Apegado a la concepción culturalista a la moda, Evo Morales se quiere el representante de los indígenas bolivianos, de la suma de grupos culturales indígenas –e incluso, en algunos de sus vuelos líricos, de los indígenas del continente. Y si todos lo sostuvieron en un principio, es porque todos encontraron alguna ventaja en hacerlo.

La condición de indígena, en efecto, permitía a la vez reivindicar el poder y detentarlo de cara a los grupos no indígenas. En un contexto internacional aquiescente respecto a los derechos específicos de las etnias y naciones originarias, todos vieron la posibilidad de hacer valer sus derechos de propiedad sobre el suelo y el subsuelo, bajo la forma de gobiernos autónomos, de prácticas culturales específicas. En el fondo, la concepción culturalista del indígena servía para fines utilitarios.

Y resulta que los indígenas de las Tierras Bajas acaban de expresarle al presidente Morales que él no los representa y que su política, en el mejor de los casos, los olvida, mientras en el peor amenaza su existencia. Y se ve entonces que la concepción de un mundo, o de un universo indígena boliviano no es sostenible en la oposición simplista y maniquea del discurso performativo de movilización política indígena/no indígena.

Y se siente el carácter ficticio de esta suma cultural, de esta adición de etnias. De hecho, los intereses de los que están en las alturas (aymaras, quechuas) y de los que están abajo (guaraníes, yuracarés, mojeños, tsimanes, etc: las 34 naciones inscritas en la Constitución) se oponen. Las leyes que atribuyen la gestión de territorios comunitarios (tco) a los indígenas y de las que se beneficiaron ampliamente desde 1990, no bastan para protegerlos de los colonos ávidos de tierras para chaquear, desbrozar y cultivar, sobre todo para plantar coca; mucho más numerosos, llegan en avalancha, ocupan el espacio y quiebran los modos de vida de sus anteriores ocupantes.

Desde el momento en que uno se aferra a una concepción culturalista de la indianidad, se hace completamente inevitable que en ese mundo mestizo surja la pregunta sobre la autenticidad cultural. ¿Quiénes son o dónde están los verdaderos indígenas? ¿Quién, o qué grupo está más cerca de la tradición? ¿Quién puede pretenderse indígena legítimamente?

Desde ese punto de vista, los de las tierras bajas, más cercanos a la naturaleza salvaje y de la que algunos grupos tiene necesidad para sobrevivir, llevan una ventaja indiscutible respecto a los colonos, en nada preocupados por el entorno. Además, Evo Morales nunca fue miembro de una comunidad, no habla ninguna lengua “originaria”… La contestación de su legitimidad se apoya en hechos semejantes.

Una segunda línea de fractura es también cada vez más flagrante entre aquellos que, en el curso de los años, y en nombre de la revolución indígena, se benefician con el maná financiero del que actualmente goza Bolivia, ya que están en el gobierno o hacen parte de su clientela, mientras que, en lo más bajo de la escala social, están los que continúan con su vida de pobreza, cuando no indigencia. Para los primeros, la calificación de indígenas es ornamental y pueden aprovechar de ella estratégicamente, tomar la máscara o quitársela, mientras que los segundos la sufren: sirve para descalificarlos o injuriarlos.

En este segundo enfoque, el indígena es sobre todo aprehendido en una perspectiva social; es la víctima de una relación social desigual. Y si la visión culturalista es elegida, estratégica, utilitarista y relativamente reciente (se impone a partir de 1940 con el nacimiento de la antropología cultural y sólo se convierte realmente en el apoyo de las reivindicaciones indianistas bolivianas a partir de los años 70), ocurre en cambio que la de un indígena en los más bajo de la escala, sufre su condición de tal ya que ésta le es asignada por más poderosos que él mismo (cualquiera sea su origen o cultura), lo que se mantiene desde la colonia.

Algunos de aquellos que, desde hace años, impusieron una concepción culturalista del indígena –ayudados en ello por una cohorte de ong y centenares de antropólogos– para apropiarse de su representación, se acomodan muy bien, por otra parte, a ser los explotadores, opresores o expoliadores de los indígenas –como ocurre en el oriente boliviano– y sobre todo en algunas áreas protegidas: Tipnis, Madidi…

La ilusión de un mundo indígena único, con representación única, ha pues caducado. Las velas se deshacen y las fracturas se profundizan de forma que cada cual ahora, con sus armas, defiende o agrede a su vecino para defender sus intereses, como es el caso en esa interminable batalla suscitada por la construcción de la carretera Villa-Tunari-San Ignacio de Moxos y que debe atravesar el Tipnis.

En ese combate en liza, está claro que el perdedor será siempre al indígena de arriba o abajo –cualquiera sea la región donde nació o donde vive– al que se desprecia o se insulta y que no desaparecerá mientras permita a los poderosos distinguirse de él, por mucho que estos se consideren culturalmente indígenas. Dicho de otra forma, se está lejos de ver el fin de los indígenas entre los indígenas.

* Sociólogo francés. Fuente: http://institutoprisma.org/joomla/images/NC/nueva%20cronica%20102.pdf