El periódico fue, sin dudas, su gran vehículo expresivo. La mayor parte de sus escritos tuvo ese destino, y aunque la posteridad lo ha reconocido con justeza como uno de los grandes poetas de la lengua, sus contemporáneos supieron de él, le admiraron y asimilaron una nueva escritura gracias a sus textos periodísticos. Fue el periodista total, ese que cualquier periódico no dejaría escapar jamás de su redacción. Publicó artículos, crónicas, editoriales, críticas, reseñas, sueltos y gacetillas: ningún género escapó a su versátil interés.

Comunicador por excelencia, convertía cuanto saber asimilaba y cuanta idea le surgía en información para la prensa. Su plenitud profesional lo llevó a ser editor, y supo mucho y bien de armar publicaciones, en contenido y en forma: le agradaba diseñar la página, redactar titulares, planear el uso del espacio y el balance entre textos y gráficas.

Como director de publicaciones demostró sus capacidades para adquirir colaboradores, para ganarse su público de lectores, y hasta para orientar una efectiva política de distribución. La imprenta le atrapaba con los ruidos de las máquinas, con su olor a tinta, con la textura del papel en resmas.

Muy joven se estrenó en el periódico: a los 15 años de edad publicaba en El Diablo Cojuelo, cuyo único número circuló en enero de 1869 con un texto suyo. Durante su primera deportación a España ocasionalmente escribió para al prensa, pero fue en México donde entró por la puerta ancha de la redacción.

Hizo de todo en la Revista Universal, un diario que apoyaba las reformas liberales y en el que colaboraba buena parte de la intelectualidad mexicana de la época. Desde sus páginas afrontó los problemas del país que le acogía, defendió el derecho de los cubanos a pelear por la independencia, siguió los debates parlamentarios, reseñó la vida teatral y enjuició libros y cuadros. Siempre, hasta en los más humildes sueltos informativos, ejerció la opinión con responsabilidad y altura.

El Socialista, un periódico obrero, y el diario El Federalista también le abrieron sus espacios varias veces. Publicó tanto en los periódicos mexicanos que sus escritos cubren tres tomos de la edición crítica de sus Obras completas actualmente en ejecución.

Luego intentó tener su propio periódico. Anunció en 1878 su Revista Guatemalteca, que nunca apareció en aquella nación centroamericana, y en 1881 salieron en Caracas dos números de su Revista Venezolana, interrumpida ante la orden del presidente venezolano para que abandonase el país al negarse Martí a complacer sus indicaciones editoriales.

En ambos casos expresó sus propósitos de contribuir a la difusión y al avance de los pueblos latinoamericanos, y a promover entre ellos el conocimiento de las tecnologías, la ciencia y las ideas de Europa y de Estados Unidos que, a su juicio, pudieran ser útiles a la que ya llamaba nuestra América.

Las “Escenas norteamericanas”

Fracasada en Cuba la Guerra Chiquita de 1878-1879, de la que Martí fuera uno de sus líderes en la conspiración y entre los emigrados, se estableció en Nueva York. Durante sus primeros tiempos en la ciudad publicó en el diario The Sun y en el semanario The Hour artículos que escribía en francés para ser traducidos luego al inglés.

Artes y letras, asuntos políticos y costumbres españolas fueron sus temas, en los que demostró sus probadas cualidades de crítico y su amenidad como costumbrista, aunque resalta especialmente la serie de tres textos con sus impresiones acerca de Estados Unidos, en los que demuestra desde su arribo al Norte en 1880 su conocimiento y rechazo a lo que calificó como la metalización de aquella sociedad. Desde esa perspectiva escribió entre 1881 y 1892 sus famosas “Escenas norteamericanas”, con las que pretendía conscientemente convencer a sus lectores hispanoamericanos de que Estados Unidos no debía ser el modelo a seguir y que ese vecino, además, resultaba un peligro para la soberanía de nuestra América, mediante un vasto panorama de la actualidad estadounidense, de sus hombres más diversos, de sus problemas.

Un crítico norteamericano, inteligente conocedor de esas “Escenas”, ha dicho que luego del famoso libro de Alexis de Tocqueville sobre Estados Unidos -en el que en 1835 el francés ya advertía sobre su futuro poderío expansionista-, estas crónicas martianas constituyen el más extenso, profundo, abarcador y comprensivo examen escrito por un extranjero acerca de los Estados Unidos de la época industrial y de formación de los monopolios.

En aquellos años 80 del siglo XIX -la “edad de oro”, como la llaman los norteamericanos- cuando la república del Norte se convirtió en una emergente potencia económica, con crecientes intereses expansionistas hacia el sur del continente y hacia el Océano Pacífico en nombre de la libertad; cuando el país recibía oleadas de inmigrantes europeos esperanzados en mejorar su nivel de vida y cuando las intensas luchas obreras hicieron comprender que el problema social moderno también había llegado allí; cuando los portentos tecnológicos y su aplicación en gran escala parecían encontrar su mejor terreno en esa nación; Martí maduraba su personalidad y su pensamiento en medio y como parte de ese proceso de análisis acerca de Estados Unidos que iba recogiendo en sus “Escenas norteamericanas”.

Pasan de trescientas las crónicas que enviara para La Opinión Nacional, de Caracas; La Nación, de Buenos Aires; El Partido Liberal, de México; y La República, de Honduras. La mayoría de ellas fueron para el diario mexicano y el bonaerense, ambos de reconocido prestigio más allá de sus fronteras nacionales. Aún hoy no sabemos con toda exactitud para cuántos otros periódicos enviaba sus textos, aunque ya se acerca a la veintena aquellos que reproducían sus escritos a menudo.

Fue esa prosa la que conmovió a Hispanoamérica, la que hizo comprender a muchos de sus lectores que se abría una nueva época para las letras en lengua española. A pesar de estar sometidas a las urgencias del periodismo y a la censura frecuente de sus editores, esas crónicas evidencian la maduración literaria martiana. Hoy nos permiten, desde luego, conocer la fundamentación de su pensamiento antimperialista; pero las disfrutamos más como piezas literarias que como textos informativos.

El estilo martiano de plenitud se despliega en ellas: la severidad y la gracia de los clásicos latinos y españoles junto a la luminosidad impresionista y el colorido de los parnasianos, la más castiza palabra unida a los abundantes y osados neologismos, el encabalgamiento torrencial de ideas al lado de la frase breve y agitada como la vida moderna, la singular puntuación que tensa a la coma, al punto y coma, y a los dos puntos

La arquitectura de los textos, bien asentada en la información y el análisis, maneja la emoción y el sentimiento del lector; en la descripción es un maestro, pero en los diálogos y en la narración manifiesta Martí su peculiar poderío literario: no le fueron ajenos ni el monólogo interior ni el corte cinematográfico.

Cuando editó Patria, el periódico con el que movilizó a los cubanos para la guerra libertadora entre 1892 y 1895, incorporó muchos de esos recursos a aquel periodismo político de agitación y propaganda. Como en La América, el mensuario neoyorquino que dirigiera en 1884, expresó también sus ideas acerca de Estados Unidos y llamó a la unidad solidaria de nuestra América, al igual que escribía en La Ofrenda de Oro y El Economista Americano, impresos en la misma urbe.

Y en La Edad de Oro, su periódico mensual para niños, entregó páginas inolvidables para promover los mejores valores humanos y la universalidad de la especie humana.

Merecerían trabajo aparte, desde luego, sus notas para la “Sección constante” de La Opinión Nacional, de Caracas, y su sección “En casa”, para Patria. Ejemplo de periodismo informativo mínimo ambas: la primera para difundir y enjuiciar las noticias de los más diversos campos de Europa y Estados Unidos que consideraba útiles para los hispanoamericanos; la segunda, de crónica social patriótica acerca de la emigración cubana.

En una carta dijo que colaboraría para La Nación, de Buenos Aires, “como si escribiera para mi propia familia”. Quizás en esa cercana filiación que se propuso esté el secreto de por qué aún hoy nos atrapa el periodista José Martí.

120 años de Patria: El periódico de Martí

La labor periodística de Martí fue intensa y abarcadora. No solo comprende sus encendidos y esclarecidos artículos revolucionarios, sino que incluye sus apuntes de viajes —con su sello tan personal—, sus crónicas sobre diversos temas, entre ellos el arte —en especial la pintura—, y sus escritos sobre filosofía, educación y religión, asuntos a los que dedica igualmente especial atención.

Su ejercicio del periodismo le permitió hacerse presente en las páginas de numerosas publicaciones, como La Opinión Nacional, de Caracas; La Opinión y La Nación, de Buenos Aires; Revista Universal y El Partido Liberal, de México; y The Hour, La América y La Juventud, de Nueva York. Su labor en Patria fue gigantesca y en este fue el alma y el cerebro. Para este periódico aportó unos cuatrocientos cincuenta textos que pueden desglosarse en artículos, documentos programáticos, discursos, cartas, telegramas, dos circulares de guerra y treinta y nueve escritos en la sección En casa.

El primer periódico dirigido por el Apóstol fue La Patria Libre, cuyo único ejemplar fue el del 23 de enero de 1869. En aquel número —inicial y último a una vez— apareció el drama patriótico-simbólico Abdala, escrito por el joven Martí.

Su obra cumbre en el terreno periodístico empezaría a dar sus frutos poco más de veintitrés años más tarde, cuando el 14 de marzo de 1892 comienza a publicarse Patria, en Nueva York, poco menos de un mes antes de que nuestro Héroe Nacional anunciara en Cayo Hueso, el 10 de abril de ese año, el nacimiento del Partido Revolucionario Cubano.

Patria, periódico doctrinal de alto valor político, que funda y dirige Martí, surge como voz imprescindible para la guerra “necesaria y humanitaria” convocada por él, y sus páginas se convierten en voz y tribuna para la divulgación de las ideas esenciales de la lucha de los cubanos en la búsqueda de la independencia, al tiempo que testimonian el quehacer de los que actúan a favor de la libertad de Cuba y Puerto Rico.

En su primer número, Martí publica un artículo programático, titulado Nuestras ideas, en el cual expresa que Patria nace “por la voluntad y con los recursos de los cubanos y puertorriqueños independientes de New York, para contribuir, sin premura y sin descanso, a la organización de los hombres libres de Cuba y Puerto Rico…”; nace “para velar por la libertad, para contribuir a que sus fuerzas sean invencibles por la unión, y para evitar que el enemigo nos vuelva a vencer por nuestro desorden.”, y aparece para “juntar y amar, y para vivir en la pasión de la verdad…”

Plantea también el Apóstol en Nuestras ideas que la guerra es un procedimiento político y dice que por ella “triunfará la libertad indispensable al logro y disfrute del bienestar legítimo”.

Aquel número fundacional, en nota no firmada, pero que revela el estilo de la escritura martiana, dice que Patria es un soldado, y que se pone al lado de los periódicos que mantienen con tesón indómito, y con sacrificio y desinterés, la independencia de Cuba. En otro artículo, tampoco rubricado, se manifiesta: “buscamos lema para este periódico de todos y le llamamos Patria”, destacándose que en él escribirán “…el magistrado glorioso de ayer y los jóvenes pujantes de hoy, el taller y el bufete, el comerciante y el historiador, el que prevé los peligros de la república y el que enseña a fabricar las armas con que hemos de ganarla”.

Mantuvo Patria en sus páginas numerosas secciones distribuidas entre sus redactores, como La situación política, Héroes, Caracteres, Guerra, Cartilla Revolucionaria, Algo de Todo, Las Noticias, Pinchazos, Tiquis Miquis, Fuego Graneado y Notas de la Colonia. Una sección permanente estuvo dedicada a publicar las Bases del Partido Revolucionario Cubano, y a mencionar a los miembros de su Directorio; otra insertaba las comunicaciones oficiales de interés general que las asociaciones del Partido querían dar a conocer al público. Patria, además, informaba sobre los clubes revolucionarios, sus actas de instalación, las veladas y actividades patrióticas y recreativas, y publicó, como difusor que era de las labores específicamente partidarias, unos doscientos documentos para diversos niveles y estructuras del Partido.

Patria, que Martí dirigió hasta su muerte, publicó los trascendentales manifiestos El Partido Revolucionario a Cuba, de 27 de mayo de 1893, y El Partido Revolucionario Cubano a Cuba, conocido también como Manifiesto de Montecristi, de 25 de mayo de 1895. El periódico contó con artículos de fondo, redactados por el propio Apóstol, aunque la mayor parte de ellos apareció sin su firma. A partir del 24 de agosto de 1895, muerto ya su creador, Patria comenzó a salir con unas líneas debajo de su título que expresaban: “Órgano oficial de la Delegación del Partido Revolucionario Cubano. Periódico fundado por José Martí”.

Las páginas de los ejemplares de Patria eran de gran tamaño, propio de aquellos tiempos. Tenía un formato de 37,2 cm de ancho por 52,5 cm de largo. De sus cuatro hojas, divididas en cuatro columnas cada una, la última estaba casi totalmente dedicada a los anuncios. El periódico se vendió a cinco centavos hasta el 17 de junio de 1895, cuando se aumentó a diez. Primero fue semanal, con venta los sábados, y desde el 5 de octubre de 1895 fue bisemanal, con salida los miércoles y sábados, hasta su último número, el 31 de diciembre de 1898.

Su redacción tenía por sede el número 120 de Front Street, en Nueva York, en la zona aledaña a los muelles de esa ciudad estadounidense. Allí tuvo Martí una oficina de veinte metros cuadrados con una estantería sencilla repleta de libros, una mesa, algunas sillas y colgado en la pared el retrato que le hizo al fundador de Patria el pintor escandinavo Hermann Norman. Sobre uno de los estantes podía verse el grillete con el cual Martí estuvo aherrojado durante su presidio político. En el mismo local estuvieron instalados los consulados de Uruguay, Argentina y Paraguay, durante el tiempo que él asumió en Nueva York la representación de esos países.

Allí Martí y sus principales allegados en la confección del periódico, después de una jornada de trabajo en sus empleos habituales, laboraban hasta muy avanzada la noche o la madrugada en un nuevo número que no daban por terminado hasta depositarlo en el correo.

Las tiradas se hicieron en los inicios en la Tipografía de la Gaceta del Pueblo, en World Building, 7th. Floge, de Antonio V. Alvarado, y a partir del número 143, de 2 de enero de 1895, en la Imprenta América, ubicada en 284-286, Pearl St., esquina a Beekmann St, propiedad del puertorriqueño Sotero Figueroa, el más decidido auxiliar que halló Martí en la publicación de Patria y que no solo contribuyó con sus recursos monetarios sino que escribió estupendos artículos para el periódico.

Más de trescientas personas —de Cuba, Puerto Rico y otros países— escribieron con mayor o menor frecuencia para las páginas de Patria. Entre los que más se repiten como colaboradores puede mencionarse a Gonzalo de Quesada, el propio Sotero Figueroa, Fernando Figueredo Socarrás, Fermín Valdés Domínguez, Serafín Sánchez, Enrique Loynaz del Castillo, Juan Fraga, Tomás Estrada Palma, José Abelardo Agramonte, Benjamín Guerra, Néstor Leonelo Carbonell, Francisco de Paula Coronado, Manuel Sanguily, Antonio Vélez Alvarado, Manuel de la Cruz y Esteban Candau. Aparecen en el periódico más de setecientos cincuenta trabajos cuyos textos no llevan firma, pero que resultan tan valiosos y patrióticos como los rubricados.

Martí fue un celoso guardián contra las erratas y las trivialidades en Patria. Buscaba la pulcritud de redacción y desechaba cualquier frase que no tuviera sentido gramatical. Como el más humilde transportador de paquetes del periódico, cargaba su fardo para trasladarlo a alguno de los sitios donde lo adquirían los miembros de la colonia cubana. Los sitios de mayor circulación fueron Nueva York, Tampa, Cayo Hueso, Ocala, Nueva Orleáns, Atlanta, Chicago y otros lugares. Patria dispuso de agentes en Costa Rica, Haití, Panamá, Honduras, Jamaica, México, Nicaragua, Perú, Santo Domingo, Uruguay y Venezuela.

En menos de siete años vieron la luz 522 números de la publicación, que divulgó con eficacia el programa del Partido Revolucionario Cubano. Tras el deceso de Martí, el 19 de mayo de 1895, Enrique José Varona dirigió Patria. Luego fue su editor-responsable Eduardo Yero Buduén, hasta el 28 de septiembre de 1898. Desde poco antes, Tomás Estrada Palma, en su condición de Delegado del Partido, había asumido la dirección y administración del órgano de prensa. Varona escribió entonces los editoriales, que más tarde redactó Nicolás Heredia, hasta el último, titulado Obra terminada, con el cual, el 31 de diciembre de 1898, se despide el periódico de sus lectores.

Fue Estrada Palma, el 21 de diciembre de 1898, quien dispuso disolver el Partido Revolucionario Cubano y el periódico Patria. En la comunicación con la cual da a conocer su disposición, plantea que “Cuba ha dejado de ser española, Cuba es independiente”. Pero, en realidad, la independencia no se había concretado. El futuro primer presidente cubano ignoró lo escrito por Martí en Patria, el 3 de abril de 1892, cuando precisó, refiriéndose al Partido: “Nació uno, de todas partes a la vez. Y erraría, de afuera o de adentro, quien lo creyese extinguible o deleznable. Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura lo que un pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cubano, es el pueblo cubano”.

Y así también fue Patria, el pueblo cubano, además de latinoamericanista de alcance continental. Resulta muy merecido homenaje a aquel periódico martiano que el 14 de marzo se conmemore el Día de la Prensa Cubana.

* Rodríguez es historidador cubano, investigador del Centro de Estudios Martianos; Premio Nacional de Ciencias Sociales 2009 y colaborador de Prensa Latina, y Ferrer es periodista de Cubadebate.

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Inauguran cátedra de Jose Martí en facultad rusa de periodismo

Antonio Rondón García (Moscú, PL).- La inauguración de una cátedra de José Martí en la facultad de periodismo de la Universidad Estatal Moscovita refuerza hoy las relaciones entre Rusia y Cuba, sobre todo, las culturales, puente sólido de los vínculos entre ambos pueblos. En la ceremonia de apertura en el centro de altos estudios, la dirección de Relaciones Internacionales de la referida facultad recordó que en noviembre pasado se estrenó la cátedra de Mijail Lomonosov en la facultad de Química de la Universidad de La Habana.

Asimismo, el presidente honorario de la referida facultad rusa, Yasen Zasortski, destacó ante casi un centenar de estudiantes que siempre existieron muchos contactos con los periodistas cubanos. Para nosotros, Martí también es una persona que encierra en sí un alto grado de humanismo, de poesía y un ejemplo que deben seguir todos los que estudian el idioma español. Nosotros debemos convertirnos en una plaza para reforzar los nexos entre ambas naciones, subrayó.

El embajador cubano en Rusia, Juan Valdés Figueroa, indicó por su lado, que la mencionada cátedra se convertirá en referente de todos los trabajos en Rusia relacionados con el apóstol y de los asuntos vinculados con su vida y obra. Recordó que al referirse a Rusia, en su tiempo Martí consideraba que este país renovaría al mundo.

La cátedra de Martí del centro de altos estudios, situado a unos metros del Kremlin, también puede convertirse en un impulso al desarrollo de los nexos entre ambos Estados y refuerza las relaciones entres los pueblos de Rusia y Cuba, estimó. Valdés Figueroa opinó que los lazos económicos y políticos pueden depender de diferentes coyunturas, pero los culturales son una especie de puente que salva los vínculos entre los dos pueblos. La decana de la facultad rusa de periodismo, Elena Vaktanova, afirmó que la cátedra de Martí incrementará la atención de los estudiantes hacia la cultura cubana y su amor por el país caribeño.

En la ceremonia, el embajador cubano entregó a la citada facultad una donación de libros de la isla, incluido la obra La Victoria Estratégica, del líder de la Revolución cubana, Fidel Castro. La facultad también presentó una exposición de más de una decena de retratos de Martí, confeccionados por varios pintores del orbe.