La Habana y Camagüey (PL).- Los cubanos hablarían hoy inglés, en lugar de español como lengua materna, si un suceso histórico del siglo XVIII hubiera tenido carácter permanente: la toma de La Habana por la corona británica. Cuba rememora este año el bicentenario de la Conspiración de Aponte, movimiento abolicionista de la esclavitud acontecido entre 1811 y 1812 que aspiraba a la ruptura con la metrópoli española en aras de crear una sociedad independiente sobre la base de la igualdad.

Los ingleses conocían los puntos fallos de su defensa y planearon el ataque, basados en un minucioso informe de su topografía y fuertes, rendido por el almirante Charles Knowles, antiguo gobernador de Jamaica, quien la visitó en 1756 en viaje a Inglaterra. Knowles había considerado la imposibilidad de forzar directamente la entrada del puerto y las ventajas de dominar la loma de la Cabaña. Este hecho trascendente ocurrió en el verano de 1762, cuando un ejército de más de 10 mil hombres y una poderosa flota lograron vencer la resistencia de los defensores de la plaza, la mejor protegida del llamado Nuevo Mundo.

La expedición fue dirigida por George Keppel, conde de Albemarle, y al mando de la marina estuvo el almirante sir George Pocok, auxiliado por su segundo el comodoro Augustus Keppel, hermano del jefe principal. El ataque comenzó el 6 de junio y hasta el 12 de agosto prosiguieron los combates.

Las tropas invasoras desembarcaron por el este, en la zona Bacuranao-Cojímar, una parte marchó a Guanabacoa y la otra hacia las alturas de La Cabaña aún sin fortificar, con el objetivo de hostigar la ciudad y atacar al colindante Castillo de los Tres Reyes del Morro (espacios muy visitados ahora por residentes y turistas).

Lograron los ingleses atenazar la ciudad también por el oeste: desembarcaron en la Chorrera -salida al mar del río Almendares- y ocuparon las alturas donde hoy radican la Universidad y el Castillo del Príncipe, pero sobre el terreno la toma del Morro no resultó fácil. Finalmente recibieron refuerzos de sus colonias de América del Norte y se lanzaron al asalto de la fortaleza -luego de abrir con una mina un boquete en sus gruesos muros-, la cual ocuparon el 30 de julio de 1762.

Un fuego copioso y continuado de artillería se había concentrado en los últimos días sobre la capital; el 11 de agosto, el sargento mayor de la plaza Antonio Ramírez de Estenoz fue autorizado para acordar los pasos de la capitulación, que ocurrió al siguiente día y el 14 entraron a la ciudad.

De acuerdo con la historiografía al respecto, hubo desaciertos en el plan de defensa español y una resistencia desesperada de los habaneros, incluidos los batallones de pardos y morenos. Junto al valiente defensor del Morro, el español capitán de navío Luis de Velasco, la historia destaca los nombres de Pepe Antonio (José Antonio Gómez), el alcalde mayor de Guanabacoa y de los regidores criollos Luis José de Aguiar, Tomás Aguirre Laureano Chacón, nombrados coroneles de milicia.

La ocupación inglesa concluyó el 6 de julio de 1763. La Habana fue devuelta a la Corona española a cambio de la península de La Florida, según el tratado de Versalles, firmado en febrero de ese año por Inglaterra y Francia-España. Abarcó el territorio subordinado a La Habana, desde el cabo de San Antonio -extremo occidental de la Isla- hasta el límite oriental de la región de Matanzas, aunque en la práctica fue efectiva principalmente en la capital.

El conde de Albemarle asumió el cargo de gobernador y capitán general a nombre del rey Jorge III y al volver a Inglaterra, en febrero de 1763, dejó al mando a su otro hermano William Keppel. Las pérdidas españolas ascendieron a 22 jefes muertos y más de 350 soldados de la marina, el ejército y las milicias de pobladores. Además hubo mil 470 soldados y 23 jefes heridos, así como más de 500 prisioneros. Tuvieron los ingleses 800 muertos y centenares de heridos, de los cuales 570 ya habían perecido a principios de octubre y otros cuatro mil a causa de enfermedades. Las fortalezas, murallas y casas habaneras sufrieron grandes daños.

El comercio con barcos de bandera inglesa y la entrada de esclavos fueron facilitados por la administración ocupante, situación que los criollos reclamaron después a España para que hiciera lo mismo. Al recibir el mando, el nuevo Gobernador y capitán general de Cuba (1763-1765), el conde de Ricla Ambrosio Funes de Villapando Abarca de Bolea llegó a la capital con amplias facultades, para que nunca más ocurriera hecho semejante.

Lo acompañaron varios expertos asesores e ingenieros militares, y un plan para reconstruir las fortificaciones dañadas y completar las obras de defensa que resultaron insuficientes cuando los ingleses ocuparon La Habana. Se inició en 1763 la construcción de San Carlos de la Cabaña, que se convirtió -a partir de 1774- en la mejor fortaleza militar de América.

La conspiración de Aponte en Puerto Príncipe

Cuba rememora este año el bicentenario de la Conspiración de Aponte, movimiento abolicionista de la esclavitud acontecido en la isla caribeña entre 1811 y 1812. La acción, dirigida por el descendiente de africano y liberto José Antonio Aponte y Ulabarra y la primera organizada con relevancia nacional, aspiraba además a la ruptura con la metrópoli española en aras de crear una sociedad independiente sobre la base de la igualdad.

El sistema colonial demeritó la personalidad del artista autodidacta habanero José Antonio Aponte, líder de una conspiración antiesclavista en 1812, hasta crear un ser irreal endemoniado, en cuyo rescate trabaja aún la historiografía actual. Víctima de horrible muerte y de oprobio a su memoria, la vida del mártir de 51 años contradice a sus captores y asesinos, hacedores de una historia oficial iniciada hace dos siglos, la cual sentó el estigma “más malo que Aponte”, “tan malo como Aponte”, como castigo o advertencia.

En su taller, una casa de madera y techo de hojas de palma, le ocuparon pinturas y grabados, estampas del santoral cristiano y una pequeña e interesante biblioteca, así como un enigmático libro de más de 70 láminas que centró los interrogatorios. Las láminas fueron pintadas a mano durante más de seis años por Aponte, quién negó alguna ayuda en la preparación del libro y dijo que tomó las ideas de sus lecturas, de paisajes grabados, abanicos usados y pinturas. Sostuvo que lo formó para presentarlo al Ayuntamiento de La Habana y por su conducto al Gobernador y Capitán General, dirigido al rey Carlos IV.

Colgados de una pared estaban un óleo, con la inscripción al pie José Antonio Aponte y Ulabarra, y a los lados otros cuadros con los retratos de los haitianos Henri Christophe, Toussaint L’Ouverture y Jean Jacques Dessalines, así como del héroe estadounidense George Washington. Una imagen tallada en madera de Jesús Peregrino adornaba el dintel de su puerta y dio el nombre a la calle, que conserva todavía.

Carpintero ebanista y dibujante, ejecutaba obras de la imaginería religiosa católica, como la virgen de Guadalupe que realizó para una iglesia de extramuros, a finales del 1811. Lector incansable, sus cuadernos de cabecera, libros viejos y usados, eran los títulos Descripción de Historia Natural, Arte de Nebrija, Guía de forasteros de la Isla de Cuba, Estado Militar de España, Historia del Conde de Saxe, Maravillas de la Ciudad de Roma, Sucesos Memorables del Mundo, Catecismo de la Doctrina Cristiana y un tomo del Quijote; otros de arquitectura, vidas de sabios y un formulario de escribir cartas.

Negro libre y padre de familia (casado y seis hijos), Aponte tuvo destacada presencia entre los integrantes de la cofradía de carpinteros de San José, radicada en el convento de San Francisco de Asís, en el corazón de la Habana de entonces, por sus habilidades en bellas tallas de maderas. En 1777 había ingresado, siguiendo los pasos de su abuelo y de un tío, al Batallón de Pardos y Morenos Leales, organizados por España, y tomó parte en la invasión de la Isla de Providencia en 1782 por tropas españolas procedentes de Cuba y con su unidad de milicias prestó servicio en la guarnición de San Agustín y otros lugares de la península de La Florida. Fue cabo primero de este cuerpo de las milicias habaneras y retirado con el pretexto de su edad, pero se cree hubo sospechas de infidelidad debido a que estuvo involucrado en la conspiración independentista de 1810, aunque no fue procesado.

De ascendencia lucumí, dirigió el cabildo Shangó Tedum (sociedad fraternal), y gozó de prestigio entre los pobladores de origen africano, ya fueran criollos o extranjeros, negros y mulatos libres o esclavos, de diferentes culturas y etnias. Inspirado en la Revolución de Haití, Aponte vertebró en secreto una conspiración que se proponía la abolición de la esclavitud, la supresión de la trata, el derrocamiento de la opresión colonial y el establecimiento de una sociedad sin discriminaciones.

Desplegó sus planes y contactos en la capital de la colonia y el oriente del país; en una proclama llamó a estar alertas para derribar la tiranía, una copia de la cual fue fijada a un costado del Palacio de Gobierno, e invitó a los comerciantes blancos de La Habana a sumarse. Nuevas indagaciones, sustentadas en las actas capitulares de la villa desde junio de 1811 hasta abril de 1812 y debatidas en el I Encuentro José Antonio Aponte in memóriam, efectuado 21 y 22 de enero (2012) en Camagüey, corroboran en la región, en la época, los temores a los negros insurrectos, eufemísticamente llamados “enemigos domésticos”.

Lo que sucedía en el territorio era calificado como una amenaza terrible, por lo cual se creó una junta de policía a fin de mantener la tranquilidad que, se decía, habían resquebrajado los negros libertos y esclavos (enemigos domésticos). Sobrevinieron luego medidas de mayor control sobre ellos. Trasciende en los sondeos que a los negros y mulatos se les tildaba de borrachos, cuyos excesos bajo los efectos del alcohol les provocaba realizar actos fuera de la ley. Así se trataba de trastocar en el ambiente lugareño cuanto realmente estaba sucediendo.

Era una manera de eliminar de la conciencia de la época la posibilidad de la presencia de un pensamiento lógico y de resistencia ante la esclavitud por parte de los de color, aseguró la historiadora cubana Kezia Zabrina Henry. A pesar de la represión, argumentó la investigadora, la condición de esclavitud, el sufrimiento, el desgarro espiritual, emocional y físico les valió de plataforma de unidad para luchar contra la ignominiosa situación. 

Por ese entonces los sucesos de la Revolución de Haití habían calado hondo en la conciencia de los cubanos de todas las capas sociales, e incluso, la dominación esclavista veía la Conspiración de Aponte desde la experiencia de ese país. El investigador José Luciano Franco sentó que “desde el mes de septiembre de 1811 -antes de las fiestas de la Caridad- en la villa de Santa María del Puerto del Príncipe el tema preferido de las conversaciones populares, tanto de blancos como de negros, era de que cesaría la esclavitud”.

En muchos lugares, desde el occidente hasta el oriente del país, echó raíces la sublevación de esclavos, a la que se sumaron otros sectores explotados y oprimidos. La conspiración se expandió de La Habana a Remedios, Bayamo, Camagüey y Holguín. Las notas recogen un plan preliminar de sublevación de los esclavos, motivados por rumores de libertad negada por los ricos propietarios de Puerto Príncipe. Después de varias juntas con los esclavos de las demás haciendas e ingenios de la región, se acordó atacar la urbe el 24 de septiembre de 1811.

La urbe se ubicó en el vórtice de la Conspiración de Aponte, no solo en los temores exacerbados, en las cuadrillas pagadas con los peculios propios, en las delaciones, castigos y muertes, sino también en el diálogo constante con las autoridades coloniales, sugerencias y llamados de alertas. Cabezas expuestas, azotes hasta la muerte, sanciones públicas, grilletes y deportaciones matizaban el ambiente de terror y muerte en la villa a fin de quebrantar el pensamiento libertario y audaz para la época.

El suceso conspirativo logró establecer redes potentes entre los más humildes, las cuales se trenzaron en ciudades importantes de la isla. Ese escenario de conspiración entre los esclavos y libertos, entre las haciendas y los ingenios próximos a la villa, eran tan comunes como muy silenciadas. Las autoridades locales -al igual que en el resto de la nación-, se prepararon para minimizar al máximo los efectos de la insurrección en la zona camagüeyana, donde se desató la represión, incluida la pena capital y las delaciones.

Cada día las medidas de reprimenda se proyectaban con mayor precisión: un cuerpo de caballería, informes semanales con datos que revelaran evidencias concretas de los posibles sublevados y una Hermandad creada en nombre de la paz perdida. La embestida no solo se arreció en la ciudad sino también en las haciendas del campo, donde las referencias de sublevados fueron muchas y de forma sostenida. Se organizaron en el campo cuadrillas aparte de la urbana, se creó una cárcel especial para los que fuesen cautivados y se subieron las recompensas monetarias ofrecidas oficialmente, además del peculio propio del Regidor Alguacil. Las iniciativas principeñas a fin de sofocar la rebelión sirvieron de pautas para el resto del país, donde se encontraron focos apontinos.

De acuerdo con las pesquisas, por ejemplo, algunas dotaciones sublevadas (casi un centenar de esclavos) de los ingenios de Maraguán, que incendiaron los trapiches “El Jobo”, “Magantilla” y “La Candelaria”, fueron asesinados todos por la policía montada. Dos esclavos delatores, celosos de la jefatura del movimiento en Puerto Príncipe, asignada por Aponte a los también esclavos Miguel González y Calixto Gutiérrez, malograron la conspiración en esta localidad.

Hubo una voraz ola de capturas, torturas y ejecuciones de los manifestantes. El 29 de enero de 1812 tuvieron lugar las primeras ejecuciones en Camagüey contra la conspiración antiesclavista y separatista de Aponte. La sentencia implicó a Calixto Gutiérrez, Nicolás Montalbán, Fermín Ravelo, José Miguel González, Ramón Recio, Pedro, Pablo y Manuel, sin apellidos en la documentación indagada.

Desde el 4 de marzo, el marqués de Someruelos, capitán general y gobernador, tenía los informes completos de los sucesos en la región oriental, lo que unido a rumores sobre las actividades conspirativas, dio comienzo al cerco en la capital contra Aponte y sus seguidores. La noche del 15 de marzo, esclavos sublevados asaltaron y quemaron el ingenio Peñas Altas, Guanabo, provincia de La Habana, pero no tuvieron éxito en las siguientes acciones para apoderarse de los ingenios Trinidad, Santa Ana y Rosario.

Varias pistas apuntaron contra Salvador Ternero, capataz del Cabildo Mina Guagüi, miembro de la Quinta Compañía del Batallón de Morenos Leales y uno de los conspiradores, quien resultó detenido. Se ordenó el apresamiento de otros de los principales conspiradores, llevados finalmente a la Fortaleza de La Cabaña, donde tuvieron lugar intensos interrogatorios del 26 al 31 de marzo de 1812.

No hubo un proceso justo, ni siquiera una condena legal debido a la falta de un juicio. El 7 de abril de 1812, Someruelos dictó un bando en el cual dio por terminada la investigación judicial y promulgó nueve condenas a muerte: José Antonio Aponte, Clemente Chacón, Salvador Ternero, Juan Bautista Lisundia, Estanilao Aguilar y Juan Barbier, negros libres, y Estebán, Tomás y Joaquín Santa Cruz, esclavos del ingenio Peñas Altas. El 9 de abril todos fueron ahorcados y cortadas sus cabezas para exhibición y escarmiento público; la de Aponte resultó colocada en una jaula de hierro, en la esquina de las calzadas de Belascoaín y Carlos III (actuales Félix Varela y Salvador Allende).

El expediente del caso, reproducido por José Luciano Franco en su obra acerca de esta conspiración (1963), permite conocer bastante información sobre las láminas perdidas. Comprendían desde hechos concretos como la ciudad de La Habana, rodeada de murallas, castillos y fortalezas, iglesias y palacios, hasta leyendas bíblicas, mitológicas y folclóricas, pasajes históricos y asuntos cercanos respecto a la presencia negra en los Batallones de Pardos y Morenos.

Durante el interrogatorio, identificó en las láminas a su abuelo el capitán Joaquín Aponte, al frente de un batallón de 600 hombres, quien también estuvo en Nueva Orleans como parte de las fuerzas del general Alejandro O’Reilly, y a su tío Nicolás Aponte, a caballo, cuando conducía prisioneros, y a él mismo, en la invasión de la Isla de Providencia en 1782 por tropas españolas procedentes de Cuba.

Hay todavía muchos cabos sueltos referentes a su protagonismo en los sucesos, a nivel nacional, o si respondió al propósito de las autoridades para aplicar una sangrienta represión en momentos del inicio del independentismo en Hispanoamérica. Largo es el camino para el desmontaje de criterios acuñados por decenios. Según palabras de la investigadora Carmen Barcia, especialista en el siglo XIX cubano: “La construcción histórica existe y Aponte será por siempre el principal héroe, la primera víctima, la ejemplificación del mal y la demostración del valor y la astucia”.

Aunque la conspiración de Aponte no logró sus objetivos más radicales, demostró a negros y mulatos esclavos y libres, urbanos y rurales, que eran capaces de unirse para lograr a través de la lucha armada su libertad definitiva, concluyó Zabrina. Con hechos indubitables, añadió, manifestó al régimen colonial que sus temores a un espíritu liberador desde el seno de la masa esclavizada, inferiorizada, despreciada y considerada de incapaces, ya era un hecho en la isla.

Los esclavos africanos traídos a Cuba a la fuerza, en brutal travesía por el Atlántico, fueron tratados como enemigos, exterminadores, asaltantes a la patria y de rebeldes sin causa, y sus ansias de libertad nunca fueron reconocidas por la colonia. Desde entonces, con Aponte, como diría el Poeta Nacional Nicolás Guillén, se comenzó a fraguar la emancipación cubana.

* Marta Denis Valle es historiadora, periodista y colaboradora de Prensa Latina y Mabel Guerra García, corresponsal en la provincia cubana de Camagüey.