambiar de posición apenas tocado, de modo que en el preciso instante de medir su posición, ésta ya estaría alterada.

Supongamos que hemos medido una de estas propiedades observables, de modo que conocemos con precisión su valor. Cuando un instante después midamos la segunda propiedad, obtendremos uno de los posibles valores de esta segunda propiedad, pero no podemos predecir antes cuál: sólo se puede predecir la probabilidad con la que cada uno de los valores posibles serán obtenidos.

Así, pues, desde un punto de vista filosófico, esto supone renunciar al principio de causalidad. En efecto, la verdad es que el principio de incertidumbre afectó profundamente al pensamiento occidental contemporáneo. Ejerció una influencia directa sobre la cuestión filosófica de la relación entre causa y efecto. En pocas palabras, el principio de incertidumbre significa que el Universo es más complejo de lo que se suponía, pero no irracional.

Un Estado, que incluya de verdad a los amerindios, es más complejo de uno que los excluya. Parece lógico, y lo es, pero observemos, autocríticamente, cómo reaccionan los católicos urbanos de nuestro país ante la noticia de la lectura en Coca del Magistrado Cusi. Siguen oliendo paganismo y llamando al extirpador de idolatrías.

Sincronicidad

Sincronicidad es una voz derivada del griego συν- sin- que significa con, unión, y χρόνος, tiempo. Es el término elegido por Carl Gustav Jung para aludir a la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido, pero de manera a-causal. “Así pues, dice, emplearé el concepto general de sincronicidad en el sentido especial de una coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal, cuyo contenido significativo sea igual o similar”. Para evitar malentendidos, se lo diferencia del término sincronismo, que constituye la mera simultaneidad de dos sucesos.

Tal vez valga la pena empezar mostrando que no es una idea nueva ni siquiera en Occidente.

Los precursores de la idea de sincronicidad

La referencia más antigua que se conoce se la debemos a los filósofos chinos Lao-Tse y Ch’uang-Tse, ambos también, como se sabe, Hombres de Estado. Ellos dieron forma a la llamada teoría del Tao: el camino que es y no es, pero que es prudente seguir. Incertidumbre, indeterminación, probabilidad. Como una técnica de consulta, para la toma de decisiones, los chinos usaron el famoso I Ching que se ha propagado a Occidente, sobre todo a partir del siglo XIX. No debemos olvidar que el Estado chino es el más antiguo del mundo. Lo que implica que este método de consulta y toma de decisiones, basado en el principio de sincronicidad, ha pasado la prueba de la eficiencia.

He aquí los ocho trigramas, usados en el I Ching, equivalentes a nuestras hojas de Coca como significantes para constelar un colapso de Onda.

Para el pensamiento chino, con el que está emparentado el pensamiento qullana, la nada ordena el mundo sensorial de acuerdo al principio de correspondencia y de empatía de todas las cosas entre sí. Véase, al respecto: el Capítulo VII: Adivinación y ofrendas rituales, 371-434, de Coca en Bolivia, de William Carter y Mauricio Mamani, La Paz: Juventud, 1986. Recomiendo el artículo de María Elena Lora: Psicoanálisis y religión. Una lectura de la hoja sagrada de la coca, en internet.

En Occidente, Filón de Alejandría entendió al hombre como un microcosmos que contiene en sí las determinaciones del macrocosmos. De ahí el dictum de la Tabula Smeragdina: “Como es arriba es abajo”. Plotino sostuvo que las almas individuales proceden de una única alma universal. Teofrasto escribe que lo supra sensorial y lo sensorial están unidos por la divinidad. En el Renacimiento, Pico della Mirandolla entendió al hombre como vínculo y unión de tres mundos: supra celestial, celestial y sublunar. Es conocido la frase de Agrippa de Nettesheim: Omnia plena diis esse: “Todo está lleno de dioses”. El alma del mundo como espíritu que todo lo penetra. Agrippa influirá en la concepción de Paracelso acerca de la correspondencia entre macrocosmos y microcosmos y que orientaría su trabajo como médico. Johann Kepler cita a Aristóteles: el mundo inferior unido al cielo, sus fuerzas gobernadas desde arriba. Correspondencia fundamentada en la tierra, animada por el anima telluris. Leibniz especula sobre la armonía preestablecida o sincronismo absoluto entre sucesos psíquicos y físicos: las Mónadas.

No es, para nada, una idea ausente en el pensamiento occidental.

Fundamentación

Las leyes naturales son verdades estadísticas, absolutamente válidas ante magnitudes macrofísicas, pero no microfísicas. Ello, por tanto, implica un principio de explicación diferente al causal. Cabe plantearse entonces si, en términos muy generales, existe no sólo una posibilidad sino una realidad de sucesos a-causales. Para ello, los científicos han afrontado el mundo de la casualidad y han tratado de separar la causalidad de la a-causalidad.

La a-causalidad es esperable cuando parece impensable la causalidad. Ante la casualidad solo resulta viable la evaluación numérica o el método estadístico. Las agrupaciones o series de casualidades han de ser consideradas casuales, mientras no se sobrepasen los límites de la probabilidad. Si así se demostrara, implicaría un principio a-causal o conexión transversal de sentido.

Experimentos científicos

La prueba decisiva, para la existencia de vinculaciones a-causales, reside en los experimentos científicos de Joseph Banks Rhine efectuados a partir de cartas, aunque también fueron utilizados dados. Las siguientes son las cartas utilizadas.

Siendo la media estadística de lo probable 5 aciertos, sobre 25 cartas, se llegaría a las tres conclusiones siguientes:

1. Superación de la probabilidad estadística.

2. La distancia no afecta a los resultados: no se puede tratar de un fenómeno de fuerza o energía.

3. El tiempo tampoco altera los resultados del experimento.

Consecuentemente, existiría una relatividad psíquica del espacio y del tiempo. Y de este modo una renuncia a la explicación energética y, por lo tanto, a la causalidad que presupone el espacio y el tiempo, es decir, a la observación de cuerpos en movimiento.

También resulta interesante la relación de los resultados con el nivel de interés del sujeto experimental.

No puede tratarse, en definitiva, de causa y efecto, sino de una coincidencia en el tiempo, de una especie de simultaneidad, de ahí el término sincronicidad. Como ya dijimos, se describe la sincronicidad como una relación entre tiempo y espacio psíquicamente condicionada. En los experimentos de Rhine tanto el espacio como el tiempo se comportan elásticamente respecto a la psique, ya que aparentemente pueden ser reducidos a voluntad.

Jung se refiere más específicamente a la relación del espacio tiempo respecto a la psique. Sostiene la inexistencia de espacio y tiempo al estar establecidos por la consciencia. “Son, pues, esencialmente de origen psíquico, seguramente la razón por la que Kant los interpretó como categorías a priori”. De ahí la posibilidad de relativización psíquica. Pero esta posibilidad se da sólo cuando la psique se observa a sí misma, es decir, a partir de la manifestación de los arquetipos del inconsciente colectivo. Cito el conocido ejemplo de Jung que aparece en su texto Sincronicidad como principio de conexiones acausales.

“Una joven paciente soñó, en un momento decisivo de su tratamiento, que le regalaban un escarabajo de oro. Mientras ella me contaba el sueño yo estaba sentado de espaldas a la ventana cerrada. De repente, oí detrás de mí un ruido como si algo golpeara suavemente la ventana. Me di media vuelta y vi fuera un insecto volador que chocaba contra la ventana. Abrí la ventana y lo cacé al vuelo. Era la analogía más próxima a un escarabajo de oro que pueda darse en nuestras latitudes, a saber, un escarabeido (crisomélido), la Cetonia aurata, la ‘cetonia común’, que al parecer, en contra de sus costumbres habituales, se vio en la necesidad de entrar en una habitación oscura precisamente en ese momento. Tengo que decir que no me había ocurrido nada semejante ni antes ni después de aquello, y que el sueño de aquella paciente sigue siendo un caso único en mi experiencia”.

Así, pues, los casos de coincidencias de sentido parecen sustentarse en una base arquetípica: a) el factor emocional resulta ser altamente significativo. La afectividad está basada en el arquetipo; b) a su vez existe como característica común cierta imposibilidad.

El fenómeno de la sincronicidad se fundamenta, asimismo, en la simultaneidad de dos estados psíquicos diferentes: a) uno es el normal; b) otro es la vivencia crítica. Constaría así mismo de dos factores: a) una imagen inconsciente accede a la consciencia directamente o simbolizada como sueño, ocurrencia o presentimiento; b) una situación objetiva coincide con dicho contenido psíquico.

En fin, me daría por satisfecho, si los críticos del Magistrado Cusi relativizaran ese aire sobrador que han demostrado; si atisbaran la sospecha que el mundo es más complejo de lo que pensaban; que los amerindios no son unos bárbaros e irracionales; que, a juzgar por las fisuras que se abren, nuestra Constitución está imantada de malentendidos, uno de los cuales, y no el más pequeño e irrelevante, es que, pareciendo incluir a la civilización amerindia, en los hechos las excluye. Y ello, no es bueno para la convivencia democrática de dos civilizaciones como las que, de hecho, nos constituyen como una comunidad política.

Mi acercamiento a la Indianidad ocurre desde lo más avanzado de mi propia civilización. Ese es un buen punto de encuentro para nosotros, si no queremos o no podemos acercarnos por la otra vía: nuestras tradiciones esotéricas. Combinar ambos acercamientos, sería genial.

* El autor es filósofo.