Ciudad Ho Chi Minh (PL).- Quien llegue a Ciudad Ho Chi Minh por carretera podría sospechar que en realidad está saliendo de Vietnam y adentrándose en otra mega-urbe asiática, de esas donde conviven lujo y sencillez en una armonía que parece concebida para enganchar turistas ávidos de folclore, pero demasiado dependientes de sus comodidades de Occidente.

Pero la antigua Saigón crece en la desembocadura oeste del río homónimo desde 1698, y si antaño fue considerada una capital del pecado, ahora se consolida como el epicentro de la vida financiera, farandulera y futurista de Vietnam. Con sus 7,5 millones de habitantes concentrados en un área de tres mil 500 kilómetros cuadrados, la urbe es hoy la mayor aglomeración urbana de este país indochino.

Si bien la arquitectura tiene mucho de francés, herencia de la etapa colonial, la gente es mucho más abierta que los tradicionalistas vietnamitas del norte. De ahí los aires cosmopolitas de una ciudad donde, empero, predomina el realismo socialista en una iconografía revolucionaria estratégicamente preservada.

En sus mercados se puede comprar de todo menos abrigos, porque aquí hace calor todo el año, y no un calor cualquiera: un sopor que se torna insoportable al mediodía, y que afortunadamente uno puede calmar con la excelente cerveza local, para proseguir el descubrimiento de una ciudad donde cada rincón tiene sus historias.

Enclavada sobre un antiguo puerto khmer, se piensa que de dicha cultura proviene el nombre Sai Gón, asociándolo a las palabras prei kor o prei nokor, que nombraban un bosque de ceibas que poseía el virrey de Kampuchea en la actual Cho Lon. Antigua capital del gobierno títere de Vietnam del Sur, Saigón es famosa por su vida nocturna movida, por la pagoda de Giac Lam, su versión neo-románica de la catedral de Notre-Dame, el Palacio de la Reunificación y el mercado Ben Thanh, menor que los hanoyenses, pero más internacional sin dudas, e igual de concurrido.

En el mencionado Palacio, uno se para ante su verja y le parece ver salir el tanque liberador aquella primavera de 1975, en un momento inmortalizado por un joven foto-reportero de la Agencia Vietnamita de Noticias, que años después sería su director.

Y si uno quiere trascender las guías turísticas, puede intentar meterse en el barrio chino, vivir una experiencia de topo lo mismo cruzando al mayor túnel fluvial del país, como los laberintos subterráneos que se conservan en Cu Chi desde los años de la guerra.

El tráfico es intenso, dominado por las motocicletas y los grandes carros de marcas lujosas que ostentan quienes se enriquecieron en esta economía de mercado orientada al socialismo, defendida por Vietnam como parte de su “Doi moi” (Renovación).

Aumentan los enormes centros comerciales en cuyas aceras circundantes se vende tanto o más que adentro, aunque cada vez se regatea menos, en tiempos de crisis mundiales cuyos ramalazos han llegado -y nunca mejor dicho- hasta la Conchinchina.

Al final de la avenida Le Loi, la Casa de la Ôpera se mantiene junto el cercano Hotel Rex como testigos de épocas prósperas, duras y de nuevo florecientes, mientras no lejos el Tío Ho parece observar desde su monumento el desarrollo que quería para su país.

* Corresponsal de Prensa Latina en Vietnam.