Hace casi cinco décadas el especialista de la comunicación venezolano Antonio Pasquali escribió que la “libertad de información” constituye una contradicción porque solamente denota la libertad de los informadores. Cada día tenemos prueba de ello, como muestra un ejemplo reciente, la telenovela en tres entregas entre el sobrino de la Tía Encarna y un ex ministro del MAS.

Primer cuadro: en una columna de La noticia de perfil titulada “Miles de metemanos”, el comentarista de humor Paulovich escribe que el ex Ministro Walter Delgadillo ha malversado fondos de un plan de vivienda popular, y se ha marchado del país. Segundo cuadro: Delgadillo responde que no se ha ido a ninguna parte, y que procesará penalmente a Paulovich por difamación y calumnia, si no se retracta públicamente. Tercer cuadro: un asambleísta de “oposición” afirma que las declaraciones de Delgadillo son un atentado a la libertad de expresión

¿Como se llama la película?: la Ley de Imprenta es una basura y todos somos cada vez más imbéciles.

No podía quedarse atrás “la oposición” representada por un efímero asambleísta para lanzar el grito al cielo y esgrimir la bandera fantasmagórica de la censura, con el argumento de que el gobierno “atenta contra la libertad de expresión”, el MAS “pretende instaurar la censura”, y otras pajas a las que no terminamos de acostumbrarnos.

En otras palabras, cualquiera puede publicar lo que le venga en gana sobre otra persona, calumniarla y acusar sin pruebas, porque no asumirá ninguna responsabilidad, todo está permitido en virtud de la “libertad de expresión” y de esa antigualla llamada Ley de Imprenta, que se utiliza caprichosamente de acuerdo a donde sopla el viento de la política.

Mis respetos por Paulovich, que nos ha hecho reír durante décadas con sus crónicas, pero mis respetos también por Delgadillo, que defiende su nombre, como lo haría el propio Alfonso Prudencio si alguien lo acusara de vender las joyas de su tía Encarna, de robar en una tienda o de emborracharse en el Georgísimo.

No soy amigo de este gobierno, pero me sublevan los actos de manipulación y la malicia con que se actúa frecuentemente en el terreno de la política. Voces muy similares acusaron en su momento a Juan Lechín, o a Víctor Paz Estenssoro de ser ladrones. Recordemos que según esas voces torcidas, repetidas en coro por una multitud de papanatas, MNR quería decir “mono no robes”. Obviamente la historia puso las cosas en su lugar, pero hubo que esperar muchos años.

La calumnia es una figura legal, y está clarísimo que Delgadillo tiene todo el derecho de llevar a Paulovich ante los tribunales para sentar un ejemplo, aunque trató de evitar ese paso que sería oneroso e interminable para ambos, proponiendo a mi tocayo que se retracte de acusaciones que según él no corresponden a la verdad, o que presente pruebas de lo que afirma. Si alguien quiere ponerle un juicio a Delgadillo por malversación de fondos, que lo haga también, pero que no ande echando barro (por no usar otra palabra más apropiada) con ventilador sin tener pruebas, aunque sea escudándose en el humor, que se convierte fácilmente en rumor.

Delgadillo tiene todo el derecho de iniciar un juicio por difamación, que es lo que corresponde en estos casos, y además llevar su denuncia al Tribunal Nacional de Ética Periodística (TNEP), que para eso existe, y que ha actuado con justicia y buen criterio en varias ocasiones. Es más, en ausencia de defensores del lector, el TNEP debería tener una actitud proactiva y tomar en mano estos asuntos aunque no exista una queja de quienes se sienten injustamente tratados en los medios de información.

Basta ya de escudarse irresponsablemente y de manera oportunista en la libertad de expresión, tan manoseada que está perdiendo todo valor.