En un pío-pío (tweet) que envié desde el carnaval de Oruro resumí en 120 caracteres mis impresiones: “Carnaval de Oruro, Patrimonio Intangible de la Humanidad, joya de color, luz y sonido, en medio de un mingitorio público”. Veamos por qué.

La Unesco declaró el año 2001 el carnaval de Oruro como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Se lo merece, sin duda porque se trata de una fiesta de excepcional fuerza y belleza, magnífica por su larga tradición y autenticidad. La fuerza auténtica que tiene el carnaval de Oruro no la he visto en otros carnavales mejor organizados, como el de Río de Janeiro, o más populares, como el de Barranquilla (en ambos tuve la fortuna de bailar, en el primero vestido de sopa de letras y en el segundo de monocuco).

La ventaja de regresar al carnaval de Oruro después de varias décadas es que uno puede hacer comparaciones y apreciar los cambios que han ocurrido. Unos para bien, pero los más para mal. No deberíamos olvidar que las razones por las que la Unesco hizo la declaratoria de patrimonio de la humanidad constituyen una responsabilidad para los bolivianos y en particular para las autoridades encargadas de los planes de salvaguarda.

Un gran esfuerzo colectivo hace posible esta gran fiesta. Los hermosos disfraces bordados y las máscaras que producen hábiles artesanos, la música cadenciosa y el ritmo enérgico de la danza, la sensualidad y la gracia de los bailarines de ambos sexos, son imágenes y sonidos que se impregnen en la retina y por supuesto en miles de cámaras y celulares que disparan como ametralladoras y capturan a lo largo del día millones de fragmentos del torbellino de colores.

No cesa uno de asombrarse cuando pasan fraternidades como la Morenada Central Oruro de la Comunidad Cocanis, la Diablada Ferroviaria, los Tinkus Tolkas, los Reyes Caporales de ENAF o los Sambos Caporales. Además de la impresionante cantidad de danzantes y de la variedad del vestuario, está el entusiasmo de los bailarines y la perfección de la coreografía de estas fraternidades que se toman la fiesta muy en serio.

A pesar del día soleado que recibió el último convite y la peregrinación, yo vi nubarrones. Nubarrones que tienen que ver por una parte con problemas de organización y coordinación, y por otra con la distorsión de la tradición, que en algunos casos peca de desmemoria y de frivolidad.

El carnaval de Oruro admite cincuenta fraternidades de bailarines en 18 especialidades, y todas desfilan el sábado, pero también al día siguiente, ocupando así las calles principales de la ciudad desde las 9 de la mañana hasta las 3 de la madrugada. La diferencia entre el sábado y domingo es notoria.

Por muy bello que sea el espectáculo, es una paliza sentarse durante 18 horas para presenciar la entrada de las 50 agrupaciones. No tiene racionalidad, además, que al día siguiente desfilen los mismos conjuntos, sólo que diezmados, desorganizados, borrachos y sin máscaras. En el carnaval de Río de Janeiro desfilan la primera noche 7 escuelas de samba y otras 7 la noche siguiente, y el espectáculo dura 10 horas (82 minutos por escuela). ¿No se podría hacer que en Oruro desfilen 25 el sábado y 25 el domingo? Claro que se podría, sería lo lógico, lo racional, lo apropiado… pero a ver quien le tuerce el brazo a la mafia de la Asociación del Conjuntos Folklóricos de Oruro (ACFO).

Entre las fraternidades que desfilan hay unas mejores que otras, y algunas que no deberían figurar en “primera división”, porque no cuentan con un mínimo de condiciones equiparables a las otras fraternidades mejor organizadas. Pero aún en aquellas de trayectoria más reconocida, se notan cambios que no favorecen el mantenimiento de la autenticidad de la fiesta.

A través de los años se han ido perdiendo los colores tradicionales de los disfraces, remplazados por el verde eléctrico, el amarillo patito o el fucsia chillón, de esos que lastiman la vista. Si en algunas fraternidades esto es tolerable y explicable por el gusto chabacano, en otras es lamentable, por ejemplo en los conjuntos de llameros, donde los colores naturales de la lana han sido remplazados por colorantes sintéticos estridentes.

El afán de hacerse notorios al precio de abandonar los colores básicos y los materiales nobles, en beneficio del plástico y la estridencia, se nota también en las máscaras de diablos. Algunas fraternidades han claudicado, abandonando las máscaras tradicionales, por otras que parecen salidas de una película de Hollywood, con narices chatas, cuernos de alce y arreglos de luces, humo y fuego. Es una cruza entre navidad y Halloween, de manera que los diablos ya no bailan, ya no saltan como antes, apenas caminan para mantener en equilibrio sobre la cabeza, lo que parece un anuncio publicitario con efectos.

Los menos afectados por esa vulgaridad son los conjuntos de morenos, de tinkus, de llameros, y de phujllay, y lo más afectados los tobas, los caporales y los diablos. Entre los tobas, hay agrupaciones que más bien parecen apaches, desfilan con calaveras colgadas de los trajes y unas máscaras caracterizadas por el mal gusto.

La entrada del carnaval es la manifestación cultural más importante de Oruro, una ciudad que durante el resto del año vive apaciblemente, por no decir sumida en un aburrimiento proverbial. El carnaval le da vida y color a la ciudad minera, y la agobia con basura y desorden.

Una ciudad que invita a decenas de miles de visitantes nacionales e internacionales, debería engalanarse para recibirlos, pero hace exactamente lo contrario. Yo creo que en Oruro no hay alcalde, y si lo hay, se la pasa durmiendo. Las fachadas de sus edificios más emblemáticos, sobre la plaza principal, están deterioradas o cubiertas por avisos comerciales de gran tamaño, que afean el paisaje urbano. Toda la fachada del principal edificio, de la gobernación, ostenta durante el carnaval una propaganda de la empresa nacional de telefonía, olvidando que se trata de un edificio público.

Nadie se ha tomado la molestia de pintar las casas que están en el recorrido principal de las fraternidades de danzantes, ni siquiera el antiguo Palais Concert, cuya fachada ofrece una imagen triste y descuidada. Un tercio al menos de la entrada se hace de noche, pero la iluminación del recorrido es precaria. Pero los leones de la plaza principales los han pintado de dorado, un indicio de la atrofia del sentido estético de las autoridades.

Se puede culpar a la gente de ser cochina y de tirar basura en cualquier parte, pero no sería totalmente justo, pues no se ve ningún esfuerzo de la municipalidad de Oruro para poner a disposición de tantos miles de visitantes, servicios adecuados que permitan mantener la ciudad limpia, siquiera turriles para echar los desperdicios. El olor a orines, la suciedad por doquier y los borrachos a punto de colapsar hacen contrapunto con la belleza del carnaval y empañen la calidad de la fiesta. Y a pesar de esto, que dice lo peor de la ciudad anfitriona, el carnaval es magnífico y no debería existir un solo ciudadano en la Bolivia plurinacional que no lo conozca. A ver si las autoridades se ponen las pilas y abren los ojos (y las fosas nasales).