(PL y Bolpress).- Más de 67 millones de personas sufrirán demencia hasta el año 2030, el doble que en la actualidad, y para 2050 habrá 115 millones de afectados, estima la Organización Mundial de la Salud (OMS). La pobreza, las guerras y los desastres influyen en la salud mental.

Las demencias afectan a todos los países del mundo, pero los de bajos ingresos son los más golpeados. El principal problema es la falta de diagnóstico, un obstáculo importante incluso en los países de altos ingresos, alerta un reciente informe de la OMS titulado “Demencia: una prioridad de salud pública”.

Los trastornos mentales y aquellos derivados del uso y abuso de sustancias adictivas representan el 13% de la carga global de enfermedades, por encima del cáncer y afecciones cardiovasculares. Estos casos crecerán, incluido el número de suicidios, y para 2020 ascenderán a un millón y medio al año, revela una investigación realizada por especialistas de la Universidad de Toronto (Canadá) y divulgada por la revista Nature.

Esquizofrenia, depresión y epilepsia son los grandes retos que enfrenta la salud mental en la actualidad, y los países más pobres son los que más sufren al no poder aprovechar terapias conocidas para tratar enfermedades como el Parkinson. El 83% de las naciones con bajos ingresos no tiene fármacos para tratar el Parkinson y el 25% no dispone de medicamentos antiepilépticos, aseguran los investigadores canadienses.

Según el estudio de la OMS, son pocos los países que cuentan con programas nacionales para enfrentar el aumento de casos de demencia, y en la mayoría de los casos los diagnósticos se producen en una etapa relativamente tardía de la enfermedad. Tanto el estudio de OMS como la investigación de la Universidad de Toronto alertan sobre la falta general de información y comprensión acerca de las afecciones mentales.

La ausencia de tratamiento y la escasez de intervenciones de prevención reflejan además la limitada comprensión del cerebro y sus mecanismos celulares y moleculares, afirma Abdallah Daar, autor principal del ensayo canadiense. “La conciencia pública de esta enfermedad, sus síntomas, la importancia de obtener un diagnóstico, y la ayuda disponible para aquellos afectados son muy limitados”, observa el director ejecutivo de la Asociación Internacional de Alzheimer Marc Wortmann.

Wortmann también se refiere a los cuidadores de personas con demencia, los que son propensos a padecer trastornos mentales, como depresión y ansiedad, y sufren a menudo problemas de salud física: “Muchos cuidadores también padecen problemas económicos, ya que pueden ser forzados a dejar su trabajo, reducir su horario laboral, o elegir un trabajo menos exigente para cuidar a un familiar con demencia”, dice.

El subdirector general de Enfermedades no Transmisibles y Salud Mental de la OMS Oleg Chestnov aboga por detectar la demencia temprana y proporcionar los cuidados de salud y sociales necesarios, ya que se puede hacer mucho para disminuir la carga de este trastorno. Recomienda sobre todo instaurar programas para mejorar el diagnóstico precoz, aumentar la conciencia pública sobre la enfermedad, reducir el estigma, y proporcionar una mejor atención y más apoyo a los cuidadores.

Educación y prevención

Investigadores de todo el mundo proponen una serie de acciones a desarrollar en los próximos años, entre las que sobresalen identificar factores de riesgo sociales modificables y los biológicos en el transcurso de la vida. Algunas de las tareas son comprobar hasta qué punto la pobreza, violencia, las guerras, emigración y los desastres influyen en la salud mental.

La crisis capitalista ha impactado severamente en la vida y la salud de la población. El desempleo reduce la autoestima, genera estrés psicológico, problemas de ansiedad o depresión, drogadicción y muertes prematuras. “En los parados sin subsidio, por ejemplo, los problemas de salud mental se multiplican por tres si son profesionales y por siete si son obreros”, evalúan Joan Benach y Carles Muntaner, miembros del Grupo de Investigación en Desigualdades en Salud de la Universidad Pompeu Fabra. (El Periódico, 29 de marzo de 2011, www.sinpermiso.info)

En 2010, uno de cada tres europeos padeció enfermedades mentales y neurológicas, una incidencia que supera al cáncer y patologías cardiovasculares, de acuerdo con un estudio presentado por el European Brain Council (EBC) ante el Parlamento Europeo.

El informe del EBC afirma que en los últimos años aumentó la incidencia de dolencias como cefaleas, insomnio, mal de Parkinson, psicosis, Alzheimer, y sobre todo depresión relacionada con la crisis económica y la demencia senil vinculada al envejecimiento de la población.

De acuerdo con los investigadores, la depresión y la demencia senil son los trastornos del estado de ánimo que más han aumentado en los últimos años y son las que representan un mayor gasto de salud con 100 mil millones de euros anuales.

Las personas con patologías crónicas muchas veces también padecen trastornos mentales, interdependencia que influye en el pronóstico de la enfermedad de base y en la calidad de vida, destaca un estudio del Instituto Nacional para la Salud y la Excelencia Clínica del Reino Unido (NICE en inglés).

El documento titulado “Enfermedades crónicas y salud mental. El coste de la comorbilidad” reconoce que la calidad de vida de esos sujetos puede deteriorarse notablemente. Por ejemplo, la depresión es de dos a tres veces más frecuente entre los enfermos cardíacos, mientras los diabéticos son más propensos a sufrir este problema que la población general. Por su parte, individuos aquejados de enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) sufren más de ansiedad y episodios de pánico.

La carencia de asistencia psicológica conlleva al empeoramiento de la sintomatología física, un aumento del número de visitas al médico, más días de hospitalización, peor calidad de vida e incremento de la discapacidad. Por ello, el informe propone un trabajo coordinado entre expertos de salud mental y el resto de los profesionales médicos implicados, así como el establecimiento de cuidados integrados.

Por otro lado, la OMS debate una propuesta de incluir el “trastorno de dolor prolongado por pérdida de un ser querido” en su Clasificación Internacional de Enfermedades (ICD), categoría que también podría incluirse en el Manual de Diagnóstico y Estadística de Trastornos Mentales (DMS) publicado en Estados Unidos y utilizado por psiquiatras de todo el mundo.

Sin embargo, un editorial de la revista The Lancet advierte que los síntomas asociados a un evento como ese no son una dolencia y no deben ser tratados con medicamentos. “El dolor por una pérdida cercana está asociado con efectos adversos en la salud, tanto físicos como mentales, pero es mejor dirigir las intervenciones a aquellas personas en alto riesgo de desarrollar un trastorno o a aquellas que desarrollan un sufrimiento complicado o depresión, pero no a todos”, expresa la publicación.

The Lancet recalca que “medicar” una emoción humana normal como ésta “no es sólo peligrosamente simplista, sino también es una estrategia fallida”.